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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¡Por el amor de Dios, señora Smith, abra las ventanas! -jadeó, acercándose a la cama, con el rostro palidísimo.

Había pasado ya la rigidez cadavérica, y volvía a estar flaccida, asquerosamente flaccida. Sus ojos aparecían mates como el mármol, y tenía negros los labios, y toda ella estaba cubierta de moscas. El padre Ralph pidió a la señora Smith que las oxease mientras él administraba los santos óleos y murmuraba las viejas letanías. ¡Qué farsa, para una mujer maldita! ¡Y cómo olía! Peor que un caballo muerto en la frescura de un prado. Le repugnaba tocarla, tanto muerta como cuando estaba viva, especialmente aquellos labios hinchados por las moscas. Dentro de unas horas, sería una gusanera.

Por fin terminó y se irguió.

– Vaya a avisar a los Cleary inmediatamente, señora Smith, y, por el amor de Dios, dígales que ordenen a los chicos que construyan ahora mismo un ataúd. No hay tiempo de enviar a buscar uno a Gilly; se está descomponiendo ante nuestros ojos. ¡Dios mío! Me siento mareado. Iré a tomar un baño y dejaré la ropa delante de mi puerta. Quémela. Nunca podría quitarle el mal olor.

De nuevo en su habitación, en mangas de camisa y pantalón de montar -pues no se había traído sotana de repuesto-, recordó la carta, y su promesa. Habían dado ya las siete; podía oír el apagado ruido de las doncellas y del personal contratado para la fiesta mientras limpiaban la mesa del festín y volvían a transformar el gran salón en capilla, preparando la casa para el entierro de mañana. No había más remedio; tendría que volver a Gilly esta noche, en busca de otra sotana y de los ornamentos para la misa de difuntos. Había cosas que llevaba siempre consigo cuando salía de la rectoría para ir al campo, cuidadosamente distribuidas en compartimientos de su pequeña maleta, como las materias para administrar los sacramentos del bautismo y de la extremaunción, para bendecir y para decir misa, en cualquier época del año. Pero era irlandés, y llevar los ornamentos negros de la misa de difuntos habría sido tentar a! destino. Oyó la voz de Paddy a lo lejos, pero ahora no quería enfrentarse con Paddy; sabía que la señora Smith haría lo que le había ordenado.

Sentado junto a la ventana, ante la que se extendía el paisaje de Drogheda bajo la luz del sol poniente, con sus dorados eucaliptos y sus masas de rosas blancas, rosadas y rojas, teñidas ahora de púrpura, sacó la carta de Mary Carson de la maleta y la sostuvo entre los dedos. Ella había insistido en que la leyese antes de ser ella enterrada, y una vocecilla le murmuraba en su mente que debía hacerlo ahora, no más tarde, cuando hubiese visto a Paddy y a Meggie, sino ahora, antes de ver a nadie que no fuese la propia Mary Carson.

El sobre contenía cuatro hojas de papel; las hojeó y vio inmediatamente que las dos últimas eran el testamento de la difunta. Las dos primeras iban dirigidas a él y estaban escritas en forma de carta.

Queridísimo Ralph:

Ya habrá visto usted que el segundo documento contenido en este sobre es mi testamento. Tenía otro testamento, perfectamente válido, firmado y sellado, en el despacho de Harry Gough, en Gilly; el que incluyo aquí es muy posterior y, naturalmente, anula el que tiene Harry…

En realidad, lo redacté el otro día, y Tom y el cercador firmaron como testigos, pues tengo entendido que ningún beneficiario puede firmar como testigo en un testamento. Es perfectamente legal, aunque no haya sido redactado por Harry. Le aseguro que ningún tribunal del mundo le negaría validez.

Pero, ¿por qué no quise que Harry redactase este testamento, si quería alterar las disposiciones del anterior? Muy sencillo, mi querido Ralph. Quería que absolutamente nadie conociese su existencia, aparte de usted y de mí. Éste es el único ejemplar, y usted lo tiene. Y nadie lo sabe más que usted. Una parte muy importante de mi plan.

¿Recuerda aquel fragmento del Evangelio en que Satanás lleva a Nuestro Señor Jesucristo a la cima de un monte, y le tienta ofreciéndole todo el mundo? Es agradable saber que tengo un poco del poder de Satanás y que puedo tentar a mi amado (¿duda usted de que Satanás amaba a Cristo? Yo, no). La contemplación de su dilema ha alegrado considerablemente mis pensamientos durante los últimos años, y, cuanto más me acerco a la muerte, más deliciosas son mis visiones.

Cuando haya leído el testamento, comprenderá lo que quiero decir. Mientras yo esté ardiendo en el infierno, más allá de las fronteras de esta vida, usted seguirá viviendo en ella, pero arderá en un infierno de llamas más abrasadoras que las que cualquier dios podría fabricar. ¡Oh, mi querido Ralph, lo he calibrado a usted con minuciosa exactitud! Y siempre he sido maestra en el arte de hacer sufrir a los que amo. Y usted es una pieza mucho mejor de lo que nunca fue mi querido y difunto Michael.

Cuando nos conocimos, usted quería Drogheda y mi dinero, ¿no es verdad, Ralph? Lo consideró un medio de comprar la categoría que naturalmente le corresponde. Pero entonces llegó Meggie, y usted renunció a su primitivo plan de cultivarme, ¿no es cierto? Me convertí en un pretexto para visitar Drogheda y poder estar con Meggie. Me pregunto si habría cambiado tan fácilmente de bando, de haber conocido la verdadera cuantía de mi fortuna. ¿Sabe a cuánto asciende, Ralph? Supongo que no es muy elegante mencionar el importe exacto de la fortuna en un testamento, pero se lo voy a decir, sólo para estar segura de que posee toda la información necesaria para tomar su decisión. Aproximadamente, mi fortuna asciende a trece millones de libras.

Estoy llegando al final de la segunda página, y no quiero que esto se convierta en una tesis. Lea mi testamento, Ralph, y, cuando lo haya hecho, decida lo que va a hacer con él. ¿Lo llevará a Harry Gough, para ser protocolizado, o lo quemará y nunca dirá a nadie que existió? Ésta es la decisión que deberá tomar. Debo añadir que el testamento que se conserva en el despacho de Harry lo hice un año después de la llegada de Paddy y que, en él designo a éste heredero universal. Sólo para que sepa usted lo que se juega.

Le amo, Ralph, tanto, que habría sido capaz de matarle por su desdén; pero esta venganza es Mucho mejor. No soy de noble condición; le amo, pero quiero hacerle gritar de angustia. Porque, créame, cuál será su decisión. Lo sé con tanta seguridad como si lo estuviese viendo. Gritará, Ralph, con gritos de agonía. Y ahora, mi bello y ambicioso sacerdote, ¡siga leyendo! Lea mi testamento, y decida su destino.

No estaba firmado ni rubricado. Él notó cómo el sudor le corría por la frente, y lo sintió deslizarse también sobre la nuca. Y quiso levantarse en el mismo instante y quemar ambos documentos, sin leer el contenido del segundo. Pero la vieja y monstruosa araña había calibrado bien su presa. ¡Claro que seguiría leyendo! Era demasiado curioso para desistir. ¡Dios mío! ¿Qué había hecho él, para que aquella mujer quisiera hacerle tanto daño? ¿Por qué se empeñaban las mujeres en hacerle sufrir? ¿Por qué no había nacido enano, jorobado, feo? De haber sido así, habría podido ser feliz.

Yo, Mary EHzabeth Carson, en pleno uso de mis facultades mentales y corporales, declaro que éste es mi último y válido testamento, por el cual anulo y revoco cuantos actos de última voluntad hubiese otorgado anteriormente.

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