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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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¿Desterrado? ¿Sólo desterrado? Denagh y todos aquellos que habían elegido permanecer junto a Mani fueron a tocarle el hombro y la rodilla y luego se llevaron a los labios sus dedos crédulos. Ellos, que habían pasado días enteros suplicándole que huyera; ellos, que le veían ya asesinado por el monarca fratricida, le habían recuperado.

Y lo más importante era que el hijo de Babel pronunciaba palabras de desafío que les llenaban de alegría. ¿Abandonar Mesopotamia, Armenia y Pérsida? ¿Y por qué sólo esas regiones? -les decía-. ¡Se alejaría del Imperio entero! ¡Había estado demasiado tiempo a la sombra de los sasánidas, malgastando su vida en sus tierras! No había querido ir a Palmira por no irritar a Sapor. A Roma tampoco, y sin embargo, sentía que le llamaban. Ni a Egipto, ni al país de los axumitas. De ahora en adelante no permitiría que las promesas de los reyes se interpusieran en su camino. ¡Partiría! Primero a la India, cuyo suelo prometedor sólo había rozado, y luego al Tíbet, a Turfán, a Kashgaria, a China.

¿Desterrado? Liberado más bien de las ocultas cadenas que lo ataban a un único Imperio, a una dinastía.

Seguido de los más fieles, se puso de nuevo en camino. No como un condenado que huye, sino con el paso de un conquistador. Sólo se detenía a las horas del sueño, y en cada etapa encontraba, como en el pasado, una casa abierta, orgullosa y agradecida por brindarle refugio.

Había tomado la dirección del Oriente, rebasando Kengavar y Ecbatana y se había internado ya por la ruta de las caravanas hacia Abarshahr cuando a mitad de la jornada, durante un alto cerca de un curso de agua, se retiró a meditar y se encontró frente a frente con su «Gemelo».

«Corres y corres -le dijo el Otro-. ¿Es así como piensas escapar de tu hastío?»

– Tengo prisa por descubrir todas esas naciones a las que aún no he llevado mi mensaje. ¿No fuiste tú quien me dijo…?

«No, Mani, ya es tarde. Tu camino se ha perdido. Tienes que regresar.»

– ¿Hacia las regiones de donde acaban de desterrarme?

«Cruzarás la ciudades donde tu nombre es el más venerado, Kerja, Susa, Gaujai, Jolasar… Por todas partes la gente se congregará a tu paso, miles de hombres y mujeres querrán unirse a tu comitiva, pero tú les dirás solamente: Contempladme, saciaros de mi imagen, ya que no me volveréis a ver bajo esta apariencia.»

* * *

La multitud, la acostumbrada multitud de las despedidas se había congregado al pie de las murallas de Jolasar, a ambos lados de la puerta de Susa. Las ovaciones de la víspera se habían convertido ahora en lágrimas, en dignidad. Pasó el Mensajero, y después su séquito. Una escuadra de caballeros los esperaba desde el alba. El oficial se acercó.

– Tengo orden de conducir a Mani, hijo de Pattig, ante el divino Bahram, rey de reyes.

– ¿Dónde está tu señor?

– En su residencia de verano.

– ¿En Beth-Lapat? Precisamente allí se termina mi viaje. ¡Ve a decir a tu señor que Mani está en camino!

El hijo de Babel había hablado con un tono que no tenía réplica. Dando una palmada en la ijada de su montura, reanudó su marcha sin preocuparse más de su interlocutor. Este último, estupefacto, después de un inútil minuto de vacilación, volvió grupas con sus hombres. Había venido a prender al Mensajero rebelde y se consideraba satisfecho con una promesa de su boca.

Y Mani llegó libre a Beth-Lapat. Libre recorrió las calles bordeadas de fieles, libre llegó hasta la verja del palacio y hasta los aposentos del monarca. Un viejo escriba de la cancillería se había contentado con abrirle paso a través de los vestíbulos custodiados; luego, con voz deferente, le rogó que se sentara mientras iba a advertir al rey de su presencia.

Bahram estaba sentado a la mesa con sus allegados para la comida del crepúsculo. El funcionario se inclinó hasta las losas de mármol.

– Que Su Divinidad me perdone mi intrusión. Mani acaba de llegar.

El primer movimiento del monarca fue apoyarse en el brazo de su asiento para levantarse, pero sus ojos se encontraron con los de Kirdir, su consejero de siempre, y se sentó de nuevo.

– Sé que el señor había expresado el deseo de recibirle. ¿Debo hacerle entrar?

– ¿Hacerle entrar? ¿Obligar a desplazarse hasta aquí a un personaje tan célebre? ¡Qué imperdonable falta de juicio! ¡Seré yo en persona quien vaya a verle!

Para el caso en que su almibarado sarcasmo hubiera podido confundir al escriba, añadió:

– ¡Que ese hombre espere donde está! Lo veré cuando haya terminado de comer. Y no voy a apresurarme.

Cuando se presentó ante Mani, el monarca había tenido tiempo de comer y de beber demasiado. Con los años había engordado y su paso se había hecho más pesado, sin conferirle, no obstante, la dignidad espontánea de Sapor ni la soltura seductora de Ormuz. Con el brazo izquierdo, rodeaba los hombros de su amante adolescente, la que las crónicas llaman «la reina de los sakas», cuarenta años más joven que él y casada, por su mediación, con su propio nieto. Dos pasos más atrás, se perfilaba la túnica amarilla del jefe de los magos.

– ¡No eres bienvenido!

Éstas fueron las primeras palabras de Bahram. Evidentemente, Mani le inspiraba un verdadero espanto que superaba a fuerza de agresividad. El hijo de Babel observó largamente a aquel gordo niño viejo mal amado, tan cruel como digno de compasión, y le respondió sin rabia:

– Algunas personas se han mostrado siempre hostiles hacia mí, sin que yo haya hecho ningún mal.

– Antes de que hablemos del mal que has causado, dime qué bien has hecho a nuestra dinastía. ¡No eres de ninguna utilidad en la guerra ni en la caza! ¡Pretendes ser médico y jamás has curado a nadie!

– Todos saben que he tratado y sanado…

– Mi padre, el divino Sapor, te nombró médico del palacio, pero no conseguiste evitarle las fiebres y los sufrimientos. ¡Y cuando te llamó en su lecho de muerte, no juzgaste oportuno venir!

Así que Sapor había querido verle una última vez y alguien se había interpuesto para impedir que le llegara el mensaje. ¿Quién habría podido cometer tan abyecta felonía, sino Kirdir, Bahram y sus cómplices? Mani sentía que el asco y la rabia le invadían y se obligó a dominarlos. Guardó silencio. El monarca se sintió alentado a proseguir.

– ¿Y mi hermano, el divino Ormuz? Tú eras su médico, pretendías ser su amigo, pero cuando se sintió mal, tampoco estabas a su lado porque no habías juzgado útil acompañarle como te lo había pedido. Quizá habrías podido aliviar sus dolores.

Hasta Kirdir se mostró turbado por esa alusión, esa nueva confesión enmascarada, pero Bahram le hizo un guiño confiado. ¿Qué podían temer? Uno era el jefe de los magos, que tenían vara alta en la justicia; el otro era el soberano.

– ¡No respondes!

Mani suspiró.

– Otros tienen las respuestas. En su corazón y en sus manos.

No dijo más. Si había que instruir el proceso de los asesinos de Ormuz, no sería ante semejante tribunal. Bahram pareció decepcionado de que Mani se hubiera contentado con una réplica tan alusiva y le lanzó una mirada en la que quiso poner todo el desprecio posible. Luego, se orientó hacia otras quejas.

– Cuando el rey de reyes te llama, jamás estás aquí; pero cuando te prohíbe visitar tal o cual región, te diriges inmediatamente a los lugares de los que acabas de ser desterrado. ¡Curiosa manera de servir a tus señores!

Mani dejó que hablara. Tenía de nuevo en la mente la imagen de Sapor agonizando y murmurando su nombre, mientras a su cabecera, unos seres de sombra simulaban no haber oído. Imagen angustiosa, pero también intensamente reconfortante. En ese instante, el hijo de Babel dejó de lamentar los años transcurridos junto al gran sasánida.

Entretanto, Bahram seguía farfullando:

– ¡He decidido tu destierro y tú me has desobedecido!

– He obedecido a una voz celeste que me ordenaba efectuar un último periplo.

– ¡Una voz celeste! ¡Es lo que pretendes desde siempre! ¿Por qué te tendría que hablar el Cielo? ¿Por qué escogería en este Imperio a un miserable súbdito con la pierna torcida en lugar de dirigirse directamente al rey de reyes?

Desde el principio de la entrevista, a cada pregunta de Bahram, Mani se había reservado algunos segundos de espera antes de contestar. Era su manera de indicar que había querido entregarse a la autoridad terrenal, y no al lamentable personaje que la encarnaba. Pero esta vez esperó más tiempo, con los ojos clavados en los del monarca.

– El Cielo debe de tener sus razones, Él, que conoce a los hombres más allá de sus adornos.

Bahram no reaccionó. De pronto parecía quebrantado, desengañado. Kirdir quiso reanimar su cólera:

– ¿Este hombre no intenta decir que es más digno de honor que los divinos miembros de la dinastía?

El monarca no dijo nada. Permanecía ensimismado. El mago se acercó a él y, como inadvertidamente, le dio un golpe en el hombro con el suyo. Mani sonrió. ¡Jamás habría osado nadie actuar de esa manera con Sapor ni con Ormuz! Pero Bahram sacudió la cabeza como si emergiera de una siesta y reanudó su interrogatorio donde lo había dejado.

– Así, sería esa voz la que te habría ordenado que desobedecieras al rey de reyes y que te rebelaras.

– ¡Nadie ha blandido jamás la espada de la rebelión en mi nombre!

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