El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Puedo ver todo eso con sólo mirar esta hoja de papel.
Hay más. En su paladar aparecen trazos de rojo; petequia, donde la sangre irrumpió a través de los capilares y se estableció en la mucosa de la membrana. Tal vez ella ignora estos puntitos sangrantes. Tal vez los ha notado en otra parte de su cuerpo, bajo las uñas, o en sus canillas. Tal vez encuentra moretones de los que no puede recordar el golpe, desconcertantes islas azules en sus brazos o en sus muslos, y ella se devana los sesos tratando de recordar cuándo pudo haberse lastimado. ¿Fue acaso un golpe contra la puerta del auto? ¿El niño colgando de su pierna con las manitos bien aferradas? Busca razones externas, cuando la verdadera causa acecha dentro de su flujo sanguíneo.
El recuento de plaquetas es de dos mil; debería ser diez veces más alto. Sin plaquetas, esas pequeñas células que ayudan a coagular la sangre, al más ligero golpe le quedará un hematoma.
Hay todavía más que aprender de esta endeble hoja de papel.
Miro el diferencial de sus glóbulos blancos, y veo la explicación para sus pesares. La máquina ha detectado la presencia de mieloblastos, precursores de glóbulos blancos primitivos que no pertenecen al flujo sanguíneo. Susan Carmichael tiene una leucemia mieloblástica aguda. Puedo imaginar cómo se desarrollará su vida en los próximos meses. La veo yaciendo sobre la mesa de tratamiento, los ojos cerrados por el dolor mientras la aguja para el hueso de la médula penetra por su cadera.
Veo su pelo cayendo en mechones, hasta que se resigna a lo inevitable, a la afeitadora eléctrica. Veo mañanas en que aparece encorvada sobre el lavatorio del baño, y largos días de mirar el techo, su universo reducido a las cuatro paredes de su dormitorio.
La sangre es dadora de vida, el mágico fluido que nos sostiene. Pero la sangre de Susan Carmichael se ha vuelto en su contra; fluye por sus venas como veneno.
Puedo conocer todos estos detalles íntimos sobre ella sin siquiera haberla visto una vez.
Transmito los resultados por fax a su médico, coloco el informe de laboratorio en la bandeja para enviarlo más tarde, y busco el siguiente espécimen. Otro paciente, otro tubo de sangre.
La conexión entre la sangre y la vida fue establecida desde los albores del hombre. Los antiguos no sabían que la sangre se fabrica en la médula, o que su mayor parte no es más que agua, pero sí apreciaban su poder en rituales y sacrificios. Los aztecas utilizaban perforadores de hueso y agujas de agave para perforar su propia piel y hacer brotar sangre. Practicaban agujeros en sus labios o lengua o en la carne de su pecho, y la sangre resultante era un ofrecimiento para los dioses. Hoy en día una mutilación semejante sería considerada enferma y grotesca, el sello de la locura.
Me pregunto qué pensarían los aztecas de nosotros.
Aquí sentado, en mi ámbito estéril, vestido de blanco, las manos enguantadas para protegerlas de un derrame accidental. Qué lejos nos hemos desviado de nuestra naturaleza esencial. La sola visión de la sangre hace que algunos hombres se desmayen, y la gente se afana por ocultar semejantes horrores a los ojos del público, lavando las aceras donde se ha derramado sangre, o cubriendo los ojos de los niños cuando la violencia erupciona en la televisión. Los seres humanos han perdido contacto con lo que son, con quiénes son.
Algunos de nosotros, sin embargo, no lo hemos hecho.
Caminamos entre el resto, normales en todo sentido; tal vez somos más normales que cualquiera porque no nos permitimos ser envueltos y momificados con las vendas asépticas de la civilización. Vemos sangre y no nos apartamos. Reconocemos su pulida belleza; sentimos su llamado primitivo.
Todo el que pasa conduciendo su auto cerca de un accidente y no puede evitar mirar la sangre entiende esto. Bajo la revulsión, bajo la necesidad de apartar la mirada, palpita una fuerza mayor. Una atracción.
Todos queremos mirar. Pero no todos lo reconocemos.
Es solitario el caminar entre los anestesiados. Por las noches, vagabundeo por la ciudad y respiro un aire tan espeso que casi puedo verlo. Calienta mis pulmones como un almíbar hirviente. Analizo las caras de la gente en la calle, y me pregunto cuál de ellos es mi querido hermano de sangre, como lo fuiste tú alguna vez. ¿Hay alguien más que no haya perdido contacto con la antigua fuerza que fluye en todos nosotros? Me pregunto si nos podríamos reconocer mutuamente si nos cruzáramos, y temo que no podríamos, porque nos hemos ocultado profundamente bajo la capa que nos hace pasar por normales.
Así es que camino solo. Y pienso en ti, el único que pudo entender algo.
Diecisiete
Como médica, Catherine Cordell había visto la muerte tantas veces que su rostro le resultaba familiar. Había mirado la cara de un paciente y observado su vida apagándose en sus ojos, volviéndolos vacíos y vidriosos. Había visto la piel palidecer hasta el gris, el alma en retirada, escurriéndose como la sangre. La práctica de la medicina es tanto sobre la muerte como sobre la vida, y Catherine hacía tiempo que había conocido a la muerte en los restos de un paciente que comenzaba a enfriarse. No les tenía miedo a los cadáveres.
Sin embargo, cuando Moore dobló en la calle Albany y ella vio el bien mantenido edificio de ladrillos de la Oficina Forense, sus manos comenzaron a transpirar.
Él estacionó en un predio detrás del edificio, cercano a una camioneta blanca con las palabras «Estado de Massachusetts, Oficina Forense» impresas en un costado. Ella no quería bajar del auto, y sólo cuando Moore lo rodeó para abrirle la puerta, finalmente salió.
– ¿Estás preparada para esto? -preguntó.
– No es lo que más deseo -admitió-. Pero terminemos con el asunto.
Aunque había presenciado docenas de autopsias, no estaba del todo preparada para el olor de la sangre y los intestinos puncionados que la asaltó mientras se acercaban al laboratorio. Por primera vez en su carrera como médica, pensó que se descompondría ante la visión del cuerpo.
Un hombre mayor, con los ojos protegidos por una antiparra plástica, se volvió para mirarlos. Ella reconoció al médico forense, el doctor Tierney Ashford, a quien había visto en una conferencia de patología forense seis meses atrás. Las fallas de un médico cirujano eran a menudo temas que terminaban sobre la mesa de autopsias del doctor Tierney, y ella había hablado con él por última vez hacía un mes, en relación con las perturbadoras circunstancias que habían rodeado la muerte de un niño con el bazo roto. La amable sonrisa del doctor Tierney contrastaba en forma notable con los guantes estriados de sangre que llevaba puestos.
– ¡Doctora Cordell! Es bueno volver a verla. -Hizo una pausa, como si la ironía de esa declaración lo hubiera impactado-. Aunque hubiera sido mejor en otras circunstancias.
– Ya comenzó a cortar -observó Moore desconcertado.
– El teniente Marquette quiere respuestas inmediatas -dijo Tierney-. Cuando los policías disparan, la prensa se les prende de la garganta.
– Pero yo llamé precisamente para concertar esta visita.
– La doctora Cordell ya ha visto otras autopsias. Esto no es nada nuevo para ella. Sólo déjenme terminar con esta escisión y ella podrá echarle un vistazo a la cara.
Tierney concentró su atención en el abdomen. Terminó de separar con el escalpelo el intestino delgado y lo depositó en un recipiente de acero. Luego se apartó de la mesa y le hizo a Moore un gesto de asentimiento.
– Adelante.
Moore tocó el brazo de Catherine. Ella se acercó a duras penas al cadáver. Al principio se concentró en la incisión abierta. Un abdomen abierto era territorio conocido, los órganos como marcas impersonales, fragmentos de tejido que podían pertenecer a cualquier extraño. Los órganos no implicaban significación emocional alguna, no portaban el sello personal de la identidad. Ella podía estudiarlos con el ojo frío de una profesional, y así lo hizo, notando que el estómago, el páncreas y el hígado estaban en su lugar, a la espera de ser removidos en un solo bloque. La incisión en Y, extendida desde el cuello hasta el pubis, revelaba a la vez el pecho y la cavidad abdominal. El corazón y los pulmones ya habían sido extirpados, dejando el tórax como un recipiente vacío. Sobre la pared del pecho se hacían visibles dos agujeros de bala, uno que entraba justo arriba de la tetilla izquierda, el otro unas pocas costillas más abajo. Ambas balas debían de haber penetrado por el tórax, perforando tanto el corazón como el pulmón. En el abdomen superior izquierdo aparecía incluso una tercera herida que llegaba directo hacia donde debería haber estado el bazo. Otra herida catastrófica. Quienquiera que le hubiera disparado a Pacheco pretendía matarlo.