El Juego Del Ángel
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– ¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? -preguntó la bibliotecaria.
Negué.
– Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.
– Ponga eso en su libro.
Señalé su anillo de compromiso.
– No sé quién será ese tontaina, pero espero que sepa que es el hombre más afortunado del mundo.
Eulalia sonrió con cierta tristeza y asintió. Regresamos a la biblioteca y cada cual volvió a su lugar, ella a su escritorio y yo a mi rincón. Me despedí de ella al día siguiente, cuando decidí que no podía ni quería leer una línea más de revelaciones y verdades eternas. De camino a la biblioteca le compré una rosa blanca en un puesto de la Rambla y la dejé sobre su escritorio vacío. La encontré en uno de los pasillos, ordenando libros.
– ¿Me abandona ya, tan pronto? -dijo al verme-. ¿Quién me va a soltar piropos ahora?
– ¿Quién no?
Me acompañó a la salida y me estrechó la mano en lo alto de la escalinata que descendía al patio del viejo hospital. Me encaminé escaleras abajo. A medio camino me detuve y me volví. Seguía allí, observándome.
– Buena suerte, Ignatius B. Espero que encuentre lo que busca.
Mientras cenaba en la mesa de la galería con Isabella advertí que mi nueva ayudante me miraba de reojo.
– ¿No le gusta la sopa? No la ha tocado… -aventuró la muchacha.
Miré el plato intacto que había dejado enfriar sobre la mesa. Tomé una cucharada e hice amago de saborear el más exquisito manjar.
– Buenísima -ofrecí.
– Tampoco ha dicho una palabra desde que ha vuelto de la biblioteca -añadió Isabella.
– ¿Alguna queja más?
Isabella desvió la mirada, molesta. Me tomé la sopa fría sin apetito, una excusa para no tener que conversar.
– ¿Por qué está tan triste? ¿Es por esa mujer?
Dejé la cuchara sobre el plato a medias.
No respondí y seguí remando en la sopa con la cuchara. Isabella no me quitaba los ojos de encima.
– Se llama Cristina -dije-. Y no estoy triste. Estoy contento por ella porque se ha casado con mi mejor amigo y va a ser muy feliz.
– Y yo soy la reina de Saba.
– Lo que tú eres es una entrometida.
– Me gusta usted más así, cuando está de mala baba y dice la verdad.
– Pues a ver cómo te gusta esto: lárgate a tu cuarto y déjame en paz de una puñetera vez.
Intentó sonreír pero para cuando alargué la mano hacia ella se le habían llenado los ojos de lágrimas. Cogió mi plato y el suyo y huyó rumbo a la cocina. Oí los platos caer sobre el fregadero y, segundos después, la puerta de su dormitorio cerrándose de un golpe. Suspiré y saboreé el vaso de vino que quedaba, un caldo exquisito traído de la tienda de los padres de Isabella. Al rato me acerqué hasta la puerta de su habitación y golpeé suavemente con los nudillos. No respondió, pero pude oírla sollozar en el interior. Intenté abrir la puerta, pero la muchacha había cerrado por dentro.
Subí al estudio, que tras el paso de Isabella olía a flores frescas y parecía el camarote de un crucero de lujo. Isabella había ordenado todos los libros, había quitado el polvo y había dejado todo reluciente y desconocido. La vieja Underwood parecía una escultura y las letras de las teclas podían volver a leerse sin dificultad. Una pila de folios nítidamente ordenados descansaba sobre el escritorio con los resúmenes de varios textos escolares de religión y catcquesis junto con la correspondencia del día. En un platillo de café había un par de cigarros puros que desprendían un perfume delicioso. Macanudos, una de las delicias caribeñas que un contacto en la Tabacalera le pasaba de tapadillo al padre de Isabella. Tomé uno y lo encendí. Tenía un sabor intenso que dejaba intuir que en su aliento tibio se encontraban todos los aromas y venenos que un hombre podía desear para morir en paz.
Me senté al escritorio y repasé las cartas del día. Las ignoré todas menos una, de pergamino ocre y tocada con aquella caligrafía que hubiera reconocido en cualquier lugar. La misiva de mi nuevo editor y mecenas, Andreas Corelli, me citaba el domingo a media tarde en lo alto de la torre del nuevo teleférico que cruzaba el puerto de Barcelona.
La torre de San Sebastián se elevaba a cien metros de altura en un amasijo de cables y acero que inducía al vértigo a simple vista. La línea del teleférico había quedado inaugurada aquel mismo año con motivo de la Exposición Universal que había puesto todo patas arriba y sembrado Barcelona de portentos. El teleférico cruzaba la dársena del puerto desde aquella primera torre hasta una gran atalaya central con trazas de torre Eiffel que servía de meridiano y de la cual partían las cabinas suspendidas en el vacío en la segunda parte del trayecto hasta la montaña de Montjuic, donde se ubicaba el corazón de la Exposición. El prodigio de la técnica prometía vistas de la ciudad hasta entonces sólo permitidas a dirigibles, aves de cierta envergadura y bolas de granizo. Tal y como yo lo veía, el hombre y la gaviota no habían sido concebidos para compartir el mismo espacio aéreo y tan pronto puse los pies en el ascensor que subía a la torre sentí que el estómago se me encogía al tamaño de una canica. El ascenso se me hizo infinito, el traqueteo de aquella cápsula de latón, un puro ejercicio de náusea.
Encontré a Corelli mirando por uno de los ventanales que contemplaban la dársena del puerto y la ciudad entera, la mirada perdida en las acuarelas de velas y mástiles que resbalaban sobre el agua. Vestía un traje de seda blanca y jugueteaba con un azucarillo entre los dedos que procedió a engullir con voracidad lobuna. Carraspeé y el patrón se volvió, sonriendo complacido.
– Una vista maravillosa, ¿no le parece? -preguntó Corelli.
Asentí, blanco como un pergamino.
– ¿Le impresionan las alturas?
– Soy animal de superficie -respondí, manteniéndome a una distancia prudencial de la ventana.
– Me he permitido comprar billetes de ida y vuelta -informó.
– Todo un detalle.
Le seguí hasta la pasarela de acceso a las cabinas que partían de la torre y quedaban suspendidas en el vacío a casi un centenar de metros de altura durante lo que me parecía una barbaridad.
– ¿Cómo ha pasado la semana, Martín?
– Leyendo.
Me miró brevemente.
– Por su expresión de aburrimiento sospecho que no a don Alejandro Dumas.
– Más bien a una colección de casposos académicos y a su prosa de cemento.
– Ah, intelectuales. Y usted quería que contratase a uno. ¿Por qué será que cuanto menos tiene que decir alguien lo dice de la manera más pomposa y pedante posible? -preguntó Corelli-. ¿Será para engañar al mundo o a sí mismos?
– Posiblemente las dos cosas.
El patrón me entregó los billetes y me indicó que pasara delante. Se los tendí al encargado que sostenía abierta la portezuela de la cabina. Entré sin entusiasmo alguno. Decidí quedarme en el centro, tan lejos de los cristales como fuera posible. Corelli sonreía como un niño entusiasmado.
– Quizá parte de su problema es que ha estado usted leyendo a los comentaristas y no a los comentados. Un error habitual pero fatal cuando uno quiere aprender algo útil -apuntó Corelli.
Las puertas de la cabina se cerraron y un tirón brusco nos colocó en órbita. Me agarré a una barra de metal y respiré hondo.
– Intuyo que los estudiosos y teóricos no son santo de su devoción -dije.
– No soy devoto de ningún santo, amigo Martín, y menos de los que se canonizan a sí mismos o entre ellos. La teoría es la práctica de los impotentes. Mi sugerencia es que se aparte usted de los enciclopedistas y sus reseñas y vaya a las fuentes. Dígame, ¿ha leído usted la Biblia?
Dudé un instante. La cabina salió al vacío. Miré al suelo.
– Fragmentos aquí y allá, supongo -murmuré.
– Supone. Como casi todo el mundo. Grave error. Todo el mundo debería leer la Biblia. Y releerla. Creyentes o no, tanto da. Yo la releo por lo menos una vez al año. Es mi libro favorito.