La Trama China
- Автор: See Lisa
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Trama China». Краткое содержание книги:
– En la reunión que estuve, Sandy también dijo algo parecido. Creo que se refería al primitivismo.
– Quizá sea muy primitivo vivir al día, pero hace que las cosas estén muy claras. Las mujeres con las que trabajé saben que las están explotando. Las horas son muy largas. Las instalaciones en que viven son pésimas. El nivel de ruido de la fábrica es terrible. Buena parte de las tareas son peligrosas. Mira mis manos, David.
Claro que había visto la gasa que cubría la herida de la mano izquierda, pero el resto estaba arañado, lleno de costras y las uñas rotas y llenas de cortes.
– Pero esto no es nada -continuó-. Hoy, en la fábrica, una mujer sufrió un accidente grave. Perdió el brazo entero.
David esperaba que Hu-lan le hablara de la muerte de la mujer.
– El vigilante tenía razón -comentó incrédulo al ver que no decía nada-. Lo limpió todo y nadie se enteró de lo que había pasado.
– ¿De qué estás hablando?
– La mujer del accidente se tiró del tejado del edificio. Está muerta.
– ¿Por qué no me lo dijiste antes?
– Supuse que ya lo sabías. Imaginé que por eso estaban tan disgustada.
– Cuéntamelo todo -pidió Hu-lan.
– Estábamos en una reunión y llamaron a Sandy Newheart. Dijo que hiciéramos una pausa para tomar un café. Los Knight y él salieron y yo, al ver que no volvían, salí también y me los encontré con el cadáver.
– ¿Y?
– Nada. Un vigilante cubrió el cuerpo y se lo llevó. Nosotros volvimos a la sala de conferencias. El viejo Knight estaba bastante alterado, pero es un tipo duro, centrado, y seguimos con la reunión.
– David, háblame del cuerpo. ¿Dónde estaba con respecto al edificio? ¿Qué aspecto tenía exactamente?
– Oh, Hu-lan…
– David, por favor.
– Muy bien. -Suspiró y trató de recomponer la imagen en su mente-. Estaba en el suelo, claro.
– ¿Justo al lado del edificio? ¿Sobre los escalones? ¿Contra la pared?
– No; sobre la tierra. Diría que a dos o tres metros del edificio.
– ¿Qué aspecto tenía?
– ¿Tú qué crees? -resopló David-. Tenía la cabeza aplastada y había mucha sangre.
Hu-lan cerró los ojos y se reclinó en la silla.
– ¿De lado? ¿Boca arriba?
– Boca arriba.
Con los ojos aún cerrados, asintió con tristeza, como si ella misma hubiese visto el cuerpo.
– ¿Sabes lo que me dijo Cacahuete? Dijo que Xiao Yan, o sea, la pequeña Yan, la muerta, no volvería nunca más. Pensaba que estaba bromeando. Supuse que se refería a que las heridas eran tan graves que tendría que irse a casa. Pero ahora veo que hablaba de algo completamente diferente.
– No le busques un significado profundo a todo, Hu-lan.
Hu-lan lo miró.
– Sólo reacciono al o que has visto tú.
– Yo vi a una mujer que se tiró de un edificio y se mató.
– Míralo de la siguiente manera: una máquina le arranca el brazo a una mujer. Pierde mucha sangre. Probablemente está en estado de conmoción. No puede ni salir andando de la planta…
– Aarón Rodgers dijo que la llevó en brazos hasta su oficina, pero eso no significa que no pueda caminar.
– Te digo yo que no puede. -Hu-lan esperó que él volviera a contradecirla, pero como no lo hizo, continuó-. Se la lleva a alguna parte…
– A su oficina…
– Y va a buscar ayuda. -David asintió y Hu-lan prosiguió-. Ahora bien, ¿tú sugieres que Xiao Yan se levanta, sube un trecho de escalera, se las arregla para encontrar la salida al tejado, se acerca al borde del edificio y salta?
– Eso es lo que pasó.
– David, piensa en ese edifico. Si estuvieras en el techo de un primer piso y te tiraras, ¿crees que te matarías?
– Probablemente no, aunque podría romperme un tobillo -Sonrió, pero Hu-lan no le devolvió la sonrisa.
– ¿entonces caerías primero de pie?
– Sí, supongo.
– ¿Entonces cómo explicas el hecho de que Xiao Yan aterrizara a tres metros del edificio con la cabeza aplastada?
– ¿Qué estás sugiriendo?
– Que alguien la tiró -dijo Hu-lan.
David no estaba de acuerdo.
– Si uno salta, el cuerpo de inclina. Aunque ella se lanzara de pie, por fuerza después tuvo que caer hacia delante o tras. En esas circunstancias, la velocidad basta para causar el daño.
– Hace tres semanas Miao-shan, supuestamente, se suicidó. Hoy también se ha matado Xiao Yan. ¿No te parece extraño?
– Mira, es terrible lo que le pasó a Miao-shan, y también es muy triste lo de esa pobre chica de hoy, pero estás viendo asesinatos donde no hay más que suicidios. Son cosas trágicas, pero es así.
Otro día y quizá en otras circunstancias, Hu-lan lo habría escuchado de otra manera, pero en ese momento sólo veía su condescendencia.
Se puso de pie y se colgó el bolso del hombro.
– ¿Adónde vas? -le preguntó.
– Todavía no lo sé.
– Supongo que no vas a volver a la fábrica.
Los ojos de Hu-lan brillaron.
– ¿Me estás diciendo lo que puedo y no puedo hacer?
– Dijiste un día, y has estado allí dentro dos.
Ella lo miró enfadada y decepcionada.
– Eres abogado. Se supone que examinas las cosas con lógica. ¿Dónde tienes el cerebro, David?
– ¿Dices eso sólo porque no estoy de acuerdo contigo?
Hu-lan se encogió de hombros con indiferencia.
Él no supo de dónde le salieron las palabras que pronunció a continuación, pero se arrepintió nada más pronunciarlas.
– Te prohibo que vayas.
Ella le clavó una mirada fría.
– Tú no eres mi padre -dijo, y salió del restaurante.
12
Hu-lan, sin pensar, cogió un taxi y le dijo que la llevara a la parada del autobús a Da Shui. El taxista le dijo que el último autobús del día ya se había marchado, entonces ella le preguntó si él podía hacer el viaje.
– Usted es pequinesa -dijo el hombre mirando el retrovisor-. ¿Para qué quiere ir allí?
– Sé que cuando me mira sólo ve mi cara y mi ropa -respondió ella-, así que también sé que se da cuenta de que tengo dinero.
Esa respuesta le bastó. El conductor giró en redondo, pisó el acelerador y salió de la ciudad. Muy pronto dejaron atrás las luces de Taiyuan y sólo los faros del coche iluminaron la carretera desierta. Hu-lan contemplo la oscuridad y repasó una y otra vez la pelea con David. ¿Cómo se atrevía a decirle qué hacer? ¿Cómo podía ver a Cacahuete, May-li y Jin-gren como campesinas ignorantes y anónimas? ¿Cómo podía estar con alguien como él? Se sintió tan atrapada como el día en que David y Zai hablaban de las actividades de ella como si ella misma no estuviese presente.
En el cruce, Hu-lan le indicó que girara a la izquierda y poco después le dijo que parara. Le pagó la carrera y le dio una buena propina, pero el hombre la rechazó.
– Lo he visto en las películas americanas de la televisión y dicen que ahora en Pekín también dan propinas, pero no puedo aceptarla.
– Por favor, cójala -le dijo-. Antes le contesté mal porque estaba cansada. Espero que me perdone.
– ¡Ajá! Pensaba que me estaba mostrando los modales de la ciudad. Parece que los dos nos equivocamos. -El hombre escudriñó la negrura de los campos-. ¿Está segura de que quiere quedarse aquí?
Hu-lan asintió. El taxista se despidió y arrancó.
A lo lejos se veían las luces de Taiyuan. En la dirección opuesta, la electricidad que llegaba al pueblo de Da Shui era una prueba más modesta del alcance de la civilización. Pero fuera de esas dos suaves luminiscencias, la noche era negra como el carbón. Hu-lan caminó un trecho corto por la carretera y se internó por un sendero elevado. Al cabo de un rato llegó al pequeño terreno de Ling Su-chee.
Entró en el pequeño patio y se sorprendió de ver a Su-chee sentada en una silla baja de bambú charlando con un hombre. Parecía muy a gusto sentado sobre la tapa de metal del pozo. Su-chee lo presentó como un vecino, Tang Dan y a Hu-lan como a una vieja amiga.
– He conocido a su hija -dijo Hu-lan tratando de ocultar su malestar con los cumplidos de rigor.
Tang Dan dio la respuesta tradicional.
– Es desobediente y fea.
Miró a Hu-lan y ésta le sostuvo la mirada. Tenía cejas pobladas, ojos oscuros y una larga barba blanca desde el mentón. La tripa le abultaba la camisa y los pies calzados con sandalias se veían callosos y ásperos. El único parecido entre Tang Dan y su hija era la fuerza de la quijada.
– Siang está en la fábrica Knight -dijo Hu-lan-. Se encuentra bien.
– No estaba preocupado -respondió Tang Dan-. Este fin de semana, cuando vuelva a casa, la haré entrar en razones. El lunes ya no habrá ningún obstáculo y volverá a obedecer.