Bajo el brillo de la luna
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Bajo el brillo de la luna». Краткое содержание книги:
UN AMOR A PRIMERA VISTA…
Victoria ha tenido que acostumbrarse a vivir sin Robert, a olvidar su olor, la música de su voz, los profundos ojos que la acariciaban con simplemente mirarla. Su existencia ahora se limita a cuidar de un mocoso malcriado y a sufrir el desprecio y los ataques de aquellos que se creen por encima de una solitaria doncella de provincias. Nunca había imaginado volverlo a ver, y de pronto, el futuro conde de Macclesfield ha regresado a su vida como un torbellino. Pero esta vez, Victoria ha aprendido la lección. Robert ya le rompió el corazón en el pasado, y ella no permitirá que lo haga de nuevo.
… CONVERTIDO EN AMARGA TRAICIÓN
Robert Kemble, conde de Macclesfield, únicamente necesitó posar los ojos en la graciosa muchacha que saltaba las rocas del arroyo para enamorarse perdidamente, y una simple noche para convertirse en el hombre más infeliz de la Tierra. Victoria Lyndon, la hija del vicario y la damisela más dulce y cautivadora del condado, le partió el alma en dos cuando le dejó plantado mientras esperaba con entusiasmo juvenil la huída que les permitiría iniciar una vida juntos. Y ahora, casi una década después, vuelve a encontrarla, justo delante de sus ojos, su furia latente, su belleza irresistible… ¿Cómo olvidar a quien le robó el corazón por primera vez?
Ella levantó la vista. Lo miró, estar más amigable, cortés y alegre sería imposible. Victoria inmediatamente sospechó algo. ¿Era este el mismo hombre que la había expulsado de su habitación la noche anterior?
– Me muero de hambre.- Robert declaró. -¿Cómo está la comida? ¿Es de tu agrado?
Victoria bañó un poco de pan tostado con té. -¿Por qué estás siendo tan agradable conmigo?
– Me gustas.
– Ayer por la noche no te agradaba.- Murmuró.
– Anoche estaba, digamos, mal informado.
– ¿Mal informado? Supongo que tropezaste con una gran cantidad de información en las últimas diez horas
Él sonrió con malicia. -Lo hice, por cierto.
Victoria puso su taza de té en el platillo con movimientos lentos y precisos. -¿Te molestaría compartir conmigo tu nueva fuente de conocimientos?
Él la miró fijamente por un instante y luego dijo: -¿Serías tan amable de pasarme una tajada de ese pastel de riñones?
Los dedos de Victoria asieron el borde de la bandeja, sacando el plato fuera de su alcance. -Todavía no.
Él se rió entre dientes. -Usted juega sucio, mi lady.
– Yo no soy tu lady, y quiero saber por qué estás actuando tan malditamente alegre esta mañana. Tienes todo el derecho de estar echando espuma en la boca.
– ¿Todo el derecho? ¿Entonces piensas que anoche mi enojo estuvo justificado?
– ¡No!-, La palabra salió un poco más enérgica de lo que Victoria le hubiera gustado.
Él se encogió de hombros. -No importa, ya no estoy enojado.
Victoria lo miró, estupefacta.
Él hizo una seña a la tarta de pan. -¿Te importaría?
Ella parpadeó un par de veces y luego cerró su boca cuando se dio cuenta que aún la tenía abierta. Un poco irritada suspiró empujando la bandeja en su dirección y pasó los siguientes diez minutos viéndolo comer el desayuno.
El viaje de Faversham a Ramsgate debería haber tardado alrededor de cuatro horas, pero apenas había comenzado cuando la cara de Robert de pronto adquirió una expresión de tengo-una-maravillosa-idea y golpeó en la parte delantera del carro como señal que de MacDougal parara.
El coche se detuvo, y Robert saltó con lo que Victoria consideró irritante energía y buen humor. Intercambió un par de palabras con MacDougal y luego volvió a entrar en el coche.
– ¿Qué fue todo eso?- Victoria preguntó.
– Tengo una sorpresa para ti.
– Yo más bien creo que he tenido suficientes sorpresas la semana pasada-, murmuró.
– Oh, vamos, debes admitir que tu vida es más emocionante.
Ella soltó un bufido. -Si uno considera ser secuestrado emocionante, supongo que usted tiene un punto a favor, mi lord.
– Prefiero cuando me llamas Robert.
– Es una lástima para usted, entonces, que yo no haya sido puesta en esta tierra para satisfacer sus preferencias.
Él se limitó a sonreír. -Me gusta discutir contigo.
Victoria apretó las manos a los costados. Era propio de él encontrar satisfacción en sus insultos. Se asomó por la ventana y se dio cuenta de que MacDougal había salió del camino de Canterbury. Se volvió de nuevo a Robert. -¿Dónde vamos? Pensaba íbamos a Ramsgate.
– Vamos a Ramsgate. Estamos haciendo un pequeño desvío a Whitsable.
– ¿Whitsable? ¿Por qué?
Él se inclinó hacia adelante y sonrió con desenfado. -Ostras.
– ¿Ostras?
– Las mejores del mundo.
– Robert, no quiero ostras. Por favor, llévame directamente a Ramsgate.
Él alzó las cejas. -No me di cuenta que estabas tan ansiosa por estar unos días a solas conmigo. Voy a tener que encargar a MacDougal que se dirija a toda prisa a Ramsgate.
Victoria casi saltó de su asiento sobresaltada. -¡No es eso lo que quise decir, y tú lo sabes bien!
– ¿De manera deberíamos proseguir a Whitsable?
Victoria se sintió un poco como un gato que se encontraba irremediablemente enredado en un carrete de hilo. -No me escuchas, no importa lo que diga.
El rostro de Robert se volvió al instante sombrío. -Eso no es cierto. Yo te escucho siempre.
– Tal vez, y si lo haces, entonces tiras mis opiniones y peticiones sobre el hombro y haces lo que quieras de todos modos.
– Victoria, la única vez que he hecho eso fue por tu ilógico deseo de vivir en el peor de los tugurios de Londres.
– No es el peor de los tugurios-, espetó ella, más por costumbre que por otra cosa.
– Me niego seguir discutiendo.
– ¡Porque, de cualquier manera, no te interesa escuchar lo que tengo que decir!
– No-dijo, inclinándose hacia adelante, -es porque hemos discutido este tema hasta la muerte. No voy a permitir que te expongas a un constante peligro.
– No tienes nada que “permitir” o no.
– Tu no estas generalmente tan mentalmente confundida como para ponerte en peligro sólo por despecho.- Se cruzó de brazos, con la boca en una línea sombría. -Hice lo que pensé era lo mejor.
– Así que me secuestraste-, dijo con amargura.
– Si tú recuerdas, te ofrecí la opción de vivir con mis parientes. Tú te negaste.
– Yo quiero ser independiente.
– Uno no tiene que estar solo para ser independiente.
Victoria no podía pensar en una réplica adecuada a esa declaración, por lo que permaneció en silencio.
– Cuando me case contigo,- Robert dijo en voz baja: -Yo quiero que lo nuestro sea una sociedad en todos los sentidos de la palabra. Quiero consultarte sobre los asuntos de gestión de la tierra y el cuidado de los inquilinos. Quiero que decidamos juntos cómo criar a nuestros hijos. No sé por qué estás tan segura de que amarme significa perderte a ti misma.
Se dio la vuelta, pues no quería que él viera la emoción que brotaba de sus ojos.
– Algún día te darás cuenta de lo que significa ser amado.- Lanzó un suspiro cansado. -Sólo deseo que sea pronto.
Victoria ponderó aquella declaración el resto del camino a Whitsable.
Se detuvieron a comer en una posada alegre, con comedor al aire libre. Robert escaneó el cielo y dijo: -Parece como si fuera a llover, pero no creo que suceda en la próxima hora. ¿Te gustaría comer fuera?
Ella le ofreció una sonrisa tentativa. -El sol se siente bonito.
Robert la tomó del brazo y la escoltó hasta una pequeña mesa con vista al agua. Se sentía muy optimista. Intuía que él había conseguido llegar a ella de alguna manera con su conversación en el coche. Ella no estaba lista aún para admitir que lo amaba, pero él pensó que podría estaba un poco más cerca de ella de lo que había estado el día anterior.
– El pueblo de Whitsable ha sido famoso por sus ostras desde la época de los romanos-dijo él cuando se sentaron.
Ella tiró de la servilleta con los dedos nerviosos. -¿En serio?
– Sí. No sé por qué nunca vinimos aquí cuando estábamos noviando.
Ella sonrió con tristeza. -Mi padre no lo hubiera permitido. Y habría sido un largo viaje hasta la costa norte desde Kent.
– ¿Te has preguntado alguna vez como hubiera resultado nuestras vidas si nos hubiéramos casado hace siete años?
Los ojos de ella se deslizaron a su regazo. -Todo el tiempo-susurró.
– Desde luego, ya habría habíamos cenado aquí-, dijo él. -Yo no hubiera dejado pasar siete años sin una buena comida de ostras frescas.
Ella no dijo nada.
– Me imagino que ya habríamos tenido un hijo. Tal vez dos o tres. -Robert sabía que estaba siendo un poco cruel. A pesar del desagrado de Victoria para la vida de una institutriz, tenía una veta maternal de una milla de ancho. Él había tirado de sus fibras sensibles a propósito al mencionar a los niños que hubieran podido tener juntos.