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La Mordaza De La Chismosa

Электронная книга - «La Mordaza De La Chismosa». Краткое содержание книги:

Mathilda Gillespie, sesenta y cinco años, ha aparecido muerta. Estaba en la bañera de su casa, con la cabeza cubierta por una peculiar mordaza, a modo de jaula, usada en la Edad Media para castigar a las mujeres chismosas: un sórdido artilugio de represión que iluminaba y al tiempo oscurecía el motivo de su muerte.
Porque la jaula, a su vez, estaba recubierta de flores, como una referencia a la Ofelia muerta de Hamlet: Shakespeare era una de las pasiones de la señora Gillespie. ¿Se podía por tanto deducir que la recargada y morbosa escenografía revelada, junto a la ausencia de signos de violencia, un suicidio? La doctora Sarah Blakeney, medica personal de la anciana y una de sus escasas amigas, no acababan de tenerlo claro. E investigaciones someras ponen de manifiesto viejos y terribles traumas familiares. Así como personas interesadas en la muerte de la señora Gillespie…
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El inspector se mostraba dubitativo.

– No puede sacar mucho de eso. ¿Cuánto tiempo pasa antes de que los padres se den cuenta de lo que está sucediendo?

– Podrías asombrarte. Una de las muchachas estuvo tomando prestada la tarjeta de crédito de su madre durante meses antes de que el padre planteara su disconformidad con la cantidad que estaba gastando su esposa. Se trataba de una tarjeta conjunta, el total se pagaba automáticamente de la cuenta corriente, y ninguno de ellos se dio cuenta de que había aumentado más de quinientas libras por mes. O si se dieron cuenta, supusieron que lo que había detrás de ello eran los gastos del otro integrante del matrimonio. Es un mundo diferente, Charlie. Los dos padres trabajando y ganando un buen sueldo, y el suficiente dinero en los cofres como para encubrir los robos de su hija. Una vez que comenzaron a investigar el asunto, por supuesto, descubrieron que ella había vendido piezas de plata, joyas que su madre nunca se ponía, algunas valiosas primeras ediciones de su padre y una cámara de quinientas libras que su padre creía haber dejado en un tren. Yo diría que Hughes está sacando una buena tajada de ello, en particular si se dedica a más de una por vez.

– ¡Santo Dios! ¿Cuánto ha robado Ruth Lascelles, entonces?

El inspector Cooper sacó una hoja de papel del bolsillo.

– Hizo una lista de lo que podía recordar. Ahí la tienes. -La dejó sobre el escritorio-. La misma pauta qué la otra chica. Joyas de las que su abuela se había olvidado. Cepillos para el pelo con dorso de plata de la habitación de invitados que nunca se usaban. Adornos y cuencos de porcelana que se guardaban en los armarios porque a la señora Gillespie no le gustaban, y algunas primeras ediciones de la biblioteca. Dijo que Hughes le indicaba qué tipo de cosas buscar. Cosas de valor que no serían echadas en falta.

– ¿Qué me dices de dinero?

– Veinte libras del bolso de su abuela, cincuenta libras de la mesita de noche y, unas pocas semanas después, quinientas libras de la cuenta de la anciana. Se presentó en el banco tan fresca como una lechuga con un cheque falso y una carta que supuestamente procedía de Mathilda, dándoles instrucciones para que le entregaran esa cantidad. Según ella, la señora Gillespie no llegó siquiera a darse cuenta. Pero por supuesto que se dio cuenta, porque le mencionó las cincuenta libras a Jack Blakeney y, cuando investigué esta mañana en su banco, me dijeron que había preguntado por las quinientas libras retiradas, y que ellos le habían informado que Ruth las retiró según las propias instrucciones de ella. -Se rascó la mandíbula-. Según dicen, ella convino en que era un error suyo y no emprendió ninguna otra acción.

– ¿En qué fecha fue eso?

Cooper volvió a consultar sus notas.

– El cheque fue hecho efectivo durante la última semana de octubre, las vacaciones de mitad de curso de Ruth, en otras palabras, y la señora Gillespie telefoneó al banco en cuanto recibió el resumen, que fue en la primera semana de noviembre.

– No mucho antes de morir, y después de haber decidido cambiar el testamento. Eso es un asco. No consigo entenderlo en absoluto. -Pensó durante un momento-. ¿Cuándo robó Ruth las cincuenta libras?

– A principios de septiembre, antes de regresar al colegio. Al parecer tenía alguna idea de sobornar a Hughes. Me dijo: «Pensé que me dejaría en paz si le daba dinero».

– ¡Dios querido! -exclamó Charlie con tono tenebroso-. Nace uno a cada minuto. ¿Le preguntaste si Hughes la presionó para que retirara las quinientas libras a mitad del curso?

– Lo hice. Su respuesta fue la siguiente: «No, no, no. Lo robé porque quise». Y luego volvió a abrir los grifos. -Parecía muy triste-. He dejado el problema en manos de la doctora Blakeney. Esta mañana hablé con ella por teléfono, le conté por encima en qué andaba Hughes, y le pedí que intentara averiguar por qué ninguna de las muchachas está dispuesta a presentar pruebas contra él. Puede que ella consiga algo, pero no cuento con ello.

– ¿Y qué me dices de la madre? ¿Hablaría Ruth con ella?

Cooper negó con la cabeza.

– Primero, hay que conseguir que ella hable con Ruth. Es algo innatural, si quieres que te diga la verdad. Pasé a verla anoche para decirle que los Blakeney habían alojado a su hija, y me miró como si acabara de salir de una alcantarilla. Lo único que le interesaba era saber si yo pensaba que la expulsión de Ruth significaba que la muchacha había matado a su abuela. Yo le contesté que no, que por lo que yo sabía no había ninguna estadística que relacionara los novillos y la promiscuidad sexual con el asesinato, pero que había una gran cantidad que los relacionaba con la insuficiencia materna y paterna. Así que ella me dijo que me fuera a la mierda. -Rió entre dientes con alegría ante el recuerdo.

Charlie Jones gruñó para indicar que le divertía.

– De momento estoy más interesado en el amigo Hughes, así que dividamos el asunto en proporciones manejables. ¿Han intentado los de Bournemouth reunir a las tres familias con el fin de que las muchachas obtengan fuerza del número?

– Dos veces. No sirvió para nada ninguna de ellas. Los padres han recibido asesoramiento legal y nadie quiere decir nada.

Charlie frunció los labios con aire pensativo.

– Se ha hecho antes, ya sabes. George Joseph Smith lo hizo hace cien años. Les escribía unas referencias brillantes a bonitas chicas de servicio y les buscaba colocación en casas ricas. Al cabo de semanas de comenzar a trabajar, ellas robaban cosas de valor de sus patrones y se las llevaban fielmente a George para que las convirtiera en dinero efectivo. Era otro que tenía un gran poder de atracción sobre las mujeres.

– ¿George Smith? -dijo Cooper con sorpresa-. Yo pensaba que ése se cargaba a las mujeres. ¿No era el de los asesinatos de novias en la bañera?

– El mismo. Comenzó a ahogar esposas cuando descubrió lo fácil que era conseguir que hicieran testamento en su favor al casarse. Interesante, ¿verdad?, a la vista de cómo murió la señora Gillespie. -Guardó silencio durante un momento-. No hace mucho leí un libro sobre Smith. El autor lo describe como profesional y literal asesino de damas. Me pregunto si lo mismo será aplicable a Hughes. -Repiqueteó con los nudillos sobre la superficie del escritorio-. Detengámoslo para interrogarlo.

– ¿Cómo? ¿Pido una orden de arresto?

Charlie tendió la mano hacia el teléfono.

– No. Haré que los de Bournemouth lo recojan mañana por la mañana y lo pongan al fresco hasta que lleguemos nosotros.

– Mañana es domingo, Charlie.

– En ese caso, con un poco de suerte tendrá resaca. Quiero ver la cara que pondrá cuando le digamos que tenemos razones para creer que él asesinó a la señora Gillespie.

Cooper se mostró escéptico.

– ¿Las tenemos? La declaración del dueño del pub no se sostendrá ante un escrutinio atento, sobre todo si su esposa afirma que estaba confundido.

Una sonrisa lobuna se extendió por el rostro del inspector, y el pequinés se convirtió en un dobermann.

– Pero nosotros sabemos que estuvo allí esa tarde porque nos lo ha dicho Ruth, y me inclino a ser un poco creativo con el resto. Estaba usando a la nieta de la señora Gillespie para sacarle dinero. Tiene una historia de despiadada explotación de mujeres, y es probable que esté alimentando un hábito porque sus gastos exceden con mucho sus ingresos. Si no fuese así, no tendría que vivir como ocupa. Yo diría que su perfil psicológico es algo más o menos así: un psicópata adicto peligrosamente inestable, cuyo odio hacia las mujeres ha sufrido un cambio espectacular en fecha reciente que lo ha llevado de la manipulación brutal a la destrucción de las mismas. Será producto de un hogar deshecho y una educación insuficiente, y el miedo infantil a su padre regirá la mayoría de sus actos.

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