Beatriz y los cuerpos celestes
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Beatriz y los cuerpos celestes». Краткое содержание книги:
Tres mujeres: Cat, lesbiana convencida, Mónica devorahombres compulsiva Y Beatriz, que considera que el amor no tiene género. Tres momentos de la vida de una mujer y dos ciudades, Edimburgo y Madrid, para una novela únicasobre el amor a los amigos, a la familia y a los amantes.
Mónica me explicó una vez que el cuerpo humano es un sistema entrópico, esto es, que tiende a funcionar con el mínimo de energía. La demostración de esta afirmación la encontraba en mi propia depresión. Me hubiese costado tanto salir de esa situación, enfrentarme a mis demonios y a mis miedos, armarme de valor y hacer algo por y para mí misma, que prefería pasarme mi tiempo libre llorando, acurrucada bajo el edredón, arrastrada hacia el fondo de mí misma por una negra oleada de recuerdos y malos pensamientos, escuchando, mientras sorbía mis propias lágrimas, viejos discos de los ochenta, pesadillas góticas que oscurecían la casa más aún. Bajos minimalistas y estribillos monótonos repetidos hasta la exasperación. I play at night in your house… I've never loved this life… I drown at night in your house… Pretending to swim…
No tenía amigos, aparte de Cat, claro. Ni uno solo. Ni una persona a la que pudiera llamar por teléfono para hablarle de mis problemas. Nadie con quien tomarme una cerveza en el pub. No recibía cartas desde mi país, ni llamadas, a excepción de las postales de mi madre, siempre formales y poco más. Dejaba entrever a veces un poso de recriminación e incluso de afecto, pero era evidente que no se atrevía a abrirse del todo. Firmaba siempre «con cariño, mamá». Mi padre no escribía jamás. Es cierto que nunca había tenido muchos amigos, pero cuando tenía a Mónica ni siquiera me paraba a pensar en ello. Ella llenaba todo el espacio que yo tenía para compartir, no cabía nadie más y no lo echaba de menos. Ahora me moría de ganas por sentir algo por alguien. Caitlin se iba a trabajar por las noches y después se iba a Cream a tomar la última copa, y yo me quedaba sola en casa, leyendo un libro. Habría podido acompañarla, pero allí nadie me aguantaba y yo tampoco me sentía cercana a nadie. Escuchaba el azote de la lluvia en las ventanas y me parecía como si los cristales estuvieran llorando conmigo. I drown at night in your house… Pretending to swim…
Allá donde vayas llevarás la ciudad contigo. Puede que sea calurosa y brillante, puede que sea húmeda y oscura, pero en el fondo es siempre la misma, un minúsculo puntito dentro de otro puntito minúsculo habitado por seres imperceptibles, versiones de un mismo modelo, infinitas recombinaciones de unos cuantos elementos químicos. En Madrid y en Edimburgo la gente baila la misma música y alucina con las mismas drogas, y busca lo mismo: sexo, amor, razones para aguantar una noche más. Dondequiera que vayas les podrás observar sincronizándose cuando suena la música, y quizá el ritmo no se origine en la melodía, sino que ésta libere un compás común a todos nosotros. Nuestros antepasados creían que al beber y al bailar cedían sus cuerpos a una deidad que los ocupaba. ¿Qué diferencia había en el fondo entre las bacanales y las saturnales, entre La Metralleta y Cream? En aquellos locales, adolescentes famélicos, oscuras radiografías de sí mismos, apuraban las noches a tragos, ensordecidos los oídos por la misma música enlatada y despedidas las plantas de los pies del contacto con el suelo, con la vida. Y yo cedía mi cuerpo a Baco, a Dionisos, a no sé quién, para olvidarme por un rato de que me va a tocar aguantarme durante todo el resto de mi existencia.
La Metralleta cerraba a las seis de la mañana, en teoría. Pero en realidad permanecía abierta hasta las siete o siete y media, porque a la banda le llevaba lo suyo decidirse a abandonar el sitio. Primero se encendían las luces, después se apagaba la música, y luego, a esperar a que el local se vaciara. Algunos borrachos remisos se eternizaban en los sillones, y el personal del local tenía que ir dispersando grupitos de esquina en esquina. Entretanto, en la barra, nosotros apurábamos nuestras últimas copas. Yo había vendido bastantes pastillas, aunque no tantas como la última vez, porque había estado todo el rato pendiente del tipo alto que no me quitaba los ojos de encima, y en muchos casos había despachado sin contemplaciones a los chicos que se me acercaban. Se lo estaba explicando a Coco y a Mónica en la barra cuando Javier se presentó a nuestro lado. Me saludó con una ligera inclinación de cabeza (a sus ojos yo no merecía mayor cortesía, supongo) a la que correspondí con un gesto igualmente insípido.
– Esto está cerrando -informó a su ex novia-. ¿Quieres que te lleve a casa?
Mónica le respondió que aceptaba su invitación encantada, siempre que nos llevase también a Coco y a mí.
– Si no hay más remedio… -dijo él.
Salimos de La Metralleta. Comenzaba a clarear el día y despuntaba una luz rosada que generosamente concedía a nuestros rostros demacrados un repentino aire de dulzura a pesar de las ojeras. Javier se adelantó hacia el coche, y Coco aprovechó para cuchichear al oído de Mónica.
– Yo prefiero que cojamos un taxi. Ése es un gilipollas -le dijo en voz baja, pero no tan baja como para que yo no pudiese oírle.
– Es un caballero -replicó ella.
– O sea: un gilipollas. Un memo con escudo familiar y máster en gestión de empresas.
Subimos todos al coche. Coco y yo ocupamos el asiento trasero. Mónica se quedó al lado de Javier. Él no hacía más que dirigirle miraditas de cordero degollado en cada cambio de marchas, Coco y yo fingíamos no enterarnos, y el trayecto transcurría en un agrio silencio. Finalmente, el coche se acercó al edificio en el que vivía Mónica. En el soportal había aparcadas cuatro vespas con cuatro jovencitos sentados sobre ellas, con pinta de esperar a alguien. El vecino jubilado que salía del portal en aquel momento, arrastrando de la correa a su obediente perrito -lo sacaba a pasear cada mañana a las siete, con implacable regularidad-, se quedó contemplando extrañado a aquella congregación motorizada. Al ver las motos, Coco pegó un brinco y profirió una exclamación de sorpresa. Se adelantó hacia Javier y le dio un ligero toquecito en el hombro.
– Hemos cambiado de idea -le dijo, intentado aparentar una tranquilidad desmentida por el ligero temblor que subyacía en su voz-. Llévanos a desayunar.
Mónica articuló una tímida protesta.
– Pero tío, que yo tengo sueño…
– Haz lo que te digo, ¡rápido! -insistió Coco.
Reconocí al tal Paco sentado sobre una de las motos. Había sobrevivido a mi botellazo. En otra estaba el chico del chalet, el destinatario del primer paquete que Coco me hizo llevar. Miró hacia mí, me señaló: me había reconocido. Avisó a los otros, que inmediatamente cabalgaron sus vespas e iniciaron la persecución de nuestro coche.
– La hemos jodido -dijo Mónica, que acababa de reparar en el espectáculo.
– Tranquilos, que esto es un GTI 16 válvulas -dijo Javier, obviamente desesperado por impresionarla, y pisó a fondo el acelerador-. No nos van a alcanzar con esas motitos de mierda.