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La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sue?a con una vida de caballero legendario. Pero lo m?s probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representaci?n del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente h?roe de sus sue?os. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ej?rcito del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania est? en juego.
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Pero el camino no fue muy largo. Aunque le pareció que habían transcurrido horas, en realidad no estuvieron más de diez minutos por el bosque y pronto empezó a clarear. Instantes después, el unicornio dio los últimos pasos entre los árboles y Lancelot lo mandó parar tirando de las riendas.

Ante él había una estrecha senda, que bordeaba la orilla cubierta de altos juncos de un pequeño lago.

Y lo más inquietante fue que conocía aquel lago.

Lancelot lo reconoció enseguida y sin el menor signo de duda. Era el lugar en el que había visto al hada Morgana por primera vez. El lago en el que había encontrado la armadura.

Se quedó mucho tiempo sobre el unicornio, contemplando la quietud del agua. Se sentía aturdido porque lo último que imaginaba era que hubiera llegado allí por simple casualidad. Seguramente llevaba un día y una noche errando por el bosque, pero no sin meta fija. Algo dentro de él -tal vez, el Dulac que de algún modo seguía existiendo en lo más profundo de sí mismo- lo había llevado hasta el lago.

Y creía saber por qué.

Un rato después, desmontó y fue con paso lento hacia la orilla. De pronto todo tenía un sentido, incluso el lago en el que creía haberse hundido en su sueño.

Mientras seguía mirando al lago sin verlo realmente, comprendió por fin todo lo que había ocurrido durante las últimas semanas. Lo que él había hecho.

Había matado personas. Había desengañado y herido a todos aquellos que le habían importado en alguna ocasión, y había perdido a las dos únicas personas a las que había querido. Horas antes, incluso había estado a punto cometer un asesinato a sangre fría.

Y todo había comenzado con aquella armadura. Lo que había tomado como un regalo, se había convertido en una verdadera maldición que, en pocos días, había transformado su vida en un cúmulo de desgracias. Si la conservaba un solo día más, tal vez ya no le quedaría la fuerza suficiente para arrojarla de su lado.

Ahora sabía por qué Dulac lo había llevado justamente hasta allí. Aquél era el lugar donde había encontrado la armadura y aquí la dejaría de nuevo. Por él podría quedarse cien o, incluso, mil años en el agua, hasta que encontrara a otro. Tal vez no supondría una maldición para su nuevo dueño.

Se quitó el casco, lo aguantó un momento entre sus manos y lo arrojó dibujando un gran arco en el aire. Cayó sobre el agua con un chapoteo y tardó unos segundos hasta hundirse definitivamente.

Algo dentro de él se encogió como un gusano pisado. El sentimiento de pérdida era tan fuerte que sentía verdadero dolor corporal. Tardó minutos en encontrar la energía suficiente para quitarse el guantelete izquierdo, y más minutos aún para que le siguiera todo lo demás.

Lancelot necesitó casi media hora para desprenderse de la armadura completa. Por último, se metió en el agua hasta la cintura para acabar de hundir todas las piezas. A pesar del temblor que le causaban aquellas aguas tan frías, se sentía profundamente confortado. La armadura había desaparecido, y con ella Lancelot. El chico desnudo, que no paraba de tiritar en medio de aquellas aguas congeladas a dos metros de la orilla, era de nuevo Dulac. Y se sentía infinitamente, infinitamente aliviado.

– Te vas a acatarrar si sigues mucho tiempo más en el agua helada.

Dulac se pegó tal susto que el agua de su alrededor se agitó formando olas concéntricas.

Lo que vio casi le llevó a dar un grito.

El unicornio había desaparecido. En su lugar había otro caballo, de igual color y casi de su mismo tamaño, pero de miembros más estilizados. Sobre él montaba una joven delgada, cubierta con una capa blanca, que le miraba con una sonrisa burlona.

– Lady… Gi… nebra -tartamudeó-. Pero… quiero decir, ¿cómo…?

– Veo que por lo menos recuerdas mi nombre -continuó Ginebra con su burla-. Después de tanto tiempo. Me siento honrada.

Dulac miró a su alrededor buscando la manera de escapar. No la había. Podía esconderse tras los juncos, que tenían la altura de un hombre, pero eso era todo.

– Realmente, deberías salir del agua -siguió Ginebra-. Hace demasiado frío para bañarse.

Ese era el siguiente problema.

– ¿Podríais… ser tan amable, Mylady, de alcanzarme la ropa? -preguntó-. Está en la orilla.

Ginebra miró desde el caballo en todas direcciones y encogió los hombros.

– No veo ninguna ropa.

– ¿Estáis segura?

– Completamente segura -respondió Ginebra-. Te la deben de haber robado -añadió-. El mundo es malo. Hay ladrones y pillos por todas partes. Pero quizá haya sido cosa del viento, ¿qué opinas tú? Aunque no parece soplar.

Dulac se mordió el labio inferior. El tono de la voz de Ginebra era de pura mofa. ¿Cuánto tiempo debía de llevar allí observándolo?

– En cualquier caso, tenemos un problema. Tú no puedes estar toda la vida en el agua muriéndote de frío, ¿no te parece?

– Pero tampoco puedo salir -respondió Dulac-. Mis cosas han desaparecido.

– Mmmm… -hizo Ginebra-. Entonces, ¿qué podemos hacer?

– Podría seguir congelándome un rato más -propuso Dulac.

– Sí, podrías -contestó Ginebra con seriedad-. Pero también podrías ponerte mi capa -desabrochó la fíbula de oro que sujetaba la prenda y con un elegante movimiento dejó que ésta cayera sobre su brazo derecho.

– ¿Vuestra capa? -de pronto Dulac deseaba ser de nuevo Lancelot. El no sabía qué decir ni cómo comportarse. En su papel de Caballero de Plata seguro que no le habría ocurrido.

– ¿A qué esperas? -preguntó Ginebra extendiendo hacia él el brazo con la capa, pero sin hacer ni el amago de acercarse un poco más-. Puedes cogerla con toda tranquilidad. Está limpia.

No había nada que Dulac deseara más. Estaba realmente congelado. Pero para eso tendría que salir del agua y, tras haberse quitado la armadura y el jubón, no llevaba absolutamente nada en el cuerpo.

– No es por eso, Mylady -dijo avergonzado.

– ¿No? -se asombró Ginebra-. Entonces, ¿qué? Te irá bien. Somos más o menos de la misma altura.

Sus ojos brillaban con picardía y a Dulac le resultaba imposible enfadarse con ella. Al contrario, de pronto tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no reírse a carcajadas, aunque aquello no cambiara el hecho de que realmente se encontraba en una situación cada vez más incómoda. Temblaba de frío y sentía que sus labios comenzaban a amoratarse. El agua estaba gélida.

Por fin, Ginebra se apiadó de él; se inclinó sobre la silla y colgó la capa de un arbusto que crecía junto a la orilla. Luego giró su caballo y desapareció en el recodo del camino por el que también lo habían hecho en su día Mordred y el hada Morgana.

Dulac echó un vistazo a derecha e izquierda y después salió deprisa del agua, descolgó la capa de la rama y se envolvió con ella. Tenía los dedos tan ateridos de frío que tuvo que hacer un gran esfuerzo para que la capa no se le escurriera, lo que le habría colocado en una situación todavía más embarazosa, ya que tras breves minutos Ginebra apareció de nuevo tras el recodo. Su expresión era tan irónica como antes y Dulac se imaginó que debía de tener un aspecto realmente ridículo, allí en la orilla, descalzo, envuelto en su capa y castañeteando los dientes de frío.

Pero, por el momento, le daba exactamente lo mismo. Se arropó más con la capa, que era de una tela muy fina pero suave y cálida. Y, además, olía como el pelo de su dueña. Cuando Ginebra se acercó, él se separó un poco hacia atrás, pero se topó con un arbusto mientras ella seguía guiando su caballo hacia delante. La joven dama se detuvo y desmontó a un escaso metro de distancia de él.

Se quedó un rato quieta, mirándolo como si él le ofreciera desde aquella posición una visión diferente a la que tenía desde la grupa del caballo. Por fin, dijo:

– Ya casi había perdido la esperanza de volver a verte.

A Dulac le gustó la palabra «esperanza». Pero no se atrevió a otorgarle un significado que seguramente no tenía. En los últimos tiempos se había llevado demasiadas decepciones como para soportar una más. No dijo nada, sólo sonrió con timidez.

– Arturo creía que no ibas a regresar nunca más -añadió Ginebra.

– Debe de estar muy enfadado conmigo -imaginó Dulac.

– ¿Enfadado? -Ginebra sacudió la cabeza-. No. Desilusionado. Muy desilusionado, ¿sabes? Quería hacer por ti todo lo que estaba en sus manos, y tú saliste corriendo.

– No salí corriendo -respondió Dulac impulsivo-. Quiero decir… Yo… yo no…

– … no te fuiste por cobardía -acabó la frase Ginebra, ladeando la cabeza-. Eso lo sé, tan bien como Arturo, si me lo preguntas. Quizá él piensa que eres desagradecido, pero desde luego no cobarde -encogió los hombros-. ¿Dónde has estado todo este tiempo?

– Aquí y allá -contestó Dulac evasivo-. Por todas partes.

– Salvo en Camelot -precisó Ginebra.

Dulac se limitó a asentir con la cabeza. El interrogatorio al que le estaba sometiendo le resultaba cada vez más incómodo. Por otro lado, ¿qué esperaba?

De nuevo pasó un buen rato en el que tan sólo se miraron sin hablar y, a pesar de que la sonrisa continuaba en la boca de Ginebra, él intuyó que aquella situación también era incómoda para ella. No era el único que se sentía… azorado.

– Podrías haber regresado, ¿lo sabes? -preguntó Ginebra de pronto.

¿Regresado? ¿Adonde?

Aunque no había pronunciado la pregunta en voz alta, Ginebra pareció leerla en sus ojos, pues contestó:

– A Camelot. Arturo no habría tenido nada en contra -inmediatamente corrigió sus palabras-: Arturo no tiene nada en contra.

– ¿Cómo lo sabéis? -preguntó Dulac con desconfianza.

– Porque me lo ha dicho -respondió Ginebra. Parecía esperar una determinada reacción de su parte. Pero como ésta no llegó, encogió los hombros con un ligero gesto de decepción y se dio la vuelta. Dulac temió que se dirigiera a su caballo y se marchara sin más de allí, pero ella dio tan sólo unos pasos y se sentó con las rodillas dobladas sobre el musgo que había delante del bosque. Dulac la siguió sin pensarlo y se sentó a su lado; no tan cerca como habría deseado, pero bastante más de lo que era conveniente.

De nuevo fue como si ella hubiera leído sus pensamientos, porque dijo:

– No te preocupes. Nadie va a vernos. Estoy sola.

– ¿Aquí? -Dulac se giró-. ¿No es demasiado peligroso?

– Ahora pareces Arturo -dijo Ginebra-. Pero no tengas miedo. No me puede pasar nada. Crecí en un lugar como éste, ¿sabes? En estos bosques no me atraparían ni los bárbaros más bárbaros.

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