El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– Se fue hace dos meses. Lo encontrará en la redacción de La Vanguardia. Si le ve, dele recuerdos.
– Así lo haré.
– Siento lo de su libro -dijo Rosell con una sonrisa complaciente.
Crucé la redacción navegando entre miradas esquivas, sonrisas torcidas y murmuraciones en clave de hiél. El tiempo lo cura todo, pensé, menos la verdad.
Media hora más tarde, un taxi me dejaba a las puertas de la sede de La Vanguardia en la calle Pelayo. A diferencia de la siniestra decrepitud de mi antiguo diario, todo allí desprendía un aire de señorío y opulencia. Me identifiqué en el mostrador de conserjería y un chaval con trazas de meritorio que me recordó a mí mismo en mis años de Pepito Grillo fue enviado a dar aviso a don Basilio de que tenía visita. La presencia leonina de mi viejo maestro no se había amilanado con el paso de los años. Si cabe, y con el aderezo del nuevo vestuario a juego con la selecta escenografía, don Basilio tenía una figura tan formidable como en sus tiempos de La Voz de la Industria. Se le iluminaron los ojos de alegría al verme y, rompiendo su férreo protocolo, me recibió con un abrazo en el que ^fácilmente hubiera podido perder dos o tres costillas de no ser porque había público presente y, contento o no, don Basilio tenía que mantener unas apariencias y una reputación.
– ¿Nos vamos aburguesando, don Basilio?
Mi antiguo jefe se encogió de hombros, haciendo un gesto para quitar importancia al nuevo decorado que le rodeaba.
– No se deje impresionar.
– No sea modesto, don Basilio, que ha caído usted en› la joya de la corona. ¿Ya los está metiendo en cintura?
Don Basilio extrajo su perenne lápiz rojo y me lo enseñó, guiñándome un ojo. “
– Salgo a cuatro por semana.
– Dos menos que en La Voz.
– Déme tiempo, que tengo por aquí alguna eminencia que me puntúa con escopeta y se cree que la entradilla es una tapa típica de la provincia de Logroño.
Pese a sus palabras era evidente que don Basilio se sentía a gusto en su nuevo hogar, e incluso tenía un aspecto más saludable.
– No me diga que ha venido a pedirme trabajo porque soy capaz de dárselo -amenazó.
– Se lo agradezco, don Basilio, pero ya sabe que dejé los hábitos y que lo mío no es el periodismo.
– Usted dirá entonces cómo le puede ayudar este viejo gruñón.
– Necesito información sobre un caso antiguo para una historia en la que ando trabajando, la muerte de un abogado de renombre llamado Marlasca, Diego Marlasca.
– ¿De cuándo estamos hablando? •*
– Mil novecientos cuatro.
Don Basilio suspiró.
– Largo me lo fía usted. Ha llovido mucho desde entonces.
– No lo suficiente como para limpiar el asunto -apunté.
Don Basilio me posó la mano en el hombro y me indicó que le siguiera hacia el interior de la redacción.
– No se preocupe, ha venido usted al sitio indicado. Esta buena gente mantiene un archivo que ya quisiera el santo Vaticano. Si hubo algo en la prensa, aquí lo encontraremos. Y además el jefe del archivo es un buen amigo mío. Le advierto que yo, a su lado, soy Blancanieves. No haga caso de su disposición tirando a arisca. En el fondo, muy en el fondo, es un pedazo de pan.
Seguí a don Basilio a través de un amplio vestíbulo de maderas nobles. A un lado se abría una sala circular con una gran mesa redonda y una serie de retratos desde los que nos observaban una pléyade de aristócratas de ceño severo.
– La sala de los aquelarres -explicó don Basilio-. Aquí se reúnen los redactores jefe con el director adjunto, que es un servidor, y el director y, como buenos caballeros de la mesa redonda, damos con el santo grial todos los días a las siete de la tarde.
– Impresionante.
– No ha visto usted nada todavía -dijo don Basilio, guiñándome un ojo-. Cate.
Don Basilio se colocó bajo uno de los augustos retratos y empujó el panel de madera que cubría la pared. El panel cedió con un crujido, dando paso a un corredor oculto.
– Ah, ¿qué me dice, Martín? Y éste es sólo uno de los muchos pasadizos secretos de la casa. Ni los Borgia tenían un tinglado como éste.
Seguí a don Basilio a través del pasadizo y llegamos a una gran sala de lectura rodeada de vitrinas acristaladas, repositorio de la biblioteca secreta de La Vanguardia. Al fondo de la sala, bajo el haz de una lámpara de cristal verdoso, se distinguía la figura de un hombre de mediana edad sentado a una mesa examinando un documento con una lupa. Al vernos entrar levantó la vista y nos dedicó una mirada que hubiera transformado en piedra a cualquiera que fuese menor de edad o fácilmente impresionable.
– Le presento a don José María Brotons, señor del inframundo y jefe de catacumbas de esta santa casa -anunció don Basilio.
Brotons, sin soltar la lupa, se limitó a observarme con aquellos ojos que oxidaban al contacto. Me aproximé y le tendí la mano.
– Éste es mi antiguo pupilo, David Martín.
Brotons me estrechó la mano a regañadientes y miró a don Basilio.
– ¿Este es el escritor?
– El mismo.
Brotons asintió.
– Valor ya tiene, ya, salir a la calle después del palo que le dieron. ¿Qué hace aquí?
– Suplicar su ayuda, bendición y consejo en un tema de alta investigación y arqueología del documento -explicó don Basilio.
– ¿Y dónde está el sacrificio de sangre? -espetó Brotons.
Tragué saliva.
– ¿Sacrificio? -pregunté.
Brotons me miró como si fuese idiota.
– Una cabra, un borreguillo, un gallo capón si me apura…
Me quedé en blanco. Brotons me sostuvo la mirada sin pestañear durante un instante infinito. Luego, cuando empecé a sentir la picazón del sudor en la espalda, el jefe del archivo y don Basilio rompieron a carcajadas. Los dejé que se rieran con ganas a mi costa hasta que les faltó la respiración y se tuvieron que secar las lágrimas. Claramente, don Basilio había encontrado una alma gemela en su nuevo colega.
– Venga por aquí, joven -indicó Brotons, la fachada feroz en retirada-. A ver qué le encontramos.
Los archivos del periódico estaban ubicados en uno de los sótanos del edificio, bajo la planta que albergaba la gran maquinaria de la rotativa, un engendro de tecnología posvictoriana que parecía un cruce entre una monstruosa locomotora de vapor y una máquina de fabricar relámpagos.
– Le presento a la rotativa, más conocida como Leviatán. Ándese con ojo, que dicen que se ha tragado ya a más de un incauto -dijo don Basilio-. Es como lo de Joñas y la ballena, pero con efecto de trinchado.
– Ya será menos.
– Un día de éstos podríamos echar al becario ese nuevo, el que dice que es sobrino de Maciáy va de listillo -propuso Brotons.
– Ponga día y fecha y lo celebramos con un cap-i-pota -convino don Basilio.
Los dos se echaron a reír como crios de colegio. Tal para cual, pensé yo.
La sala del archivo estaba dispuesta en un laberinto de corredores formados por estantes de tres metros de altura. Un par de criaturas pálidas con aspecto de no haber salido de aquel sótano en quince años oficiaban como asistentes de Brotons. Al verle, acudieron como mascotas fieles a la espera de sus órdenes. Brotons me dirigió una mirada inquisitiva.
– ¿Qué buscamos?
– Mil novecientos cuatro. Muerte de un abogado llamado Diego Marlasca. Miembro preeminente de la sociedad barcelonesa, socio fundador del bufete Valera, Marlasca y Sentís.
– ¿Mes?
– Noviembre.
A un gesto de Brotons, los dos asistentes partieron en busca de los ejemplares correspondientes al mes de noviembre de 1904. Por aquel tiempo, la muerte estaba tan presente en el color de los días que la mayoría de los periódicos todavía abrían la primera página con grandes necrológicas. Cabía suponer que un personaje de la envergadura de Marlasca habría generado más de una nota funeraria en la prensa de la ciudad y que su obituario habría sido material de portada. Los asistentes regresaron con varios tomos y los depositaron sobre un amplio escritorio. Nos dividimos la tarea y entre los cinco presentes encontramos la necrológica de don Diego Marlasca en portada, tal como había supuesto. La edición era del día 23 de noviembre de 1904.
– Habemus cadáver -anunció Brotons, que fue el descubridor.
Había cuatro notas necrológicas dedicadas a Marlasca. Una de su familia, otra del bufete de abogados, otra del colegio de letrados de Barcelona y la última de la asociación cultural del Ateneo Barcelonés.
– Es lo que tiene ser rico. Se muere uno cinco o seis veces -apuntó don Basilio.
Las necrológicas en sí no tenían mayor interés. Súplicas por el alma inmortal del difunto, indicaciones de que el funeral sería para los íntimos, glosas grandiosas a un gran ciudadano, erudito y miembro irremplazable de la sociedad barcelonesa, etcétera.
– Lo que a usted le interesa tiene que estar en las ediciones de uno o dos días antes o después -indicó Brotons.
Procedimos a repasar los periódicos de la semana del fallecimiento del abogado y encontramos una secuencia de noticias relacionadas con Marlasca. La primera anunciaba que el distinguido letrado había fallecido en un accidente. Don Basilio leyó el texto de la noticia en voz alta.
– Esto lo ha redactado un orangután -dictaminó-. Tres párrafos redundantes que no dicen nada y sólo al final explica que la muerte fue accidental pero sin decir qué clase de accidente.
– Aquí tenemos algo más interesante -dijo Brotons.
Un artículo del día siguiente explicaba que la policía estaba investigando las circunstancias del accidente para dictaminar con exactitud lo que había sucedido. Lo más interesante era que mencionaba que en la parte del expediente forense sobre la causa de la muerte se indicaba que Marlasca había muerto ahogado.
– ¿Ahogado? -interrumpió don Basilio-. ¿Cómo? ¿Dónde?
– No lo aclara. Probablemente hubo que recortar la noticia para incluir esta urgente y extensa apología de la sardana que abre a tres columnas bajo el título de “Al son de la tenora: espíritu y temple” -indicó Brotons.
– ¿Indica quién estaba a cargo de la investigación? -pregunté.
– Menciona a un tal Salvador. Ricardo Salvador -dijo Brotons.
Repasamos el resto de noticias relacionadas con la muerte de Marlasca, pero no había nada de interés. Los textos se regurgitaban unos en otros, repitiendo una cantinela que sonaba demasiado parecida a la línea oficial proporcionada por el bufete de Valera y compañía.