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Las fuerzas del mal

Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:

En el bello paisaje de la campiña inglesa, una adinerada familia debe enfrentarse a un destino que parece condenarla a la extinción. El viejo ha perdido a su mujer, mientras sus hijos Leo, un ludópata redomado, y Elizabeth, una promiscua alcohólica condenada al fracaso, apenas son una mácula dentro de la genealogía familiar. Deprimido y con el único apoyo de su fiel abogado Mark Ankerton, Lockyer-Fox también debe hacer frente a las habladurías de sus convecinos, que le acusan del supuesto asesinato de su esposa. Se avecinan tiempos difíciles para el coronel quien, además, ha decidido destapar un viejo secreto y encomendar a Mark la tarea de encontrar a una nieta entregada en adopción apenas nacer. Una lejana vergüenza que la familia Lockyer-Fox ocultó a cal y canto, para proteger la ya maltrecha reputación de Elizabeth.
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
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Nunca antes la había visto enojada, y de un modo horrible le recordaba a Eleanor. Rubia y hermosa, y lo único que le interesaba era el dinero. Las dos eran clones de su primera esposa, que siempre había querido más a sus hijos que a él. Julian era un hombre de pocas ilusiones. Por la razón que fuera, las rubias treintañeras desesperadas lo atraían… y él las atraía. Era algo que no podía explicar, de la misma forma que no podía explicar cómo se obsesionaba tan rápidamente con ellas.

– Tarde o temprano iba a descubrirse -murmuró-. ¿Qué planeabas decirle a tu padre entonces?

– Sí, claro, así es. Sería yo la que iba a tener que hablar con él, pero esperaba que pudiéramos hacerlo con más tacto, poder darle la noticia con delicadeza. Ya sabes… -dijo con impaciencia-. ¿Por qué crees que siempre te digo que tengamos cuidado?

Julian no había pensado mucho en ello, simplemente esperaba el momento y el lugar donde tendrían el próximo encuentro sexual. Los detalles técnicos carecían de importancia siempre que Gemma siguiera concediéndole su cuerpo para que él sintiera placer. Toda discreción mostrada había sido en aras de sí mismo. Había vivido lo suficiente para saber que no valía la pena enseñar las cartas si no tenía una buena mano y no pretendía arriesgarse a caer bajo la bota de Eleanor durante el resto de su vida si le agitaba a Gemma delante de las narices y la chica decidía largarse.

– Entonces, ¿qué quieres que haga? -preguntó, sumiso.

Le preocupaba lo que ella había dicho sobre las esperanzas que Peter Squires depositaba en un futuro yerno. Sí, él quería librarse de Eleanor pero también quería mantener la situación actual con Gemma. Momentos robados de sexo entre el golf y las copas que daban vuelo a su vida pero que no conllevaban responsabilidades. Estaba harto de los matrimonios, había tenido hijos, y nada de eso le atraía. Por otra parte, una amante era algo muy atractivo… hasta que sus exigencias se volvieran excesivas.

– Por Dios, odio cuando los hombres hacen eso. ¡No soy tu puñetera niñera, Julian! Tú nos has metido en este lío, y tú nos vas a sacar de él. No soy yo quien ha dejado por ahí mi número de teléfono. -Se dejó caer en el asiento del conductor y puso en marcha el motor-. No voy a abandonar a Monkey Business… así que si papá se entera de esto… -Se interrumpió molesta, poniendo la primera marcha del Volvo-. Podemos dejar a Monkey en tu establo cuando Eleanor no esté. -Cerró la portezuela de un tirón-. Ya me dirás algo -le dijo por la ventanilla antes de marcharse.

La siguió con la vista mientras ella giraba hacia la carretera principal. Se metió las manos en los bolsillos y echó a andar hacia su coche. Para Debbie Fowler, que había observado el contratiempo de reojo, el lenguaje corporal lo decía todo. Un romance entre un viejo guarro que se ponía Grecian 2000 y una muñequita consentida cuyo reloj biológico estaba a punto de detenerse.

Se volvió hacia una de las cazadoras que estaba de pie a su lado.

– ¿Sabe cómo se llama aquel hombre? -preguntó, al tiempo que señalaba la espalda de Julian-. Me lo dijo antes, cuando le entrevisté, pero creo que he perdido la hoja donde lo anoté.

– Julian Bartlett -dijo la mujer amablemente-. Juega al golf con mi marido.

– ¿Dónde vive?

– En Shenstead.

– Debe de estar forrado.

– Vino de Londres.

– Eso lo explica todo -dijo Debbie, buscando en su libreta la página donde había escrito «gitanos, Shenstead», y anotó debajo: «Julian Bartlett».

– Gracias -le dijo a la mujer con una sonrisa-, ha sido de gran ayuda. Entonces, en dos palabras, lo que usted dice es que es mejor matar a las plagas con perros que disparándoles o envenenándolas.

– Sí. No hay la menor duda. Los perros matan limpiamente. El veneno y las balas, no.

– ¿Eso es válido para todo tipo de plagas?

– ¿Qué quiere decir?

– Digamos, por ejemplo, ¿es mejor echarle los perros a los conejos? ¿O a las ardillas grises, a las ratas… a los tejones? Todos son plagas, ¿o no?

– Algunas personas estarían de acuerdo en eso. A los terriers los crían para que caven y se metan en las tejoneras.

– ¿Lo aprueba?

La mujer se encogió de hombros.

– Las plagas son plagas. Hay que controlarlas de alguna manera.

Bella dejó a Wolfie con sus hijas y regresó al grupo de la sierra de cadena. La herramienta funcionaba de nuevo y habían sacado una docena de postes de diferentes alturas y grosores de la vegetación caída. La idea, que durante la planificación había parecido factible pero que ahora a Bella le parecía ingenua, era meter los postes en la tierra para crear una estacada. Parecía una tarea imposible. Clavados verticalmente, aquellos postes de formas retorcidas nunca quedarían rectos ni cercarían más allá de un par de metros, por no hablar de la ardua tarea de clavarlos en el terreno congelado.

El Soto había sido considerado como lugar de interés científico, les había prevenido Fox aquella mañana, y un árbol derribado podía ser motivo de desalojo. Había suficiente madera en el suelo para comenzar. ¿Por qué había esperado hasta ese momento para decirlo?, se preguntó Bella con enojo. ¿Quién les iba a permitir construir en un sitio protegido? Aún no estaba protegido, fue la respuesta de Fox. Cuando se establecieran, ellos presentarían una objeción. Había hablado como si instalarse fuera algo sencillo.

Sin embargo, ahora no lo parecía. Buena parte de la madera muerta estaba podrida y se desmoronaba, los hongos crecían en la corteza empapada. La impaciencia comenzaba a aparecer e Ivo, molesto y frustrado, ya le había echado el ojo a los árboles vivos.

– Esto es una pérdida de tiempo -gruñó, pateando el extremo de una rama que se hizo polvo bajo su bota-. Mirad eso. Sólo tiene un metro útil. Deberíamos cortar uno de estos árboles por el medio. ¿Quién se va a enterar?

– ¿Dónde está Fox? -preguntó Bella.

– Vigilando la barrera.

Ella negó con la cabeza.

– Vengo de allí. Los dos chicos que la vigilan están más que aburridos.

Ivo le hizo un gesto al que manipulaba la sierra de cadena, pasándose una mano por la garganta, y esperó a que el ruido cesara.

– ¿Dónde está Fox? -exigió.

– A mí que me registren. La última vez que lo vi iba hacia la mansión.

Ivo miró inquisitivamente al resto del grupo pero todos se limitaron a negar con la cabeza.

– Dios mío -dijo con disgusto-, ese cabrón tiene bemoles. Haz esto, haz aquello. Y él, ¿qué coño está haciendo? Las reglas, como yo las recuerdo, son que si nos mantenemos unidos tenemos una oportunidad, pero hasta ahora lo único que ha hecho es hacerse el chulo delante de un granjero cabreado y una triste zorra con anorak. ¿Soy el único que tiene reservas al respecto?

Hubo murmullos de descontento.

– El granjero reconoció su voz -dijo Zadie, que estaba casada con el hombre que manejaba la sierra. Se quitó la bufanda y el pasamontañas y encendió un cigarrillo que ella misma había liado-. Por eso nos obliga a vestirnos con esta mierda. No quiere que descubran que él es el único que intenta esconderse.

– ¿Eso fue lo que dijo?

– No… Pero es lo que pienso. Todo esto apesta. Gray y yo hemos venido hasta aquí con la intención de que nuestros hijos tengan una casa… pero ahora creo que se trata de una trampa. Nosotros estamos aquí para desviar la atención. Mientras todo el mundo nos mira, Fox anda por ahí solucionando sus asuntos.

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