La Bahia Del Diamante
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La Bahia Del Diamante». Краткое содержание книги:
– Mira a ver si lo puedes obligar a decir algo -dijo a Grant, deslizando el cañón del 22 solamente una pulgada fuera de la ventana rota y manteniendo sus ojos fijos en los árboles.
– Ven, Dubois -gritó Grant-. No juegues. Sé que me has reconocido.
El dedo de Kell apretó ligeramente el gatillo mientras reinaba el silencio; ¿realmente Dubois estaba sorprendido de que ellos supieran quién era? Era cierto que había operado desde el fondo en lugar de arriesgar su propia seguridad, pero Kell había ido detrás de él durante años, desde que Dubois comenzó a vender sus servicios como terrorista.
– Así que ese eres tú, Tigre.
Allí estaba otra vez, ese leve movimiento. Kell miró por encima del cañón y suavemente apretó el gatillo. La detonación del rifle hizo eco en la pequeña casa, ahogando completamente cualquier grito de dolor, pero Kell supo que no había fallado. Pero no sabía si le había dado a Dubois o a otro.
Una lluvia de balas se rompió sobre la casa, haciendo añicos todas las ventanas y astillando las paredes y los marcos de las ventanas, pero el acero reforzado mantuvo sujeta la puerta.
– Creo que no le gustó eso -masculló Kell.
Grant se había agachado en el suelo, y ahora levantó la cabeza.
– Sabes, nunca me gustó ese apodo que no vale un carajo -habló arrastrando las palabras, luego giró el rifle levantándolo. Era automático, y abrió fuego, disparando tres veces, como cualquier soldado bien entrenado haciendo un buen uso de su capacidad de fuego sin desaprovechar munición. Se oyeron a la vez disparos de pistola provenientes del dormitorio y del despacho de Rachel; luego volvió a estallar el infierno. Destrozaban la casa, y el miedo helado lo llenó, porque Rachel estaba atrapada.
– ¡Rachel! -gritó él-. ¿Estáis bien?
– Estoy bien -contestó ella, y su voz tranquila le provocó dolor.
– ¡Jane! -gritó Grant. No hubo respuesta-. Jane -gritó de nuevo, su cara grisácea a medida que su mirada se dirigía al dormitorio.
– ¡Estoy ocupada!
Grant parecía que si estuviera a punto de explotar, y a pesar de todo Kell sonrió abiertamente. Mejor a Grant que a él. La vida de Jane también estaba en peligro, y el pensamiento de que le ocurriera algo era casi tan difícil de soportar como el que alguien lastimara a Rachel.
Hubo otro momento de calma, y Grant arrancó su cargador vacío y puso otro en su lugar.
– Sabin, mi paciencia está acabándose -llamó Dubois, y Kell hizo una mueca. Maldición, no había sido a Dubios a quien había dado.
– Aún no has hecho ninguna oferta verdadera -gritó a cambio él. Cualquier cosa para ganar tiempo.
Jane salió a gatas del dormitorio, su pelo completamente desordenado y sus ojos agrandados.
– Creo que viene la caballería -dijo ella.
Los dos hombres la ignoraron, pero Rachel fue a su lado.
– ¿Qué? -preguntó ella.
– Hombres a caballo -dijo Jane, agitando la mano hacia el dormitorio-. Los vi, vienen por el camino.
Rachel sintió ganas de llorar o reír, pero no podía hacerlo con su mente así.
– Es Rafferty -dijo ella, y ahora logró su atención-. Mi vecino. Debe de haber oído los disparos.
Grant se puso en cuclillas y atravesó corriendo la casa hasta la cocina, desde donde podría ver.
– ¿Cuántos? -preguntó Kell.
– Veinte, más o menos -dijo Grant-. Maldición, van directamente hacia los disparos de armas automáticas. ¡Comenzad a disparar y atraed el fuego de Dubois!
Lo hicieron. Rachel avanzó a rastras hasta una ventana, sujetó la pesada pistola por fuera de ella y disparó hasta vaciarla, entonces volvió a cargarla antes de vaciarla otra vez. Kell hacía un uso juicioso del 22, y Jane tenía una habilidad reveladora por si misma. ¿Le habían dado a Rafferty suficiente tiempo como para colocarse detrás de Dubois y sus hombres? Si seguían disparando, podían dar a sus rescatadores.
– Cubríos -gritó Kell. Se tumbaron en el suelo cubriéndose las cabezas mientras las paredes eran astilladas por las balas. Los disparos golpearon las paredes haciendo que los cristales volaran. Grant maldijo, y vieron como la sangre fluía de un corte en su mejilla. Jane dio un grito agudo y se movió hacia él, a pesar de que seguían disparando; Kell la agarró y forcejeó con ella para tumbarla.
– Estoy bien -gritó Grant-. Es sólo un pequeño corte.
– Quédate cerca del suelo -le dijo Kell a Jane, luego la soltó, seguro de que seria arriesgado intentar evitar que fuera con Grant.
Después, repentinamente, todo quedo quieto salvo por algunos disparos sueltos, y abruptamente cesaron, también. Rachel se colocó sobre el suelo, apenas atreviéndose a respirar, el olor acre de la pólvora llenaba sus fosas nasales y su boca. Kell puso una mano en su brazo, y sus ojos negros se deslizaron sobre sus rasgos blanquecinos como si intentara memorizarlos.
– ¡Oye! -bramó una voz profunda-. ¿Rachel, estas allí?
Sus labios temblaron, y repentinamente sus ojos se llenaron de lágrimas.
– ¡Es Rafferty! -susurró ella, luego levantó su cabeza para llamarlo-. ¡Jonh! ¿Está todo bien!
– Depende -llegó la respuesta-. Estos bastardos de aquí no piensan que esté bien.
Kell lentamente se puso de pie y tiró de Rachel hacia él.
– Suena como uno de mis hombres.
Rachel sintió como si fuera una sobreviviente de un naufragio cuando salió al porche con Kell sujetándola. Grant y Jane los siguieron, con Jane dando toquecitos al corte en la mejilla de Grant, llorando levemente cuando se quejó sin parar de él. Sin el brazo alrededor de su cintura, Rachel estaba segura de que no hubiera sido capaz de mantenerse en pie.
Ella soltó un grito fantasmal cuando vio a los tres gansos muertos en el patio, con la sangre oscureciendo el blanco de sus plumas, pero no pudo hacer ningún sonido cuando vio a Joe tirado a un lado del borde del porche. Kell la tomó entre sus brazos, presionando su cara contra su hombro.
John Rafferty era grande, armado con un rifle de caza y rodeado por sus hombres, quienes también estaban armados vigilaban a una quincena de hombres que estaban reunidos delante de ellos. Los ojos de Rafferty eran feroces y estaban entrecerrados bajo sus cejas oscuras cuando aguijoneó al hombre delgado, de pelo cano que estaba ante él.
– Oímos el tiroteo y vinimos a ver que sucedía -John habló arrastrando las palabras-. No me gusta que la chusma dispare a mi vecina.
Charles Dubois estaba ferozmente blanco, sus ojos no se apartaban de Sabin. A su lado estaba Noelle, sus bellos ojos llenos de aburrimiento.
– No ha terminado, Sabin -protestó Dubois, y Kell apartó amablemente a Rachel, entregándosela a Grant. Kell tenía negocios que atender, y explicándolo para la ley, luego manteniéndole quieta a ella tomaba alguna obra.
– Ha terminado por lo que a ti respecta -dijo brevemente él.
Al lado de Charles, Noelle sonrió lenta, somnolientamente, después se retorció de forma repentina; ya que era una mujer, el vaquero que tenía detrás no la había sujetado con fuerza. Y, de algún modo, cogió un arma, un revólver pequeño y feo.
Rachel lo vio, y todo se movió a cámara lenta. Con un grito se liberó del brazo de Grant, arrojándose hacia Kell. Un hombre agarró el brazo de Noelle, y la pistola estalló en el mismo momento en que Rachel golpeaba a Kell, tirándole de un golpe. Ella gritó otra vez cuando el dolor ardiente estalló en su costado; luego todo su mundo se volvió negro.
Capítulo Trece
Sabin se apoyó contra la pared del hospital esperando, la nariz se le llenó del olor a antiséptico y su cara era oscura, fría y remota, aunque el infierno gritaba en sus ojos. Detrás estaban Jane y Grant, esperando con él. Jane estaba sentada, su cara expresaba un completo sufrimiento; Grant rondaba la habitación como un gran felino.
Sin importar cuanto lo intentara, Kell no podía olvidar la imagen de Rachel yaciendo sobre la tierra sangrando. Ella se había visto pequeñita y muy frágil, sus ojos cerrados y su cara blanca como el papel, tirada como una muñeca descartada por un niño, una mano fina con la palma hacia arriba yaciendo en el suelo. Había caído de rodillas a su lado, olvidando la pelea y los disparos continuaron detrás de él, y el dolor, asfixiante había estallado en su pecho. Su nombre había hecho eco en su mente, pero no había podido hablar.