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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– Cenizas de rosas -dijo, montando a caballo-. Alejémonos del olor de las rosas, tanto como la misma luna. Mañana, la casa estará llena de ellas.

Espoleó a la yegua castaña y cabalgó delante de Meggie por el sendero del torrente, sintiendo ganas de llorar, porque, hasta que había olido los futuros adornos del ataúd de Mary Carson, no había penetrado realmente en su cerebro la realidad de un hecho inminente: pronto se marcharía lejos de aquí. Demasiadas emociones, demasiados pensamientos, todos ellos ingobernables. No le dejarían estar un momento más en Gilly, cuando se enterasen de los términos del increíble testamento; le llamarían a Sydney inmediatamente. ¡Inmediatamente! Trató de huir de su dolor, pues jamás había sentido un dolor como éste; pero él le siguió sin dificultad. No era algo en un vago futuro; ocurriría inmediatamente. Y, después de esto, ya no sería bien venido en Drogheda, y nunca volvería a ver a Meggie.

Entonces empezó la disciplina, martilleada por los cascos del caballo, en una sensación de huida. Era mejor así, mejor, mejor. Galopar y seguir galopando. Sí, seguramente entonces le dolería menos, recluido sano y salvo en una celda de un palacio episcopal; cada vez menos, hasta que, al fin, se desvanecería el dolor en su conciencia. Así sería mejor. Mejor que permanecer en Gilly para ver cómo se transformaba ella en una criatura distinta de como la quería él y a la que un día tendría que casar con un desconocido. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Entonces, ¿qué estaba haciendo ahora, galopando con ella entre los arbustos, al otro lado del torrente? Parecía no poder comprender la razón, sólo sentir el dolor. No el dolor de la traición, pues no había sitio para esto. Sólo el dolor de separarse de ella.

– ¡Padre! ¡Padre! ¡No puedo seguirle! Vaya más despacio, padre, ¡por favor!

Era la llamada del deber y de la realidad. Como en una película en movimiento retardado, frenó su montura, la hizo girar y la retuvo hasta que la yegua se hubo calmado. Y esperó a que Meggie le alcanzara. Y esto era lo malo: que Meggie le alcanzaba.

Cerca de ellos se oía rugir el manantial, una gran charca humeante que olía a azufre, con una tubería como el ventilador de un barco, arrojando agua hirviente en sus profundidades. Alrededor del perímetro del pequeño lago elevado, los tubos de desagüe, parecidos a los radios de una rueda, se extendían sobre el llano, entre una hierba de un color esmeralda incongruente. Las orillas de la charca eran de un fango pegajoso y gris, y unos cangrejos de agua dulce, llamados yabbies, vivían en el barro.

El padre Ralph se echó a reír.

– Huele como el infierno, Meggie, ¿no te parece? Azufre y pedernal, aquí, en su misma propiedad, en su propia tierra. Debería reconocer el olor, cuando la entierren envuelta en rosas, ¿no crees? ¡Oh, Meggie…!

Los caballos se detuvieron, al soltarles las riendas; no se veía por allí ninguna valla, ni árboles en menos de un kilómetro. Pero había un leño en el lado opuesto a la boca del manantial, donde el agua era más fresca. Era un asiento colocado allí para los bañistas de invierno, para que se secasen las piernas y los pies.

El padre Ralph se sentó, y Meggie lo hizo a cierta distancia, vuelta de lado para observarle.

– ¿Qué le pasa, padre?

Era curioso que ella le formulase la misma pregunta que él se hacía a menudo. Sonrió.

– Te he vendido, Meggie; te he vendido por trece millones de monedas de plata.

– ¿Que me ha vendido?

– Es una manera de hablar. No importa. Ven, siéntate más cerca. Es posible que no volvamos a tener otra ocasión de hablar.

– ¿Quiere decir mientras yo lleve luto por mi tía? -Se deslizó sobre el tronco, acercándose a él-. ¿Qué tiene que ver el luto con esto?

– No me refiero al luto, Meggie.

– Entonces, ¿quiere decir que me estoy haciendo mayor y que la gente podría murmurar?

– Tampoco es exactamente eso. Quiero decir que voy a marcharme-

Ya estaba; había que hacer frente a otro disgusto, aceptar una nueva carga. Ni un grito, ni una lágrima, ni una protesta airada. Sólo un pequeño encogimiento, como si la carga, atravesada, no quisiera repartirse bien para que pudiese llevarla con más facilidad. Y un aliento contenido, que no llegaba a suspiro.

– ¿Cuándo?

– Cuestión de días.

– ¡Oh, padre! Será peor que lo de Frank.

– Y para mí, lo peor de toda mi vida. Yo no tengo quien me consuele. Tú, al menos, tienes a tu familia.

– Y usted tiene a su Dios.

– ¡Bien dicho, Meggie!!Estás creciendo!

Pero, como hembra tenaz, su mente había vuelto a la pregunta que no había podido hacer en cinco kilómetros de carrera. Él se marchaba, y la vida serla difícil sin él, pero la pregunta tenía una importancia propia.

– Padre, en la caballeriza, mencionó usted «cenizas de rosas». ¿Se refería al color de mi vestido?

– Quizás, en cierto modo. Pero creo que, en realidad, me refería a otra cosa.

– ¿Cuál?

– No lo comprenderías, Meggie. La muerte de una idea que no tenía derecho a nacer, y menos a ser alimentada.

– No hay nada que no tenga derecho a nacer, ni siquiera las ideas.

El volvió la cabeza para observarla.

– Sabes de lo que estoy hablando, ¿no?

– Creo que sí.

– No todo lo que nace es bueno, Meggie.

– No. Pero, si nació, fue para existir.

– Razonas como un jesuíta. ¿Cuántos años tienes?

– Cumpliré diecisiete dentro de un mes, padre.

– Y has trabajado diecisiete años. Bueno, el trabajo duro nos hace envejecer más pronto. Dime, Meggie, ¿en qué piensas, cuando tienes tiempo de pensar?

– ¡Oh! En Jims y en Patsy y en los otros chicos, en papá y mamá, en Hal y en la tía Mary. A veces, en tener hijos. Me gustaría mucho. Y en montar a caballo, en los corderos. En todas las cosas de que hablan los hombres. El tiempo, la lluvia, el huerto, las gallinas, lo que voy a hacer mañana.

– ¿Sueñas en tener un marido?

– No, aunque supongo que deberé casarme, si quiero tener hijos. Para los niños, es mala cosa no tener padre.

El sonrió, a pesar de su dolor. ¡Había en ella una mezcla tan extraña de ignorancia y moralidad! Después, se puso de lado, le asió el mentón con una mano y la miró fijamente. ¿Qué debía hacer y cómo hacerlo?

– Hace un momento, Meggie, me he dado cuenta de una cosa que debía haber advertido antes. No fuiste completamente sincera cuando me dijiste en qué pensabas, ¿verdad?

– Yo… -empezó a decir ella, y se calló.

– No dijiste que también pensabas en mí, ¿eh? Y, si no hubiese habido culpa en ello, habrías mencionado mi nombre junto con el de tu padre. Me parece que tal vez conviene que me marche, ¿no crees? Eres un poco mayor para los arrebatos de colegiala, pero no muy mayor para tus casi diecisiete años, ¿verdad? Me gusta tu poco conocimiento del mundo, pero sé cuan dolorosos pueden ser los arrebatos de las colegialas; yo tuve que soportar bastantes.

Pareció que la joven iba a decir algo, pero, al fin, sus párpados se cerraron sobre unos ojos lacrimosos, y sacudió la cabeza.

– Mira, Meggie, esto no es más que una fase, un hito en el camino de la feminidad. Cuando seas toda una mujer, conocerás al hombre destinado a ser tu marido, y estarás demasiado ocupada en vivir tu vida para pensar en mí, salvo como en un viejo amigo que te ayudó a superar alguno de los terribles espasmos de la adolescencia. Lo que no debes hacer jamás es acostumbrarte a pensar en mí de una manera más o menos romántica. Yo nunca podría mirarte como lo haría un marido. No te contemplo desde ese aspecto, Meggie, ¿lo comprendes? Cuando digo que te quiero, no pretendo que creas que te amo como on hombre. Soy un sacerdote, no un hombre. Por consiguiente, no sueñes en mí. Me marcho, y dudo mucho de que tenga tiempo para volver, aunque sólo sea de visita.

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