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Cincuenta Sombras Más Oscuras

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Más Oscuras». Краткое содержание книги:

Intimidada por las peculiares prácticas eróticas y los oscuros secretos del atractivo y atormentado empresario Christian Grey, Anastasia Steele decide romper con él y embarcarse en una nueva carrera profesional en una editorial de SeattlePero el deseo por Christian todavía domina cada uno de sus pensamientos, y cuando finalmente él le propone retomar su aventura, Ana no puede resistirse. Reanudan entonces su tórrida y sensual relación, pero mientras Christian lucha contra sus propios demonios del pasado, Ana debe enfrentarse a la ira y la envidia de las mujeres que la precedieron, y tomar la decisión más importante de su vidaCincuenta sombras: la exitosa combinación de historia romántica y juego erótico de alto voltaje que ha tocado la fibra de muchas mujeres.Daily NewsCincuenta sombras más oscuras es la segunda parte de la trilogía Cincuenta sombras, que se inició con Cincuenta sombras de Grey, y cuya tercera parte es Cincuenta sombras liberadas
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– ¿Y dejaste de tomarla así, sin más?

Me ruborizo, sintiéndome como una idiota.

– Sí.

¿De dónde me sale esa vocecita?

– Podrías estar embarazada -dice sin rodeos.

¡Qué! El mundo se hunde bajo mis pies. Mi subconsciente tiene arcadas y cae al suelo en redondo, y sé que yo también voy a vomitar. ¡No!

– Toma, orina aquí.

Hoy está en plan profesional implacable.

Yo acepto dócilmente el vasito de plástico que me ofrece y entro dando tumbos al cuarto de baño. No. No. No. Ni hablar… ni hablar… Por favor. No.

¿Qué hará Cincuenta? Palidezco. Se pondrá como loco.

– ¡No, por favor! -musito como si rezara.

Le entrego la muestra a la doctora Greene, y ella introduce con cuidado en el líquido un bastoncito blanco.

– ¿Cuándo te empezó el periodo?

¿Cómo puedo pensar ahora en esas menudencias, aquí plantada y pendiente exclusivamente de ese bastoncito blanco?

– Esto… ¿el miércoles? No este último, el anterior. El uno de junio.

– ¿Y cuándo dejaste de tomar la píldora?

– El domingo. El domingo pasado.

Frunce los labios.

– No debería pasar nada -afirma con sequedad-. Por la cara que pones, deduzco que un embarazo imprevisto no te haría ninguna ilusión. Así que la medroxiprogesterona te irá bien por si no te acuerdas de tomar la píldora todos los días.

Me mira con gesto severo y una expresión autoritaria que me hace temblar. Saca el bastoncito blanco y lo examina.

– No hay peligro. Todavía no estás ovulando, de modo que, si tomas precauciones, no deberías quedarte embarazada. Pero voy a aclararte una cosa sobre esta inyección. La última vez la descartamos por los efectos secundarios, pero, francamente, tener un hijo es un efecto secundario más grave y dura muchos años.

Sonríe, satisfecha consigo misma y su bromita, pero yo estoy demasiado estupefacta como para contestar.

La doctora Greene procede a explicarme los efectos secundarios, y yo sigo sentada, paralizada y aliviada, sin escuchar ni una sola de las palabras que me dice. Creo que preferiría que apareciera cualquier mujer extraña a los pies de mi cama, antes que tener que confesarle a Christian que estoy embarazada.

– ¡Ana! -me espeta la doctora Greene, despertándome de mis cavilaciones-. Acabemos de una vez con esto.

Y yo me subo de buen grado la manga.

Christian despide a la doctora en la puerta, cierra y me mira con recelo.

– ¿Todo bien?

Yo asiento, y él echa la cabeza a un lado con expresión tensa y preocupada.

– ¿Qué pasa, Anastasia? ¿Qué te ha dicho la doctora Greene?

Niego con la cabeza.

– Puedes estar tranquilo durante siete días.

– ¿Siete días?

– Sí.

– Ana, ¿qué pasa?

Trago saliva.

– No hay ningún problema. Por favor, Christian, olvídalo.

Christian se acerca a mí con semblante sombrío. Me sujeta la barbilla, me echa la cabeza hacia atrás y me mira a los ojos intensamente, intentando descifrar mi expresión de pánico.

– Cuéntamelo -insiste.

– No hay nada que contar. Me gustaría vestirme. -Echo la cabeza hacia atrás para evitar su mirada.

Suspira, se pasa la mano por el pelo y me mira con el ceño fruncido.

– Vamos a ducharnos -dice finalmente.

– Claro -digo con aire ausente, y él tuerce el gesto.

– Vamos.

Y me coge la mano con fuerza, malhumorado. Va dando largas zancadas hasta el baño, llevándome casi a rastras. Por lo visto, no soy la única que está disgustada. Abre el grifo de la ducha y se desnuda deprisa antes de volverse hacia mí.

– No sé por qué te has enfadado, o si solo estás de mal humor porque has dormido poco -dice mientras me desata el albornoz-. Pero quiero que me lo cuentes. Me imagino todo tipo de cosas y eso no me gusta.

Le miro con los ojos en blanco, y él me hace un gesto reprobador con los ojos entornados. ¡Maldita sea! Vale… allá voy.

– La doctora Greene me ha reñido porque me olvidé de tomar la píldora. Ha dicho que podría estar embarazada.

– ¿Qué?

De pronto se pone pálido, lívido, con las manos como paralizadas.

– Pero no lo estoy. Me ha hecho la prueba. Pero eso me ha afectado mucho, nada más. Es increíble que haya sido tan estúpida.

Se relaja visiblemente.

– ¿Seguro que no lo estás?

– Seguro.

Respira hondo.

– Bien. Sí, ya entiendo que una noticia así puede ser muy perturbadora.

Frunzo el ceño… ¿perturbadora?

– Lo que me preocupaba sobre todo era tu reacción.

Me mira sorprendido, confuso.

– ¿Mi reacción? Bueno, me siento aliviado, claro… dejarte embarazada habría sido el colmo del descuido y del mal gusto.

– Pues quizá deberíamos abstenernos -replico.

Me mira fijamente un momento, desconcertado, como si yo fuera una especie de raro experimento científico.

– Estás de mal humor esta mañana.

– Me ha afectado mucho, nada más -repito en tono arisco.

Me coge por las solapas del albornoz, me atrae hacia él y me abraza con cariño, me besa el pelo y aprieta mi cabeza contra su pecho. Me quedo absorta en el vello de su torso, que me hace cosquillas en la mejilla. ¡Ah, si pudiera acariciarle…!

– Ana, yo no estoy acostumbrado a esto -murmura-. Mi inclinación natural sería darte una paliza, pero dudo que quieras eso.

Por Dios

– No, no lo quiero. Pero esto ayuda.

Abrazo más fuerte a Christian, y permanecemos un buen rato entrelazados en ese peculiar abrazo, Christian desnudo y yo en albornoz. Una vez más me siento desarmada ante su sinceridad. No sabe nada de relaciones personales, y yo tampoco, salvo lo que he aprendido de él. Bueno, él me ha pedido fe y paciencia; quizá yo debería hacer lo mismo.

– Ven, vamos a ducharnos -dice Christian finalmente, y me suelta.

Da un paso atrás y me quita el albornoz. Entro tras él bajo el torrente de agua, y levanto la cara hacia la cascada. Cabemos los dos bajo esa inmensa roseta. Christian coge el champú y empieza a lavarse el pelo. Me lo pasa y yo procedo a hacer lo mismo.

Oh, esto es muy agradable. Cierro los ojos y me rindo al placer del agua caliente y purificadora. Mientras me aclaro la espuma siento sus manos sobre mí enjabonándome el cuerpo: los hombros, los brazos, las axilas, los senos, la espalda. Me da la vuelta con delicadeza y me atrae hacia él, mientras sigue bajando por mi cuerpo: el estómago, el vientre, sus dedos hábiles entre mis piernas… mmm… mi trasero. Oh, es muy agradable y muy íntimo. Me da la vuelta para tenerme de frente otra vez.

– Toma -dice en voz baja, y me entrega el gel-. Quiero que me limpies los restos de pintalabios.

Inmediatamente abro los ojos y los clavo en los suyos. Me mira intensamente, mojado, hermoso. Con sus preciosos y brillantes ojos grises que no traslucen nada.

– No te apartes mucho de la línea, por favor -apunta, tenso.

– De acuerdo -murmuro, intentando absorber la enormidad de lo que acaba de pedirme que haga: tocarle en el límite de la zona prohibida.

Me echo un poco de jabón en la mano y froto ambas palmas para hacer espuma; luego las pongo sobre sus hombros y, con cuidado, lavo la raya de carmín de cada costado. Él se queda quieto y cierra los ojos con el rostro impasible, pero respira entrecortadamente, y sé que no es por deseo sino por miedo. Y eso me hiere en lo más profundo.

Con dedos temblorosos resigo cuidadosamente la línea por el costado de su torso, enjabonando y frotando suavemente, y él traga saliva con la barbilla rígida como si apretara los dientes. ¡Ahhh! Se me encoge el corazón y tengo la garganta seca. Oh, no… Estoy a punto de romper a llorar.

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