Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
– Cuando hables con ellos -me dijo Maggie-, diles que he tirado todo lo que dejaron aquí, tal como me dijeron, menos la ropa. La llevé a una tienda Oxfam.
– ¿No se llevaron sus cosas?
– Sí, claro, se llevaron los objetos personales: las joyas, los libros, las fotografías. Pero dejaron otras cosas. Es increíble la cantidad de trastos que uno llega a acumular. Les dije que yo me encargaría de tirarlo.
– ¿Puedo echar un vistazo? -Maggie me miró, sorprendida-. Por si encuentro algún recuerdo -añadí débilmente.
– Está todo en el cubo de la basura, a menos que ya lo hayan recogido los basureros.
– ¿Te importa?
Maggie no parecía muy convencida.
– Si quieres meter la mano entre pieles de naranja, latas de comida para gatos y bolsas de té, es asunto tuyo. Los cubos están junto a la puerta de entrada; seguramente los has visto al entrar. El mío es el que lleva escrito 23B.
– De acuerdo. Echaré un vistazo al salir. Muchas gracias.
– No encontrarás nada. Sólo son porquerías.
Si me vio alguien debió de pensar que estaba loca: una mujer con un elegante traje de pantalón gris revolviendo en un cubo de basura. ¿Qué era lo que hacía, intentando averiguar algo sobre Tara, que para mí no era más que un medio para encontrar a sus padres? A los que ya había encontrado, y que tampoco eran nada para mí, salvo un medio para encontrar a Adele. Que tampoco era nada para mí. Sólo era un fragmento perdido del pasado de otra persona.
Huesos de pollo, latas vacías de atún y de comida para gatos, unas cuantas hojas de lechuga, un par de periódicos viejos. Cuando volviera a la oficina iba a apestar. Un cuenco roto, una bombilla. Más me convenía hacerlo metódicamente. Empecé a sacar cosas del cubo y a amontonarlas en la tapa. Una pareja pasó por mi lado, e intenté aparentar que mi conducta era completamente normal. Barras de lápiz de labios y lápices perfiladores: seguramente eso ya era de Tara. Una esponja, un gorro de ducha roto, varias revistas. Lo puse todo en la acera, junto al montón de la tapa del cubo, y volví a mirar dentro del cubo, casi vacío. Una cara me miró desde el fondo. Una cara conocida.
Lentamente, como en una pesadilla, metí la mano y cogí el recorte de periódico, que tenía hojas de té enganchadas. «El regreso del héroe», rezaba el titular. Junto al cubo de basura encontré una bolsa de plástico. La abrí y metí el artículo dentro. Revolví a tientas en el cubo y saqué varios recortes más. Estaban sucios y manchados, pero distinguí el nombre de Adam y su rostro. Encontré otros papeles y sobres sucios y los metí todos en la bolsa de plástico, maldiciendo en voz alta el pestazo y la mugre.
Una anciana que llevaba dos perros enormes atados de una correa pasó por mi lado y me miró con desagrado. Hice una mueca. Ahora hasta hablaba sola. Una loca, revolviendo cubos de basura, muerta de miedo.
VEINTISIETE
Tenía las manos sucias y grasientas. No podía volver a la oficina en aquel estado, y quería ir a casa y lavarme para eliminar de mi cuerpo, mi cabello y mi cerebro todo recuerdo de aquella experiencia. No podía llevarme aquella bolsa de papeles sucios al apartamento. Tenía que encontrar un sitio donde sentarme y poner en orden mis ideas. Le había mentido tanto a Adam que ahora ya no podía comportarme espontáneamente con él. Siempre tenía que pensar qué era lo que le había dicho antes, qué tenía que decirle para que mi historia encajara con mis mentiras previas. Ésa es la ventaja de decir la verdad: que no hay que concentrarse continuamente. Las verdades encajan de manera automática. La idea de aquella brecha que había abierto entre Adam y yo hizo que el día, gris, pareciera aún más gris y menos soportable.
Sin rumbo fijo, me puse a andar por las calles de un barrio residencial, buscando una cafetería o algún otro sitio donde descansar y pensar, planear qué hacer a continuación. No vi nada salvo algunas tiendas de comestibles, pero al final llegué a un parque junto a una escuela, con una fuente y una estructura de barras para juegos infantiles. Había algunas madres con sus bebés en los cochecitos, y ruidosos niños pequeños trepando por la estructura. Me acerqué a la fuente, bebí en ella y me lavé las manos, que luego me sequé en la parte interior de la chaqueta.
Había un banco libre, y me senté en él. Debía de haber sido Tara la que había hecho las llamadas telefónicas y la que había enviado las cartas y puesto los bichos en la leche, movida por un capricho enfermizo por Adam que era un vestigio de la relación de éste con su hermana. Aunque aquel comportamiento pareciera inconcebible, totalmente desproporcionado con la emoción que lo había provocado, en cierto modo yo era ya experta en obsesiones. Intenté tranquilizarme. Estuve un rato sin atreverme a mirar dentro de la bolsa.
Cuando iba al colegio, tuve un novio cuyo primo pertenecía a un grupo de música punk que alcanzó cierta fama durante un par de años. De vez en cuando salía su nombre en algún periódico, o incluso una fotografía suya en una revista, y a veces las recortaba para enseñárselas a algunas amigas mías. ¿Acaso no era lógico que Tara se interesara por los artículos periodísticos en que aparecía Adam? ¿No era lógico que los recortara? Al fin y al cabo, casi todas las personas que yo conocía estaban fascinadas por aquel personaje retratado en la prensa. Tara lo había conocido personalmente. Me olí las manos y comprobé que todavía apestaban. Me vi revolviendo a escondidas en el cubo de basura de la hermana muerta de una ex novia de mi marido. Pensé en todas las veces que había mentido a Adam. ¿Era esta traición diferente de la que le había hecho a Jake?
Pensé que lo mejor que podía hacer era tirar aquella bolsa en la primera papelera que encontrara y volver a casa junto a Adam, contarle todo lo que había hecho y lo que había descubierto, admitirlo todo y esperar que me comprendiera. Si era demasiado cobarde para admitir lo que había hecho, al menos podía borrarlo y seguir viviendo mi vida con Adam. Estuve a punto de hacerlo. Incluso me levanté, busqué una papelera y encontré una. Pero no pude deshacerme de la bolsa.
De camino a casa entré en una papelería y compré varias carpetas. En cuanto salí de la tienda, las desenvolví y escribí en una de ellas: «Drakloop. Conf: Abril 1995, notas». Sonaba lo bastante aburrido para ahuyentar a cualquiera. Saqué con cuidado los recortes de Tara de la bolsa de plástico, intentando no mancharme la ropa. Los puse en la carpeta y tiré la bolsa. Luego me entró paranoia y escribí unas cuantas palabras más sin sentido en otras tres carpetas. Entré en casa con las carpetas en la mano. Parecían cosas del trabajo.
– Estás muy tensa -dijo Adam. Se me había acercado y me había puesto las manos sobre los hombros-. Aquí tienes un músculo muy duro. -Empezó a masajearme la zona, y me hizo gemir de placer-. ¿Qué es lo que te pone tan tensa?
¿Qué era lo que me ponía tensa? Se me ocurrió una cosa.
– No lo sé, Adam. Quizá sean esas llamadas y esas notas. Me estaban poniendo enferma. -Me di la vuelta y lo abracé-. Pero la verdad es que ahora me encuentro mejor. Ya han cesado.
– Sí, es verdad -coincidió Adam frunciendo el entrecejo.
– Sí. No ha habido nada desde hace más de una semana.
– Tienes razón. ¿De verdad estabas preocupada?
– Iban en aumento. Pero me pregunto por qué habrán cesado de repente.
– Cuando el nombre de uno empieza a aparecer en los periódicos pasan esas cosas.
Lo besé.
– Adam, quiero proponerte una cosa.
– ¿Qué?
– Un año de aburrimiento. No total, por supuesto. Pero por debajo de los ocho mil metros, o la altura que sea. Quiero que todo en lo que yo participe sea completamente aburrido.
Entonces solté un grito. No pude evitarlo, porque Adam me había levantado con un brazo y me había colocado sobre su hombro. Me llevó al dormitorio y me tiró en la cama. Me miró, sonriente, y dijo: