La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
En algún momento de ese intervalo, con la mente llena de pensamientos confusos, había vuelto a dormirse, retorcido en la cama con las muñecas atadas tras la espalda, y ahora volvía a estar despierto, escuchaba el sonido de las voces en la sala y se preguntaba qué sucedería y qué haría con él Parker cuando todo pasara.
La puerta del dormitorio se abrió y la luz amarilla que entró lo hizo parpadear. Comprendió que el sonido metálico de la llave en la cerradura era lo que le había sacado del medio sueño en que se encontraba. Se sentó, parpadeando rápidamente, tratando de habituar cuanto antes sus ojos a la luz, y vio la silueta negra de alguien que entraba en el cuarto, y pensó: «Ahora me mata, ya no soy útil».
Parker cruzó el cuarto hacia él y lo cogió por el brazo.
– Vamos, Faran. Hay gente que quiere verlo.
– ¿Qué? ¿Qué?
– Camine.
– Estaba dormido… -Se aclaró la garganta, tosió, volvió a aclararse la garganta. Estaba comenzando a despertarse, al menos un poco. Puso un pie delante del otro, apremiado por la mano de Parker que sostenía un brazo, y caminó vacilando hacia la sala.
La gente que había allí lo acabó de despertar. Debía de haber una docena de hombres, de entre veinte y cincuenta años, y de estaturas que variaban desde los más pequeños y flacos hasta enormes y musculosos, pero todos ellos tenían el mismo aspecto frío y autosuficiente, lo clasificaron, lo juzgaron, y él se quedó allí, parpadeando y mojándose los labios, aterrorizado, tan asustado como un pájaro en una cueva de serpientes.
Y el montón de pistolas en la mesa junto a la puerta de la entrada no contribuyó a superar su ansiedad.
Parker estaba en pie a su lado, y tuvo que darle dos veces la orden antes de que Faran la oyese.
– Díganos su nombre.
– Mi n… ¿Qué? Mi nombre. -Se apresuró a obedecer-. Faran. Frank Faran.
– ¿Cómo se gana la vida, Frank?
El uso de su nombre debería de haberlo tranquilizado, pero la fría impersonalidad con que fue pronunciado tuvo el efecto contrario. Luchando por mantener la calma, tratando de mantenerse en un estado que le permitiese responder a cualquier pregunta que le hicieran, dijo:
– Administro el New York Room. Es un… un local nocturno. -La palabra «nocturno» resonó en sus oídos como algo tonto e infantil, y se horrorizó al comprender que estaba ruborizado.
Parker seguía con las preguntas.
– ¿Qué más hace, Frank?
– Bueno, todavía…, antes me ocupaba bastante de la administración sindical, todavía tengo un puesto menor.
– ¿Sindicatos locales?
– Sí, eh… Sí, exacto.
– ¿Sindicatos de enamorados?
– Bueno…, en general, eh, tenemos un buen nivel de entendimiento…
– ¿En qué más está metido, Frank?
Faran trató de pensar en algo más, pero no encontró nada.
– Nada -dijo-. Eso es todo.
– No está pensando, Frank. -Había una leve amenaza resonando en las palabras. La docena de tipos sentados en el sofá y las sillas seguían mirándolo. Parker preguntó:
– ¿Para quién trabaja, Frank?
– Oh, para el señor Lozini. Quiero decir, trabajaba, pero está muerto. Supongo que ahora es, eh, Dutch Buenadella o Ernie Dulare. O los dos.
Parker señaló con un dedo y Faran vio sobre la mesa, en medio de la sala, un montón de papeles: los planes y notas que Parker había hecho la noche anterior durante la sesión de preguntas y respuestas.
– Usted me dijo todo eso, ¿no es cierto, Frank? -preguntó Parker.
– Sí -afirmó Faran-. Sí, exacto.
– Y eso es la pura verdad, ¿no es cierto Frank?
Faran trató de hacer una broma, de reírse, de lograr algo de contacto humano.
– No pienso mentirle -dijo.
No hubo ningún cambio en las caras que lo miraban, salvo que uno de ellos dijo:
– ¿Cómo podemos estar seguros de él?
– Porque él sabe -contestó Parker- que no lo dejaremos ir hasta que hayamos comprobado todo lo que nos dijo. Y sabe que si me ha mentido lo mataremos. ¿No es cierto, Frank?
Faran asintió con la cabeza. No se atrevía a hablar.
Hubo un momento de silencio. No miró a los ojos de ninguno, sino a los espacios entre ellos, pero sintió que todos lo miraban sin pestañear. La garganta le dolía como si hubiera estado gritando a voz en grito durante media hora.
Parker habló con serenidad.
– ¿Quiere modificar algo de lo que me dijo, Frank?
Faran negó con la cabeza y, al mismo tiempo, trataba de recordar todo lo que había dicho. ¿Habría cometido algún error? No, no era posible. Parker le había hecho repetir cada detalle una y otra vez.
– Le dije la verdad -aseguró-. Se lo juro.
Faran se volvió hacia Parker y vio que éste miraba a la docena de hombres, esperando que ellos dijeran si estaban satisfechos o no. Faran no podía mirar de nuevo hacia el frente. Tenía que seguir mirando a Parker. Su mejilla izquierda, la que daba hacia los hombres, le dolía como si le estuviesen clavando alfileres.
Uno de ellos dijo finalmente:
– Está bien. Ahora veamos el plan.
Parker asintió.
– ¿Alguno quiere preguntarle algo a Frank?
Ninguno de ellos lo hizo. Faran se sintió agradecido por eso y también cuando escuchó que Parker decía:
– Está bien Frank, volvamos.
Los dos fueron hacia el dormitorio. Faran entró y Parker se quedó en el umbral. Faran se volvió y le dijo:
– Puede confiar en mí, Parker. No le causaré ningún problema.
– Está bien, Frank -contestó Parker. Apagó la luz y cerró la puerta del dormitorio.
XLI
Parker, tras encerrar a Faran, regresó a la sala, donde los once hombres habían formado pequeños grupos y discutían. Los dejó hablar, pues sabía que tarde o temprano todos acabarían por apoyar su proyecto.
Uno de los grupos estaba formado por Devers, Wycza y Ducasse; nunca se habían encontrado antes, pero los tres habían volado en el mismo avión desde Nueva York; Devers y Wycza contactaron antes de salir, y los dos habían comprendido que Ducasse también pertenecía al grupo cuando bajaron en Tyler. En el sofá estaban Wiss y Elkins, que siempre trabajaban juntos, y Nick Dalesia, que era quien había conducido el coche en el frustrado atraco a la joyería, y Tom Hurley. Handy McKay escuchaba la opinión de Philly Webb; y Ed Mackey y Mike Carlow estaban aislados, pensando.
Parker se había sentado en una silla junto a la puerta, desde donde podía observar de frente a todo el grupo. Se quedó inmóvil, su reloj aún no marcaba las diez de la noche, así que esperó que las cosas se calmaran.
Pero no se calmaron, al menos no del todo. En lugar de eso, Tom Hurley, que parecía haber olvidado su enfado con Morse, al menos por un rato, se puso en pie, señaló los papeles dispersos sobre la mesa y dijo:
– Parker, ¿dónde vas a estar tú mientras nosotros hacemos todo este trabajo?
Los otros se interrumpieron y miraron a Parker, que contestó:
– Aquí. Cuidaré a Faran, mantendré este sitio limpio para que vosotros volváis y seré el contacto telefónico que necesitaréis.
Hurley volvió a señalar los papeles.
– De modo que tú pensaste todos estos golpes -dijo-. Nosotros vamos y los hacemos, todos a la vez, eso está bien, me gusta. No permite actuar a la policía. Tú te quedas aquí, manteniendo el café caliente y todo eso.
– Todo está bien planeado -dijo Handy McKay.
Parker, señalando con el pulgar las pistolas amontonadas en la mesa del comedor, dijo:
– Y, además, os conseguí armas anoche. Todas nuevas, con municiones. No pude probarlas, pero de todos modos tampoco creo que tengáis que hacer uso de ellas.
– Todo está en orden -dijo Hurley-. Todo me parece muy bien. Lo que quiero saber es esto: ¿con cuánto te quedarás?
– Con nada -contestó Parker.
Todos lo miraron. Ed Mackey preguntó: