La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial
- Автор: Hohlbein Wolfgang, Wolfgang Heike
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I – La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:
Saltó sobre el caballo de Morgana y salió al galope.
Para su alivio, el unicornio negro acató sus órdenes y, en pocos segundos, alcanzó una velocidad tan fantástica como la de su compañero blanco del otro mundo. A ello contribuyó que el suelo del bosque estaba libre de matas y los troncos se encontraban muy separados entre sí. Tras breves instantes cruzaba el aire como un dardo, diez veces más veloz que cualquier caballo normal, tan rápido como para dejar atrás a todos sus perseguidores.
Lancelot volvió la cabeza, recibió un susto de muerte y tuvo que cambiar de opinión.
A todos los perseguidores que no cabalgaran sobre unicornios también. Desgraciadamente aquello no servía para los elbos oscuros. Cinco o seis de las figuras vestidas de negro iban tras él y estaban ganando terreno. Eran, sencillamente, los mejores jinetes.
Sin embargo, Lancelot no pensaba claudicar. Aquel extraño bosque tenía que terminar antes o después. Tal vez en terreno abierto podría galopar lo suficientemente deprisa para dejarlos atrás. Se inclinó sobre el cuello del animal y aflojó las riendas.
Cada vez más veloces recorrieron el bosque. Cuando, un trecho después, Lancelot volvió la vista atrás, comprobó que el número de los perseguidores se había reducido a tres. Pero aquellos tres se habían aproximado mucho. Y que fueran tres, treinta o uno daba lo mismo. Lancelot acababa de experimentar que no podía vencer ni a uno sólo de aquellos espantosos guerreros negros.
Y de pronto el bosque terminó. Frente a él había una pendiente suave que llevaba a la orilla de un pequeño lago. En la pradera y, abajo, en el agua, pacía una manada de unicornios blancos.
El animal de Lancelot se encabritó atemorizado y la reacción del jinete no fue lo bastante rápida. Se agarró al pomo de la silla para aguantarse mejor, pero no pudo evitar desequilibrarse y caer al suelo. Los cascos del caballo estuvieron a punto de patearlo. Asustado, Lancelot ocultó la cabeza entre los hombros, el gesto le hizo perder apoyo y salió rodando pendiente abajo. A medio camino del lago, consiguió sobreponerse y sentarse con cierta comodidad.
Lo que vio le pareció asombroso.
El unicornio negro que acababa de deshacerse de él se encontraba en la linde del bosque y piafaba nervioso en el sitio. Sus orejas se movían ininterrumpidamente. Había algo en aquel lugar que le producía mucho miedo.
Lancelot miró a todos lados, alarmado. Fuera lo que fuera aquello que le daba tanto miedo a un ser fabuloso y casi invulnerable como aquél, era suficiente para mantenerle a él sobre aviso. Avalon podía ser el país de los elbos y los seres fabulosos, pero no por eso dejaba de ofrecer múltiples peligros.
Sin embargo, no vio ningún monstruo ni otro ser maligno. Los únicos seres vivos que había entre el bosque y el lago eran los unicornios blancos.
Los animales habían dejado de pacer o beber agua y miraban con atención al bosque. El unicornio negro siguió piafando intranquilo un rato más, y luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Tan sólo unos segundos después, tres elbos negros salieron galopando del bosque.
También sus animales se espantaron en cuanto aparecieron en el claro, pero los jinetes lograron con su pericia que no se desbocaran. Se mantuvieron sobre ellos y consiguieron que se pusieran al trote y, luego, se pararan entre el bosque y Lancelot. Extrañamente, no se abalanzaron sobre él, sino que se quedaron quietos, mirando indecisos a su alrededor.
También los unicornios habían levantado la cabeza y miraban con atención a los tres recién venidos. Dos, tres animales dieron un paso vacilante en su dirección, y se quedaron parados de nuevo.
Lancelot se levantó con precaución y corrió hacia el agua, y, en ese mismo momento, se armó la revolución.
Dos elbos se lanzaron a su captura y los unicornios se desmandaron en todas direcciones como había hecho su hermano negro.
Los elbos ni siquiera pudieron aproximarse a Lancelot. Cinco, seis, siete unicornios chocaron contra los flancos de los animales. Uno de los corceles, enfundado en su barda negra, cayó al suelo con un relincho estridente cuando el cuerno torneado de un unicornio atravesó rechinando su armadura. El otro permaneció sobre sus patas, pero dio un traspié y tiró a su jinete. El elbo cayó sobre la hierba y, desde allí, vio cómo los unicornios atacaban al tercer guerrero que se había quedado junto al bosque. El elbo ordenó a su caballo que reculara deprisa mientras Lancelot seguía corriendo hasta meterse en el lago; luego se quedó quieto y miró hacia atrás.
Lo que vio le provocó escalofríos.
Los dos guerreros habían conseguido levantarse y huían hacia el bosque al borde del pánico. Los unicornios ya no parecían preocuparse de ellos, ahora empleaban toda su energía en abalanzarse sobre sus hermanos negros. El que había caído no estaba en condiciones de levantarse, y el otro no tenía muchas posibilidades más. Ambos acabaron hechos pedazos. Lancelot no había presenciado nunca tanta rabia y falta de piedad como la que demostraron los unicornios por sus hermanos de raza. Incluso cuando los animales ya hacía rato que no se movían, continuaban pateando los sangrientos cadáveres y ensartándolos con sus horripilantes cuernos.
Era una visión cruenta. Aquellos fabulosos animales blancos se habían transformado en demonios bañados en sangre y la orilla del lago era ahora el escenario de una pesadilla convertida en realidad.
Lancelot, conmovido, permaneció un rato observando aquel horror. Finalmente dio un paso en dirección hacia la orilla y volvió a pararse.
Uno de los unicornios se había separado de sus víctimas y su mirada lo enfocaba a él. Su cara y su cuello estaban cubiertos de manchas rojas y de su cuerno goteaba la sangre. La expresión de sus ojos era sanguinaria.
Y estaba dirigida a él.
Lancelot dio un paso atrás. Bajo sus pies sentía el fondo escurridizo y tuvo que hacer esfuerzos por mantener el equilibrio.
El unicornio se estaba aproximando despacio. El chispazo de sus ojos no se había atenuado y Lancelot comprendió que no podía esperar indulgencia de aquel ser. Él no pertenecía a aquel lugar. Si regresaba a la orilla, aquellos monstruos acabarían con él como habían hecho con los unicornios negros.
Y tal vez no sólo en ese caso…
El animal dio un paso más y penetró en el agua. El brillo de rabia de su mirada se acrecentó y separó los belfos, como si se tratara de un perro rabioso que mostrara los dientes amenazador.
Lancelot se echó para atrás, buscando separarse del animal, pero resbaló y se cayó al agua. Intentó incorporarse con rapidez y, seguramente, lo habría conseguido de no haber dado otro paso hacia atrás. En el suelo escurridizo había…
Nada más.
Su pie dio en el vacío. Tras él se abría un abismo que no tenía fin. Lancelot se venció hacia atrás, braceó desconcertado intentando de algún modo evitar la caída, pero no lo consiguió. Se cayó al agua de espaldas y el peso de la armadura lo arrastró como una piedra hasta el fondo.
Y así acabó la pesadilla. Lancelot rodó con un grito, se impulsó hacia arriba con los brazos extendidos y comenzó a atragantarse entre jadeos, convencido de que iba a vomitar agua fangosa y lodo. Pero todo lo que salió por la visera abierta de su yelmo fue un poco de saliva. Su cuerpo temblaba. El suelo sobre el que se movía estaba seco y cubierto de agujas de pino, y no resbaladizo como el del fondo del lago. No se veía tu una gota de agua en los alrededores.
Se encontraba recostado sobre un matorral espinoso, cuyas espinas habían logrado introducirse a través de las ranuras de la armadura y le estaban pinchando por todos lados.
Se incorporó y, con algo de desconcierto, logró ponerse de rodillas. Miró a todos lados. El lago, en el que había estado a punto de morir ahogado, se había transformado en un bosque, un bosque muy normal con árboles normales, entre los que crecían arbustos y maleza. En el suelo no había unicornios muertos, ni vivos que pudieran herirlo con su cuerno o patearlo hasta causarle la muerte. Y tampoco hombres con las orejas puntiagudas, enfundados en armaduras negras y montados sobre gigantescos animales. No estaba en la gruta de cristales, bajo las ruinas de Malagon, pero tampoco en el bosque marfileño y, con toda probabilidad, ni siquiera ya en Avalon.
No. Lancelot corrigió sus pensamientos. No es que no se encontrara ya allí, es que no había estado nunca. No existía aquel lugar. Avalon y la Tir Nan Og eran leyendas, igual que sólo existían los elbos en los mitos y los cuentos. No tenía ni idea de dónde se hallaba y de cómo había llegado hasta allí. Una mirada al cielo le confirmó que era primera hora de la mañana. El sol acababa de salir y aquellos no eran, sin duda, los bosques umbríos y pantanosos de Malagon. No había que fantasear mucho para imaginar lo que había sucedido. El fuego mágico de Morgana había logrado aturdirle. De alguna manera había conseguido sobrevivir a él y salir de Malagon; debía de haber pasado todo el día y la noche sucesiva errando sin rumbo fijo, hasta que finalmente se había desplomado de cansancio y tenido aquella absurda pesadilla.
Esa teoría se sustentaba sobre una base muy poco sólida, pero era mil veces mejor que pensar que había estado realmente en aquel misterioso mundo lleno de seres fabulosos y elbos.
Se levantó y obtuvo la prueba de que, definitivamente, no había sido más que un sueño. El elbo oscuro, que lo había desarmado, le había quitado también el escudo; sin embargo, ahora lo llevaba a la espalda y la espada seguía también en su cincho.
Lancelot se volvió y emitió un silbido. Un momento después, se oyeron los cascos de un caballo y apareció el unicornio entre los árboles. A pesar del alivio que le produjo verlo, titubeó antes de acercarse a él. Ahora lo veía con otros ojos. Ilusión o no, tenía muy claro que aquel animal no era una simple criatura fantástica, sino también una fiera peligrosa.
Apartó aquella idea de su cabeza, cogió impulso, se montó sobre la silla y guió al unicornio en lo que creía era dirección sur. Muy seguro no estaba, porque un detalle sí hubiera preferido de su sueño: cabalgar por el bosque marfileño. El bosque real en el que se encontraba era tan espeso que el techo de hojas sólo le permitía intuir el sol, pero le impedía verlo con claridad y, por tanto, no podía orientarse por su posición. Más de una vez estuvieron a punto de enredarse en los matorrales y continuaron gracias a la descomunal fortaleza que empleaba el unicornio para abrirse paso entre las zarzas.