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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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– Muy amable de su parte, señorita Collins. Estoy seguro de que lo dice de corazón. Pero, si me permite decirlo, al parecer sus pasadas experiencias han hecho que no tenga usted muy buena disposición para con las, como usted las ha llamado, personas de mi renombre. No estoy muy seguro de que disfrutara usted de mi compañía.

La señorita Collins pareció dedicar unos instantes de reflexión a mis palabras. Y luego dijo:

– Me hago cargo de sus recelos. Pero creo que sería perfectamente posible que llegáramos a tener una relación civilizada. Si le parece, podría ser sólo una visita breve. Y si ve que le resulta grata, podría volver siempre que quisiera. También podríamos dar un corto paseo juntos. El Sternberg Garden está muy cerca de mi apartamento. Señor Ryder, he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre mi pasado, y hoy estoy dispuesta a dejarlo definitivamente atrás. Me gustaría mucho poder volver a echar una mano a alguien como usted. No le prometo, claro está, respuestas a todas las preguntas. Pero le escucharé con actitud sumamente receptiva. Y puedo asegurárselo: no lo idealizaré ni caeré en el sentimentalismo respecto a usted como a otra persona con menos experiencia que yo podría sucederle.

– Pensaré detenidamente en su ofrecimiento, señorita Collins -le dije-. Pero no puedo evitar pensar que me está usted confundiendo con alguien que ciertamente no soy. Lo digo porque el mundo está lleno de individuos que se creen genios de un tipo o de otro, cuando en realidad no se distinguen sino por una colosal inepcia para organizar sus propias vidas. Pero, quién sabe por qué, siempre hay un montón de gente como usted, señorita Collins, gente bienintencionada, gente que arde en desos de correr a redimir a esa clase de personas. Puede que resulte jactancioso, pero le aseguro que yo no soy uno de ellos. De hecho puedo decir con plena confianza que a estas alturas de mi vida no necesito en absoluto que me rediman.

La señorita Collins llevaba unos instantes sacudiendo la cabeza. Y al cabo dijo:

– Señor Ryder, me causaría una enorme tristeza que siguiera usted cometiendo una equivocación tras otra. Y haber estado todo el tiempo sin hacer nada más que mirarle. De veras pienso que podría ayudarle en su actual situación apurada. Está claro que cuando estaba con Leo -dirigió un vago gesto hacia Brodsky-, yo era demasiado joven, no sabía apenas nada y no podía ver las cosas, ver lo que estaba sucediendo. Pero he tenido muchos años para pensar en todo esto. Y cuando oí que iba a venir usted a la ciudad, me dije que ya era hora de aprender a contener la amargura. Me he hecho vieja, pero aún estoy muy lejos de estar acabada. Hay ciertas cosas en la vida que he llegado a entender bien, muy bien, y aún no es tarde para intentar ponerlas en práctica. Es con este espíritu con el que le invito a visitarme, señor Ryder. Vuelvo a pedirle disculpas por haber sido un poco seca con usted antes. No volverá a suceder, se lo prometo. Por favor, diga que vendrá.

Mientras la oía hablar, la imagen de su sala de estar -la luz tenue y acogedora, las gruesas y ajadas cortinas de terciopelo, el mobiliario destartalado…- fue haciéndose nítida ante mis ojos, y por espacio de un breve instante la idea de reclinarme en uno de sus sofás, lejos de las tensiones de la vida, se me antojó particularmente tentadora. Inspiré profundamente y dejé escapar un suspiro.

– Tendré muy en cuenta su amable invitación, señorita Collins -dije-. Pero de momento lo que habré de hacer es acostarme y dormir un poco. Tiene que darse cuenta de que estoy viajando desde hace meses, y de que desde mi llegada no he disfrutado ni de un instante de descanso. Estoy tremendamente cansado.

Al acabar de decirlo, volví a sentir el cansancio. Me picaba la piel de debajo de los ojos, y me froté la cara con la palma de la mano. Seguía frotándome la cara cuando sentí que alguien me tocaba el codo y me decía:

– Le acompañaré al hotel, señor Ryder. Stephan tendía un brazo para ayudarme. Apoyé una mano sobre su hombro y me bajé de la silla.

– Yo también estoy cansado -dijo Stephan-. Le acompañaré dando un paseo.

– ¿Dando un paseo?

– Sí, voy a quedarme a dormir en una de las habitaciones. Suelo hacerlo cuando entro a trabajar por la mañana temprano. Sus palabras me desconcertaron. Luego, al mirar más allá de los grupos en pie y sentados, más allá de los camareros y las mesas, al mirar hacia donde el vasto comedor se perdía en la oscuridad, caí de pronto en la cuenta de que estábamos en el atrio del hotel. No lo había reconocido porque horas antes, poco después de mi llegada, había entrado en él por el extremo opuesto. En algún punto de la oscuridad del fondo se encontraría la barra donde había tomado café y hecho mis planes para la jornada.

Pero no tuve oportunidad de detenerme en tal descubrimiento, porque Stephan me conducía hacia la puerta con sorprendente insistencia.

– Volvamos enseguida, señor Ryder. Además, hay algo de lo que quiero hablarle.

– Buenas noches, señor Ryder -me dijo la señorita Collins al pasar a su lado a grandes pasos.

Miré hacia atrás para desearle buenas noches, y lo habría hecho de forma menos precipitada si Stephan no me hubiera instado a que siguiera caminando. Mientras nos abríamos paso a través del comedor los comensales me deseaban buenas noches desde todas partes, y aunque yo les sonreía y les saludaba con la mano de la mejor forma que podía, era consciente de que mi salida no estaba resultando tan airosa como habría deseado. Pero era obvio que Stephan estaba realmente preocupado y, pese a verme devolviendo los saludos a derecha e izquierda y por encima del hombro, tiró de mi brazo y dijo:

– Señor Ryder, he estado pensando. Tal vez estoy sobrevalorándome, pero creo que tendría que ensayar la pieza de Kazan. He recordado su consejo de antes: que debería seguir con lo que tenía preparado. Pero la verdad es que he estado pensando y creo que me siento capaz de llegar a dominar Pasiones de cristal. Creo que ahora está dentro de mis posibilidades, lo creo de verdad. El problema es el tiempo. Pero si me pongo a ello con todas mis fuerzas, si ensayo por la noche y demás, creo que seré capaz de hacerlo.

Habíamos entrado en la zona oscura del atrio. Los tacones de Stephan producían un eco en el espacio vacío, y el sonido apagado de mis zapatillas servían de contrapunto a sus pasos. En algún punto a nuestra derecha pude vislumbrar en la penumbra el mármol de la gran fuente, ahora silenciosa y quieta. -No es asunto mío, lo sé -dije-, pero yo en su lugar seguiría con lo que iba a tocar en un principio. Es lo que usted eligió, y eso debería bastarle. En cualquier caso, opino que es un error ambiar de programa en el último momento…

– Pero, señor Ryder, usted no lo entiende. Se trata de mi madre. Ella…

– Me hago cargo de todo lo que me contó antes. Y, como digo, no quiero interferir. Pero, con el debido respeto, opino que en la vida llega un momento en el que uno debe mantenerse fiel a las propias decisiones. Un momento en el que uno ha de decirse: «Éste soy yo, y esto es lo que he decidido hacer.»

– Señor Ryder, aprecio lo que me está diciendo. Pero pienso que quizá lo dice… (ya sé que me está aconsejando con la mejor de las intenciones), que quizá dice lo que me está diciendo porque no cree que un aficionado como yo sea capaz de llegar a interpretar aceptablemente a Kazan, máxime con el poco tiempo que me queda… Pero ya ve, he estado pensando seriamente en ello durante la cena, y de veras creo…

– No me ha entendido -dije, con un punto de impaciencia-. Creo que no ha entendido lo que quiero decir. Lo que intento decirle es que debe plantarse.

Pero el joven parecía no escucharme.

– Señor Ryder -continuó-, me doy cuenta de lo horriblemente tarde que es y de lo cansado que debe de estar. Pero me pregunto si no me concedería unos minutos, pongamos… quince. Podríamos ir a la salita y podría tocarle un poco de Kazan, no toda la pieza, sólo un fragmento. Y luego usted podría aconsejarme sobre si tengo alguna posibilidad de salir bien parado el jueves por la noche. Oh, disculpe…

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