Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
– No hay nada interesante, Alice. Sólo son trastos que deberíamos haber tirado hace muchos años.
– ¿Nunca entras a echar un vistazo?
– ¿Para qué? Mira, aquí es donde guardo mi material.
Jamás hubiera imaginado que tenía tantas cosas. Llenaban casi por completo el largo cobertizo de techo bajo. Todo estaba cuidadosamente empaquetado y almacenado; muchas cajas y bolsas tenían etiquetas, con la enérgica letra de Adam. Había cuerdas, de diferentes grosores y colores, recogidas en grandes rollos. De las vigas colgaba un piolet. Había un par de mochilas, vacías y cerradas para que no les entrara polvo. Una bolsa delgada de nailon era una tienda; la otra, más pequeña, un saco de dormir de Gore-Tex. Había una caja de crampones junto a otra de clavos largos y delgados, y una llena de diferentes ganchos, tornillos y abrazaderas. En un estante pequeño vi vendas envueltas en celofán, y, en otro más grande, un hornillo de gas, unas cuantas bombonas de butano, tazas de peltre y varias botellas de agua. En un rincón había dos pares de botas de alpinismo gastadas.
– ¿Qué hay aquí? -pregunté señalando con el pie un saco blando de nailon.
– Guantes, calcetines, ropa interior térmica y esas cosas.
– Viajas muy cargado.
– Sólo llevo lo imprescindible -repuso Adam mirando alrededor-. Todo tiene su utilidad.
– ¿Qué hemos venido a buscar?
– Esto, para empezar. -Levantó una bolsa bastante grande-. Un portaledge. Es una especie de tienda que se puede clavar en la pared de un acantilado. Una vez pasé cuatro días dentro, durante una fuerte tormenta.
– Qué horror -dije, estremeciéndome.
– Se está muy cómodo.
– ¿Para qué la quieres?
– No es para mí. Es para Stanley.
Revolvió en un bote lleno de tubos de pomada, sacó dos y se los metió en el bolsillo de la chaqueta. Cogió uno de los piolets que colgaban de la viga y lo dejó junto a la tienda. Luego se puso en cuclillas y empezó a sacar cajitas de cartón y a examinar las etiquetas. Parecía completamente concentrado en la tarea.
– Voy a dar un paseo -dije al cabo de un rato. Adam ni siquiera me miró.
Afuera no hacía frío, así que me quité el abrigo. Fui hacia el huerto. Unas cuantas coles podridas, germinadas antes de tiempo, se balanceaban con el viento, y las malas hierbas trepaban por los entramados para las habichuelas. Alguien se había dejado abierto el grifo de la manguera, y en el centro del huerto había un enorme charco de barro. Era muy deprimente. Cerré el grifo y miré alrededor para ver si el padre de Adam estaba por allí; luego me dirigí, decidida, hacia el desvencijado cobertizo donde había visto la tetera de porcelana y la corneta. Quería mirar en aquellas cajas, ver qué cosas había tenido Adam de pequeño, encontrar fotografías suyas y de su madre.
En la cerradura había una gran llave que giró fácilmente. La puerta se abrió hacia dentro; entré y volví a cerrarla. Alguien había estado allí recientemente, porque la gruesa capa de polvo sólo cubría algunos de los baúles y las cajas, mientras que otros estaban bastante limpios. En un rincón vi el esqueleto de un pájaro. Olía a cerrado.
Pero tenía razón: allí era donde se guardaban los viejos objetos familiares. La tetera formaba parte de un juego de té de porcelana. Algunas tazas todavía tenían manchas marrones, de cuando se utilizaban. Había una caja de embalaje llena de pares de botas de agua. Algunas eran pequeñas. Debían de ser de cuando Adam era niño. El baúl más grande, negro, tenía las iníciales V. T. en la tapa. ¿Cómo se llamaba su madre? No me acordaba de si Adam me lo había dicho. Lo abrí sigilosamente. Me dije que no hacía nada malo, sólo curioseaba; pero no estaba segura de si Adam opinaría igual que yo. El baúl, repleto de ropa, despedía un fuerte olor a viejo y a bolas de naftalina. Toqué un vestido azul marino de lunares, un chal tejido a ganchillo, una rebeca de color azul lavanda con botones de perla. Eran prendas elegantes pero sencillas. Cerré la tapa del baúl, y abrí una vieja maleta blanca que había junto a él. Estaba llena de ropa de bebé, de Adam. Jerséis con barcos y globos, pantalones de peto rayados, gorros de lana, un mono con capucha de duendecillo, peleles diminutos. Era todo monísimo. También había un faldón de bautizo, amarillento de viejo. En una cómoda a la que le faltaban varios tiradores y que tenía un gran arañazo en un lado, encontré pequeños folletos que resultaron ser revistas escolares y boletines de notas. De las dos niñas y de Adam, de Eton. Abrí uno al azar, de 1976. Adam debía de tener doce años. Era el año en que murió su madre. Matemáticas: «Si Adam empleara sus aptitudes en aprender en lugar de molestar…», rezaba el informe escrito con tinta azul y pulida caligrafía. Cerré el boletín. Aquello no era curiosear, sino espiar.
Fui al otro extremo de la habitación. Quería buscar fotografías, pero lo que encontré fueron cartas, en una cajita atada con una cinta. Al principio pensé que serían cartas de la madre de Adam, no sé por qué. Quizá porque andaba buscando algún rastro de ella, y porque la letra era de mujer. Pero, cuando cogí las primeras y las hojeé, me di cuenta enseguida de que eran de muchas personas diferentes, y que las letras eran distintas. Empecé a leer la primera del montón, escrita con bolígrafo azul, y se me cortó la respiración.
«Queridísimo Adam», empezaba la carta. Era de Lily. Sentí escrúpulos y paré de leer. Dejé las cartas en la caja, pero luego volví a cogerlas. No las leí de cabo a rabo, pero no pude evitar fijarme en algunas frases memorables, que sabía que no podría olvidar. Me limité a mirar de quién eran. Parecía una arqueóloga que estuviera excavando las diversas capas de la historia de Adam, pasando por todos sus períodos familiares.
Primero estaban las cartas de Lily, breves y deshilvanadas. Luego, escritas en tinta negra y con la elegancia de la caligrafía francesa, las cartas de Françoise, exageradamente largas; no eran apasionadas como las de Lily, pero su intimidad me produjo una punzada de dolor. El inglés de Françoise era increíblemente vivido, encantador incluso con sus pequeños errores. Debajo de las de Françoise había un par de cartas heterogéneas. Una, muy acalorada, era de una tal Bobby, y la otra de una mujer que firmaba con una T; después había varias postales de Lisa.
A Lisa le gustaban los signos de exclamación y los subrayados.
Y entonces, debajo de Lisa (o antes de Lisa) había una serie de cartas de una mujer de la que nunca había oído hablar. Descifré la firma: Adele. Me quedé quieta, escuchando. No se oía nada más que el viento, que hacía vibrar las pizarras sueltas del tejado. Adam debía de seguir buscando sus cosas. Conté las cartas de Adele: trece, la mayoría bastante cortas. Debajo de las cartas de Adele había seis de Penny. Había encontrado a la mujer que había entre Lisa y Penny, entre Penny y Lisa. Adele. Empezando por la del fondo, presuntamente la primera que ella había escrito, me puse a leerlas.
Las siete u ocho primeras cartas eran breves y directas. En ellas Adele organizaba encuentros con Adam: daba un lugar y una hora, y pedía cautela. Adele estaba casada; por eso Adam había guardado silencio. Mantenía el secreto incluso ahora. Las cartas siguientes eran más largas y más atormentadas. Adele se sentía culpable por engañar a su marido, al que llamaba «confiado Tom», y a otras personas: padres, hermana, amigos. Le suplicaba a Adam que no se lo pusiera difícil. La última carta era su despedida. Decía que no podía seguir traicionando a Tom. Decía que quería a Adam, y que él nunca sabría cuánto había significado para ella. Afirmaba que Adam era el amante más maravilloso que había tenido jamás. Pero no podía abandonar a Tom. Él la necesitaba, y en cambio Adam no. ¿Le había pedido ella algo?
Me puse las trece cartas en el regazo. De modo que Adele había dejado a Adam para salvar su matrimonio. Quizá él nunca lo hubiera superado, y por eso nunca hablaba de ella. Quizá se sintió humillado. Me puse el cabello detrás de las orejas, con las manos ligeramente sudadas del nerviosismo, y escuché con atención. Me pareció oír una puerta que se cerraba. Recogí las cartas y las puse encima de las de Penny.