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El Clan De La Loba

Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:

Desde tiempos inmemoriales, los clanes de las brujas Omar han vivido ocultándose de las sanguinarias brujas Odish y esperando la llegada de la elegida por la profecía. Ahora los astros confirman que el tiempo está próximo.
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
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No se lo estaba imaginando. Lo oía con toda claridad. Tembló más aún. Una pequeña sombra se desplazó hacia la ventana. ¿Una rata? ¿Un hurón?

Con la rapidez de los quince años, Clodia encendió vertiginosamente la luz y sintió la mirada punzante de unos ojos clavados en los suyos. Fue un instante, una milésima de segundo antes de que el gato saltase por su ventana, pero fue suficiente para que Clodia sufriese un fuerte sobresalto y se llevase la mano al pecho para mitigar el dolor. Había sentido cómo la sangre se le helaba en las venas y bloqueaba su corazón. El mismo susto le impedía respirar. Poco a poco consiguió calmarse, pero no podía quitarse de la cabeza la mirada de los ojos de ese gato que se había colado en su armario. Le recordaba otros ojos con los que se había topado esa misma noche, en la playa, los ojos de una mujer que la había mirado fijamente.

Se levantó, cerró la ventana y vio el jersey. Efectivamente, el jersey de Anaíd estaba doblado sobre su cama. Y le venía como anillo al dedo. Se lo puso y notó un fuerte escozor en la piel, pero al mismo tiempo un calor intenso que la abrigaba y mitigaba el frío. Pensó que el picor era comprensible tratándose de un jersey de lana. Y la confortabilidad del abrazo cálido se impuso a la irritación que le causaba en la piel.

Se arrebujó entre las suaves sábanas y cayó profundamente dormida. No fue un sueño plácido ni ligero. No oyó nada. No vio nada. No se enteró del regreso de Anaíd, a media mañana, ni del revuelo que se armó en la casa, ni de las llamadas telefónicas, ni de la asombrosa historia que narró Anaíd. No oyó la respiración de Anaíd, que durmió una tarde y una noche a su lado tras haber pasado por la experiencia más extraordinaria de su vida.

Clodia soñó que unos ojos miraban dentro de ella y que lentamente se introducían en ella y hurgaban en los recodos de su corazón.

Ésa fue su pesadilla.

Anaíd aún no se había repuesto de su cansancio. Quizá no llegaría a reponerse nunca. Una vez Deméter le confesó que había cansancios emocionales que perduraban siempre. Ahora creía comprenderla, el suyo era de esa naturaleza.

Creerse muerta cuando en realidad estaba sobreviviendo a una tormenta marina encerrada en el cuerpo de un delfín le había producido un cansancio de tal índole que ni todas las horas de sueño del mundo conseguirían borrar.

Creerse traicionada por Valeria cuando en realidad Valeria era la oficiante y responsable de su iniciación había sido un descubrimiento trágicamente agotador.

Pero Valeria había convocado un coven y Anaíd no podía fallar. Ella era la excusa y el detonante. Los recientes sucesos que amenazaban a la comunidad Omar tenían sobre ascuas a los clanes etruscos y ya habían anunciado su llegada brujas del clan de la lechuza, la corneja, la orea y la serpiente procedentes de Palermo, Agrigento y Siracusa.

Ardían de curiosidad por conocer a la pequeña Tsinoulis, famosa, además de por ser la hija de la elegida, por su reciente proeza.

Aunque Valeria intentó mantenerlo en secreto, el chismorreo de las hembras delfín difundió la noticia y la transformación de Anaíd corrió de boca en boca como la pólvora. Todas deseaban asistir a su iniciación y aprovechar la oportunidad que les brindaba la niña para enfrentarse, con más datos, a la incertidumbre que las amenazaba desde que Selene desapareciera.

En la pequeña cala orientada a levante, Anaíd era el centro de todas las miradas. Las brujas no cesaban de llegar.

– ¿Dónde está la pequeña loba Tsinoulis?

Era la frase más repetida esa noche.

– Se parece a Deméter.

– No me recuerda para nada a Selene.

– Pobrecilla, perderlas a las dos.

Eran los comentarios que se suscitaban alrededor de Anaíd. Tras lo cual, la mayoría se la quedaba mirando. Algunas con disimulo, otras con esa franqueza propia de las personas maduras que se eximen del sentido del ridículo. Anaíd podía leer en sus entrecejos fruncidos la pregunta de cómo esa niña escuchimizada había conseguido transformarse en un delfín. Afortunadamente nadie se la formuló abiertamente. La respuesta hubiera sido decepcionante, pues ni ella misma sabía cómo lo consiguió. Y posiblemente no hubiera sabido regresar a su cuerpo sin la ayuda de Valeria, que acudió a la roca una vez amainó el temporal, acarició su piel húmeda y le dictó uno a uno los pasos que le permitieron volver a recuperar su forma humana. Anaíd no sabía si podría repetir su hazaña. Valeria tampoco.

Por fin, cuando la luna en cuarto creciente iluminó levemente el recodo sur de la cala, a buen recaudo del viento y las miradas indiscretas, Valeria encendió las velas y, actuando como oficiante, repartió los cuencos entre las invitadas. Luego las invitó a unirse a su canto y a su danza y a beber con ella.

Anaíd participó por vez primera en un coven y le pareció emocionante. Quizá por ser la protagonista de la fiesta, quizá por sentirse parte de esa comunión de voces y mentes que celebraban la alegría de verse y reconocerse, de saberse vinculadas y protegidas por el grupo.

Era la dicha de ser una Omar.

Y ése era también su lastre, puesto que aunque quisiera no escaparía nunca al férreo control de la comunidad.

La iniciación fue sencilla. Pan comido para Anaíd. Tal como le había vaticinado Clodia, tuvo que demostrar que era capaz de suspender una pluma en los aires, llenar de agua un cuenco vacío, encender un tronco seco y reverdecer su vara. Todo eso con la única ayuda de su voluntad y sus poderes, y ante la mirada atenta de todas. Pero Anaíd no se sintió intimidada. Había descubierto que parte del éxito de su magia dependía de su propia seguridad y también, cómo no, de su equilibrio emocional. La rabia, por ejemplo, podía ser un magnífico estimulante, pero nunca podría emprender una aventura mágica teniéndola por compañera.

Por fin fue saludada por cada una de las invitadas al coven. Valeria le hizo ofrenda de su pentáculo y Cornelia Fatta, importante matriarca del poderoso linaje Fatta y jefa del clan de las cornejas, le hizo entrega de su flamante atame, el cuchillo de dos filos que desde ese momento en adelante llevaría consigo y la ayudaría a cortar cuantas ramas, hierbas y raíces necesitara para preparar sus pociones, para trazar sus círculos mágicos y para defenderse.

La vieja Lucrecia, que a sus ciento un años aún participaba en los coven como matriarca de las serpientes, recitó una letanía sobre las piedras de luna que Anaíd lucía en su cuello como amuleto y, acariciándolas, confesó que sentía la mano de Deméter en ellas. Luego, la despojó de su ropa, la untó con cenizas de roble, el árbol sagrado, y la invitó a un baño purificador en el mar oscuro.

Al salir del agua Anaíd ya no era la misma. Ahora era una bruja. Una bruja iniciada que, excepcionalmente y a pesar de su pertenencia al clan de las lobas, había sido adoptada por las delfines de Valeria Crocce, apadrinada por las cornejas de Cornelia Fatta y las serpientes de Lucrecia Lampedusa. Anaíd se hallaba protegida por los tres elementos ajenos a su propia naturaleza. El agua, el aire y el fuego.

Todo era tan emocionante que Anaíd se sintió flaquear. El ritual, los cantos, la danza, los regalos y las pruebas la habían ido sumiendo en un estado de excitación constante.

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