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El Clan De La Loba

Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:

Desde tiempos inmemoriales, los clanes de las brujas Omar han vivido ocultándose de las sanguinarias brujas Odish y esperando la llegada de la elegida por la profecía. Ahora los astros confirman que el tiempo está próximo.
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
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CAPÍTULO XIX

Ritos de iniciación

Criselda se retorcía las manos con desesperación.

– Haz algo, tienes que hacer algo. Valeria simulaba controlar la situación, pero no había previsto la virulencia del temporal. El viento azotaba las persianas y la lluvia golpeaba los cristales con furia.

– Los augurios habían dicho que el día era favorable.

Criselda abrió la puerta de par en par; a duras penas podía sostenerla.

– ¿Favorable? ¿Esto es favorable?

Valeria empezó a temer haber errado en sus pronósticos. Era la peor tormenta que recordaba en los últimos tiempos.

– Una iniciación no puede interrumpirse. Una vez ha comenzado debe finalizar.

– Me importa más la vida de Anaíd que su iniciación. Si no se inicia en un clan de agua lo hará en un clan de fuego o de aire, pero haz el favor de recogerla de ahí.

Valeria miró su reloj.

– Fallan unas pocas horas para que amanezca. Cumplamos el ritual.

Criselda salió al porche.

– Si no lo haces ahora mismo, avisaré a la patrulla y daré parte de su desaparición.

Valeria cedió ante el empuje de Criselda. Recordó la sonrisa confiada de Anaíd, su sorpresa al ver por primera vez el mar, su fe ciega en ella y el estremecimiento que percibió cuando nombró a Selene. Y ahora, esa niña que acababa de perder a su madre se encontraba sola y abandonada en el mar, de noche y a merced del temporal.

Había sido una crueldad.

Las iniciaciones siempre eran duras, pero las novatas disponían de un período de aclimatación. En circunstancias normales Valeria habría abandonado a Anaíd tras un mes de navegación y buceo y tras poner a prueba su resistencia y sus recursos. Posiblemente se habría asesorado sobre los pronósticos meteorológicos en lugar de confiar simplemente en la lectura de unas vísceras.

Pero los augures de las llamas habían vaticinado un día excelente para la iniciación de Anaíd. ¿Se habrían equivocado? Los augures nunca mentían, pero ella podría haber confundido algún indicio y haber provocado una tragedia. Nadie la haría responsable. Esas cosas sucedían, podían suceder…

A veces ocurrían desgracias. No quiso acordarse, pero le vino a la memoria el caso de Julilla, la hija de Cornelia Fatta, que no pudo soportar la oscuridad de la gruta donde había quedado prisionera y murió al intentar buscar una salida. Se despeñó por una sima muy profunda y tardaron tres días en encontrar su cuerpo. Su madre, con gran entereza, aceptó la fatalidad y se consoló diciendo que la muerte de Julilla era un mal menor que había evitado una gran desgracia. Una bruja incapaz de soportar la incertidumbre ni de controlar sus impulsos no estaba capachada para administrarla magia. Una bruja que no soportaba pasar una noche en soledad, y en compañía de los elementos que la naturaleza le brindaba, quedaba desautorizada para ser iniciada. Sin embargo, Cornelia Fatta era una sombra de lo que fue y la muerte de su niña la acompañaría siempre.

Valeria pensaba todo eso mientras seguía a Criselda, quien, a pesar de sus piernas regordetas, llegó en un tiempo récord al puerto deportivo donde estaba anclado el velero. Parecía dispuesta a saltar dentro sin esperarla.

– ¡Espera, Criselda, espera, necesitaré ayuda!

Y Valeria lamentó no haber despertado a Clodia antes de salir a la carrera tras Criselda. Criselda era una marinera inepta, incapaz siquiera de mantener el equilibrio en

un lago de agua dulce. ¿Cómo pudo marearse esa mañana cuando las aguas parecían una balsa de aceite?

– No hay tiempo. Ya te ayudaré yo -respondió Criselda.

Y se la veía tan resuelta, tan convencida de sus posibilidades que Valeria se encogió de hombros y se dispuso a soltar el amarre. Pero una linterna la iluminó.

– Lo siento, está prohibido salir de puerto.

Valeria palideció.

– Sólo es una marejada gruesa.

– Olas de hasta tres metros, un pesquero encallado y una lancha que ha desobedecido nuestras órdenes y ha salido a mar abierto pilotada por una mujer. Hemos interrumpido el rescate hasta que amaine el temporal.

Valeria dejó caer la cuerda.

– Entendido… -balbuceó.

Imaginó las olas de tres metros barriendo el islote. Imaginó a Anaíd arrastrada por las aguas, su cuerpo flotando. Flun estaba avisada. Tenía órdenes de socorrerla en caso de peligro. Aunque… ¿quién podría sujetarse a los lomos de un delfín resbaladizo sobre olas de tres metros?

Criselda percibió su miedo y se compadeció de su culpabilidad. En lugar de acusarla le tomó una mano.

– Llamémosla.

– ¿Sabe responder a las llamadas?

– Ella misma llamó a Karen y la hizo regresar de Tanzania. No lo ha sabido nunca, pero lo hizo.

Criselda y Valeria unieron sus manos bajo la intensa lluvia y, amparándose en la oscuridad, lanzaron la llamada de sus mentes con tanta intensidad que la respuesta de Anaíd fue casi inmediata.

Estaba viva.

Y sin embargo, las dos, tras la constatación, se miraron estupefactas. La respuesta de Anaíd había sido dada a través de otra naturaleza. Criselda quiso confirmarlo.

– ¿Un delfín?

Valeria no daba crédito y asintió con la cabeza sin pronunciar una palabra. No había ninguna duda. La mente que había respondido a su llamada estaba ubicada en el cuerpo de un delfín. Pudo sentir sus aletas y sus escamas y pudo comprender su respuesta musical emitida en ondas.

– No ha bebido el brebaje.

– ¿Qué brebaje?

– El que permite la transformación.

Criselda recordó.

– ¿Estaba en tu cantimplora quizá?

– Sí.

– Lo bebió. Un sorbo.

Valeria pensaba deprisa. Criselda añadió:

– Pero yo me bebí casi un vaso.

Valeria no pudo aguantar la risa a pesar de lo dramático de la situación.

– No fastidies, entonces, entonces… en cualquier momento saldrás volando o reptando.

Criselda palideció.

– No puede ser tan fácil.

Valeria dejó de reír y se puso repentinamente seria.

– No lo es.

– ¿Entonces?

– No lo sé, Criselda, no sé cómo lo ha hecho. Nadie lo había conseguido hasta ahora.

Clodia llegó empapada poco antes del amanecer, pero quiso cerciorarse de que su habitación estuviese tranquila porque le había parecido ver una sombra tras los cristales. A lo mejor Valeria había acudido a cerrar los postigos y se había dado cuenta de su ausencia. A lo mejor esa mema de niña Tsinoulis había regresado antes de lo previsto y la había acusado de ausentarse por las noches. Fuese como fuese estaba helada y su habitación estaba vacía. Así pues saltó desde la ventana y dejó un charco de agua en el suelo de madera. Palpó a tientas la otra cama y al comprobar que Anaíd no dormía en ella encendió la luz de la mesilla.

En el suelo había las huellas mojadas de unos zapatos que no eran los suyos. Mierda. La habían descubierto. Sabía que tarde o temprano la descubrirían, lo extraño era que no hubiera sucedido todavía. Valeria había estado demasiado ocupada con las tareas del clan y los alborotos por no se sabía qué líos con las Odish. Y ahora, la llegada de la pequeña Tsinoulis había acabado de despistarla. A ella le iba estupendo, no había nada que deseara más durante aquellos días que pasar inadvertida y escapar de la vigilancia opresiva de su madre.

Se quitó la ropa chorreante y se dispuso a secarse el cabello y el cuerpo con una toalla seca. Al abrir el armario y extender la mano sintió una quemazón extraña. El armario estaba muy caliente, ardía, como si el aire caliente de la tarde se hubiese quedado encerrado ahí dentro. Cogió una toalla y cerró rápidamente las puertas con una cierta aprensión. Luego, mientras se secaba, consideró que la quemazón que había sentido en las palmas era producto del contraste de sus manos heladas con el calor súbito. Apagó la luz y se vistió con el camisón, pero era tan fino que continuaba temblando como una hoja. Se tapó con la delgada sábana de algodón sin entrar en calor. La ropa de su cama no estaba preparada para la contingencia de una noche otoñal. Aunque le había parecido ver un jersey sobre la cama de Anaíd… ¿Lo había visto? ¿O lo había imaginado? Mientras pensaba sobre la posibilidad de levantarse, coger el jersey y ponérselo, oyó el suave chirrido de las puertas del armario entreabriéndose.

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