El Desencuentro
- Автор: Schwartz Fernando
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Desencuentro». Краткое содержание книги:
La espera fue larga. Pasaron las horas y nadie vino a contarnos lo que estaba pasando. Sólo llegaron noticias que la madre de don Carlos, doña María, estaba postrada en casa, incapaz de moverse, destrozada por lo que le había ocurrido a su hijo. Su administrador la mantenía constantemente al tanto. ¡Qué cinismo! La vieja pécora. Por fin llegaron tía Ramona y tío Armando y, al rato, el tío Adolfo. Todos me abrazaron como si fuera una viuda, Dios mío. ¿Puedes comprender lo que yo sentía, Javier?
¿Puedes comprender las preguntas que me hacía después de haber atisbado la felicidad? ¿De qué hilo pendía la vida de Carlos? ¿De cuál de mis culpas? ¿De qué pecado mío que tuviera él que purgar?
Y poco a poco, a lo largo de aquella tarde interminable, fui comprendiendo cuál era el precio que se me exigía para que él siguiera viviendo. De pronto me asaltó nuevamente el olor a yerbazo que creía olvidado para siempre, el hedor de casa de tía María. ¿Fue un truco del subconsciente? ¿Fue la maldición que ella me había echado con tanta saña? No lo sé, Javier, no lo sé. No lo sabré nunca ya.
La tía Ramona me miraba fijo, fijo. Ella sabía, porque conocía mis pensamientos y mis temores. Ella también supo sin lugar a dudas cuál era el precio. Lo supo con tanta certeza como si yo se lo hubiera contado. La venganza de María no era conmigo. Oh, no. Era conmigo a través de lo único que podía doblegarme: mi vida a cambio de la de su hijo. Espero que esa mujer esté ardiendo en los infiernos.
Me puse en pie y me acerqué lentamente a una ventana. Miré a la tía Ramona y ella también se levantó y se me acercó.
– Me voy, tía Ramona. Me voy a ir de vuelta a España.
No dijo nada. Asintió despacio con la cabeza, pero no dijo nada. Desde el otro lado de la habitación, Luis también lo comprendió.
En ese mismo momento, se abrió la puerta del quirófano y salieron dos médicos, aún con las batas puestas y las caretas asépticas colgándoles del cuello. Vinieron derechos hacia mí.
– Está muy grave -me dijo el que parecía e1 mayor de los dos-, pero se repondrá. Me da mucho gusto decírselo.
Yo ya lo sabía.
Perdí a mi hijo (imagínate, a mi hijo de dos semanas, dos semanas respirándome dentro) dos días después. Tuve una hemorragia muy fuerte, el cansancio, dijo el médico, el susto de la cogida de Carlos, el disgusto, la tensión. Esas cosas eran muy delicadas. Lo sentía mucho, me dijo, pero me recomendaba al menos una semana de reposo en la cama antes de emprender viaje.
¿Y a mí qué más me daba? ¿Qué más me daba? ¡Si me acababa de morir y sólo me quedaba esperar a que dejara de latirme el corazón!
Carlos preguntaba insistentemente por mí y le contaban que me había dado una depresión y que estaba recluida descansando. En cuanto me repusiera, le visitaría.
Escribí una larga carta a Carlos y se lo expliqué todo, hasta la pérdida del hijo que yo había querido tener más que otra cosa en el mundo. No es que fuera supersticiosa. Oh, no, Carlos: no es que crea en magias y males de ojo. Como dice el tío Armando, esas cosas solamente hacen daño si te dejas influenciar por ellas. Pero sé, lo sé, Carlos: si sigo en Méjico y a ti te pasa algo, yo tendría que matarme, me vería obligada a morir. Y prefiero privarme de ti y saber que estás vivo allá lejos a disfrutar un minuto más de tus ojos, de tus caricias, de tus besos sabiendo que mis labios y mi corazón son un peligro de muerte para ti. No sé si esto que te digo son tonterías. Sólo sé que me toca pagar. Me vuelvo a Madrid, de donde nunca debí salir. No. Te miento, Carlos: hice bien en salir porque si no lo hubiera hecho, ahora no sabría lo que es estar viva, lo que es estar llena de ti.
Antes de marchar, llamé a María.
– Me juras que no le pasará nada a Carlos -le dije a modo de saludo.
– Si no vuelves, no le pasará nada.
– Porque si le pasa, maldita María, volveré y te mataré con mis propias manos.
Y al final, Carlos se mató en un accidente de coche y yo no pude volver a Méjico a matar a María porque ella ya había muerto de vieja. Ya ves.
Cuando me enteré de que Carlos había muerto, había dejado de tener capacidad de reacción. Habíamos muerto los dos años antes. ¿Y sabes lo peor de todo, chamaco? Que hubiera preferido infinitamente morir juntos hace veinticinco años que vivir (¿vivir?) separados desde entonces por el miedo a una maldita superstición. Y ahora ya no me quiero morir.
Carlos me escribió, me llamó, me buscó, me imploró a través de Luis Portazgo, que hizo un viaje a España para decírmelo. Pero cada vez que tenía noticias suyas me volvía a asaltar el olor a yerbazo y corría a esconderme en la iglesia y a rezar aquellos rosarios ridículos e interminables que tú me veías rezar, mirándome como si fuera una beata enloquecida. ¡Si hubieras sabido!
Una vez más, la última, vino a España a torear. La noche antes de la corrida me llamó. Hablé con él, chamaco, no pude resistir la tentación de oír su voz y de imaginar su cara.
– África, África, no me voy a ir sin verte. -Se rió-. Es más, no me voy a ir sin ti.
El primer toro de la tarde, en el primer quite, le enganchó y le pegó un puntazo en el muslo. Mala suerte, dijeron los entendidos, era un buen toro y el maestro parecía venir con ganas de armar la de Troya.
Carlos llamó al día siguiente, pero ya no me puse al teléfono. Me escondí en casa de tus padres para que no me encontrara y di como excusa que Carlos estaba empeñado en hacerme la corte y que todo aquello era una tontería sin cuento.
Ya ves qué historia más anodina, Javier. Una historia sin historia que termina de forma vulgar. Así ha sido mi vida: una vida cualquiera, en la que sólo ha habido unos meses de excitación y el resto ha sido todo monotonía.
¿Y ahora vienes tú, veinticinco años después, a inquietarme nuevamente el corazón?
Carlos nunca volvió a dirigirle la palabra a su madre. Se casó, sí, con la muchachita mejicana de buena familia, pero si le conozco, lo hizo porque ya nada le importaba, salvo, quizás, tener el hijo que yo no le di. Así de retorcidas son las cosas de la vida. Los hombres sois así: un clavo saca otro. Cuando me enteré de que se había casado, me entristecí aun más. Había creído que siempre guardaría luto por mí, como yo por él. Pero no. De verdad que creo que nada le importaba ya nada. Y después comprendí que la culpa era mía, no suya. Era yo la que le había abandonado de aquella forma tan cobarde.
Fue otra culpa que echarme encima. Qué más daba: tenía todo el tiempo del mundo para expiar mis culpas. Y así acabó mi vida de Méjico.
Amanece. La noche ha sido larga y he estado escribiendo casi sin parar desde ayer, desde que tuvimos nuestra conversación en el jardín, allá abajo, mientras yo le daba con el pie a una rosa medio marchita y tú hacías dibujos en el albero del camino con tu zapato. Si no hubiera escrito de un tirón, creo que no habría tenido fuerzas para contarte todos mis secretos.
Ha llegado el momento de hablar contigo, chamaco, y de decirte adiós.
¿Sabes?, cuando te hablaba ayer por la tarde de cómo me violó Rafael en la noche de bodas, hale, como quien se come una manzana, me dio la risa de ver la cara de sorpresa que ponías al oírme decir esas barbaridades. Luego te dije que las pobres mujeres a las que en mis tiempos de juventud les pasaban esas cosas como a mí, si tenían suerte, acababan encontrando un buen amante que les enseñaba todo lo que el miserable que se había casado con ellas se guardaba para sus putas. Y luego te dije: «Yo no, ya ves.» Ahora sabes que te he mentido.
Y después, de pronto, se me hizo insoportable tenerte a mi lado y no cogerte la mano y ponértela encima de uno de mis pechos y no apoyar mi cabeza sobre tu hombro y no agarrarte por los brazos y subirte corriendo a mi cuarto y, aprovechando que todos se habían ido al cine, desvestirte y besarte y hacer el amor contigo con todas las locuras que se me ocurrieran. De golpe, no me sentía nada madura, ni seca, ni dolorida. Oh, no: me sentía como si volviera a tener veinte años. Y, en vez de amarte, te pedí en voz baja que subieras a la casa y me trajeras una coca-cola. Como sustitutivo es bastante pobre, la verdad, pero no podía seguir adelante, no podía seguir poniéndome al borde de hacer una locura que me habría cubierto de ridículo.