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Электронная книга - «Beatriz y los cuerpos celestes». Краткое содержание книги:

Premio Nadal 1998
Tres mujeres: Cat, lesbiana convencida, Mónica devorahombres compulsiva Y Beatriz, que considera que el amor no tiene género. Tres momentos de la vida de una mujer y dos ciudades, Edimburgo y Madrid, para una novela únicasobre el amor a los amigos, a la familia y a los amantes.
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Era un bar caro, para gente cara, y eso se apreciaba nada más poner un pie en el locaclass="underline" luminosidad y decoración elegante, barra brillante, superficies curvilíneas, taburetes de patas espiraloides diseño Philip Starck que tenían aspecto de ir a derrumbarse en cualquier momento si alguien se sentaba sobre ellos. La luz azulada del neón confería un aire espectral a caras familiares de gente cuya existencia diurna se resumía en una etiqueta: diseñador, artista, cantante, modelo, conde.

– Este sitio es un muermo -se quejó Mónica.

– A mí me mola -dijo Coco.

– A ti te mola cualquier cosa que parezca cara. Eres un hortera, y canta muchísimo que eres de Carabanchel -replicó ella.

– Te advierto que mi viejo está forrado.

– Qué coño tu viejo, si tu vieja es viuda.

– Te equivocas. Eso dice ella. Soy hijo ilegítimo. Se quedó preñada del señorito de la casa en la que servía y para quitársela de en medio la familia le soltó un mazo de guita. Con eso es con lo que montó la panadería.

– Hala, no os peleéis, que el sitio mola, a su manera -corté yo-. Y además, no está mal variar de vez en cuando.

Y para demostrarlo me dirigí a la pista.

Unos bultos irreconocibles se agitaban allí, y sobre ellos unos altavoces esparcían un fondo de música salsera que a pesar de ser bastante predecible, o quizá precisamente por ello, incitaba al baile. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sinuoso ritmo de las maracas en mi cabeza, contoneando elípticamente las caderas y los hombros, precisa y oscilante como un metrónomo. Al rato alguien me tocó el hombro y me di la vuelta. Mónica.

– Sígueme -me susurró al oído-. Tengo algo para ti.

Avanzó por delante de mí agitando sus caderas con movimientos eléctricos y la multitud se abrió a su paso, como las aguas se separaron a la orden de Moisés.

Alcanzamos a Coco en la puerta del cuarto de baño de tíos. Los tres ocupamos una cabina y cerramos la puerta. Mónica se sentó en la tapa del váter, sacó del bolso heroína, una cucharilla, un mechero y una jeringuilla. Al principio no entendí a qué venía toda esa parafernalia.

– No me digas que te vas a pinchar -exclamé, atónita, cuando caí en la cuenta de qué iba la cosa. Me explicó que por lo general evitaba pincharse porque sabía que las marcas de los brazos la delatarían, pero que en realidad, prefería inyectarse heroína a fumarla, ya que «ponía» mucho más. Depositó un poco de heroína en la cuchara, calentó la base de ésta con un mechero, y cuando la heroína se fundió la absorbió con la jeringuilla.

– ¿Quieres probarlo? -me dijo.

– Ya sabes que no.

– Tú te lo pierdes.

Se la pasó a Coco. Coco se inyectó primero y ella después. No tardaron ni tres minutos. Yo desvié la cabeza intentando evitar el espectáculo, que me parecía bastante grimoso. Lo que no entendía era por qué Mónica se empeñaba en convertirme en la espectadora de todas sus transgresiones (el atraco, la excursión a la Celsa, sus picos…). Quizá me necesitaba como obligado contrapunto, quizá quería convencerme de que la siguiera en aquel descenso vertiginoso. En mitad de estas reflexiones alguien se puso a aporrear la puerta como loco. Mónica salió abrochándose el sujetador, intentando fingir que lo que hacía en el cuarto de baño no tenía nada que ver con las drogas sino con el sexo. Fuera nos esperaba un tipo trajeado, enorme, con musculatura de cibercop y expresión de asesino a sueldo, que agarró a Mónica del brazo, la sacó del baño y la arrastró por toda la discoteca. Coco y yo le seguíamos estupefactos, y a punto de alcanzar la puerta, comprendimos lo que sucedía.

– Tío, pero ¿qué coño estás haciendo? -dijo Coco.

Por toda respuesta, el gorila cogió a Coco por el cuello, que se zafó con violencia. Entonces el gorila le empujó contra la puerta y la cara de Coco se golpeó en el marco. Como respuesta Coco le dio un codazo en la barriga. El tipo le empujó y Coco cayó de espaldas sobre la acera.

– No quiero veros más por aquí -dijo el grandullón, y cerró la puerta acristalada del local en nuestras narices.

Nos sentamos en un banco y discutimos a dónde ir. Yo opinaba que deberíamos ir al hotel. Coco argumentaba que era demasiado pronto, que la noche era joven, y Mónica no decía nada, se limitaba a fijar los ojos turbios en un punto indeterminado. Al final yo propuse un sitio: el Miami, una discoteca bakalao que abría precisamente a las tres (eran las tres menos diez), y a la que había ido alguna vez con Mónica. La frecuentaban hordas de pijos jovencitos y nos resultaría fácil vender las pastillas. A Coco le pareció una buena idea. Conocía el sitio y se llevaba bastante bien con una de las camareras, con lo que teníamos garantizadas copas gratis.

– Me alegra ver que empiezas a tomar decisiones por tu cuenta. Estás creciendo, nena -dijo Coco.

– Me parece que tú ya la encuentras bastante desarrolladita. No creo que le haga falta crecer más -añadió Mónica con una voz tenebrosa que nos sobresaltó, y que parecía surgir de lo más profundo de su garganta.

Cuando llegamos al Miami, Coco se dirigió directamente a la barra a charlar con su amiga la camarera. No sé cómo pudo contarle nada, porque el fragor del bakalao impedía cualquier conversación medianamente coherente, pero de alguna manera se las arregló para informarle de que teníamos éxtasis, para que hiciera correr la voz.

Acto seguido sugirió que fuéramos al baño para hacernos unas rayas. El numerito que acabábamos de protagonizar no parecía haberle escarmentado. Aquello empezaba a parecerse a un ritual. Métete en una cabina, haz unas rayas; las de Bea y Mónica, de cocaína, la de Coco, cortada con heroína. Aspirar, aspirar. Un leve estremecimiento en la nariz, una corriente eléctrica disparada al cerebro. Reconocí la navaja automática con la que Coco cortó las rayas. La misma que Mónica le regaló.

– Hay que reconocer que es bonita, la navaja.

– Quédatela -dijo Coco-. Te la mereces.

– Tío, ese bardeo te lo regalé yo, y un regalo no se regala -protestó Mónica.

– Anda, amor, no des la brasa. A Bea le vendrá bien. Sabes cómo usarla en caso de necesidad, ¿verdad, bonita? Aprietas este botón, así, y la hoja sale disparada. Entonces atacas, sin miedo, con el filo hacia arriba, y sobre todo con seguridad, sin dudar, hundiendo la navaja hasta el fondo.

Se me escapó una de mis características risitas nerviosas. Un estremecimiento me recorría la columna al pensar en clavarle a alguien una navaja, algo que ni remotamente imaginaba hacer, y también al sospechar que Coco hablaba de algo que probablemente había hecho.

– Ahora, me debes un regalo -me dijo Coco poniéndome la navaja en la mano-; siempre que te regalan un cuchillo tú tienes que dar algo a cambio. Si no, trae mala suerte.

Mónica, escéptica como siempre, nos conminó a que dejásemos de decir chorradas. Yo me guardé la navaja en el bolsillo trasero del pantalón.

Salimos del baño y nos dirigimos a la barra. Coco pidió dos güisquis a su amiga la camarera, que parecía bastante simpática.

– Voy muy ciego -dijo Coco-; de repente me está entrando un muermo sideral. Necesito despejarme un poco.

– Prueba una de las capsulitas de marras -sugirió Mónica-; al fin y al cabo, la mayor parte es anfetamina.

– Paso. Ya me he metido demasiado como para atreverme con mezclas raras…

– No me seas aprensivo, que pareces Bea -le dijo ella-. Además, mala hierba nunca muere.

– Vale. Bea, ¿me das uno de esos termalgines rellenados? Le pasé una de las capsulitas y se la metió acompañada de un trago de güisqui. Luego me pidió otra.

Los omnipresentes termalgines… Cápsulas de paracetamol. En Edimburgo siempre había que tenerlos a mano, para combatir los síntomas de los inevitables resfriados del invierno. Pero en marzo ya no hacían falta. El frío desaparecía y con él los ojos lacrimosos, las narices moqueantes, las gargantas irritadas y los dolores de cabeza. Llegaba marzo a Edimburgo y los días se iban haciendo más claros. Los rayos de sol, aún tímidos, arrancaban destellos turquesas a las hojas, y la ciudad ofrecía un aspecto de dama elegante y digna, imponente y desdeñosa, con sus edificios juzgándonos mudos desde lo alto de sus torres de piedra.

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