Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Un Hombre Que Se Parecía A Orestes - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Hombre Que Se Parecía A Orestes

Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:

El viejo Merlín de las historias de Bretaña hace posada en Galicia. Allí llegan las gentes en procura de sus saberes mágicos. Un conjunto de historias y presencias que surgen de las crónicas del medievo, de las leyendas gallegas y bretonas, creando un retablo de gentes hermanadas en el gozo vital con la carga de humor que conviene el hecho de vivir.
1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46
Перейти на страницу:

IFIGENIA. – Después de la muerte de Agamenón a su regreso de Troya, y por supuestas invocaciones y augurios ciertos, se consideró que era indispensable para el cumplimiento de la venganza de la infanta se conservase en la dulce belleza de sus dieciséis años, con el cabello recogido en dos trenzas y la redonda pantorrilla realzada por el zapato de medio tacón. Así como Electra era pequeña y morena, Ifigenia era alta y rubia, y en la blanca piel salía a su madre. Temiendo que a la niña le llegasen correos secretos de Orestes anunciando la arribada silenciosa del vengador, Egisto la tenía encerrada en alta torre sin puertas, de la que se entraba y salía por un ascensor de roldana chirriante, adosado al exterior, y obra de un arquitecto boloñés. Ifigenia vivía con su antigua nodriza y un gato de Angora, sordo como suelen los más de éstos que son de ojos azules, mirándose en los espejos, y le dio por no visitar a su madre y por pasar horas enteras recortando en forma de corazón papeles de colores e imaginando viajes de novios, con novios que no había, y pues no sabía geografía, por países que tampoco. Y papeles tuvo para recortar porque un soldado que la había visto una mañana en los baños, antes del encierro, y le había gustado la mozuela, soltaba veletas, y aprovechaba los vientos, y cuando la veleta estaba a pique sobre la torre, disparaba su carabina contra la caña de amarre, y la veleta, como paloma cortada en dos en su vuelo, caía en la terraza almenada. El soldado se licenció, y la infanta tuvo que contentarse con recortar, haciéndolos cada vez más pequeños, los propios corazones azules, verdes, rojos, amarillos… Egisto explicaba el encierro de Ifigenia con un sueño que había tenido, que aparecía Electra con unas uñas enormes y desgarraba el rostro de su hermana, y se llevaba su mano derecha para llamador de una puerta, decía Electra huyendo. Y Egisto aseguraba que salvaba a Ifigenia de las iras de la terrible Electra. Con el paso de los años, Ifigenia se iba haciendo luminosa, y bajo la transparente y blanquísima piel se adivinaban los delicados huesos. El pelo, bajo el peine, sonaba musical, como dicen que suele hacerlo el de las sirenas. Una tarde de invierno, cuando estaban en la

cocina calentando agua para la colada, le dio un ataque a la nodriza, tal que cayó con la boca abierta. Ifigenia tocó la campana de alarma, y vino Egisto con dos criados, que por entonces todavía tenía servicio, y disponiendo el entierro de la nodriza, le rogó a Ifigenia, la cual se había escondido en un armario, que se mostrase, que quería rogarle que se decidiese a pasar una semana de descanso en la cama de su madre, y que él dormiría en el trono, mientras no le buscaban un ama de llaves. Ifigenia dijo que no salía, que no quería que la viesen sin lutos, y que no precisaba de compañía. Egisto y Clitemnestra, como del esfuerzo que hizo el esclavo que manejaba el ascensor al bajar el ataúd con la nodriza dentro se le estranguló una hernia y murió, no podían, que no hallaban sustituto, pasar a consolar a Ifigenia, y poco a poco se fueron olvidando de ella, y debía encontrarse bien, se decían si la nombraban, que no tocaba la campana. Ifigenia quedó sola en la torre -el gato escapó al cementerio y se echó a morir encima de la sepultura de la nodriza-, figura primaveral, alas doradas por sombra, rosa que no sabía marchitarse. No comía ni bebía. Paseaba por las salas polvorientas y oscuras. Se había acabado el gas para los quinqués y se habían consumido todas las velas. Ifigenia se sentaba en la cocina, junto al hogar, pero ya no había nada con que hacer fuego. Orestes no venía y ella no envejecía. Se consolaba con la amistad que creía que le tenían los espejos, pero los espejos de la sala, grandes ojos redondos en las paredes, la devoraban. Filón el Mozo le explicó a Eumón el tracio que Ifigenia solamente se alimentaba de aire y de sueño, y que los espejos, viéndose perecer en la penumbra de la sala, vampiros al fin, acordaron devorar a la infanta, que ya no era más que una sonrisa como un rayo de luz. Pero no podían devorarla mientras Orestes viviese, porque Ifigenia tenía que estar encendiendo las luces en la escena de la venganza, ella, la más bella de las luces. Pero aprovechándose los espejos de un rumor que corrió del naufragio de la nave en que viajaba Orestes, y por ende de la muerte de éste, se hicieron con el cuerpo de la niña un velo que sólo ondeaba de aquí para allá, y sorbieron aquella que iba a ser para ellos una suave claridad matinal, y la resurrección. Pero la torre se llenó de ratas, y eso fue todo, ratas, ratas, ratas, lo que los espejos contemplaron hasta que las telas de arañas los cubrieron, y su azogue se pudrió, como si después de muerta Ifigenia, se hubiese convertido en carne humana. (Hay otras opiniones: que la raptó el soldado de las veletas; que aprovechó para huir el ataúd que debía llevar el cuerpo de la nodriza solamente, y llevó el suyo también; que la mandó matar con veneno en malvasía de Chipre su hermana Electra, y que aquella pupila griega, que no daba la edad, se llamaba Amarilis y murió de un vómito después de pasar la noche con un boyero en casa de la Malena, era ella, saliendo en busca de Orestes, y necesitaba de dinero para el pasaje. Pero el autor está por la versión de los espejos, y gusta de imaginarse a aquella dulzura casi infantil caminando sin tocar el suelo, mientras las ratas se esconden, y los enormes, sucios, leprosos espejos se conciertan en la sombra.)

NODRIZA, LA. – La nodriza de Clitemnestra se llamaba Oretana, y decía que era de una familia de tejedores hespéridos, habiendo huido de su país por vergüenza, que bailando por broma en plenilunio, en compañía de otras mozas -y allá se llevan los pechos sin ceñidor, y la falda corta abre por el lado derecho hasta la cadera-; digo que bailando con un muñeco de mimbre cada una, al que habían puesto sombrero y calzas, sin saber cómo, ella de aquel baile salió preñada. Le echaron sus íntimas la culpa a las bragas, que eran de un cartero que pasaba por mujeriego. Salió Oretana, repito, del país, y fue a parir a un bosque cerca de Sicilia, y lo que dio a luz fue una especie de cestillo redondo, con asa rizada. No sabiendo qué hacer con él, lo dejó en una iglesia de bernardinas, colgado junto a la pila del agua bendita, porque ella no se había atrevido a bautizar a aquel extraño fruto de su vientre, y pensó que la gente que entraba en el templo, al santiguarse salpicaría al engendro, y aunque de tan oculto e imperfecto modo, pasaba el niño, por llamarlo así, a cristiano. Se llenó Oretana de leche, y estaba en la plaza de Tarento esperando clientes, que era un año de sequía y las vacas no daban, cuando apareció un pregonero con trompeta, solicitando ama de cría para una infanta de Grecia. Oretana se ofreció, y el pregonero venía acompañado de un criador persa de gatos sordos, gran catador de leche por exigencia de su oficio, el cual halló perfecta la de la hespérida, con el tanto de grasa pedido. Y así fue como Oretana pasó a ser nodriza de Clitemnestra. Cuando llegó la era de casar la niña, Oretana, que le había tomado amor a la infanta, dijo que prefería un elegante rico que entendiese de hebillas y pasease en carroza, y se disgustó cuando Clitemnestra fue dada a Agamenón, aunque era rey, porque lo tuvo por bárbaro, cazador que olía a perros, y siempre diciendo que atravesaba a dos escitas con su espada larga, que no había virgos y que el hombre no toleraba la charla de las mujeres. Oretana favoreció lo que pudo los amores de Egisto con la reina, y le echaba a éste cantáridas en el desayuno, y cuando Agamenón halló la muerte a manos del usurpador, la nodriza se vengó del rey, llamándole cabrón desde lo más alto de las escaleras.

1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)