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Электронная книга - «El Desencuentro». Краткое содержание книги:

La historia de África Anglés es la historia de una mujer casada a los diecisiete años con un donjuán descarado y chulesco. Durante la guerra civil le nace una hija justo cuando su marido la abandona por una querida más dada a la lujuria que ella. A partir de ese momento será la suya una vida normal, semejante a la de miles de mujeres españolas aplastadas por el peso de las convenciones. Sin embargo, un paréntesis en esa monótona existencia se abre con su estancia, durante tres años, en México, pe-ríodo clave que marcará para siempre el resto de sus días. Desgarrado relato de amor y desencuentros, esta espléndida novela recuerda con nostalgia escenas familiares de la protagonista tanto en Madrid como en México. Aparecen por sus páginas personajes llenos de contradicciones, de humor, de ternura, de rabia y de soledad. Pero también el amor nos sorprende y nos atrapa con dos historias paralelas, casi contemporáneas, que se rozan una y otra vez, pero que jamás llegan a coincidir. Esta novela ha obtenido el Premio Planeta 1996.
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En aquellos momentos yo estaba muy confusa y no acababa de comprender lo que estaba pasando. Pero ahora sé hasta qué punto la tía María había querido ser sibilina y no mostrar su juego: simplemente con contarle a mi padre algunas verdades o medio-verdades cuidadosamente elegidas, había conseguido el efecto deseado sin que nadie sospechara de ella, ni ella tuviera necesidad de enfrentarse con nadie. Mucho más tarde me enteré de que la tía María había viajado especialmente a Madrid (a todos nos había dicho que iba a Buenos Aires; ¡y pensar que Carlos y yo nos habíamos reído diciéndonos que iba a visitar a ese novio que debía de tener en Argentina!) para hablar con mis padres como quien no quiere la cosa y que llevaba tramando mi marcha desde hacía meses. ¿Cómo puede nadie ser tan calculador, estar tan lleno de doblez?

Rompí la carta de mi padre en cuanto la hube leído precipitadamente una sola vez y ya no la recuerdo muy bien. Pero el sentido estaba clarísimo. ¡Cómo había sido manipulado! No decía más que lo que la tía había querido hacerle decir. Debía volver a Madrid porque mi estancia en Méjico no estaba teniendo los efectos deseados, había llegado la hora de que me ocupara seriamente de Martita y nada de llevármela a Méjico, un país ateo y liberal en exceso. Además, tanto él como mi madre empezaban a envejecer y necesitaban de la ayuda de la que mi viaje allende los mares les había privado. Cosas así, Javier, pero escritas en tono tan serio y tan convincente que si yo no hubiera sabido lo que había detrás de ellas, mi mala conciencia se habría resentido de verdad. Mi tabla de salvación fue el amor de Carlos, que para mí era como una roca. ¿Recuerdas la novela Cumbres borrascosas? Seguro que sí; creo que es el único libro que te he recomendado en mi vida. Lo hice porque, aunque tú no supieras la razón, me parecía que describía mi amor por Carlos (en realidad, el amor de que es capaz una mujer) de la manera más expresiva. En un momento de la novela, dice ella: «mi amor por Heathcliff es como las piedras que están debajo: ¡yo soy Heathcliff!» Pues así era mi amor por Carlos y por eso me daba la sensación de que estaba a salvo de cualquier peligro. Y por eso, aquella mañana decidí desobedecer a mi padre por primera vez en mi vida. No pensaba volver a Madrid. Me quedaría en Méjico a luchar por lo único que me valía la pena.

¡Oh Dios mío, Javier, cuántas veces me he arrepentido de haber desafiado mi destino de una manera tan irreflexiva! Dios me castigó, ya lo creo que me castigó, porque en mi obsesión por defender mi felicidad estuve dispuesta a sacrificar a Martita. ¿Que no me dejaban a Martita? ¡Pues que se quedaran con ella! ¿Te das cuenta del grado de monstruosidad a que me había llevado mi egoísmo? ¿Comprendes ahora por qué me siento tan culpable?

Poquito a poco todo iba volviendo a su cauce. Poquito a poco iba yo recordando, allá en el fondo de mi alma, muy adentro, que no estaba hecha para ser feliz. Me entró la sospecha, además, de que si permanecía mucho al lado de una persona, fuese quien fuese, le contagiaría mi tristeza o todas mis desgracias. Así lo habían comprendido, creía yo, el tío Adolfo, la tía Ramona y el tío Armando. Me parece ahora que percibieron que no había lugar en mi corazón para la felicidad y que se resignaron a que eso fuera lo que mandaban los hados. Me había tocado la mala lotería.

Y al mediodía aquel, Carlos y yo no llegamos a hacerle la solemne visita a su madre. Todo encajaba.

Nadie, salvo el tío Adolfo, sabía que desde meses atrás, Alicia, su mujer, la mujer del poeta, estaba invadida por el cáncer y que no había sido posible hacer nada no ya por salvarla sino por alargar su vida. Nada. Ya te he dicho que la veíamos adelgazar y nos preocupaba, sobre todo los que la conocían de antiguo, pero no entendíamos nada más; todo lo más, pensábamos que padecía anemia y que había que darle hierro. Como tenía altibajos y a días parecía encontrarse mejor, veíamos signos de recuperación. Durante las últimas semanas de vida, Alicia sufrió horrorosamente en silencio para no entristecer al tío Adolfo con la noticia de su muerte irremediable. Y él sufrió en silencio para no decirle cómo se estaba muriendo. Los dos la vieron morir sin poder hacer nada y sin consolarse el uno al otro para no entristecerlo. ¿Puede existir algo más doloroso? Aquella mañana, el cuerpo de Alicia se rindió y hubo que llevarla precipitadamente a la clínica, muriéndose a chorros.

Curiosamente, fue la muerte de Alicia la que prolongó mi estancia en Méjico por unos meses, porque lo paralizó todo. Todo quedó en suspenso. El tío Adolfo se quedó como huérfano de todo, inmóvil, sin nada que hacer más que sufrir. Su hermana Ramona lo sentenció en seguida: «Adolfo no durará mucho; no puedes perder media vida sin que se te vaya la otra media detrás. Durará unos meses solamente. ¡Pobre Adolfo! Alicia era sus manos, sus pies, su sola orientación.»

¿Pobre Adolfo? ¿Duraría poco? ¿Alicia era sus manos, sus pies, su orientación? ¡Ya me acordaría yo de eso! Porque ¿qué era Carlos para mí si no?

Me fui a vivir con el tío Adolfo, a pesar de sus protestas de que quería quedarse solo. Le convencimos diciéndole que sería por unas semanas únicamente, para que alguien se ocupara de hacer las cosas prácticas de la casa.

– ¿Prácticas? ¿Qué cosas prácticas quedan por hacer aquí? -preguntaba él, sin embargo, como si todo fuera superfluo.

– Ninguna, Adolfo, mijito -le dijo la tía Ramona-, sino cuidarte un poco hasta que te valgas por ti mismo.

– No me quiero ya valer. ¿No ves que ya no valgo nada?

Pasaba horas en su sillón frente a la mesa camilla con la mirada perdida en algún sitio remoto. No decía nada, ya no escribía ni declamaba ni arrugaba papeles que descartaba. Sólo permanecía inmóvil mirando a la pared. En una ocasión dirigió la vista hacia mí y pareció sorprenderse de encontrarme allí. «¿Me traerías una copita de orujo?», preguntó con voz muy tenue. Me levanté, rebusqué en el aparador del salón, encontré la botella y un pequeño vaso y le serví un poco de licor de orujo. Se lo dejé en la mesa camilla, donde solía ponerlo Alicia. El tío Adolfo me miró como si no comprendiera. Tenía los ojos anegados en lágrimas. Alargó la mano, cogió el vasito y se lo llevó a la nariz para olisquearlo. Te juro, Javier, que nunca he visto un gesto más desesperado, más solitario en toda mi vida. ¡Qué tristeza más espantosa! Por la mejilla le resbaló una lágrima y fue a caer en el licor, enturbiándolo un poco, opacándolo.

Carlos venía por las tardes y las pasábamos juntos, hablando en voz baja en el salón para no molestar así al poeta en su estudio. Y con los últimos rayos de sol, llegaban los demás. Entonces nos acercábamos a la habitación del tío, lo rodeábamos silenciosamente e intentábamos darle calor con nuestra presencia. Nos miraba a todos ausente.

Muchos días, la tía Ramona nos empujaba a Carlos y a mí a que nos fuéramos a dar un paseo para refrescarnos. En más de una ocasión la pura tristeza nos llevó a refugiarnos en la pasión, a consolarnos abrazados, piel sobre piel.

Era noviembre y comenzaba la temporada de toros. Carlos tenía contratadas muchas corridas y no podía ya acudir cotidianamente a la casa del poeta. Una vez dijo: «Adolfo, ¿por qué no te vienes en el carro con los peones hasta Guadalajara a verme torear como en los viejos tiempos? Ándele.» Pero el tío Adolfo no hizo ademán de haber oído y Carlos no insistió.

Escribí a papá y le conté los detalles de la muerte de Alicia, explicándole que me quedaba un poco más en Méjico para hacer compañía a su hermano. Di por asumido que nadie discutiría tan sensatas razones y así fue: papá escribió dándome permiso para quedarme un poco más.

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