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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte a?os, el antrop?logo Carlos Castaneda electriz? a millones de lectores con la descripci?n de su iniciaci?n y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por M?xico, Taisha Abelar se involucr? con un grupo de brujos y comenz? un riguroso proceso de entrenamiento f?sico y mental, dise?ado para permitirle romper los l?mites de la percepci?n ordinaria.
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– Nélida y el nagual. Me dejaron instrucciones específicas para no interferir con tu curación. Por eso no salí a ayudarte anoche, pero tuve muchas ganas de hacerlo, aunque sólo fuese para lograr un poco de paz y tranquilidad.

Tomó otro trago de su calabaza.

– ¿Quieres un trago? -me ofreció, alargándola hacia mí.

– ¿Qué tiene ahí? -pregunté, pensando que tal vez era alcohol. En ese caso, me hubiera gustado un trago.

Vaciló por un momento antes de voltear la calabaza de cabeza y sacudirla fuertemente unas cuantas veces.

– Está vacía -exclamé-. Me quería engañar.

Meneó la cabeza.

– Sólo parece estar vacía -replicó-, pero en realidad está llena hasta el borde de la bebida más extraña de todas. Ahora bien, ¿quieres o no quieres beber de ella?

– No lo sé -contesté. Por un instante, me pregunté si estaría jugando conmigo. Con sus overoles azules perfectamente planchados y las calabazas atadas al cinturón, parecía haberse escapado de un manicomio.

Se encogió de hombros y me miró con los ojos muy abiertos. Observé cómo tapaba la calabaza de nuevo y se la amarraba firmemente al cinturón con una delgada correa de cuero.

– Está bien, deja tomar un traguito -dije, impulsada por la curiosidad y la repentina urgencia de descubrir su juego.

Volvió a destapar la calabaza y me la pasó. La sacudí y me asomé al interior. En efecto estaba vacía. No obstante, cuando me la acerqué a los labios recibí una sensación oral muy extraña. Lo que se vertió en mi boca era de algún modo líquido, pero no se parecía en nada al agua. Se trataba, más bien, de una presión seca, casi amarga, que me sofocó por un instante y luego me inundó la garganta y todo el cuerpo de una fresca calidez.

Se me ocurrió que la calabaza tal vez contenía un fino polvo que se había introducido en mi boca. Para averiguar si era cierto, la sacudí sobre la palma de mi mano, pero no salió nada.

– La calabaza no contiene nada que los ojos puedan ver -dijo el cuidador al notar mi asombro.

Tomé otro trago imaginario y me estremecí tanto que casi perdí los zapatos. Algo eléctrico fluyó por todo mi cuerpo y me puso a hormiguear los dedos de los pies. El hormigueo subió por mis piernas hasta mi columna, como un rayo, y cuando penetró en mi cabeza casi perdí el conocimiento.

El cuidador se puso a dar de brincos, riéndose como para celebrar una broma. Apoyé las manos en el suelo para estabilizarme. Cuando más o menos hube recobrado el equilibrio lo confronté, enfadada.

– ¿Qué diablos hay en esta calabaza? -pregunté con brusquedad.

– Lo que contiene se llama intento -dijo con voz seria-. Clara te platicó un poco al respecto. Ahora me corresponde a mí platicarte un poco más.

– ¿Qué quiere decir con que ahora le corresponde a usted, Emilito?

– Quiero decir que soy tu nuevo maestro. Clara hizo parte del trabajo y yo debo terminarlo.

Mi primera reacción simplemente fue no creerle. Él mismo había dicho que sólo era un empleado y que no formaba parte del grupo. Evidentemente se trataba de una broma y no iba a dejarme engañar por otro truco suyo.

– Sólo me está tomando el pelo, Emilito -dije, obligándome a reír.

– Ahora sí lo estoy haciendo -contestó, dio un paso hacia mí y en efecto me jaló el pelo.

Antes de que pudiera ponerme de pie, celebró su propia broma jalándome otra vez el pelo. Estaba tan animado que se puso a brincar en cuclillas como un conejo, riéndose con espíritu juguetón.

– ¿No te gusta que tu maestro te tome el pelo? -preguntó, riéndose.

No me gustaba que me tocara, punto. Y mucho menos el pelo. No me había gustado tampoco que Clara me tocara. Empecé a dar vueltas a la idea de por qué no me agradaba que me tocasen. Pese a que había recapitulado todos mis encuentros con las personas, mis sentimientos con respecto al contacto físico seguían siendo tan fuertes como siempre. Guardé el problema en mi memoria para un futuro examen, puesto que el cuidador se había calmado y comenzaba a explicar algo que exigía toda mi atención.

– Soy tu maestro -lo escuché decir-. Además de Clara, Nélida y el nagual, me tienes a mí para guiarte.

– Es usted una fuente de pura información falsa, eso es lo que es -repliqué bruscamente-. Usted mismo me dijo que sólo es un cuidador a sueldo. Entonces, ¿de qué se trata todo esto de ser mi maestro?

– Es cierto. Realmente soy tu otro maestro -indicó seriamente.

– ¿Qué demonios puede usted enseñarme? -grité; la idea me suscitaba una aversión descomunal.

– Lo que debo enseñarte se llama acechar con el doble -dijo, parpadeando como un pájaro.

– ¿Dónde están Clara y Nélida? -pregunté en un tono imperioso.

– Se fueron. Así lo dice Nélida en su recado, ¿no?

– Sé que se fueron, pero ¿a dónde fueron exactamente?

– Oh, fueron a la India -contestó con una sonrisa que parecía traslucir el desagradable deseo de echarse a reír.

– Entonces no regresarán por meses -dije con rencor.

– Cierto. Tú y yo estamos solos. Ni siquiera el perro está aquí. Cuentas, por lo tanto, con dos opciones. Puedes empacar tus mugres e irte o puedes quedarte aquí conmigo y ponerte a trabajar. No te recomiendo lo primero, porque no tienes adónde ir.

– No tengo la intención de irme -le informé-. Nélida me dejó a cargo del cuidado de la casa y eso es lo que voy a hacer.

– Bien. Me da gusto que hayas decidido seguir el intento de los brujos -dijo.

Debió ser obvio que no lo entendía, y explicó que el intento de los brujos se distingue del de las personas comunes y corrientes en el sentido de que los brujos han aprendido a enfocar su atención con una fuerza y precisión infinitamente mayores que aquéllas.

– Si usted es mi maestro, ¿puede darme un ejemplo concreto para ilustrar a qué se refiere? -pregunté, mirándolo fijamente.

Reflexionó por un momento, mirando a su alrededor. Entonces se le iluminó el rostro y señaló la casa.

– Esta casa es un buen ejemplo -afirmó-. Es el resultado del intento de un sinnúmero de brujos, quienes acumularon energía y la amalgamaron a lo largo de muchas generaciones. A estas alturas, la casa ya no es sólo una estructura física sino un fabuloso campo de energía. El edificio mismo podría ser destruido diez veces seguidas, lo cual ha sucedido, pero la esencia del intento de los brujos sigue intacta, porque es indestructible.

– ¿Qué pasa si los brujos quieren irse? -pregunté-. ¿Queda su poder atrapado aquí para siempre?

– Si el espíritu les indica que se vayan -contestó Emilito-, son capaces de retirar el intento del sitio donde la casa se encuentra ahora y colocarlo en otro lugar.

– Debo admitir que la casa da miedo -afirmé, y le conté cómo se había resistido a dejarse fijar por mis medidas y cálculos detallados.

– Lo que hace que la casa dé miedo no es la disposición de los cuartos, las paredes o los patios -comentó el cuidador-, sino el intento que las generaciones de brujos han vertido en ella. Dicho de otra manera, el misterio de esta casa es la historia de los innumerables brujos cuyo intento colaboró en su construcción. Verás, no sólo enfocaron su intento en ella sino que la construyeron ellos mismos, ladrillo por ladrillo, piedra por piedra. Incluso tú has aportado tu intento y trabajo.

– ¿Qué aportación pude hacer yo? -pregunté, sinceramente desconcertada por la afirmación de Emilito-. No es posible que se refiera al camino chueco que tracé en el jardín.

– Nadie en su sano juicio calificaría eso de aportación -contestó, riéndose-. No, has tenido otras.

Comentó que, en el nivel mundano de los ladrillos y las estructuras, consideraba como contribución mía la meticulosa instalación eléctrica, la tubería y la cubierta de cemento para la bomba que había instalado para subir el agua desde el arroyo al huerto.

– En el nivel más etéreo del flujo de energía -continuó-, puedo decirte con toda sinceridad que una de tus contribuciones ha sido la fusión de tu intento con Manfredo, como nunca antes lo presenciamos en esta casa.

En ese instante se me ocurrió algo.

– ¿Es usted el que puede decirle sapo en la cara? -pregunté-. Una vez Clara me dijo que alguien podía hacerlo.

El rostro del cuidador rebosaba de alegría al asentir con la cabeza.

– Sí, yo soy. Encontré a Manfredo cuando era un cachorro. Fue abandonado o se escapó, quizá de una casa móvil cerca de ahí. Cuando lo encontré estaba casi muerto.

– ¿Dónde lo encontró? -pregunté.

– Sobre la carretera 8, a casi cien kilómetros de Gila Bend, Arizona. Me detuve a la orilla del camino para meterme entre los arbustos y de hecho me oriné en él. Estaba tirado ahí, casi muerto de deshidratación. Lo que más me impresionó fue que no saliera corriendo a la carretera, como fácilmente hubiera podido hacerlo. Y, por supuesto, que estuviera echado justo donde fui a orinar.

– ¿Luego qué sucedió? -pregunté. Sentía tal compasión por la situación del pobre Manfredo que olvidé mi ira contra el cuidador.

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