La Trama China
- Автор: See Lisa
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Trama China». Краткое содержание книги:
¿-Tú crees que alguien podría guardar un secreto por aquí? -bromeó-. Te digo una cosa: todas hemos planeado formas de marcharnos, pero sólo unas pocas han tenido el valor. Aquí son muy estrictos. Si te pillan, seguro que pierdes el trabajo. Por eso es más seguro quedarse en el complejo.
“Es más fácil esconderse. Incluso si te pillan después de que se apagan las luces, sólo te descuentan dinero. Por otro lado, si alguien ve a Tang Siang con el jefe, nadie va a decir nada.
Salieron al patio. El sol estaba bajo sobre el horizonte, pero el calor no disminuía.
– Qué extraño -murmuró Cacahuete-. Está enamorada del mismo chico con el que iba a casarse Ling Miao-shan. Y ahora va a hacerlo con el jefe Cara Roja.
– Cuando a una le meten la cabeza bajo el agua sólo quiere respirar -recitó Hu-lan-. Siang se siente atrapada, y como cualquier rata, haría cualquier cosa por ser libre.
– Eso no es para mí.
– Ni para mí -coincidió Hu-lan.
– Sin embargo, esta noche vas a intentar largarte del complejo. -Con los ojos de Cacahuete clavados en los suyos no podía mentir. La chica aceptó la noticia con una abrupta inclinación de cabeza y añadió-: Soy la persona nombrada para vigilar la habitación. Es mi debe denunciarte.
– Pero no lo harás.
– Nunca denuncié a Miao-shan, porque siempre me decía que si lo hacía, ella me denunciaría a mí aunque yo no hubiera hecho nada.
– Yo nunca te denunciaría, aunque me pillaran.
– Ten cuidado -le advirtió Cacahuete-. Ya te han dado una oportunidad. Es lo mismo que pasa cuando te lastimas. Si te haces daño en la mano, pero no mucho, entonces puedes quedarte… Pero si te lastimas más gravemente o más de una vez, desapareces. Lo mismo pasa cuando te escapas. Si te pillan, quizá te den otra oportunidad o quizás desaparezcas como las demás.
– Sólo iré a casa, a ver a mi familia.
– Quizá.
Hu-lan frunció el ceño y preguntó:
– Otras mujeres volvieron a casa con su familia, ¿no?
– Claro, he visto a algunas volver a los pueblo de los alrededores, ¿pero cómo quieres que sepa lo que les ha pasado a las chicas de los pueblos lejanos? La fábrica las contrató y les pagó el viaje desde lugares muy lejanos, ¿cómo quieres que sepa lo que pasa cuando quieren volver? Por lo que sé, esas chicas se largan a Pekín, o al sur a Guangzhou, o a los campos de por aquí y se mueren. No lo he visto. Lo único que digo es que si te metes en líos, desapareces. Si te haces daño como Xiao Yan hoy, desapareces para siempre.
– Si lo que dices es verdad, tendrías que denunciarlo al Departamento de Seguridad Pública -sugirió Hu-lan con tono fingidamente serio, pensando que las palabras de Cacahuete eran tan exageradas como las escapadas sexuales que había explicado antes.
– ¿Yo? ¡Ni hablar! -sonrió-. No te tomes todo tan en serio.
La mayoría de las mujeres ya había cruzado el patio y entrado en la cafetería.
– Bueno, si quiero irme será mejor que lo haga ahora -dijo Hu-lan. Se quitó la bata rosa y se la dio a Cacahuete-. Hasta mañana -se despidió, bajó la escalinata y se metió tranquilamente en medio de un numeroso grupo de hombres. Algunos la miraron con curiosidad, pero ninguno dijo una palabra.
La respiración de Hu-lan se hizo más agitada y empezó a palpitarle el corazón mientras esperaba que se abriera la puerta. Se dijo que no importaba que la cogieran, que no tenía nada que perder. Sin embargo, el miedo que sentía le hizo comprender por qué las mujeres de allí raramente hacían eso; el peligro de perder su trabajo, de encontrarse abandonadas a kilómetros de su hogar, era un riesgo demasiado grande. Cuando la puerta se abrió, Hu-lan se escondió en medio de la parte más espesa del gentío. Con una pared formada por cuerpos masculinos que la escudaban avanzó lo más tranquilamente que pudo hasta salir del complejo.
Cuando llegó al hotel, se escabulló por la entrada del personal, subió por el montacargas hasta el undécimo piso y llamó a la habitación. David la hizo entrar y la abrazó, pero Hu-lan se dio cuenta de que, por un instante, no la había reconocido. Fue al baño y al mirarse en el espejo vio que el pelo recién cortado se había soltado de las horquillas y tenía toda la cara sucia. Se metió en la ducha y se alegró de quitarse la mugre de la fábrica mientras el agua tibia le masajeaba los músculos doloridos. Cuando salió del cuarto de baño, lleva el pelo echado hacia atrás, un vestido de seda natural de color crudo sin mangas y un vendaje nuevo en la herida.
– ¿Quieres cenar en la habitación? -preguntó David mientras admiraba su transformación.
Hu-lan meneó la cabeza.
– Preferiría salir, especialmente si podemos ir caminando a alguna parte.
Bajaron a recepción y Hu-lan le pidió al conserje que le recomendara un restaurante, pero éste dijo que todos los restaurantes de Taiyuan era para las masas.
– Ustedes son sólo dos personas y el señor es extranjero -le dijo en mandarín-, será un inconveniente para los otros clientes. Es mejor que se queden aquí. Si realmente quieren salir y desean comer comida buena, puedo recomendarles el restaurante del hotel Hubin, especial para nuestros compatriotas del extranjero.
Como el conserje no los convenció con sus sugerencias (probablemente recibía propina de los cocineros de ambos hoteles) David y Hu-lan salieron por la puerta giratoria al sofocante aire de la noche, cruzaron la calle y decidieron arriesgarse en un restaurante pequeño, decorado con luces de Navidad. Hu-lan habló con el camarero sobre las especialidades y los ingredientes, y después hizo el pedido. David pidió una cerveza Tsingtao y Hu-lan optó por un té de crisantemo. Al cabo de unos minutos, el camarero volvió con una sopa de maíz tierno.
Tanto a David como a Hu-lan les habían pasado muchas cosas desde aquella mañana, pero primero empezaron a hablar de trivialidades. David le contó que la había buscado a la hora del almuerzo pero que no la había visto; ella, en cambio, sí lo había visto. Le dijo también que le había impresionado lo alegres que parecían las mujeres camino de la cafetería.
– Nos saludaban con la mano y nos llamaban -le dijo.
Hu-lan se sonrió pero no le contó lo que decían sobre Aarón Rodgers.
Llegó el camarero y, con una floritura, dejó tres platos: dados de pollo salteado con pimientos picantes, verduras estofadas con setas gigantes, y langostinos fritos primero con jengibre, ajo, cebolla y judías negras, y después sumergidos en manteca de cerdo, de modo que quedaran llenos de sabor por dentro y crujientes por fuera. Todo tenía un sabor estupendo, especialmente para Hu-lan, que hacía veinticuatro horas que no tomaba una comida decente.
– Bueno, cuéntame de la fábrica -dijo David al fin.
– Anoche, cuando te llamé, sólo había visto algunos lugares suficientemente agradables como para no salir corriendo -dijo dejando los palillos-. Pero las cosas son de la siguiente manera: hay agua corriente sólo una hora por la mañana y otra por la noche.
“Para tirar de la cadena, hay que sacar agua de una tina y echarla con un cubo en las letrinas. No hay agua caliente. Las duchas están tapadas, si es que se pueden llamar así, y seguramente no se limpian desde la inauguración de la fábrica, hace dos años. La comida tiene pelos dentro. No sé muy bien de qué animal. Y en cuanto a la planta de la fábrica en sí…
David la interrumpió.
– Eres una pequinesa que, casualmente, ha estudiado en una escuela privada de Connecticut. Siempre me hablas de la suciedad o el atraso, como en el viaje en tren o en el hotel de Datong. ¿Acaso no había agua caliente sólo dos horas por día?
– Hay una gran diferencia entre racional el agua caliente y no tener nada de agua corriente.
– ¿Para un campesino? Las mujeres que vi hoy parecían de lo más contentas. Seguro que es mejor trabajar en la fábrica, por muy precario que sea, que en el campo.
Hu-lan se sorprendió de su ignorancia.
– ¿Es que no me crees cuando te digo que nos engañan haciéndonos firmar un contrato que promete una cosa y da otra, o crees que como esas mujeres son campesinas deben estar agradecidas?
– No digo ninguna de las dos cosas, Hu-lan. Digo que estaban cantando, que a mí me parecieron contentas.
– Estoy segura de que eso decían también los amos de los esclavos en América -replicó irritada.
– Hu-lan…
– Pasé sólo un día trabajando hombro a hombro con dos mujeres. Puede que Siang y Cacahuete no hayan recibido la misma educación que tú o yo, pero saben mejor que nosotros cómo son las cosas.
– ¿No las estás idealizando?
Hu-lan reflexionó.
– No -dijo-, al contrario. Han vivido a merced de muchas cosas. Están muy ligadas a la tierra. ¿Sabes lo que eso significa para mí? Franqueza sin ambages.