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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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Habíamos llegado al fondo del atrio, e hicimos una pausa en la oscuridad mientras Stephan abría las puertas que daban al pasillo. Miré hacia atrás y vi que la zona donde habíamos estado cenando era poco más que un lejano e iluminado estanque en medio de la oscuridad. Los invitados parecían haberse sentado de nuevo a sus mesas, y alcancé a divisar las figuras de los camareros yendo de un lado para otro con sus bandejas.

El pasillo estaba muy poco iluminado. Stephan cerró las puertas del atrio a nuestra espalda y caminamos uno al lado del otro en silencio. Al rato, después de que el joven me hubiera lanzado una o dos miradas de soslayo, pensé que tal vez estaba aguardando a mi decisión. Suspiré y dije:

– Me gustaría de veras ayudarle. Siento una gran comprensión solidaria ante la situación en que se encuentra. Sólo que ya es tan tarde…

– Señor Ryder, me doy perfecta cuenta de que está cansado. ¿Puedo hacerle una sugerencia? ¿Qué le parece si entro en la salita solo y usted se queda en la puerta y me escucha? Así, en cuanto haya oído lo bastante para formarse una opinión, podrá irse tranquilamente a la cama. Yo no sabré, por supuesto, si usted se ha ido o no, de modo que seguiré con el incentivo de tocar lo mejor que pueda hasta el final, que es exactamente lo que necesito. Mañana por la mañana podrá usted decirme si tengo alguna posibilidad de salir airoso el jueves por la noche.

Pensé sobre ello.

– Muy bien -dije al cabo-. Su propuesta me parece bastante razonable. Conviene a las necesidades de ambos. Muy bien, haremos lo que ha dicho.

– Qué amabilidad de su parte, señor Ryder. No sabe la ayuda que me presta. Me encontraba en tal dilema…

En su agitación, el joven había apretado el paso. El pasillo dobló una esquina y se sumió en una completa oscuridad, hasta el punto de que a medida que lo recorríamos deprisa hube de extender la mano una o dos veces por miedo a topar con algún muro en cualquier momento. Aparte de la del fondo, donde las puertas acristaladas que daban al vestíbulo del hotel dejaban traslucir algo de luz, en el pasillo no había iluminación alguna. Tomaba nota mentalmente del detalle para comentárselo a Hoffman la próxima vez que le viera cuando Stephan dijo:

– Ya hemos llegado.

Y se detuvo. Entonces caí en la cuenta de que estábamos ante la puerta de la salita.

Las llaves tintinearon en las manos de Stephan, y cuando la puerta se abrió por fin no vi más allá de ella sino negrura. Pero el joven dio un paso decidido hacia el interior, y luego asomó la cabeza al pasillo para mirarme.

– Si me concede unos segundos para encontrar la partitura… -dijo-. Tiene que estar por aquí, encima del taburete del piano, pero hay tanto desorden…

– No se preocupe, no me iré hasta que pueda formarme una opinión.

– Es tan amable de su parte, señor Ryder. No tardaré ni un segundo.

La puerta se cerró con un chasquido y por espacio de un instante no hubo sino silencio. Permanecí de pie en la oscuridad, mirando de cuando en cuando hacia el fondo del pasillo y la luminosidad del vestíbulo.

Por fin Stephan acometió el primer movimiento de Pasiones de cristal. Tras los acordes iniciales, me sorprendí escuchando con más y más intensidad. Se hacía patente de inmediato que el joven no conocía bien la pieza, y sin embargo, bajo su inseguridad y rigidez, percibí una imaginación, una originalidad y una sutileza emocional que me sorprendieron por completo. Incluso en su forma bruta, la ejecución de Kazan por Stephan parecía ofrecer ciertas dimensiones jamás exploradas por la gran mayoría de los intérpretes.

Me incliné aún más hacia la puerta, esforzándome por captar cada indeciso matiz. Pero entonces, hacia el final del movimiento, la fatiga me envolvió de pronto y recordé lo tarde que era. Se me ocurrió que en rigor no era necesario escuchar más: con el adecuado tiempo de ensayo, aquella pieza de Kazan estaba decididamente dentro de sus posibilidades. Me volví y empecé a alejarme despacio hacia la luminosidad del vestíbulo.

11

Me despertó el timbre del teléfono de la mesilla. Mi primer pensamiento fue que volvían a importunarme a los pocos minutos, pero vi la luz del cuarto y comprendí que había amanecido hacía tiempo. Levanté el auricular, sobresaltado ante la posibilidad de haber dormido hasta muy tarde.

– Ah, señor Ryder -dijo la voz de Hoffman-. Habrá dormido bien, espero…

– Gracias, señor Hoffman. He dormido estupendamente. Pero estaba ya levantándome, por supuesto. Con el atareado día que me espera -dije riendo-, será mejor que me ponga en movimiento.

– No le falta razón, señor. ¡Vaya día que le espera! Entiendo perfectamente su deseo de conservar las energías al máximo en esta hora de la mañana. Muy juicioso, si me permite decirlo. Y particularmente después de habernos dado tanto de sí ayer noche. ¡Ah, fue una alocución tan increíblemente ingeniosa! ¡En la ciudad no se habla de otra cosa esta mañana! En cualquier caso, señor Ryder, y dado que sabía que se estaría levantando más o menos a esta hora, pensé que podía llamarle para ponerle al tanto de la situación. Me complace informarle de que la 343 está absolutamente lista para usted. ¿Puedo sugerirle que se disponga a ocuparla de inmediato? Sus cosas, si no tiene nada que objetar, serán trasladadas mientras desayuna. Sé que la 343 le resultará mucho más satisfactoria que la de ahora. Le pido disculpas de nuevo por mi error. Me mortifica haberlo cometido. Pero como creo haberle explicado anoche, a veces es muy difícil calibrar estas cosas.

– Sí, sí, lo comprendo. -Miré en torno, y al ver la habitación empezó a invadirme una desconsolada tristeza-. Pero, señor Hoffman… -logré decir, controlando con enorme esfuerzo la voz-, hay una pequeña complicación. Mi chico, Boris, está ahora en el hotel conmigo, y…

– Ah, sí, le damos la más calurosa bienvenida al jovencito. Me he ocupado del asunto y ha sido trasladado a la 342, la contigua a la suya. De hecho Gustav se ha encargado del traslado esta mañana temprano. Así que no tiene por qué preocuparse. Por favor, cuando termine de desayunar, vaya directamente a la 343. Ya estarán allí todas sus cosas. Es una planta más arriba de donde está usted ahora. Estoy seguro de que la encontrará mucho más acorde con su gusto. Pero, no faltaba más, si no le satisface hágamelo saber inmediatamente.

Le di las gracias y colgué el auricular. Me levanté de la cama, volví a mirar a mi alrededor e inspiré profundamente. A la luz de la mañana, mi cuarto no tenía nada de especial, era una habitación típica de hotel, y de pronto pensé que estaba mostrando un apego impropio a aquel cuarto. Sin embargo, mientras me duchaba y me vestía, me sorprendí deslizándome de nuevo hacia un estado cada vez más emocional. Entonces, de repente, me asaltó el pensamiento de que antes de bajar a desayunar, antes de nada, debía ir a ver cómo estaba Boris. Según la información de Hoffman, ahora estaría sentado y solo en su nuevo cuarto, y se sentiría un tanto confuso. Terminé rápidamente de vestirme y, echando una última mirada a mi alrededor, salí del cuarto.

Iba por el pasillo de la tercera planta buscando la habitación 342 cuando oí un ruido y vi a Boris corriendo hacia mí desde el otro extremo. Corría de un modo extraño, y al verlo me paré en seco. Luego vi que hacía gestos como si manejara un volante, y deduje que estaba jugando a conducir un coche a toda velocidad. Mascullaba entre dientes cosas a un pasajero imaginario que iba sentado a su derecha, y no dio muestras de verme al pasar a mi lado y dejarme atrás. En el pasillo, más adelante, había una puerta entreabierta, y al acercarse a ella Boris gritó: «¡Cuidado!», y viró bruscamente y entró en la habitación. Un segundo después, me llegó del interior la voz de Boris imitando el sonido de un gran choque. Me acerqué a la puerta entreabierta y, tras comprobar que era efectivamente la 342, entré en la habitación.

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