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Cincuenta Sombras Más Oscuras

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Más Oscuras». Краткое содержание книги:

Intimidada por las peculiares prácticas eróticas y los oscuros secretos del atractivo y atormentado empresario Christian Grey, Anastasia Steele decide romper con él y embarcarse en una nueva carrera profesional en una editorial de SeattlePero el deseo por Christian todavía domina cada uno de sus pensamientos, y cuando finalmente él le propone retomar su aventura, Ana no puede resistirse. Reanudan entonces su tórrida y sensual relación, pero mientras Christian lucha contra sus propios demonios del pasado, Ana debe enfrentarse a la ira y la envidia de las mujeres que la precedieron, y tomar la decisión más importante de su vidaCincuenta sombras: la exitosa combinación de historia romántica y juego erótico de alto voltaje que ha tocado la fibra de muchas mujeres.Daily NewsCincuenta sombras más oscuras es la segunda parte de la trilogía Cincuenta sombras, que se inició con Cincuenta sombras de Grey, y cuya tercera parte es Cincuenta sombras liberadas
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Parpadea, y me mira de arriba abajo, demorándose en mis piernas desnudas. Me he puesto una de sus camisetas.

– Deberías llevar algo de seda o satén, Anastasia -susurra-. Pero, incluso con mi camiseta, estás preciosa.

Oh, un cumplido inesperado.

– Te he echado en falta -digo-. Ven a la cama.

Se levanta despacio de la silla. Todavía lleva la camisa blanca y los pantalones negros. Pero ahora sus ojos brillan, cargados de promesas… aunque también tienen un matiz de tristeza. Se queda de pie frente a mí, mirándome fijamente pero sin tocarme.

– ¿Sabes lo que significas para mí? -murmura-. Si te pasara algo por culpa mía…

Se le quiebra la voz, arruga la frente y aparece en su rostro un destello de dolor casi palpable. Parece tan vulnerable, y su temor es tan evidente…

– No me pasará nada -le aseguro con dulzura. Me acerco para acariciarle la cara, paso los dedos sobre la sombra de barba de sus mejillas. Es sorprendentemente suave-. Te crece enseguida la barba -musito, incapaz de ocultar mi fascinación por el hermoso y dolido hombre que tengo delante.

Resigo el perfil de su labio inferior y luego bajo los dedos hasta su garganta, hasta un leve resto de pintalabios en la base del cuello. Se le acelera la respiración. Mis dedos llegan hasta su camisa y bajan hasta el primer botón abrochado.

– No voy a tocarte. Solo quiero desabrocharte la camisa -murmuro.

Él abre mucho los ojos y me mira con expresión alarmada. Pero no se mueve y no me lo impide. Yo desabotono muy despacio el primero, mantengo la tela separada de la piel y bajo cautelosamente hasta el siguiente, y repito la operación lentamente, muy concentrada en lo que hago.

No quiero tocarle. Bueno, sí… pero no lo haré. En el cuarto botón reaparece la línea roja, y levanto los ojos y le sonrío con timidez.

– Volvemos a estar en territorio familiar.

Trazo la línea con los dedos antes de desabrochar el último botón. Le abro la camisa y paso a los gemelos, y retiro las dos gemas de negro bruñido, una después de otra.

– ¿Puedo quitarte la camisa? -pregunto en voz baja.

Él asiente, todavía con los ojos muy abiertos, mientras yo se la quito por encima de los hombros. Se libera las manos y se queda desnudo ante mí de cintura para arriba. Es como si, una vez sin camisa, hubiese recuperado la calma, y me sonríe satisfecho.

– ¿Y qué pasa con mis pantalones, señorita Steele? -pregunta, arqueando la ceja.

– En el dormitorio. Te quiero en la cama.

– ¿Sabe, señorita Steele? Es usted insaciable.

– No entiendo por qué.

Le cojo de la mano, le saco del estudio y le llevo al dormitorio. La habitación está helada.

– ¿Tú has abierto la puerta del balcón? -me pregunta con gesto preocupado cuando entramos en su cuarto.

– No, no recuerdo haberlo hecho. Recuerdo que examiné la habitación cuando me desperté. Y la puerta estaba cerrada, seguro.

Oh, noSe me hiela la sangre, y miro a Christian pálida y con la boca abierta.

– ¿Qué pasa? -inquiere, con los ojos muy fijos en mí.

– Cuando me desperté… había alguien aquí -digo en un susurro-. Pensé que eran imaginaciones mías.

– ¿Qué? -Parece horrorizado, sale al balcón, mira fuera, y luego vuelve a entrar en la habitación y echa el cerrojo de la puerta-. ¿Estás segura? ¿Quién era? -pregunta con voz de alarma.

– Una mujer, creo. Estaba oscuro. Me acababa de despertar.

– Vístete -me ordena-. ¡Ahora!

– Mi ropa está arriba -señalo quejumbrosa.

Abre uno de los cajones de la cómoda y saca un par de pantalones de deporte.

– Ponte esto.

Son enormes, pero no es momento de poner objeciones. Saca también una camiseta y se la pone rápidamente. Coge el teléfono que tiene al lado y aprieta dos botones.

– Sigue aquí, joder -masculla al auricular.

Unos tres segundos después, Taylor y otro guardaespaldas irrumpen en el dormitorio de Christian, quien les informa brevemente de lo ocurrido.

– ¿Cuánto hace? -me pregunta Taylor en tono muy expeditivo. Todavía lleva puesta la americana. ¿Es que este hombre nunca duerme?

– Unos diez minutos -balbuceo, sintiéndome culpable por algún motivo.

– Ella conoce el apartamento como la palma de su mano -dice Christian-. Estará escondida en alguna parte. Encontradla. Me llevo a Anastasia de aquí. ¿Cuándo vuelve Gail?

– Mañana por la noche, señor.

– Que no vuelva hasta que el apartamento sea seguro. ¿Entendido? -ordena Christian.

– Sí, señor. ¿Irá usted a Bellevue?

– No pienso cargar a mis padres con este problema. Hazme una reserva en algún lado.

– Sí, señor. Le llamaré para decirle dónde.

– ¿No estamos exagerando un poco? -pregunto.

Christian me fulmina con la mirada.

– Puede que vaya armada -replica.

– Christian, estaba ahí parada a los pies de la cama. Podría haberme disparado si hubiera querido.

Christian hace una breve pausa para refrenar su mal humor, o al menos eso parece.

– No estoy dispuesto a correr ese riesgo -dice en voz baja pero amenazadora-. Taylor, Anastasia necesita zapatos.

Christian se mete en el vestidor mientras el otro guardaespaldas me vigila. No recuerdo cómo se llama, Ryan quizá. No deja de mirar al pasillo y las ventanas del balcón, alternativamente. Pasados un par de minutos Christian vuelve a salir con tejanos y el bléiser de rayas y una bandolera de piel. Me pone una chaqueta tejana sobre los hombros.

– Vamos.

Me sujeta fuerte de la mano y casi tengo que correr para seguir su paso enérgico hasta el gran salón.

– No puedo creer que pudiera estar escondida aquí -musito, mirando a través de las puertas del balcón.

– Este sitio es muy grande. Todavía no lo has visto todo.

– ¿Por qué no la llamas, simplemente, y le dices que quieres hablar con ella?

– Anastasia, está trastornada, y puede ir armada -dice irritado.

– ¿De manera que nosotros huimos y ya está?

– De momento… sí.

– ¿Y si intenta disparar a Taylor?

– Taylor sabe mucho del manejo de armas -replica de mala gana-, y será más rápido con la pistola que ella.

– Ray estuvo en el ejército. Me enseñó a disparar.

Christian levanta las cejas y, por un momento, parece totalmente perplejo.

– ¿Tú con un arma? -dice incrédulo.

– Sí. -Me siento ofendida-. Yo sé disparar, señor Grey, de manera que más le vale andarse con cuidado. No solo debería preocuparse de ex sumisas trastornadas.

– Lo tendré en cuenta, señorita Steele -contesta secamente, aunque divertido, y me gusta saber que, incluso en esta situación absurdamente tensa, puedo hacerle sonreír.

Taylor nos espera en el vestíbulo y me entrega mi pequeña maleta y mis Converse negras. Me deja atónita que haya hecho mi equipaje con algo de ropa. Le sonrío con tímida gratitud, y él corresponde enseguida para tranquilizarme. E, incapaz de reprimirme, le doy un fuerte abrazo. Le he cogido por sorpresa y, cuando le suelto, tiene las mejillas sonrojadas.

– Ten mucho cuidado -murmuro.

– Sí, señorita Steele -musita.

Christian me mira con el ceño fruncido, y luego a Taylor, con aire confuso, mientras este sonríe imperceptiblemente y se ajusta la corbata.

– Hazme saber dónde nos alojaremos -dice Christian.

Taylor se saca la cartera de la americana y le entrega a Christian una tarjeta de crédito.

– Quizá necesitará esto cuando llegue.

Christian asiente.

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