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Desaparecida [Long Lost-es]

Электронная книга - «Desaparecida [Long Lost-es]». Краткое содержание книги:

Myron Bolitar no es uno más. Es la única esperanza de Terese Collins. Hace ocho años ambos huyeron a una isla caribeña para dedicarse a amarse. Pero ella desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro, incluso para alguien tan avieso como Bolitar. Hasta que sonó el teléfono a las cinco de la mañana. Sólo dijo: «Ven a Parísۛ», dejando el aroma de un encuentro romántico, sensual, lleno de fantasías, con el que recuperar el tiempo perdido. Pero Bolitar ya presagiaba que Terese había pronunciado aquellas palabras con otra intención: era un grito de socorro.
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.
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Él la miró.

– Tengo una llamada para usted -dijo ella.

Esperanza le entregó su móvil. Jones frunció el entrecejo pero lo cogió. Yo también fruncí el entrecejo y la miré. Su rostro no me reveló ninguna pista.

– ¿Hola? -dijo Jones.

El teléfono tenía el volumen lo bastante alto como para que yo escuchase la voz al otro lado con toda claridad. La voz dijo:

– Cromo, estilo militar, con el logotipo de Gucci grabado en la esquina inferior izquierda.

Era Win.

– ¿Eh? -preguntó Jones.

– Veo la hebilla de su cinturón a través de la mira de mi fusil, aunque estoy apuntando seis centímetros más abajo -respondió Win-. Quizás cinco centímetros sería más apropiado en su caso.

Mis ojos se fijaron en la hebilla del tipo. Ahí estaba. No tenía idea de lo que significaba «cromo, estilo militar», pero allí estaba el logotipo de Gucci grabado en la esquina inferior izquierda.

– ¿Gucci con el salario del gobierno? -comentó Win-. Tiene que ser una copia.

Jones mantuvo el teléfono pegado al oído, y comenzó a mirar en derredor.

– Supongo que hablo con el señor Windsor Horne Lockwood.

– No tengo ni idea de qué me está hablando.

– ¿Qué quiere?

– Muy sencillo. El señor Bolitar no irá con usted.

– Está amenazando a un agente federal. Ése es un delito capital.

– Estoy comentando su sentido de la estética -replicó Win-. Dado que su cinturón es negro y sus zapatos son marrones, aquí el único que está cometiendo un crimen es usted.

Los ojos de Jones se fijaron en los míos. Había una extraña calma en ellos para un tipo al que están apuntando con un fusil a la ingle.

Miré a Esperanza. Ella rehuyó mi mirada. Comprendí algo un tanto obvio: Win no estaba en Bangkok. Me había mentido.

– No quiero montar una escena -dijo Jones. Levantó ambas manos-. De acuerdo, vale, aquí nadie está forzando a nadie. Que pase un buen día.

Se volvió y se dirigió de vuelta a su coche.

– ¿Jones? -llamé.

Me miró, protegiéndose los ojos del sol.

– ¿Sabe qué le pasó a Terese Collins?

– Sí.

– Dígamelo.

– Si viene conmigo.

Miré a Esperanza. Ella le pasó el móvil a Jones de nuevo.

– Solo para dejar esto bien claro -dijo Win-. No podrá ocultarse. Su familia no podrá ocultarse. Si le ocurre algo a él, será la destrucción total. Todo lo que usted ama o le interesa. Y no, no es una amenaza.

El teléfono enmudeció.

Jones me miró.

– Un tipo encantador.

– No tiene usted idea.

– ¿Preparado para marchar?

Lo seguí hasta el coche y entré.

30

Cruzamos el puente George Washington y regresamos a Manhattan. Jones me presentó a los dos agentes del asiento delantero, pero no recuerdo sus nombres. El Escalade salió por la calle 79 Oeste. Unos minutos más tarde se detuvo en Central Park Oeste. Jones abrió la puerta, cogió su maletín y dijo:

– Vayamos a dar un paseo.

Me apeé. El sol aún brillaba con fuerza.

– ¿Qué le pasó a Terese? -pregunté.

– Primero necesita conocer el resto.

No era así, pero no tenía ningún sentido insistir. Ya me lo diría en su momento. Jones se quitó la americana marrón y la dejó en el asiento de atrás. Supuse que los agentes aparcarían para después escoltarnos, pero Jones dio una palmada en el techo y el coche se marchó.

– ¿Solo nosotros? -pregunté.

– Solo nosotros.

Su maletín era de otra época, rectangular con cerraduras de combinación. Mi padre tenía uno igual donde llevaba los contratos y las facturas, los bolígrafos y un pequeño magnetófono para ir y venir de su despacho en la factoría de Newark.

Jones entró en el parque por la 67 Oeste. Pasamos por delante del Tavern on the Green, las luces en los árboles atenuadas. Lo alcancé y dije:

– Esto parece una novela de capa y espada.

– Es una precaución. Quizás del todo innecesaria. Pero en mi oficio a veces comprendes el porqué.

Me pareció un tanto melodramático, pero de nuevo no quise insistir. Jones se mostró de pronto sombrío y meditabundo, y no tenía idea de por qué. Miraba a los que corrían, a los que patinaban, a los ciclistas, a las mamas con los cochecitos.

– Sé que suena un tanto ridículo -dijo-, pero patinan, viven, trabajan, aman, ríen, y no tienen ni idea de lo frágil que es todo.

Torcí el gesto.

– Permítame adivinar. Usted, agente especial Jones, es el silencioso centinela que los protege, aquel que sacrifica su propia vida para que la ciudadanía pueda dormir tranquila por la noche. ¿Va de eso?

Sonrió.

– Supongo que me lo merecía.

– ¿Qué le pasó a Terese?

Jones continuó caminando.

– Cuando estábamos en Londres usted me puso bajo custodia.

– Sí.

– ¿Y después?

Se encogió de hombres.

– Esto funciona en compartimientos estancos. No lo sé. Lo entregué a alguien de otro departamento. Ahí acabó mi parte.

– Algo moralmente muy conveniente.

Hizo una mueca pero no se detuvo.

– ¿Qué sabe de Mohammad Matar? -preguntó.

– Solo lo que leí en los periódicos -respondí-. Era, supongo, un tipo muy malo.

– El peor de los malos. Un radical extremista muy educado que hacía que otros radicales terroristas se mearan de miedo en la cama. A Matar le encantaba la tortura. Creía que la única manera de matar infieles era infiltrarse y vivir entre ellos. Fundó una organización terrorista llamada Muerte Verde. Su lema es: «Al-sabr wal-sayf sawf yu-dammir al-kafirun».

Me sacudió un espasmo.

«Al-sabr wal-sayf».

– ¿Qué significa? -pregunté.

– La paciencia y la espada destruirán a los pecadores.

Sacudí la cabeza con la voluntad de aclararla.

– Mohammad Matar pasó casi toda su vida en Occidente. Se crió en España, pero pasó algún tiempo en Francia e Inglaterra. Doctor Muerte es más que un apodo; fue a la Facultad de Medicina de Georgetown e hizo su residencia aquí mismo, en la ciudad de Nueva York. Pasó doce años en Estados Unidos bajo varios nombres falsos. Adivine qué día se marchó de Estados Unidos.

– No estoy de humor para adivinanzas.

– El 10 de septiembre de 2001.

Ambos dejamos de hablar por un momento, y, casi de forma inconsciente, nos volvimos hacia el sur. No, no hubiésemos podido ver las torres, aunque continuasen en pie. Pero se debían presentar los respetos. Siempre y esperemos que para siempre.

– ¿Me está diciendo que él estaba involucrado?

– ¿Involucrado? Es difícil de decir. Pero Mohammad lo sabía. Su partida no fue una coincidencia. Tenemos a un testigo que lo sitúa en el Pink Pony a principios de aquel mes. ¿El nombre le suena?

– ¿No era aquel club de striptease donde se reunían los terroristas antes del 11-S?

Jones asintió. Una excursión escolar desfiló ante nosotros. Los niños -que tendrían unos diez u once años- vestían camisas verdes con el nombre del colegio bordado en la pechera. Un maestro delante y otro detrás.

– Usted mató a un gran jefe terrorista -añadió Jones-. ¿Tiene idea de lo que le harían sus seguidores si descubriesen la verdad?

– ¿Por eso se atribuyó el mérito de matarlo?

– Por eso mantuvimos su nombre en secreto.

– Se lo agradezco de verdad.

– ¿Es un sarcasmo?

Ni yo estaba seguro.

– Si continúa dando palos de ciego, acabará por saberse la verdad. Habrá dado un puntapié a un avispero y saldrá un enjambre de terroristas.

– Suponga que no les tengo miedo.

– Entonces es que está loco.

– ¿Qué le pasó a Terese?

Nos detuvimos al llegar a un banco.

Puso un pie en el asiento y apoyó el maletín en la rodilla. Buscó en el interior.

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