Los cuervos del Zangre
- Автор: Bujold Lois Mcmaster
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los cuervos del Zangre». Краткое содержание книги:
Iselle suspiró.
– Estaría bien pero, a juzgar por la mayoría de los grandes señores que he visto, no es probable. Debería contentarme con que esté sano, creo, y dejar de incordiar a los dioses con plegarias imposibles. Que goce de buena salud, y que sea quintariano.
– Muy sensato -comentó Cazaril, que favorecía esta visión tan pragmática pensando que le facilitaría la vida en el futuro.
Betriz repuso, nerviosa:
– Este otoño ha habido un gran tráfico de delegados roknari en la corte.
– Mm. -Iselle tensó los labios.
– No hay muchos quintarianos de renombre entre los que elegir, entre los grandes señores -dijo Cazaril.
– El roya de Brajar ha vuelto a enviudar -apostilló Nan de Vrit, con la duda reflejada en su rictus.
Iselle agitó la mano.
– Cielos, no. Tiene cincuenta y siete años, y gota, y ya tiene un heredero hecho y derecho y casado. ¿Qué sentido tiene que yo críe un hijo partidario de su tío Orico, o de su tío Teidez, si diera la casualidad, si no gobierna en sus tierras?
– Está el nieto de Brajar -dijo Cazaril.
– ¡Pero si tiene siete años! Tendría que esperar otros siete…
Lo que no sería necesariamente algo malo, pensó Cazaril.
– Ahora es demasiado pronto, pero eso es demasiado tarde. Puede pasar de todo en siete años. La gente muere, los países van a la guerra…
– Cierto -dijo Nan de Vrit-, vuestro padre el roya Ias prometió vuestra mano a un príncipe roknari cuando contabais dos años de edad, pero el pobre muchacho murió poco después por culpa de unas fiebres, de modo que todo se quedó en nada. De lo contrario, hace dos años que os hubierais trasladado a su principado.
Bromeando, Betriz propuso:
– También el Zorro de Ibra es viudo.
Iselle se atragantó.
– ¡Pero si tiene más de setenta años!
– Sí, pero no está gordo. Y supongo que no tendrías que soportarlo mucho más tiempo.
– Ja. Seguro que viviría otros veinte años sólo para fastidiarme… creo que se le da bien. Y su Heredero también está casado. Me parece que su segundo hijo es el único róseo del país casi con los mismos años que yo, y no es el heredero.
– Este año no se os ofrecerá ningún ibrano, rósea -dijo Cazaril-. El Zorro está sumamente enfadado con Orico por su torpe mediación en la guerra en Ibra del Sur.
– Sí, pero… dicen que todos los nobles ibranos se entrenan como oficiales navales -dijo Iselle, adoptando una expresión introspectiva.
– Bueno, ¿y de qué le sirve eso a Orico? -rezongó Nan de Vrit-. Chalion no tiene ni un metro de costa.
– Para nuestro pesar -murmuró Iselle.
– Cuando Gotorget estaba en nuestro poder -dijo Cazaril, con amargura-, y reteníamos sus pasos, tuvimos una ocasión inmejorable para apoderarnos del puerto de Visping. Ahora hemos perdido esa ventaja… en fin, da igual. Mi intuición, rósea, me dice que seréis prometida a un lord de Darthaca. Así que más nos vale repasar esas declinaciones la semana que viene, ¿eh?
Iselle torció el gesto, pero suspiró su asentimiento. Cazaril sonrió y se despidió con una reverencia. Si Iselle no iba a contraer matrimonio con un roya regente, a él no le importaría que fuera con un lord fronterizo darthaco, reflexionó mientras bajaba las escaleras. Al menos el señor de alguna de las provincias septentrionales más cálidas. Tanto el poder como la distancia le vendrían bien a Iselle para protegerse de las… dificultades, de la corte de Chalion. Y cuanto antes, mejor.
¿Para ella, o para ti?
Para ambos.
Por mucho que Nan de Vrit se tapara los ojos con las manos e hiciera mohines, a Cazaril le parecía que Iselle lucía cándida y radiante con sus ropas carmíneas, arropada por la cascada ambarina que se derramaba sobre su espalda hasta rozarle el talle. Haciendo caso a la sugerencia, vestía una túnica roja con brocados que había pertenecido al difunto provincar y su capa chaleco de lana blanca. También Betriz exhibía su rojo favorito; Nan, arguyendo que tanto brillo le dañaba la vista, había optado por un sobrio blanco y negro. Los rojos chocaban un tanto, pero sin duda desafiaban la lluvia.
Todos corrieron sobre los adoquines mojados camino de la gran barbacana de Ias. Los cuervos de la Torre de Fonsa se habían posado todos en lugar resguardado… no, todos no. Cazaril se agachó para esquivar el vuelo rasante de cierto pajarraco al que le faltaban dos plumas de la cola, que surcó la neblina como una exhalación, graznando, ¡Caz! ¡Caz! Con cuidado de que no le adornara la capa blanca con alguna hez, lo espantó. El ave ascendió en círculos a la pizarra arruinada del tejado, lamentándose.
La sala del trono de Orico, revestida de brocados rojos, estaba brillantemente iluminada con candelabros de pared que ahuyentaban el gris otoñal; dos o tres docenas de damas y cortesanos se ocupaban de caldear el ambiente a conciencia. Orico se había vestido para la ocasión y se tocaba con su corona, pero hoy no lo acompañaba la royina Sara. Teidez ocupó una silla baja a la diestra del roya.
La partida de la rósea le besó las manos y todos tomaron posiciones, Iselle en una silla baja a la izquierda de la de Sara, vacía, y el resto de pie. Orico, sonriente, inauguró la generosidad del día concediendo a Teidez las rentas de otras cuatro ciudades reales por el respaldo de su casa, lo que su joven hermanastro le agradeció con los debidos besos en las manos y un breve discurso preparado. Dondo no había mantenido despierto al róseo la noche anterior, por lo que parecía mucho menos enfermizo y desastrado que de costumbre.
Orico hizo un gesto a continuación a su canciller, llamándolo a su regia rodilla. Como se había anunciado, el roya concedió las cartas y la espada, y recibió el juramento, que convertían al mayor de los de Jironal en el provincar de Ildar. Varios de los señores menores de Ildar se arrodillaron y juraron fidelidad a de Jironal a su vez. Más inesperado fue que los dos se giraran a la vez y transfirieran el marzorazgo de Jironal, junto a sus ciudades y rentas, inmediatamente a lord -ahora marzo- Dondo.
Iselle se sorprendió, pero también era evidente que se sentía complacida, cuando su hermano le concedió a continuación las rentas de seis ciudades por el respaldo de su casa. No antes de tiempo, eso seguro; la lealtad de la rósea le había reportado magros beneficios hasta la fecha. Le dio las gracias cortésmente, mientras el cerebro de Cazaril se devanaba en cálculos. ¿Podría permitirse Iselle su propia compañía de guardias, para sustituir a los hombres de Baocia que compartía ahora con Teidez? ¿Podría Cazaril elegirlos en persona? ¿Podría la rósea escoger una casa propia en la ciudad, protegida por su propia gente? Iselle retomó su asiento en el estrado y se arregló las faldas, perdiendo cierta tensión en el rostro que no había sido apreciable hasta que hubo desaparecido.
Orico carraspeó.
– Me complace llegar a la más dichosa de las recompensas de este día, bien merecida, y, er, muy deseada. Iselle, levántate…
Orico se puso de pie, y tendió la mano a su cohermana; desconcertada pero risueña, Iselle se incorporó y se situó junto a él en el estrado.
– Marzo de Jironal, adelantaos -continuó Orico.
Lord Dondo, vestido con el atuendo completo del santo generalato de la Hija y seguido de un paje con la librea de los de Jironal, se colocó a la otra mano del roya. Cazaril empezó a sentir un cosquilleo en la nuca, mientras observaba desde su puesto en un lateral de la estancia. ¿Qué se propone Orico…?
– Mi apreciado y leal canciller y provincar de Jironal me ha solicitado un lazo de sangre con mi casa y, tras meditarlo, he concluido que me satisface complacer su propuesta. -No parecía satisfecho. Parecía nervioso-. Me ha pedido la mano de mi hermana Iselle para su hermano, el nuevo marzo. Francamente se la concedo y la prometo en matrimonio.
Dio la vuelta a la gruesa mano de Dondo, con la palma hacia arriba, puso del revés la delicada mano de Iselle, las unió a la altura del pecho y retrocedió un paso.
El semblante de Iselle había perdido todo color y expresividad. Se quedó completamente inmóvil, mirando a Dondo como si no diera crédito a sus sentidos. La sangre atronó en los oídos de Cazaril, casi un clamor, y apenas si consiguió respirar con dificultad. ¡No, no, no…!
– Como regalo de compromiso, mi querida rósea, he supuesto lo que puede desear vuestro corazón para completar vuestro ajuar de novia -dijo Dondo, e indicó a su paje que se adelantara.
Iselle, sin dejar de mirarlo con los mismos ojos petrificados, repuso:
– ¿Habéis adivinado que quería una ciudad costera con un puerto excelente?
Dondo, momentáneamente desconcertado, sofocó una sonora risotada, y se volvió a la congregación. El paje abrió la caja de cuero labrado, revelando una delicada tiara de perlas y plata, que Dondo recogió para sostenerla ante los ojos de toda la corte. Una discreta ronda de aplausos se suscitó entre sus amistades. Cazaril cerró el puño en torno a la empuñadura de su espada. Si cargara y atacara ahora… lo derribarían antes de acercarse siquiera al trono.