El Juego Del Ángel
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– No.
– Entonces ponte a escribir. No te tengo aquí para que laves los platos y me escondas las cosas. Te tengo aquí porque me dijiste que querías aprender a escribir y yo soy el único idiota que conoces que puede ayudarte a hacerlo.
– No hace falta que se enfade. Es que me falta inspiración.
– La inspiración acude cuando se pegan los codos a la mesa, el culo a la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y exprímete el cerebro hasta que te duela. Eso se llama inspiración.
– Tema ya tengo.
– Aleluya.
– Voy a escribir sobre usted.
Un largo silencio de miradas encontradas, de oponentes que se miran a través del tablero.
– ¿Por qué?
– Porque me parece usted interesante. Y raro.
– Y mayor.
– Y susceptible. Casi como un chico de mi edad.
A mi pesar estaba empezando a acostumbrarme a la compañía de Isabella, a sus puyas y a la luz que había traído a aquella casa. De seguir así las cosas se iban a cumplir mis peores temores e íbamos a acabar por hacernos amigos.
– ¿Y usted, tiene ya tema con todos esos libracos que está consultando?
Decidí que cuanto menos le contase a Isabella acerca de mi encargo, mejor.
– Todavía estoy en fase de documentación.
– ¿Documentación? ¿Y eso cómo funciona?
– Básicamente se lee uno miles de páginas para aprender lo necesario y llegar a lo esencial de un tema, a su verdad emocional, y luego lo desaprende uno todo para empezar de cero.
Isabella suspiró.
– ¿Qué es verdad emocional?
– Es la sinceridad dentro de la ficción.
– ¿Entonces hay que ser honesto y buena persona para escribir ficción?
– No. Hay que tener oficio. La verdad emocional no es una cualidad moral, es una técnica.
– Habla usted como un científico -protestó Isabella.
– La literatura, al menos la buena, es una ciencia con sangre de arte. Como la arquitectura o la música.
– Yo pensaba que era algo que brotaba del artista, así, de pronto.
– Lo único que brota así de pronto es el vello y las verrugas.
Isabella consideró aquellas revelaciones con escaso entusiasmo.
– Todo esto lo dice usted para desanimarme y para que me vaya a casa.
– No caerá esa breva.
– Es usted el peor maestro del mundo.
– Al maestro lo hace el alumno, no a la inversa.
– No se puede discutir con usted porque se sabe todos los trucos de la retórica. No es justo.
– Nada es justo. A lo máximo que se puede aspirar es a que sea lógico. La justicia es una rara enfermedad en un mundo por lo demás sano como un roble.
– Amén. ¿Es eso lo que pasa cuando uno se hace mayor? ¿Que deja de creer en las cosas, como usted?
– No. A medida que envejece, la mayoría de la gente sigue creyendo en bobadas, generalmente cada vez mayores. Yo voy contracorriente porque me gusta tocar las narices.
– No lo jure. Pues cuando yo sea mayor seguiré creyendo en las cosas -amenazó Isabella.
– Buena suerte.
– Y además creo en usted.
No apartó los ojos cuando la miré.
– Porque no me conoces.
– Eso es lo que usted se cree. No es tan misterioso como se piensa.
– No pretendo ser misterioso.
– Era un sustituto amable de antipático. Yo también me sé algún truco de retórica.
– Eso no es retórica. Es ironía. Son cosas diferentes.
– ¿Siempre tiene usted que ganar las discusiones?
– Cuando me lo ponen tan fácil, sí.
– Y ese hombre, su patrón…
– ¿Corelli?
– Corelli. ¿Se lo pone él fácil?
– No. Corelli sabe todavía más trucos de retórica que yo.
– Eso me parecía. ¿Se fía usted de él?
– ¿Por qué me preguntas eso?
– No sé. ¿Se fía de él?
– ¿Por qué no iba a fiarme de él?
Isabella se encogió de hombros.
– ¿Qué es concretamente lo que le ha encargado? ¿No me lo va a decir?
– Ya te lo dije. Quiere que escriba un libro para su editorial.
– ¿Una novela?
– No exactamente. Más bien una fábula. Una leyenda.
– ¿Un libro para niños?
– Algo así.
– ¿Y va usted a hacerlo?
– Paga muy bien.
Isabella frunció el entrecejo.
– ¿Es por eso por lo que escribe usted? ¿Porque le pagan bien?
– A veces.
– ¿Y esta vez?
– Esta vez voy a escribir ese libro porque tengo que hacerlo.
– ¿Está usted en deuda con él?
– Podría decirse así, supongo.
Isabella sopesó el asunto. Me pareció que iba a decir algo, pero se lo pensó dos veces y se mordió los labios. A cambio me ofreció una sonrisa inocente y una de sus miradas angelicales con las que era capaz cambiar de tema en un simple batir de pestañas.
– A mí también me gustaría que me pagasen por escribir -ofreció.
– A todo el que escribe le gustaría, pero eso no significa que nadie vaya a hacerlo. -¿Y cómo se consigue?
– Se empieza bajando a la galería, cogiendo el papeí…
– …hincando los codos y exprimiendo el cerebro hasta que duele. Ya.
Me miró a los ojos, dudando. Hacía ya semana y media que la tenía en casa y no había hecho amago de enviarla de regreso a la suya. Supuse que se preguntaba cuándo iba a hacerlo o por qué no lo había hecho todavía. Yo también me lo preguntaba y no encontraba la respuesta.
– Me gusta ser su ayudante, aunque sea usted de la manera que es -dijo finalmente.
La muchacha me miraba como si su vida dependiese de una palabra amable. Sucumbí a la tentación. Las buenas palabras son bondades vanas que no exigen sacrificio alguno y se agradecen más que las bondades de hecho.
– A mí también me gusta que seas mi ayudante, Isabella, aunque sea como soy. Y me gustará más cuando ya no haga falta que seas mi ayudante y no tengas nada que aprender de mí.
– ¿Cree usted que tengo posibilidades?
– No tengo ninguna duda. En diez años tú serás la maestra y yo el aprendiz -dije, repitiendo aquellas palabras que aún me sabían a traición.
– Mentiroso -dijo besándome dulcemente en la mejilla para, a continuación, salir corriendo escaleras abajo.
Por la tarde dejé a Isabella instalada en el escritorio que habíamos dispuesto para ella en la galería, enfrentada a las páginas en blanco, y me acerqué hasta la librería de don Gustavo Barceló en la calle Fernando con la intención de hacerme con una buena y legible edición de la Biblia. Todos los juegos de nuevos y viejos testamentos de que disponía en casa estaban impresos en tipografía microscópica sobre papel cebolla semitransparente y su lectura, más que a un fervor e inspiración divina, inducía a la migraña. Barceló, que entre otras muchas cosas era un persistente coleccionista de libros sagrados y textos apócrifos cristianos, disponía de un reservado en la parte de atrás de la librería repleto de un formidable surtido de evangelios, memorias de santos y beatos y toda suerte de textos religiosos.
Al verme entrar en la librería, uno de los dependientes corrió a avisar a su jefe a la oficina de la trastienda. Barceló emergió de su despacho, eufórico.
– Alabados sean los ojos. Ya me había dicho Sempere que había usted renacido, pero esto es de antología. A su lado, Valentino parece recién llegado de la huerta. ¿Dónde se había metido usted, granuja?
– Aquí y allá -dije.
– En todas partes menos en el convite de boda de Vidal. Se le echó a usted en falta, amigo mío.
– Permítame dudarlo.
El librero asintió, dando a entender que se hacía cargo de mi deseo de no entrar en aquel tema.
– ¿Me aceptará una taza de té?
– Hasta dos. Y una Biblia. A ser posible, manejable.
– Eso no va a ser problema-dijo el librero-. ¿Dalmau?
Uno de sus dependientes acudió solícito a la llamada.