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Las fuerzas del mal

Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:

En el bello paisaje de la campiña inglesa, una adinerada familia debe enfrentarse a un destino que parece condenarla a la extinción. El viejo ha perdido a su mujer, mientras sus hijos Leo, un ludópata redomado, y Elizabeth, una promiscua alcohólica condenada al fracaso, apenas son una mácula dentro de la genealogía familiar. Deprimido y con el único apoyo de su fiel abogado Mark Ankerton, Lockyer-Fox también debe hacer frente a las habladurías de sus convecinos, que le acusan del supuesto asesinato de su esposa. Se avecinan tiempos difíciles para el coronel quien, además, ha decidido destapar un viejo secreto y encomendar a Mark la tarea de encontrar a una nieta entregada en adopción apenas nacer. Una lejana vergüenza que la familia Lockyer-Fox ocultó a cal y canto, para proteger la ya maltrecha reputación de Elizabeth.
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
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James los condujo por el sendero que llevaba a la entrada. Aquí los árboles crecían menos tupidos y podían ver el campamento con toda claridad. Dos de los autocares estaban pintados de colores brillantes. Uno de amarillo y verde limón y el otro de morado, con un letrero rosa a un costado: «Bella». En comparación, los otros eran curiosamente impersonales: antiguos autocares de alquiler pintados de gris y crema, con los letreros borrados.

Estaban estacionados formando un semicírculo que comenzaba a partir de la entrada y, a unos ochenta metros de distancia, Nancy empezó a vislumbrar que cada autocar estaba unido a sus vecinos con cuerdas de las que colgaban letreros de «No pasar». Había un Ford Cortina bastante desvencijado, aparcado de frente tras el vehículo color verde limón, y unas cuantas bicicletas infantiles volcadas por el suelo. Por lo demás, el lugar parecía estar desierto, excepto por la hoguera que había en el centro y las dos distantes siluetas cubiertas con capuchones que ocupaban un par de sillas a ambos lados de la barrera de cuerda que daba a la carretera. A sus pies yacían un par de perros alsacianos atados con cadenas.

Mark señaló con el mentón las dos figuras y, a continuación, apuntó con sus dedos índice a sus oídos para indicar que llevaban audífonos. Nancy asintió al ver a uno de los guardianes marcando el ritmo con el pie como si estuviera rasgueando una guitarra invisible. Levantó los binoculares para verlos de cerca. Pensó que no se trataba de adultos. Sus hombros inmaduros eran demasiado estrechos para sus chaquetas prestadas, y sus flacuchas muñecas y manos sobresalían de las mangas recogidas como cucharones. Una presa fácil para cualquier persona dispuesta a cortar la soga y reclamar el Soto para el pueblo. Demasiado fácil. Los perros eran viejos pero seguramente sus ladridos todavía podían dar la alarma. Los padres y los propietarios de los perros tenían que estar lo suficientemente cerca para oírlos.

Examinó las ventanas de los vehículos, pero todas tenían cartones que impedían la visibilidad desde este lado. Pensó que eso era muy interesante. Ninguno tenía el motor en marcha, por lo que el interior de los autocares debía de estar iluminado por luz natural a no ser que los nómadas estuvieran tan locos como para utilizar los acumuladores, pero la potente luz solar que provenía del sur había sido bloqueada. ¿Por qué? ¿Quizá porque la mansión estaba en esa dirección?

Susurró al oído de James sus suposiciones.

– Los chicos de la barricada son vulnerables -concluyó-, por lo que al menos debe de haber algún adulto en uno de los vehículos. ¿Quiere que descubra en cuál?

– ¿Eso ayudará? -musitó él a modo de respuesta.

Ella hizo un movimiento de balanceo con la mano.

– Depende de lo agresivos que puedan ser y de cuántos refuerzos tengan. Parece más seguro enfrentarlos en su guarida que ser atrapados en pleno campo.

– Eso significa cruzar una de las barreras entre los autocares.

– Mmm -asintió ella.

– ¿Y los perros?

– Son viejos y están demasiado lejos para oírnos si nos movemos sin hacer ruido. Si los ocupantes arman jaleo, los perros ladrarán pero nosotros ya estaremos dentro.

Los ojos del coronel brillaron divertidos al mirar a Mark.

– Va a espantar a nuestro amigo -la alertó, inclinando levemente la cabeza en dirección al abogado-. No puedo creer que sus reglas para el combate incluyan la entrada ilegal en una propiedad ajena.

Ella sonrió, burlona.

– ¿Y las suyas? ¿Qué es lo que permiten?

– La acción -dijo el anciano sin dudar-. Búsqueme un blanco y seguiré su señal.

Ella hizo un círculo con el pulgar y el índice, y desapareció entre los árboles.

– Espero que sepa lo que está haciendo -murmuró Mark al oído del anciano.

El coronel rió entre dientes.

– No seas tan aguafiestas -dijo-. Hace meses que no me divertía tanto. Se parece mucho a Ailsa.

– Hace una hora usted decía que era como su madre.

– Tiene cosas de las dos. Es lo mejor de ambos mundos… tiene todos los genes buenos, Mark, y ninguno de los malos.

Mark esperaba que no se equivocara.

En el interior del «Bella» se escuchaban voces muy altas que se volvían más audibles a medida que Nancy se aproximaba. Dedujo que la puerta al otro lado estaba abierta, lo que permitía que el sonido viajara, pero eran demasiadas personas hablando a la vez para poder seguir el hilo de las discusiones por separado. De momento, todo iba bien. Lo que quería decir que los perros eran indiferentes a los altercados que tuvieran lugar en el interior de los vehículos.

Puso una rodilla en el suelo junto al neumático delantero externo, lo más cerca que podía estar de la puerta, con la esperanza de que las cortinas de cartón la hicieran tan invisible para quienes estaban dentro como ellos lo eran para ella. Mientras escuchaba, descolgó la barrera de cuerda del autocar con la inscripción de «Bella», y la dejó caer al suelo con el letrero de «No pasar»; después, examinó los árboles al sur y al oeste en busca de movimiento. Al parecer discutían sobre quién debería ejercer el control de aquella empresa, pero el razonamiento era abrumadoramente descorazonador.

– Nadie más sabe nada sobre la ley…

– Es sólo su palabra…

– Es un cabrón maníaco…

– Shh, los niños nos están escuchando…

– Está bien, está bien, pero no pienso oír ninguna de sus basuras…

– Woifie dice que lleva una navaja…

Levantó los ojos en busca de rendijas en la base de los cartones, con la esperanza de poder ver algo del interior que le permitiera estimar de cuánta gente se trataba. Por el número de voces diferentes sospechó que el campamento en pleno se encontraba allí, excepto la persona sobre la que discutían. El maníaco… Se hubiera sentido mejor si supiera dónde estaba el individuo, pero el silencio total en torno a los autocares le decía que o bien tenía mucha paciencia, o no estaba ahí.

La última ventana que examinó fue la que tenía encima de la cabeza y su corazón dejó de latir un instante cuando sus ojos se tropezaron con los de alguien que la miraba de arriba abajo desde el borde doblado del cartón. Los ojos eran demasiado redondos y la nariz demasiado pequeña para no ser un niño, y ella sonrió instintivamente, llevándose un dedo a los labios. No hubo reacción, sólo una retirada en silencio cuando el cartón fue vuelto a poner en su lugar. Dos o tres minutos más tarde, mientras la discusión continuaba sin el menor cambio, Nancy retrocedió por el camino entre los árboles e hizo una señal a James y a Mark para que la siguieran.

Wolfie se había deslizado en el asiento del conductor del autocar de Bella, que estaba separado del resto por una cortina. No quería llamar la atención por miedo a que alguien dijera que debía estar con su padre. Se había hecho un ovillo en el suelo entre el salpicadero y el asiento, escondiéndose tanto de Fox por fuera como de Bella y los demás por dentro. Transcurrida media hora, cuando el frío suelo hizo que le castañetearan los dientes, trepó al asiento y miró por encima del volante para ver si era capaz de ver a Fox.

Tenía más miedo que nunca. Si el Cachorro no era hijo de Fox, quizás ésa fuera la razón por la que su madre se lo había llevado, dejando atrás a Wolfie. Quizá Wolfie no pertenecía a Vixen y sólo fuera de Fox. La idea lo aterrorizó. Eso quería decir que Fox podía hacer con él lo que le viniera en gana cuando quisiera y nadie podría detenerlo. En lo más recóndito de su mente sabía que eso carecía de importancia. Su madre nunca había sido capaz de impedir que Fox actuara como un loco, se limitaba a aullar y llorar y decía que no volvería a portarse mal. Nunca había podido entender el origen de esa maldad, aunque comenzaba a preguntarse si guardaría relación con las veces en que los obligaba a dormir, al Cachorro y a él. Un pequeño nudo de rabia -su primera toma de contacto con la traición materna-se cerró como un lazo en torno a su corazón.

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