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Los cuervos del Zangre

Электронная книга - «Los cuervos del Zangre». Краткое содержание книги:

Despu?s de dos a?os encadenado a un remo en una galera roknari, Lupe de Cazaril, noble de sangre, regresa a su casa en Chalion como un hombre humilde y an?nimo, cruelmente marcado por el l?tigo y las penurias. Sin tierras, con los honores adquiridos en batalla y los viejos rencores casi olvidados, ahora s?lo aspira a servir en el mismo castillo en el que una vez fue paje. Sin embargo, los dioses de Chalion parecen haberle reservado otro destino.
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Cuando Dondo levantó la tiara en alto para ponérsela a Iselle, ésta retrocedió igual que un caballo espantado.

– Orico…

– Este compromiso es mi deseo y voluntad, querida hermana -dijo Orico, con voz seca.

Dondo, que no parecía estar dispuesto a perseguirla por toda la sala tiara en mano, se detuvo, y lanzó una significativa mirada al roya.

Iselle tragó saliva. Saltaba a la vista que las respuestas se agolpaban en su cabeza. Había contenido su inicial grito de ultraje, y no era tan artera como para desplomarse fingiendo un desmayo. Permanecía en pie, atrapada y consciente.

– Sir. Como dijo el provincar de Labran cuando las fuerzas del General Dorado derribaron sus murallas… ésta es toda una sorpresa.

Una risita vacilante se propagó entre los cortesanos ante este golpe de ingenio.

La rósea bajó la voz, y murmuró entre dientes:

– No me has dicho nada. No me has consultado.

Igualmente en voz baja, Orico respondió:

– Ya hablaremos más tarde.

Tras otro tenso momento, aceptó sus palabras con un pequeño asentimiento. Dondo consiguió completar la imposición de la tiara de perlas. Se inclinó y le besó la mano. Prudentemente, no esperó el habitual beso de parte de la novia; a juzgar por la atónita repugnancia que se reflejaba en el semblante de Iselle, cabía la posibilidad de que le hubiera propinado un mordisco.

El divino de la corte de Orico, ataviado con los ropajes propios de la estación del Hermano, se adelantó y solicitó la bendición de todos los dioses para la pareja.

Orico anunció:

– Dentro de tres días, volveremos a reunirnos y seremos testigos de este enlace, jurado y festejado. Gracias a todos.

– ¡Tres días! ¡Tres días! -exclamó Iselle, con la voz quebrada por vez primera-. ¿No querréis decir tres años, sir?

– Tres días -insistió Orico-. Estate preparada.

Se dispuso a abandonar la sala del trono, llamando a sus criados. La mayoría de los cortesanos partieron junto a los de Jironal, dándoles la enhorabuena. Algunos, vencidos por la curiosidad, se demoraron, atentos a la conversación que tenía lugar entre hermano y hermana.

– ¡Cómo, dentro de tres días! Ni siquiera da tiempo a enviar un correo a Baocia, y menos a recibir respuesta de mi madre o mi abuela…

– Tu madre, es sabido, se encuentra demasiado enferma para soportar la tensión de un viaje a la corte, y tu abuela tiene que permanecer en Valenda para cuidar de ella.

– Pero no… -Iselle se encontró hablando con la amplia espalda real, puesto que Orico se escabullía ya de la sala del trono.

Corrió detrás de él y lo alcanzó en la cámara contigua, con Betriz, Nan y Cazaril siguiendo sus pasos con ansiedad.

– ¡Pero Orico, no quiero casarme con Dondo de Jironal!

– Una dama de tu posición no se desposa por gusto, sino por el bien de su casa -fue la severa respuesta, cuando Iselle consiguió que se detuviera rodeándolo y cruzándose en su camino.

– ¿Ah, sí? En tal caso, ¿podrás explicarme qué ventaja reporta a la Casa de Chalion entregarme, desperdiciarme, al hijo pequeño de un lord menor? ¡Mi esposo debería haber aportado una royeza como dote!

– Esto vincula a los de Jironal a mí… y a Teidez.

– ¡Di más bien que nos vincula a nosotros a ellos! ¡Me parece a mí que la ventaja no está bien repartida!

– Dijiste que no querías casarte con un príncipe roknari, y no te he dado a ninguno. Y no te creas que ha sido por falta de oportunidades… Esta estación ya he dicho que no en dos ocasiones. ¡Piensa en eso, y da las gracias, querida hermana!

Cazaril no estaba seguro de si Orico amenazaba o imploraba.

– No querías salir de Chalion -continuó-. Pues bien, no saldrás de Chalion. Querías casarte con un lord quintariano… te he dado uno, ¡un santo general, nada menos! Además -concluyó, petulante-, si te entregara a un poder demasiado próximo a mis fronteras, podrían utilizarte como excusa para reclamar parte de mis tierras. Esto es lo mejor para garantizar la paz futura en Chalion.

– ¡Lord Dondo tiene cuarenta años! ¡Es un ladrón corrupto e impío! ¡Un desfalcador! ¡Un libertino! ¡Peor aún! ¡Orico, no puedes hacerme esto! -Comenzaba a alzar la voz.

– No pienso escucharte -dijo Orico, y se tapó las orejas con las manos-. Tres días. Hazte a la idea y repasa tu vestuario. -Huyó de ella como quien escapa de una torre en llamas-. ¡No pienso escucharte!

Hablaba en serio. En cuatro ocasiones aquella tarde intentó Iselle buscarlo en sus aposentos para exponer su rechazo, y en cuatro ocasiones pidió a sus guardias que la expulsaran. Después de aquello, salió del Zangre a caballo para alojarse en una cabaña de caza emplazada en la profundidad del robledal, en un gesto de notable cobardía. Cazaril deseó tan sólo que el agujero tuviera goteras y que la lluvia helada cayera sobre la regia cabeza.

Cazaril durmió mal aquella noche. Cuando se aventuró a subir las escaleras por la mañana, se encontró con tres mujeres desaliñadas que tenían pinta de no haber pegado ojo.

Iselle, ojerosa, le tiró de la manga para que entrara en su salón, lo sentó junto a la ventana, y bajó la voz hasta convertirla en un feroz susurro.

– Cazaril. ¿Puedes conseguir cuatro caballos? ¿O tres? ¿O dos, o aunque sea uno? He estado pensando. Me he pasado toda la noche pensando. No me queda sino huir.

Cazaril suspiró.

– Yo también he estado pensando. Para empezar, me vigilan. Cuando salí anoche para despedir al roya, dos de sus guardias me siguieron. Para protegerme, decían. Podría matar o sobornar a uno… pero dos, lo dudo.

– Podríamos salir a caballo como quien va de caza.

– ¿Con esta lluvia? -Cazaril hizo un gesto para indicar la persistente llovizna que dejaba traslucir la alta ventana, y que cubría el valle de niebla hasta el punto de que ni siquiera podía verse el río en el fondo, convirtiendo las ramas desnudas en trazos negros sobre fondo gris-. Y aunque nos dejaran salir a caballo, sin duda nos pondrían una escolta armada.

– Si pudiéramos sacarles ventaja…

– Si pudiéramos, ¿y luego qué? Si nos alcanzan, ¡cuando nos alcanzaran!, en la carretera, lo primero que harían sería bajarme del caballo y cortarme la cabeza, y abandonar mi cuerpo a los zorros y los lobos. Y luego os traerían de vuelta. Y si por algún milagro no nos dieran alcance, ¿dónde iríamos?

– A la frontera. Cualquier frontera.

– Brajar e Ibra del Sur os enviarían de regreso, para congraciarse con Orico. Los cinco principados o el Zorro de Ibra os retendrían prisionera. Darthaca… eso significaría cruzar media Chalion y todo el Sur de Ibra. Me temo que no es posible, rósea.

– ¿Qué otra cosa puedo hacer? -La desesperación teñía su joven voz.

– Nadie puede forzar un matrimonio. Ambas partes deben consentir libremente ante los dioses. Si tenéis el coraje de plantaros y decir No, no podrá salir adelante. ¿No os creéis con fuerzas para hacerlo?

Iselle tensó los labios.

– Desde luego. ¿Y entonces? Ahora me parece que eres tú el que no lo ha pensado bien. ¿Crees que lord Dondo se rendiría sin más, llegado a ese punto?

Cazaril meneó la cabeza.

– No tiene validez si lo imponen, y todo el mundo lo sabe. Aférrate a esa idea.

Iselle sacudió la cabeza, debatiéndose entre el desconsuelo y la exasperación.

– No lo entiendes.

Cazaril hubiera pensado que su reticencia se debía a la tozudez inherente a la juventud, hasta que Dondo en persona llegó esa tarde a la cámara de la rósea para persuadir a su prometida de que se mostrara más conforme. Las puertas del salón de Iselle permanecieron abiertas, pero había un guardia armado apostado ante cada una de ellas, manteniendo a raya a Cazaril por un lado y a Nan de Vrit por el otro. Cazaril se perdió una de cada tres palabras de la furiosa discusión susurrada que se desató entre el obstinado cortesano y la pelirroja doncella. Pero, al cabo, Dondo salió a paso largo con una expresión de salvaje satisfacción en el semblante, e Iselle se desplomó en la silla junto a la ventana, respirando con dificultad, tan desgarrada estaba por el terror y la furia.

Se abrazó a Betriz y sollozó:

– Me ha dicho… que si no accedía, me tomaría de todos modos. Le he dicho, Orico no te permitiría violar a su hermana. Y él, ¿por qué no? Nos deja violar a su mujer. Cuando la royina Sara seguía sin concebir, y sin concebir, y se vio que Orico era demasiado impotente para engendrar un bastardo sin importar cuántas damas y doncellas y putas le trajeran, y, y cosas aún más repugnantes, los Jironal lo convencieron finalmente para que les permitiera probar a ellos, y… Dondo ha dicho, que su hermano y él lo intentaron todas las noches durante un año, de uno en uno o los dos a la vez, hasta que ella amenazó con quitarse la vida. Dijo que me jodería hasta plantar su germen en mi vientre, y que cuando estuviera tan hinchada que me creería explotar, le suplicaría de rodillas que se casara conmigo. -Parpadeó y miró a Cazaril con los ojos cuajados de lágrimas, tirantes los labios sobre los dientes apretados-. Me dijo que me crecería mucho la tripa, porque soy baja. ¿Cuánto valor crees que necesito para pronunciar ese simple No, Cazaril? ¿Y qué pasa si el coraje no sirve de nada, de nada en absoluto?

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