Muerte y juicio
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Muerte y juicio». Краткое содержание книги:
Brunetti es un hombre afable, que vive y trabaja en Venecia. Está felizmente casado con Paola, y es padre de dos hijos adolescentes, Chiara y Raffi. Es un policía honesto, amante de la justicia, algo pesimita en cuando a las injusticias que le rodean, y que, con la ayuda del sargento Vianello, día a día se enfrenta al crimen en su ciudad natal.
Bueno, pues en Muerte y Juicio, lo que nos vamos a encontrar es esto, ni más ni menos. La historia se sitúa en el marco habital, Venecia, y los “actores” que irán dando forma a la historia son, entre otros, los que acabo de mencionar, Brunetti, su esposa, sus hijos, el sargento Vianello… todos ellos acompañados de otros incondicionales en la obra de Donna Leon y algunos otros esporádicos, entre los que se encuentran, claro está, el asesino o asesinos y el asesinado o asesinados.
Publicada en el año 1995, se trata de la cuarta novela de este género que escribe esta autora, quien hábilmente nos llevará de la mano en busca de la resolución del último caso que le han asignado al commissario Brunetti, el asesinato del influyente avvocato Trevisan, quien ha aparecido muerto en el tren de Turín de dos disparos en el pecho. Pero lo cierto, es que éste sólo será el principio de una serie de acontecimientos en cadena que irán complicando la historia. La sucesión de estos acontecimientos, unidos a las pistas que la autora nos pone estratégicamente aquí y allá, nos llevarán hasta la resolución del caso.
Confieso que el final no me ha terminado de convencer, quizá haya sido demasiado rápido, o demasiado fácil, y además acompañado de algo de truco. Pero para evitar caer en el spoiler, no voy decir nada más al respecto. Os dejo con la intriga para que os animéis a leer el libro.
Me ha parecido una novela entretenida, rápida, dinámica, de muy fácil lectura, con un punto de intriga, pero sin más pretensiones que la de hacerte pasar un buen rato de lectura, que dicho sea de paso, ya es bastante.
Me ha llamado la atención que, a lo largo de todo el libro, y supongo que para que no nos olvidemos del escenario en el que se sitúa la acción, la autora, o quizá la traductora, no lo sé, utiliza palabras o expresiones del idioma de origen, tales como avvocato, questura, signore, signorina, avanti, o buona sera, buon giorno, per favore… todas ellas perfectamente comprensibles dentro del entorno en el que se encuentran situadas, y que, por otro lado, le dan a la obra un agradable “toque italiano” o mejor dicho “veneciano”.
Apagó el televisor y el vídeo y fue a la habitación de Chiara. La puerta estaba abierta y entró sin llamar. Chiara, en la cama, recostada en los almohadones, tenía un brazo alrededor de Paola, que estaba sentada en el borde del colchón y apretaba con el otro un perro de trapo, mordido y deteriorado, que tenía desde los seis años.
– Ciao, papà-le dijo. Lo miraba pero no sonreía.
– Ciao, angelo. -Él se paró al lado de la cama-. Siento mucho que hayas visto eso. -Palabras estúpidas que le hacían sentirse estúpido.
Chiara lo miró fijamente, buscando un reproche en su tono, pero no lo había; sólo un hondo remordimiento que ella era muy joven para detectar.
– ¿La mataron de verdad, papá? -preguntó, destruyendo la esperanza de Brunetti, de que ella hubiera huido antes del final.
– Eso temo, Chiara.
– ¿Por qué? -Había en su voz tanta confusión como horror.
Él buscó una respuesta. Trató de invocar pensamientos nobles, de encontrar la manera de convencer a su hija de que, a pesar de la maldad que había presenciado, en el mundo, esas cosas son la excepción, de que la Humanidad, por instinto, es buena.
– ¿Por qué, papá? ¿Por qué tenían que hacerle eso?
– No lo sé, Chiara.
– Pero ¿la mataron de verdad? -preguntó.
– No hables más de eso -la interrumpió Paola, abrazándola más estrechamente y besándola en la sien.
Chiara insistió:
– ¿La mataron?
– Sí, Chiara.
– ¿Murió de verdad?
Paola lo miraba tratando de silenciarlo con los ojos, pero él respondió:
– Sí, Chiara, murió.
Chiara se puso el maltratado perro en el regazo y lo miró fijamente.
– ¿Quién te ha dado la cinta, Chiara? -preguntó él.
Ella tiró al perro de una oreja, pero suavemente, recordando que era la que estaba rota.
– Francesca -dijo al fin-. Me la ha dado esta mañana antes de clase.
– ¿Te ha dicho algo?
Ella puso al perro erguido sobre las patas traseras. Tardó en contestar.
– Ha dicho que había oído que yo hacía preguntas acerca de ella por lo que le pasó a su padre. Piensa que lo hacía para ayudarte, porque eres policía. Y me ha dicho que, si quería saber por qué alguien podía querer matar a su padre, que mirara la cinta. -Movía al perro hacia uno y otro lado, como si caminara hacia ella.
– ¿Ha dicho algo más, Chiara?
– Nada más, papá.
– ¿Sabes de dónde ha sacado la cinta?
– No. Sólo ha dicho que demostraba por qué alguien había querido matar a su padre. Pero ¿qué tenía que ver con eso el padre de Francesca?
– No lo sé.
Paola se levantó con un movimiento tan brusco que hizo caer al suelo al perro. Se agachó a recogerlo y se quedó con el maltrecho muñeco en la mano, oprimiéndolo como si quisiera ahogarlo. Después, muy despacio, se inclinó, lo dejó en el regazo de Chiara, acarició el pelo a su hija y salió de la habitación.
– ¿Quiénes eran esos hombres, papá?
– Supongo que serbios, pero no estoy seguro. Alguien que conozca el idioma tendrá que escuchar la cinta y entonces lo sabremos.
– ¿Qué vas a hacer, papá? ¿Los enviarás a la cárcel?
– No lo sé, tesoro. No será fácil encontrarlos.
– Pero tendrían que ir a la cárcel, ¿no?
– Sí.
– ¿Qué crees que habrá querido decir Francesca con eso de su padre? -Se le ocurrió una posibilidad y preguntó-: No era él el que tenía la cámara, ¿verdad?
– No; seguro que no.
– Entonces ¿qué ha querido decir?
– No lo sé. Eso es lo que habrá que averiguar. -Observó cómo su hija trataba de atar las orejas al perro-. ¿Chiara?
– ¿Sí, papá? -Ella lo miró, segura de que ahora él diría algo que lo explicaría todo, lo arreglaría todo y entonces sería como si aquello no hubiera ocurrido.
– Me parece que vale más que no vuelvas a hablar con Francesca.
– ¿Ni haga más preguntas?
– Ni hagas más preguntas.
Ella asimiló esto y preguntó vacilando:
– ¿No estás enfadado conmigo, verdad?
Brunetti se agachó junto a la cama.
– No estoy enfadado contigo. -No estaba seguro de poder controlar la voz y tuvo que hacer una pausa antes de decir, señalando al perro-: Ten cuidado, no le arranques las orejas a Bark.
– Es un perro muy feo, ¿no te parece? -dijo Chiara-. Mira, se le cae el pelo.
Brunetti frotó el hocico del perro con la yema del dedo.
– Es que a los perros no se les muerde, Chiara.
Ella sonrió y saltó de la cama.
– Me parece que será mejor que haga los deberes.
– De acuerdo. Yo voy a hablar con tu madre.
– Papá -dijo Chiara cuando él iba hacia la puerta.
– ¿Hmm?
– ¿Mamá tampoco está enfadada conmigo?
– Chiara -dijo él con una voz no muy firme-: Tú eres nuestro mayor tesoro. -Antes de que su hija pudiera responder, agregó, con voz más grave-: Ahora haz los deberes. -Brunetti esperó a verla sonreír antes de salir de la habitación.
Paola estaba vuelta hacia el fregadero escurriendo la lechuga. Al oírle entrar se volvió y le dijo:
– Aunque se hunda el mundo, la cena no se perdona. -Él observó con alivio que su mujer sonreía-. ¿Chiara está bien?
Brunetti encogió los hombros.
– Hace los deberes. Cómo está, no lo sé. ¿Tú qué crees? La conoces mejor que yo.
Ella soltó la manivela de la centrifugadora y lo miró. Cuando se apagó el zumbido del aparato preguntó:
– ¿Lo crees realmente?
– ¿Creo qué?
– Que yo la conozco mejor que tú.
– Eres su madre -dijo Brunetti, como si esto lo explicara todo.
– Guido, a veces me parece que vives en las nubes. Si tú fueras una moneda, Chiara sería la otra cara.
Al oírle decir esto, él sintió un cansancio inexplicable. Se sentó a la mesa.
– Quién sabe. Es joven. Quizá lo olvide.
– ¿Lo olvidarás tú? -preguntó Paola, sentándose frente a él.
Brunetti movió la cabeza negativamente.
– Olvidaré detalles de la película, pero nunca se me olvidará que la he visto ni lo que significa.
– Lo que no entiendo -empezó Paola- es por qué tiene alguien que desear ver eso. Es obsceno. -Se interrumpió y luego agregó, con sorpresa en la voz, al oírse a sí misma utilizar la expresión-. Es la maldad. Eso es lo más terrible. Me da la impresión de que he mirado por una ventana y he visto la maldad humana al desnudo. -Al cabo de un momento preguntó-: Guido, ¿cómo pueden hacer esas cosas esos hombres? ¿Cómo pueden hacer eso y seguir considerándose humanos?
Brunetti nunca tenía respuesta para lo que él consideraba las Grandes Preguntas. En lugar de intentar contestar preguntó a su vez:
– ¿Y el cámara, y los que pagan por verlo?
– ¿Pagan? -preguntó Paola-. ¿Pagan?
Brunetti asintió.
– Son cintas de vídeo que se graban para la venta. Los americanos los llaman snuff movies. Matan de verdad a la gente. Lo he leído. La Interpol envió un informe hace varios meses. Encontraron unas cuantas en Estados Unidos, en Los Ángeles, me parece. En unos estudios de cine. Allí hacían copias y las vendían.
– ¿De dónde proceden? -preguntó Paola, ya más horrorizada que asombrada.