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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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– Jamás he dudado de ti.

– La hora de la duda ha pasado, Mani, y también la de la indecisión. Tenemos que construir juntos. Desde esta noche, haré anunciar por la voz de los heraldos que el rey de reyes abraza la fe de Mani.

– ¡No, Ormuz! Así fue como erramos el camino tu padre y yo. Esperé demasiado de él y él esperó demasiado de mí. Ése no es el camino razonable. Un día, tú querrás hacerme tomar decisiones de rey y yo querré hacerte adoptar escrúpulos de Mensajero. Y vendrá la amargura, y nos convertiremos en extraños el uno para el otro, quizá en enemigos. Sin haberlo deseado jamás, te encontrarás matando a aquel que amas. Luego, me llorarás con lágrimas sinceras. No, Ormuz, no me empujes a cometer dos veces el mismo error, el Cielo no me perdonaría un nuevo fracaso.

– Un día me dijiste que el reinado de la Luz no había podido coincidir con el de Sapor; esperaba que coincidiera con el mío.

– No se trata de ti, Ormuz, ni de Sapor ni de mí. La culpa es del siglo. Por todas partes se alzan a nuestro alrededor los sectarios de los dioses celosos, y mi voz es la de la divinidad generosa. Durante mucho tiempo aún, mi fe será la de un puñado de Elegidos desprendidos de las cosas del mundo. El Imperio no puede abrazarla. Pero podemos construir muchas cosas juntos si cada uno de nosotros desempeña su cometido: si tú gobiernas con justicia, si actúas por el bien de tus súbditos, como lo has jurado, y preservas la libertad de creencia para todos; y si yo, por mi parte, con los discípulos que se han unido a mi Esperanza, me esfuerzo en enseñar la Luz a las naciones.

– ¿Eso nos impedirá seguir siendo amigos?

– Fui el amigo del gran rey de Armenia, ¿por qué no puedo ser el amigo del señor del Imperio? Cada vez que lo desees, nos veremos a solas como esta mañana, hablaremos del mundo y de los Jardines de Luz, de pintura, de medicina y de armonía, pero en el mismo instante en que abandone el palacio volveré a ser el Mensajero y nada más, y tú volverás a ser el rey de reyes, cada uno por su camino, con sus propias armas y sus propias cargas.

En los meses que siguieron, la fe de Mani tuvo una espectacular expansión por todo el Imperio y más allá. Un gran número de caballeros, magos hostiles a los dogmas de Kirdir y gentes de todas las castas se unieron a los Elegidos, como adeptos o como simples oyentes. El Mensajero no se explicaba este súbito progreso. La simpatía evidente de Ormuz era una de las razones, unida al afecto de la gente por su nuevo soberano que se había revelado clemente y firme al mismo tiempo, y cuya presencia en el trono parecía derramar, por algún sortilegio bendito, abundancia y felicidad. No había epidemias, ni hambre, ni inundaciones destructoras, ni ninguna de esas calamidades que causan tantos estragos. Anunciaban el reinado los mejores augurios.

Los preparativos de la coronación habían sido generosos, incluso dispendiosos, pero el pueblo no se quejaba; se había tenido cuidado de distribuir entre los pobres lo suficiente para festejarla dignamente. Al acercarse el Noruz, Ormuz se impacientaba. Todas las mañanas, antes de las audiencias, llamaba a Mani para confiarle sus entusiasmos de la víspera y sus esperas. ¡Hubiera deseado tanto que hiciera el viaje hasta Pérsida junto a él! Pero el hijo de Babel le persuadió de que le dispensara de ello; su sitio no estaba en semejante ceremonia.

El lugar era una garganta entre dos acantilados. Allí era donde Artajerjes y luego Sapor habían hecho grabar en la roca las imágenes de su coronación. A algunos pasos de los fundadores, una superficie virgen y lisa estaba preparada para conservar la marca del nuevo soberano, el tercero del linaje sasánida. De una punta a otra del corredor sagrado, el suelo pedregoso estaba cubierto de alfombras, y la pared rocosa, hasta la altura de tres hombres, revestida con colgaduras de seda estampada con los emblemas de la dinastía: sol, fuego, luna, machos cabríos, onagros, perros, leones y jabalíes. En medio, en un lugar donde el desfiladero se ensanchaba haciéndose más luminoso, se había levantado un estrado, cuyos lados formaban una suave pendiente hasta llegar al suelo. Y sobre el estrado, un trono vacío.

Desde ambos lados del desfiladero, avanzaba un cortejo. Uno conducido por Ormuz, a caballo. Su larga cabellera rizada se desbordaba bajo una corona en forma de casco, rematada por una esfera a la que estaban atadas cintas de colores que revoloteaban hacia atrás, el aro que ceñía su barba era ahora de oro y perlas. Le seguían, pero a distancia, los oficiales de su guardia, los príncipes de sangre real, los familiares y los músicos, y después, todos los cortesanos; del otro lado llegaban los magos con Kirdir a la cabeza. Sería él quien, en el espacio de una unción, sustituiría al Altísimo, a Ahura Mazda, para conferir al monarca la dignidad suprema.

Los dos cortejos iban al paso, su lentitud prolongaría la ceremonia. Perfumes, afeites, inciensos, cantinelas. Cantos épicos en el camino del soberano, danzas sagradas al paso del gran mago. Al final de la procesión, algunos excesos esperados: riñas sin importancia, borracheras… Pompa envuelta en carnaval.

Y todo siguió así hasta el encuentro de los dos caballos que iban a la cabeza sobre el estrado. Hasta un súbito silencio. En la mano derecha, Kirdir sostiene el aro de cintas, símbolo de la realeza divina, y en la izquierda, el cetro. Ormuz toma entonces el aro con la mano izquierda y alarga hacia adelante la derecha con el dedo índice curvado en señal de sumisión a Ahura Mazda; luego, coge el cetro, y ahora le toca a Kirdir, que vuelve a ser un simple mortal, ejecutar el gesto de sumisión en dirección a aquel que, desde ese momento, está investido de la divinidad.

El rey de reyes suelta entonces la brida de su montura y el jefe de los magos salta a tierra, la recoge y hace girar a Ormuz sobre sí mismo entre las aclamaciones de los súbditos. Luego, el soberano va a sentarse en el trono. Kirdir le ofrece con gran solemnidad un vaso de oro que el monarca se lleva a los labios. Es el último gesto de la ceremonia pública. Los dos cortejos se retiran, esta vez apresuradamente, y el lugar se queda desierto. El monarca está solo. Solo con su vaso y con un único compañero, un viejo esclavo sordo provisto de un espantamoscas. Frente al soberano, a su alrededor, y pronto dentro de él, los antepasados y las divinidades.

Y es que el vaso contiene la bebida de los dioses, el haoma, preparado la víspera por Kirdir y sus ayudantes según un ritual milenario. Las ramas de la planta haoma han sido purificadas, reducidas a polvo en un mortero bendito y luego mezcladas con leche y con unas hierbas, cuyo secreto sólo poseen y se transmiten los magos de rango superior. Un brebaje sagrado de la India antigua y de Persia que hace que el ser divino que lo beba, entre en el éxtasis místico por el cual se unirá a las divinidades.

Bajo el efecto del haoma, el soberano sufre convulsiones, pero se supone que ningún mortal va a interrumpir esos excesos milagrosos. El soberano se abandona al delirio, pero se supone que ningún mortal oye lo que grita o balbucea; los creyentes dicen que mantiene una conversación sibilina con sus antepasados.

El rey de reyes ha entregado el alma en el ejercicio de su divinidad, bajo la mirada impasible y benévola del viejo servidor sordo.

Aquella noche, cuando el pueblo y los dignatarios se embriagaban aún a la salud del divino Ormuz, los tres jefes de las castas, reunidos en cónclave, designaron un nuevo rey de reyes: Bahram. Aquel a quien los magos preferían.

¿Quién podría equivocarse sobre la identidad de los envenenadores? ¿Pero quién, también, podría castigarlos o aportar la prueba de su culpabilidad? Se decretó que el soberano no había podido soportar la bebida de los dioses, quizá porque no era digno de beberla o quizá el ángel del haoma no había aceptado su coronación. La evidencia del crimen proporcionó, incluso, un argumento a los asesinos: si Kirdir hubiera querido matar, ¿habría actuado con sus propias manos y ante todo el país reunido?

Seis

Si a Ormuz lo asesinaron, fue porque su subida al trono les parecía a los magos y a los guerreros como un preludio al triunfo de Mani. Pero este último nunca había querido creer en semejante milagro. Cuando Denagh se mostraba ebria de esperanza y de felicidad, él se esforzaba en hacerle comprender que la perversidad del mundo no se dejaría aniquilar así y le hablaba de sufrimiento, de paciencia y de pruebas. Los largos años pasados cerca de Sapor le habían enseñado a precaverse contra todas las ilusiones. ¿Para qué había servido la prometedora alianza con el gran sasánida, puesto que el Mensajero no había podido impedir las guerras ni las persecuciones, puesto que el soberano más poderoso de su siglo no se había atrevido a desafiar a las castas ni a mantener su promesa de convertirse?

En aquel agitado año, había en Mani mucha amargura, y también cansancio, pero una constante lucidez. El reinado de Ormuz jamás había sido a sus ojos otra cosa que un claro en un cielo tenebroso, y si bien al enterarse de su desaparición se sintió triste, afligido y lleno de rebeldía, quiso impedir que sus allegados se abandonaran a las lamentaciones.

– La gran prueba va a comenzar -les dijo-. Mi deseo es que ninguno de vosotros me acompañe en esta penosa parte del camino que mi cuerpo debe recorrer aún.

Maleo no quería alejarse, pero Mani le pidió firmemente que se llevara a Cloe y a toda su descendencia a vivir a Tiro. Fueron muchos los que volvieron así a su país de origen.

Cuando Bahram, ya coronado, regresó a Ctesifonte, un paje fue a comunicar al Mensajero el edicto que le concernía. «Mani, hijo de Pattig, de la raza de los partos y de la casta de los guerreros, médico de oficio, ha profesado diversas opiniones contrarias a la Religión Verdadera, por lo que a partir de este día será desterrado de las tierras de Mesopotamia, de Armenia, de Pérsida…»

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