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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– Todo esto tiene un notable tufo a tapadillo -indicó Brotons.

Suspiré, desanimado. Había confiado en encontrar algo más que simples recordatorios almibarados y noticias huecas que no aclaraban nada sobre los hechos.

– ¿No tenía usted un buen contacto en Jefatura? -preguntó don Basilio-. ¿Cómo se llamaba?

– Víctor Grandes -apuntó Brotons.

– Quizá le pueda poner él en contacto con el tal Salvador.

Carraspeé y los dos hombretones me miraron con el entrecejo fruncido.

– Por motivos que no hacen al caso, o que hacen demasiado, preferiría no complicar al inspector Grandes en este asunto -apunté.

Brotons y don Basilio intercambiaron una mirada.

– Ya. ¿Algún otro nombre a borrar de la lista?

– Marcos y Gástelo.

– Veo que no ha perdido el talento de hacer amigos allí adonde va -estimó don Basilio.

Brotons se frotó la barbilla.

– No nos alarmemos. Creo que podré encontrar alguna otra vía de entrada que no levante sospechas.

– Si me encuentra usted a Salvador, le sacrifico lo que quiera, hasta un cerdo.

– Con lo de la gota me he quitado del tocino, pero no le diría que no a un buen habano -convino Brotons.

– Que sean dos -añadió don Basilio.

Mientras corría a un estanco de la calle Tallers en busca de los dos ejemplares de habanos más exquisitos y caros del establecimiento, Brotons hizo un par de discretas llamadas a Jefatura y confirmó que Salvador había abandonado el cuerpo, más bien a la fuerza, y que había empezado a trabajar desempeñando funciones de guardaespaldas para industriales o de investigación para diversos bufetes de abogados de la ciudad. Cuando volví a la redacción a hacerles entrega de sendos puros a mis benefactores, eljefe del archivo me tendió una nota en la que se leía una dirección.

Ricardo Salvador Calle de la Lleona, 21. Ático.

– El conde se lo pague a ustedes -dije. -Y usted que lo vea.

La calle de la Lleona, más conocida entre los lugareños como la deis Tres Llits en honor al notorio prostíbulo que albergaba, era un callejón casi tan tenebroso como su reputación. Partía de los arcos a la sombra de la plaza Real y crecía en una grieta húmeda y ajena a la luz del sol entre viejos edificios apilados unos sobre otros y cosidos por una perpetua telaraña de líneas de ropa tendida. Sus fachadas decrépitas se deshacían en ocre, y las láminas de piedra que cubrían el suelo habían estado bañadas de sangre durante los años del pistolerismo. Más de una vez la había utilizado como escenario en mis historias de La Ciudad de los Malditos e incluso ahora, desierta y olvidada, me seguía oliendo a intrigas y pólvora. A la vista de aquel sombrío escenario, todo parecía indicar que el retiro forzoso del comisario Salvador del cuerpo de policía no había sido generoso.

El número 21 era un modesto inmueble enclaustrado entre dos edificios que le hacían de tenaza. El portal estaba abierto y no era más que un pozo de sombra del que partía una escalera estrecha y empinada que ascendía en espiral. El suelo estaba encharcado, y un líquido oscuro y viscoso brotaba entre los resquicios de las baldosas. Subí las escaleras como pude, sin soltar la barandilla pero sin confiarme a ella. Sólo había una puerta por rellano y, a juzgar por el aspecto de la finca, no creí que ninguno de aquellos pisos pasara de los cuarenta metros cuadrados. Una pequeña claraboya coronaba el hueco de la escalera y bañaba de tenue claridad los pisos superiores. La puerta del ático quedaba al final de un pequeño pasillo. Me sorprendió encontrarla abierta. Llamé con los nudillos, pero no obtuve respuesta. La puerta daba a una sala pequeña en la que se veía una butaca, una mesa y una estantería con libros y cajas de latón. Una suerte de cocina y lavadero ocupaba la cámara contigua. La única bendición de aquella celda era una terraza que daba a la azotea. La puerta de la terraza también estaba abierta y por ella se colaba una brisa fresca que arrastraba el olor a comida y a colada de los tejados de la ciudad vieja. -¿Alguien en casa? -llamé de nuevo. Al no obtener respuesta me adentré hasta la puerta de la terraza y me asomé al terrado. La jungla de tejados, torres, depósitos de agua, pararrayos y chimeneas crecía en todas direcciones. No había dado un paso en la azotea cuando sentí la pieza de metal fría en la nuca y escuché el chasquido metálico de un revólver al tensarse el percutor. No se me ocurrió más que alzar las manos y no intentar mover ni una ceja.

– Mi nombre es David Martín. En Jefatura me han dado su dirección. Quería hablar con usted sobre un caso que llevó en sus años de servicio.

– ¿Entra usted siempre en las casas de la gente sin llamar, señor David Martín?

– La puerta estaba abierta. He llamado pero no ha debido de oírme. ¿Puedo bajar ya las manos?

– No le he dicho que las levante. ¿Qué caso?

– La muerte de Diego Marlasca. Soy el inquilino de la que había sido su última residencia. La casa de la torre en la calle Flassaders.

La voz se silenció. La presión del revólver seguía allí, firme.

– ¿Señor Salvador? -pregunté. -Estoy pensando si no sería mejor volarle a usted la cabeza ahora mismo.

– ¿No quiere antes oír mi historia? Salvador aflojó la presión del revólver. Oí cómo se destensaba el percutor y me volví lentamente. Ricardo Salvador tenía una figura imponente y oscura, el pelo gris y los ojos azul claro penetrantes como agujas. Calculé que debía de rondar la cincuentena, pero hubiera costado encontrar hombres con la mitad de sus años que se atreviesen a interponerse en su camino. Tragué saliva. Salvador bajó el revólver y me dio la espalda, volviendo al interior del piso.

– Disculpe el recibimiento -murmuró. Le seguí hasta la diminuta cocina y me detuve en el umbral. Salvador dejó la pistola sobre el fregadero y prendió el fuego de uno de los fogones con papel y cartón. Extrajo un frasco de café y me miró inquisitivamente. -No, gracias.

– Es lo único bueno que tengo, se lo advierto -dijo.

– Entonces le acompañaré.

Salvador introdujo un par de cucharadas generosas de café molido en la cafetera, la llenó con agua de unajarra y la puso al fuego.

– ¿Quién le ha hablado de mí?

– Hace unos días visité a la señora Marlasca, la viuda.

Ella fue quien me habló de usted. Me dijo que era el único que había intentado descubrir la verdad y que eso le había costado el puesto.

– Es una manera de describirlo, supongo -dijo.

Advertí que la mención de la viuda le había enturbiado la mirada y me pregunté qué era lo que habría sucedido entre ellos en aquellos días de infortunio.

– ¿Cómo está? -preguntó-. La señora Marlasca.

– Creo que le echa a usted de menos -aventuré.

Salvador asintió, su ferocidad completamente abatida.

– Hace mucho que no voy a verla.

– Ella cree que usted la culpa por lo que le sucedió. Creo que le gustaría volver a verle, aunque haya pasado tanto tiempo.

– A lo mejor tiene usted razón. A lo mejor debería ir a visitarla…

– ¿Puede hablarme de lo que pasó?

Salvador recuperó el semblante severo y asintió.

– ¿Qué quiere saber?

– La viuda de Marlasca me explicó que usted nunca aceptó la versión que aseguraba que su marido se había quitado la vida y que tenía sospechas.

– Más que sospechas. ¿Le ha contado alguien cómo murió Marlasca?

– Sólo sé que dijeron que había sido un accidente.

– Marlasca murió ahogado. O eso decía el informe final de Jefatura.

– ¿Cómo se ahogó?

– Sólo hay una manera de ahogarse, pero a eso volveré luego. Lo curioso es dónde.

– ¿En el mar?

Salvador sonrió. Era una sonrisa negra y amarga como el café que empezaba a brotar. Salvador lo olfateó.

– ¿Está usted seguro de que quiere oír esta historia?

– No he estado más seguro de nada en toda mi vida.

Me tendió una taza y me miró de arriba abajo, analizándome.

– Asumo que ya ha visitado usted a ese hijo de puta de Valera.

– Si se refiere al socio de Marlasca, murió. Con el que hablé fue con el hijo.

– Hijo de puta igualmente, sólo que con menos agallas. No sé lo que le contaría, pero seguro que no le dijo que entre ambos consiguieron que me expulsaran del cuerpo y que me convirtiese en un paria al que nadie daba ni limosna.

– Me temo que se le olvidó incluir eso en su versión de los hechos -concedí.

– No me extraña.

– Me iba a contar usted cómo se ahogó Marlasca.

– Ahí es donde la cosa se pone interesante -dijo Salvador-. ¿Sabía usted que el señor Marlasca, amén de abogado, erudito y escritor había sido, de joven, campeón en dos ocasiones de la travesía navideña a nado del puerto que organiza el Club Natación Barcelona?

– ¿Cómo se ahoga un campeón de natación? -pregunté.

– La cuestión es dónde. El cadáver del señor Marlasca fue encontrado en el estanque de la azotea del Depósito de las Aguas del Parque de la Cindadela. ¿Conoce usted el lugar?

Tragué saliva y asentí. Aquél era el primer lugar donde me había encontrado con Corelli.

– Si lo conoce sabrá que, cuando está lleno, apenas tiene un metro de profundidad y que es, esencialmente, una balsa. El día que se encontró al abogado muerto, el estanque estaba medio vacío y el nivel del agua no llegaba a los sesenta centímetros.

– Un campeón de natación no se ahoga en sesenta centímetros de agua así como así -apunté.

– Eso me dije yo.

– ¿Había otras opiniones? Salvador sonrió amargamente.

– Para empezar, lo dudoso es que se ahogara. El forense que practicó la autopsia al cadáver encontró algo de agua en los pulmones, pero su dictamen fue que el fallecimiento se había producido por un paro cardíaco. -No entiendo.

– Cuando Marlasca se cayó al estanque, o cuando alguien lo empujó, estaba en llamas. El cuerpo presentaba quemaduras de tercer grado en torso, brazos y rostro. Era opinión del forense que el cuerpo pudo haber ardido por espacio de casi un minuto antes de que entrase en contacto con el agua. Restos encontrados en las ropas del abogado indicaban la presencia de algún tipo de disolvente en los tejidos. A Marlasca lo quemaron vivo. Tardé unos segundos en digerir todo aquello. -¿Por qué iba alguien a hacer algo así? -¿Ajuste de cuentas? ¿Simple crueldad? Elija usted. Mi opinión es que alguien quería retrasar la identificación del cuerpo de Marlasca para ganar tiempo y confundir a la policía. -¿Quién? -Jaco Corbera. -El representante de Irene Sabino.

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