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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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Cooper pareció todavía más escéptico.

– Has estado leyendo demasiados libros, Charlie.

Jones se permitió una carcajada.

– Pero Hughes no lo sabe, ¿verdad? Así que intentemos mellar un poco su carisma y veamos si no podemos impedirle usar a las niñas de otra gente para que hagan su trabajo sucio.

– Yo estoy intentando resolver un asesinato -protestó Cooper-. Es sobre eso sobre lo que quiero respuestas.

– Pero todavía tienes que convencerme de que fue un asesinato, viejo amigo.

Ruth se escabulló escaleras abajo y se detuvo a un lado de la entrada al estudio, contemplando el reflejo de Jack en su diminuto espejo de mano. No es que pudiera verlo muy bien. Estaba sentado de espaldas a la ventana, trabajando en un retrato, pero el caballete se hallaba justo entre él y la puerta, y la tela lo tapaba todo menos las piernas. Desde la ventana del dormitorio había observado cómo Sarah salía de la casa dos horas antes, razón por la cual sabía que estaban solos. «¿Se daría cuenta Jack cuando ella se deslizara por delante de la puerta?» Aguardó diez minutos en aterrorizada indecisión, demasiado asustada como para dar un paso.

– Si quieres algo de comer -murmuró él por fin en el silencio-, te sugiero que pruebes en la cocina. Si quieres alguien con quien hablar, entonces te sugiero que entres aquí, y si estás buscando algo que robar, te sugiero que cojas el anillo de compromiso de Sarah, que fue de mi abuela y hace cuatro años lo valoraron en más de dos mil libras. Lo encontrarás en el cajón de la derecha de su tocador. -Se inclinó a un lado para que pudiera verle la cara en el espejo-. Será mejor que te dejes ver. No voy a comerte. -Hizo un breve asentimiento con la cabeza cuando ella apareció desde el otro lado del marco de la puerta-. Sarah me ha dado estrictas instrucciones de ser compasivo, paciente y útil. Haré todo lo que pueda, pero te advierto de antemano que no puedo soportar a la gente que se suena con pañuelos y se escabulle de puntillas.

Las mejillas de Ruth perdieron el poco color que tenían.

– ¿Cree que no habría ningún problema si me preparara una taza de café? -Tenía un aspecto muy poco atractivo, con el cabello húmedo colgándole del cráneo, la cara hinchada y manchada de llorar-. No quiero ser una molestia.

Jack volvió a su cuadro para que ella no viese el destello de irritación en sus ojos. La autocompasión de los demás provocaba de modo invariable lo peor de él.

– Siempre y cuando me hagas uno a mí también. Sin leche ni azúcar, por favor. El café está junto a la tetera, el azúcar en el pote que pone «azúcar», la leche en la nevera y el almuerzo en el horno. Yo estaré listo dentro de una media hora así que, a menos que estés muerta de hambre, te aconsejo que te saltes el desayuno y esperes al almuerzo.

– ¿Estará la doctora Blakeney aquí para el almuerzo?

– Lo dudo. Polly Graham se ha puesto de parto y Sarah convino un parto en casa, así que puede estar allí durante horas.

Ruth vaciló durante un momento y luego se volvió para marcharse a la cocina, pero de inmediato volvió a cambiar de opinión.

– ¿Ha llamado mi madre? -preguntó.

– ¿Esperabas que lo hiciera?

– Pensaba… -Guardó silencio.

– Bueno, pues en lugar de pensar intenta prepararme una taza de café. Si no lo hubieras mencionado, probablemente no la querría, pero lo has hecho, así que ahora la quiero. De modo que ponte a la tarea, mujer. Esto no es un hotel y yo no me siento del mejor de los humores después de haber sido relegado a la habitación de huéspedes.

Ella salió corriendo corredor abajo hacia la cocina y, cuando regresó al cabo de cinco minutos con una bandeja y dos tazas, le temblaban tanto las manos que las tazas golpeteaban entre sí como aterrorizados dientes. Jack pareció no darse cuenta, pero cogió la bandeja y la colocó en una mesa de la ventana.

– Siéntate -le dijo, al tiempo que le señalaba una silla de respaldo recto y giraba su taburete para encararse con ella-. Vamos a ver, ¿es de mí de quien tienes miedo, del novio, de los hombres en general, de que Sarah no vaya a venir a almorzar, de la policía, o es que te preocupa lo que va a pasar contigo?

Ella se encogió como si él la hubiese golpeado.

– De mí, pues. -Hizo retroceder el taburete un metro para dejarle más espacio-. ¿Tienes miedo de mí, Ruth?

Las manos de ella se agitaron sobre su regazo.

– Yo… usted… -Sus ojos se abrieron de par en par a causa del terror-. No le tengo miedo.

– ¿Te sientes por completo segura y cómoda en mi presencia?

– Sí -susurró ella.

– Tienes una extraña forma de demostrarlo. -Tendió la mano para coger su taza de café-. ¿Qué edad tenías cuando murió tu padre?

– Era un bebé.

– Momento desde el cual has vivido con tu madre y tu abuela y, después, con una bandada de mujeres en el internado. -Bebió un sorbo de café-. ¿Tengo razón respecto a que este personaje, Hughes, es el primer novio que has tenido en tu vida?

Ella asintió.

– ¿Así que es la única experiencia que has tenido con los hombres?

Ella se contemplaba las manos.

– ¿Sí o no? -exigió saber él, las palabras azotando con impaciencia.

– Sí -volvió a susurrar la muchacha.

– En ese caso es obvio que necesitas una lección sobre los varones de la especie. Sólo hay tres cosas que deben recordarse. Uno: la mayoría de los hombres necesitan que las mujeres les digan qué hacer. Incluso el sexo mejora cuando las mujeres se toman la molestia de señalarle al hombre la dirección correcta. Dos: comparados con las mujeres, la mayoría de los hombres son unos incapaces. Son menos perspicaces, tienen poca o ninguna intuición, y son peores jueces del carácter humano y, por lo tanto, más vulnerables a las críticas. La agresión les resulta inmensamente intimidadora porque se supone que ellos no deben y, en pocas palabras, son con mucho el más sensible de los dos sexos. Tres: cualquier hombre que no encaje en estas pautas debe ser evitado. Será un bruto fanfarrón, analfabeto, cuyo intelecto resultará tan pequeño que la única forma que tendrá de conseguir un poco de autoridad será degradando a cualquiera que sea lo bastante estúpido como para tolerarlo y, por último, carecerá de la única cosa que todos los hombres decentes tienen en abundancia, a saber, una profunda y perdurable admiración hacia las mujeres. -Cogió la taza de café de la joven y la sostuvo debajo de sus narices así que ella tuvo que cogerla-. Ahora bien, yo no pretendo ser un dechado de virtudes, pero desde luego no soy un bruto y, entre tú, yo y las paredes, le tengo un cariño extremo a mi irascible esposa. Acepto que lo que hice quedaba abierto a interpretaciones, pero puedes aceptar mi palabra de que fui a Cedar House por una sola razón y que era simplemente la de pintar a tu madre. La tentación de plasmar a dos generaciones de la misma familia resultaba irresistible. -La contempló con expresión especulativa. Casi tan irresistible, estaba pensando, como la de plasmar a la tercera generación-. Y si mi muy exigente e injusta esposa no hubiese escogido ese momento para echarme de casa, bueno -se encogió de hombros-, no tendría que haberme congelado en el piso del cenador de tu madre. ¿Aquieta todo eso tus preocupaciones, o vas a continuar temblando como la gelatina cada vez que me veas?

Ruth lo contempló fijamente con ojos conmocionados. Era hermosa, después de todo, pensó él, pero era una belleza trágica. Como la de su madre. Como la de Mathilda.

– Estoy embarazada -dijo al fin, mientras lágrimas exhaustas caían por sus mejillas.

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