El azul de la Virgen
- Автор: Шевалье Трейси
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
Le presenté una versión abreviada de mis investigaciones en la que intervenían Mathilde y monsieur Jourdain, sin mencionar a Jean-Paul.
– ¡Menuda coincidencia! Has tenido mucha suerte, Ella. Y has venido hasta aquí para enseñármelo Jacob pasó la mano por la cubierta de cuero. Detrás de sus palabras se escondía una pregunta, pero no la contesté. Sin duda le había parecido desproporcionado que me presentara en Moutier de repente para enseñarle la Biblia, pero no me parecía que pudiera hacerle confidencias: se parecía demasiado a mi padre. Ni por ensoñación se me ocurriría contarles a mis padres lo que acababa de hacer, la situación que había dejado a mi espalda.
Más tarde Jacob y yo salimos a dar un paseo por Moutier. El hôtel de ville, un edificio cuidadosamente pensado, con postigos grises y torre del reloj, se alzaba en el centro. Las tiendas se agrupaban a su alrededor, formando lo que recibía el nombre de ciudad vieja, aunque parecía muy nueva comparada con Lisle: muchos de los edificios eran modernos, y todos habían sido renovados, con estuco y pintura nuevos, así como con nuevas tejas cuadradas para los tejados. Me fijé en un edificio peculiar, de cúpula con forma de cebolla a un lado, y debajo, en un nicho, un monje de piedra que sostenía un farol sobre la esquina de la calle, pero, por lo demás, los edificios eran uniformes y carecían de adornos.
En el último siglo Moutier había alcanzado una población de ocho mil almas, y las casas se habían extendido por las laderas de las colinas en torno a la ciudad vieja para albergar a la población. Nada parecía haber sido planeado, lo que resultaba extraño después de haber vivido en Lisle, con su cuadrícula de calles y la sensación de que se trataba de un todo orgánico. Con pocas excepciones, los edificios eran funcionales más que estéticamente satisfactorios, construidos para una determinada finalidad, sin trabajo decorativo en ladrillo, ni vigas transversales ni alicatados como en Lisle.
Alejándonos un poco del centro paseamos por un sendero próximo al Birse. Era un río pequeño, más parecido a un riachuelo que a un verdadero río, con abedules plateados en las orillas. Había algo jubiloso en el hecho de que el agua corriera a través de una ciudad, uniéndola con el resto del mundo, un recordatorio de que aquel lugar no era tan estático ni estaba tan aislado.
Por donde quiera que íbamos Jacob me presentaba como una Tournier de los Estados Unidos. Se me recibía con una mirada de reconocimiento y aceptación que no había esperado. Era desde luego diferente de la recepción que había tenido en Lisle. Se lo comenté a Jacob, que sonrió.
– Quizá seas tú la que ha cambiado -dijo.
– Quizá -no añadí que, si bien la actitud de la gente hacia mí en Moutier era muy agradable, también desconfiaba un poco de la aceptación tan sin restricciones de un apellido. Si supieran lo terriblemente que me había comportado, pensaba con tristeza, no creerían que los Tournier fuesen tan maravillosos.
Jacob tenía que dar algunas clases De camino al conservatorio me llevó a una capilla dentro del cementerio, situado en el límite del núcleo urbano, y me dejó allí para que inspeccionara el interior. Me contó que había habido monasterios en Moutier desde el siglo VII la actual capilla de Chaliéres databa del X. El interior era reducido y sencillo, con desvaídos frescos de estilo bizantino en marrón rojizo y crema en las paredes del coro y lechada en el resto. Estudié las figuras obedientemente -Cristo con los brazos extendidos, una fila de apóstoles debajo, con halos que enmarcaban sus cabezas, algunos de los rostros deteriorados hasta perder por completo toda expresión- pero, con la excepción del débil rastro de una mujer de aspecto triste a un lado, los frescos no me interesaron en absoluto.
Cuando salí de la ermita vi a Jacob a media ladera, delante de una lápida, la cabeza inclinada, los ojos cerrados. Lo contemplé durante un momento, avergonzada de mis preocupaciones cuando allí existía una tragedia real, un hombre que sufría ante la tumba de su esposa. Para respetar su intimidad, entré otra vez en la capilla. Una nube había tapado el sol, el interior estaba más oscuro, y las figuras de los frescos parecían suspendidas sobre mí como fantasmas. Me coloqué delante de las líneas apenas visibles de la mujer y la estudié con más detalle. Era muy poco lo que quedaba de ella: ojos de pesados párpados, nariz grande, labios fruncidos, encuadrados por una túnica y un halo. Y, sin embargo, aquellos elementos rudimentarios captaban su dolor con precisión.
– La Virgen, por supuesto -dije en voz baja.
Había algo en su expresión que la diferenciaba de la de Nicolas Tournier. Cerré los ojos y traté de recordarlo: el dolor, la resignación, la extraña paz del rostro. Volví a abrirlos y miré de nuevo a la figura que tenía delante. Entonces lo vi: era la boca, las tensas curvas en las comisuras. Aquella Virgen estaba enfadada.
Cuando salí de la ermita por segunda vez el sol había vuelto a aparecer y Jacob se había marchado. Caminé en dirección al centro por entre las casas más nuevas, y terminé en la iglesia protestante, la que había visto cuando me desperté la primera vez en casa de Jacob. Era un edificio de grandes proporciones, hecho de piedra caliza y rodeado de árboles añosos. De algún modo me recordaba a la iglesia de Le Pont de Montvert: las dos estaban situadas en el mismo lugar en relación con el pueblo; no en el centro, pero sí en una posición dominante, a mitad de la ladera norte de una colina, con un pórtico donde crecía la hierba y un muro donde era posible sentarse y ver la población desde arriba. Di la vuelta a toda la iglesia y descubrí que la puerta principal estaba abierta. En el interior encontré más decoración que en la iglesia de Le Pont de Montvert, dado que contaba con suelos de mármol y algunas vidrieras de colores en el coro. De todos modos resultaba fría, austera y, después de la capilla de Chaliéres, demasiado grande e impersonal. No me quedé mucho tiempo.
Me senté en el muro donde daba el sol, como ya había hecho en otra ocasión en Le Pont de Montvert. Empezaba a hacer calor y me quité la chaqueta. Descubrí que me habían aparecido nuevos brotes de psoriasis en los brazos. «Maldita sea», murmuré. Los doblé sobre el pecho, luego los extendí y los alcé para que les diera el sol. El movimiento de extensión hizo que una mancha del brazo se llenara de sangre.
En aquel momento un labrador negro saltó hacia mí, se subió a medias en el muro y me empujó el costado con la cabeza. Me eché a reír y lo acaricié.
– Llegas muy a tiempo, perro -dije-. No permitas que sienta pena de mí misma.
Lucien apareció cruzando el verde. Al acercarse lo pude ver mejor que la noche anterior, el rostro de niño, el pelo oscuro e hirsuto, los ojos grandes de color avellana. Debía de tener unos treinta años, pero parecía que ni las preocupaciones ni la tragedia lo habían tocado nunca. Un inocente suizo. Miré hacia abajo, exponiendo a sabiendas mi psoriasis. Advertí otra mancha en el tobillo y me maldije por haber olvidado en Francia la pomada de cortisona.
– Salut, Ella -dijo, y siguió de pie, sin saber muy bien qué hacer, hasta que lo invité a sentarse. Llevaba unos viejos pantalones cortos y una camiseta, las dos prendas cubiertas de manchas de pintura. El labrador nos miró, jadeante, moviendo el rabo; cuando se convenció de que no íbamos a ningún sitio, empezó a olfatear los árboles de los alrededores.
– ¿Es usted pintor? -dije para romper el silencio, al tiempo que me preguntaba si habría oído hablar de Nicolas Tournier.
– Sí -contestó-. Trabajo allí en lo alto -señaló un lugar colina arriba, detrás de nosotros-. ¿Ve la escalera?
– Ah, sí -pintor de brocha gorda. Aquello no debería ser un impedimento. Pero me quedé sin preguntas; no supe qué decir.