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La Luna De Los Asesinos

Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:

Parker, el personaje más emblemático creado por Donald E. Westlake (Brooklyn, Nueva York, 1933), es un ladrón profesional y, eventualmente, un asesino. Un hombre frío y calculador, reservado hasta la exasperación y dueño de una inteligencia más que destacable. Dos años atrás, Parker se vio obligado a abandonar en la pequeña y apacible ciudad de Tyler, en el estado de Mississippi, los setenta y tres mil dólares de botín de un robo a un coche blindado. Ahora ha llegado el momento de recuperar lo que es suyo, y para ello se va a ver involucrado en una guerra entre las mafias que controlan la ciudad. Parker, acompañado por Grofield, su cómplice, tendrá que demostrar su profesionalidad y agudizar el ingenio para lograr su objetivo, tarea nada fácil dado el poder de sus adversarios…
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
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– Si es con Parker, está bien.

– A veces enloquece -contestó Wiss. Era un hombre al que no le agradaba lo más mínimo el melodrama.

– Pero es seguro -repuso Elkins.

Wiss se encogió de hombros. Siempre estaba de guardia, siempre tenía una pequeña reserva.

– De todos modos, vale la pena ir -dijo.

Philly Webb se dirigió al Oeste en su Buick, desde Baltimore. La nueva pintura azul del capó le encantaba, la matrícula era de Delaware, y la nueva documentación en la guantera decía que el Buick estaba registrado a nombre de un tal Justin Baxter, de Wilmington, y que él mismo se llamaba Justin Baxter.

Webb era un piloto de coches, como Mike Carlow, pero nunca había participado en carreras. Su única profesión era el robo, y el dinero que ganaba lo gastaba en fiestas y en el juego. El Buick era su único hobby.

Éste era su quinto Buick. Se compraba uno cada pocos años y hacía la compra con total legalidad. Pero una semana después el automóvil había perdido toda su identidad original y nunca volvería a aparecer. Le cambiaba la matrícula, cambiaba la pintura, compraba documentación falsa. Y meses después volvía a hacer lo mismo, cambiaba todo de nuevo, volvía a establecer una nueva identidad. Cuando mantenía en su poder un coche por tres años, probablemente hacía diez o doce cambios de registro de color y de matrícula.

Además de estos cambios periódicos, hechos por el simple placer de hacerlo, Webb también cambiaba completamente su Buick en cuanto terminaba un trabajo. La pintura azul de este coche tenía menos de tres semanas, pero tendría otro color veinticuatro horas después de su regreso a Baltimore. Se enorgullecía de tener un coche que no dejaba huellas, pero en realidad casi todos esos cambios eran innecesarios y constituían más un hobby que una actividad razonable.

Bajo y fuerte y de piel olivácea, Webb tenía el pecho y los brazos de un luchador y el aspecto general de un simio. Se ponía al volante del coche con la naturalidad de un taxista y siempre parecía raro cuando se veía obligado a caminar. La última vez que había trabajado con Parker había sido en el robo de una base aérea, con Stan Devers. Había salido de ese asunto con cuarenta dos mil, ya gastados hacía mucho, y tenía ganas de volver a trabajar con Parker.

XL

Faran se despertó con un leve murmullo de voces. Se sentía incómodo, y un terrible dolor de cabeza le impedía recordar dónde estaba y qué estaba haciendo. Intentó recobrar la calma y cambiar de postura, pero de inmediato comprendió que sus muñecas estaban atadas bajo su cuerpo, y pronto su mente reaccionó.

¡Parker! El muy hijo de puta lo había secuestrado la noche anterior, en el momento en que cerraba el club. Allí de pie en la calle, con frialdad y tranquilidad, sin prisas, le había atado las muñecas, tapado la cabeza con una especie de bolsa, luego lo había hecho caminar hasta un coche y lo había traído aquí, donde fuera que estuviese.

Al menos sabía que era un edificio de apartamentos. Habían hecho un recorrido en coche, pero no tan largo como para haber salido de la ciudad, y antes de que el automóvil se detuviese habían bajado por una especie de declive. Un edificio de apartamentos con un garaje en el sótano. Y un ascensor, en el que subieron juntos, él con la cabeza siempre dentro de la bolsa y la mano del silencioso Parker en su brazo. Tras caminar por un pasillo, pudo oír el ruido de una llave en una cerradura. Había sido metido en el apartamento, la puerta se había cerrado, le había quitado la bolsa.

El apartamento fue una sorpresa. Faran esperaba un cuarto ruinoso, pero era otra cosa. Era un agradable apartamento de clase media, con un sofá, sillas, televisión y lámparas y mesas. Cortinas verdes cubrían las ventanas en la pared de enfrente. Los suelos estaban cubiertos por alfombras, que en sus extremos dejaban ver fragmentos de un suelo de madera oscura.

Cerca de la puerta de entrada estaba el comedor con una mesa ovalada y cuatro sillas en un rincón. Parker y Faran se sentaron allí, cogieron lápiz y papel que había sobre la mesa y comenzaron las preguntas. Al principio Faran no quiso responder, y esperó amenazas y quizá golpes, pero Parker no hizo nada de eso. Se limitó a sacar una pequeña caja blanca de uno de sus bolsillos y la puso sobre la mesa donde Faran pudiera ver el dedo. Después repitió las preguntas, y, con una breve vacilación, Faran comenzó a responder.

Las preguntas continuaron hasta que amaneció. Faran estaba tan exhausto que apenas si podía mantener vertical la cabeza y los ojos abiertos. Pero Parker insistía, quería saber más, preguntaba detalles, lo escribía todo en hojas y más hojas de papel. Hacía dibujos y esquemas, e insistía en que Fran los estudiase y le dijese si estaban equivocados los detalles. ¿Qué clase de ventana es ésta? ¿Cuánta gente trabaja en esta oficina? ¿En qué horario está abierta?

Cuando hubieron terminado, Faran cayó dormido sobre la mesa mientras Parker releía todas las notas para asegurarse de que no faltaba nada que necesitase saber. Luego Parker lo había abofeteado, le había tirado del pelo hasta despertarlo y le hizo caminar hasta el dormitorio, donde lo había encerrado en el armario. Era lo bastante amplio como para poder apoyar la espalda contra la pared y estirar las piernas, y así fue como se durmió, hasta media tarde. Al menos él pensó que era la media tarde, puesto que no había visto el sol a través de las cortinas cerradas esa mañana, pero sí lo vio cuando Parker abrió el armario y lo dejó salir.

Obviamente, Parker había dormido en la cama y parecía descansado y firme. Faran se sentía arrugado, agarrotado y torpe, y su estómago volvía a actuar. No pudo impedir soltar gases todo el tiempo, aun después de que Parker lo hubiera desatado y le hubiera permitido ir al baño. Durante la hora que siguió, Faran no volvió a ser atado, pero por el modo en que lo miraba Parker supo que era mejor no tratar de hacer nada. Los dos habían comido en silencio de unas latas de conserva que había en la cocina, y luego Parker le había permitido que se sentara en la sala durante una hora más o menos. Miraron la televisión, y a Faran le pareció que Parker no prestaba atención al programa. Era como si en realidad no estuviese viendo la televisión, sino concentrado en sus pensamientos y le resultara más cómodo pensar con las sombras fluctuantes y las voces chillonas del aparato de televisión.

Cuando sonó el timbre, Parker apagó la televisión, volvió atar las muñecas de Faran y lo llevó al dormitorio. Allí señaló la cara de Faran y le dijo:

– Sus dientes de delante, ¿son auténticos?

– Los de arriba sí.

Parker señaló la ventana.

– Si cuando vuelva ha levantado la persiana, se los arrancaré uno a uno.

Faran se limitó a asentir con la cabeza. No quería siquiera abrir la boca para decir nada.

Parker salió y él se sentó en la cama. Poco a poco la ventana se fue oscureciendo. De vez en cuando se oía el sonido del timbre, y un rato después oyó muchas voces masculinas. Era difícil de creer, pero no podía ser otra cosa: Parker estaba preparándose para iniciar una guerra. Se suponía que era un solitario, un huérfano sin contactos, pero resultaba que había traído gente de algún lado, y no había duda de que pensaba iniciar una guerra contra Dutch, Calesian y Ernie Dulare. Especialmente, Ernie Dulare, que era el más vulnerable al tipo de guerra que al parecer pretendía iniciar Parker.

Si Ernie, Dutch y Calesian llegaban a descubrir de dónde había obtenido Parker la información, Faran sabía que lo matarían. No habría preguntas, no pensarían que ahora estaban en el mundo de los negocios; simplemente lo matarían.

A menos que Parker los matara antes a ellos.

Y al poco rato de pensar ya no sabía de qué lado estaba.

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