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Электронная книга - «Un Milagro En Equilibrio». Краткое содержание книги:

Eva Agulló se ha hecho famosa con un libro sobre adicciones. En una carta-diario escrita a su hija recién nacida, intenta explicar de qué familia viene para poder imaginal hacia qué familia se dirige. La historia nunca contada de la familia Agulló Benayas muestra que la vida es, en sí misma, un milagro en equilibrio.
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– Sí, falta le hacía.

10 de noviembre.

No me ha quedado otro remedio que llevarte de nuevo al hospital, esta vez en la mochila, porque Gabi y tu padre se iban al Rastro a buscar una estantería para tu cuarto y ya bastante difícil iba a resultar cargar con el mueble como para llevarte a ti de paso. Creía que todo iba a ser más fácil, pero he vuelto con un dolor de espalda tan intenso que hacía que se me saltaran las lágrimas. Quién tuviera morfina.

Récord de permanencia en coma en esta UVI: veintitrés días. El anterior, veintidós días, lo ostentaba una chica joven que se llamaba Nuria -según nos ha explicado Caridad-, cuyo coche fue embestido en un cruce por otro, conducido por un irresponsable que iba beodo a más no poder. Cuando llegó a la UVI nadie daba un duro por que sobreviviera. Pero sobrevivió, a los veintidós días bajó a planta y a los treinta salió del hospital.

Tu abuela sigue inconsciente, ni siquiera parpadea. Esto empieza a parecer la agonía de Franco.

Julián -el marido de Asun-, que sigue en sus trece y se niega a entrar en la UVI, nos ha contado que en los hospitales de Andalucía, cuando un señorito tardaba demasiado en morirse, la familia recurría a un truco. Me explico: imagina a un señorito andaluz poseedor de una enoooorme extensión de tierras y cortijos. Se pone enfermo y va al hospital, y allí se tira, como el barquito de la canción, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel señorito sigue sin despertar. Pero es que encima no ha designado representante que pueda manejar su dinero en su ausencia, y la familia está a verlas venir porque no pueden tocar sus cuentas. Así que recurren a un muerto de hambre que entra con ellos al hospital, de visita, y pisa el tubo del respirador. Así de fácil. Parece ser que hace veinte años no había forenses que se pusieran a buscar responsabilidades. Llegó a ser tan normal el recurso que en el argot andaluz ya se ha incorporado la palabra: «pisatubos». Julián lo sabe porque tiene familia en Sevilla, aunque él sea ilicitano de toda la vida.

En tiempos modernos se abandonaron los «pisatubos» y se recurrió a lo que se llama «no asistencia». Esto me lo ha explicado Caridad. Es decir, que si está claro que un enfermo terminal ya no tiene posibilidades de sobrevivir y que se enfrenta a una agonía larga y dolorosa, los familiares pueden pedir que no se asista al paciente. O sea: adiós goteros y adiós respirador. Pero ya casi no se recurre a esta medida, ningún profesional se atreve a no prestar asistencia, porque se teme la reacción posterior de la familia.

– Yo nunca he vivido una situación así -me dijo Caridad-, pero me han contado muchas historias. Hijos o hermanos que rogaban, que suplicaban incluso, que se desconectaran los aparatos y que después, cuando el paciente fallecía, demandaban al hospital por negligencia.

– Pues hay que ser cabrón -dije yo.

– No, no es eso. -Caridad, tan buena persona como siempre-. A veces es el dolor, o el complejo de culpa, vete tú a saber… Cuando ven que su madre o su padre ha muerto, la pena les remuerde tanto por dentro que se olvidan de lo que dijeron. O a veces podría parecer que toda la familia estaba de acuerdo, pero había uno que no quería y ése es el que demanda.

– ¿La no asistencia es lo que se llama eutanasia? -pregunté yo.

– No… Bueno, no sé. La eutanasia es el suicidio asistido, otra cosa distinta. La verdad es que los conceptos legales no los tengo muy claros. Yo soy enfermera, no abogada.

No he hablado, por cierto, de tu tía Asun, la mayor de la familia, esa mujer callada y sonriente que siempre viste en tonos claros. Ella es, básicamente, una mujer sensata, equilibrada como buena Libra. Agradable, sociable, de buen gusto y muy delicada, con una manera cálida de expresarse, un poco infantil, que le permite relacionarse con facilidad aunque manteniendo sus reservas: siempre parece que esté dando más de lo que recibe. Asun es complaciente, amable y diplomática, trata de no herir los sentimientos ajenos y por ello evita los enfrentamientos directos y cuida sus expresiones al máximo, dejando de lado a veces su verdadera opinión. Se nota que se esfuerza por adaptarse y agradar a los demás. Incluso su manera tan característica y expresiva de andar con el cuerpo hacia adelante indica gentileza y ganas de complacer. Su deseo de ambientes y relaciones armónicas es tan fuerte que evita confrontaciones personales o cualquier expresión de emociones intensas y desagradables. A Asun le gustaría pintar el mundo en colores pastel, como su propia casa, para vivir en paz y armonía con los demás todo el tiempo. En realidad, tan grande es su deseo de llevarse bien que uno no sabe nunca a ciencia cierta lo que está pensando, porque se cuida mucho de expresar opiniones propias si sospecha que pueden entrar en conflicto con las ajenas. De hecho, uno de sus problemas más comunes es la indecisión que le aturde a la hora de tomar decisiones importantes, ya sea comprar un traje nuevo, escoger el colegio de los niños o cambiar la decoración del piso, porque mi hermana cae con facilidad en la inercia de la duda y la mayoría de las veces necesita apoyarse en la opinión de otro para tomar la suya propia, así que es incapaz de ir de compras sola o de elaborar el menú para una cena sin haber llamado previamente a mi madre unas quinientas veces. Internamente, casi siempre la divide la incertidumbre, y sospecho que tiene muchos más problemas consigo misma de lo que adivinarían otros a partir de una disposición tan aparentemente equilibrada y tranquila. En el fondo, todo se reduce a una grave inseguridad que se trasluce en su afán de complacer, siempre desmesurado, sobre todo cuando se compara con el alcance más bien mediano de sus obligaciones. La pobre Asun vive inmersa en una atmósfera de esfuerzo mal disimulado bajo su sempiterna sonrisa amable. Es como si desde pequeña se hubiera propuesto alcanzar la armonía suprema incluso dudando de que semejante anhelo fuese factible. Es por eso por lo que sólo se siente a gusto en los lugares sin ruido, bien decorados y armoniosos, y detesta las malas maneras, las groserías y la rudeza (se pone verdaderamente enferma si sus hijos sueltan algún taco, por ejemplo). No bebe y, por supuesto, no se droga. Y nunca o casi nunca sale por la noche porque no le gusta ir de bares, pues detesta de corazón los ambientes estruendosos y el olor a humo. Es, o al menos lo parece, una excelente madre, una muy cariñosa compañera de sus hijos y una ama de casa competente e incluso creativa, siempre anticipándose a las necesidades y hasta los caprichos de su marido y sus vástagos.

Asun se casó más o menos a la misma edad que Laureta con un señor que venía a ser como su marido pero en versión ibérica, es decir, que no lo conoció en Ibiza sino en Elche, que no era rentista sino mayorista de zapatos, y que ni de lejos era tan guapo como Serge, ni tenía tanto glamour, sino que era más bien un tipo del montón -chaparrito y colorado- y sin mucha cultura -o lo que es lo mismo, poca, por no decir ninguna-, pero con mucha labia y don de gentes, cualidades que le ayudaron a hacer bastante dinero en cuanto consiguió la representación de las mejores fábricas de Elche (Paredes, Panamá Jack, Pikolinos, Sendra, Mustang…) y se vino a trabajar a la capital, con coche de empresa y un sueldo de varios ceros. Pero en el fondo mis dos cuñados no eran tan distintos como parecían a primera vista y acabaron comportándose iguaclass="underline" mucho dinero para la legítima y todas las comodidades que ella quisiera, pero muy poco tiempo y casi ninguna atención. Y demasiada, en cambio, para con la cuñadita; aunque hay que reconocer, en honor a Julián, que cuando empezó a ponerme ojitos y a pegarme pataditas por debajo de la mesa en las cenas familiares yo ya había cumplido los veintiún años. Sin embargo, Asun, a diferencia de Laureta, nunca se quejó ni buscó una salida romántica a la jaula. Muy al contrario, se diría que adora a su marido y cuando habla de él cualquiera pensaría que, comparado con lo que siente, lo de Julieta por Romeo era casi antipatía, porque para ella es un dechado de virtudes sin falla ninguna, y es que su Julián es el más listo y el más gracioso y el mejor padre (la siempre comedida Asun no llega a decir el más guapo porque eso sería pasarse demasiado, porque el tipo ha engordado mucho desde que se casó y nadie vería un adonis en un señor bajito que ronda los cien kilos), y si casi nunca está en casa es porque se desvive por su mujer y sus hijos, que él no tiene la culpa de tener que trabajar y viajar tanto, de Madrid a Elche y de Elche a Madrid, ni de tener que salir hasta las tantas con sus clientes cuando vienen a la capital. Con la venda de su amor por bandera, mi hermana finge ignorar, con una terquedad casi conmovedora, lo que todo Elche sabe: que cuando los dueños de las fábricas vienen a la Feria de Calzado de Madrid aprovechan para ir a darse la gran comilona a Toledo y en la sobremesa correrse la gran farra en todos los bares de putas de carretera, y que lo mismo o parecido pasa en las ferias de Dusseldorf y Milán a las que mi cuñado va cada año, motivo por el cual las esposas de los dueños de las fábricas se niegan a que éstas contraten a modelistas mujeres, porque los diseñadores de calzado también van a las ferias, y una cosa es que los cuernos los tengan asumidos y otra muy distinta que los tolerasen con conocidas, hasta ahí iban a llegar.

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