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El Perfume – Historia De Un Asesino

Электронная книга - «El Perfume – Historia De Un Asesino». Краткое содержание книги:

Quizá los olores evoquen el privilegio de la invisibilidad. Antes del tacto, sucede el olor, como mensajero de una esencia que sabe desaparecer en el aire y ser agente de un gran poder. La seducción que despliega el olor es implacable: se instala en nosotros y sella su poderío en los tejidos de la memoria. Jean-Baptiste Grenouille tiene su marca de nacimiento: no despide ningún olor y por ello hace temer la presencia de algún demonio. Al mismo tiempo posee un don excepcional: un olfato prodigioso que le permite percibir todos los olores del mundo. Desde la miseria en que nace, abandonado al cuidado de unos monjes, Jean-Baptiste Grenouille lucha contra su condición y escala posiciones sociales convirtiéndose en un afamado perfumista. Crea perfumes capaces de hacerle pasar inadvertido o inspirar simpatía, amor, compasión… Para obtener estas fórmulas magistrales debe asesinar a jóvenes muchachas vírgenes, obtener sus fluidos corporales y licuar sus olores íntimos. Su arte se convierte en una suprema e inquietante prestidigitacion. Patrick Süskind, convertido en maestro del naturalismo irónico, nos transmite una visión ácida y desengañada del hombre en un libro repleto de sabiduría olfativa, imaginación y enorme amenidad. Su persuasión iguala la de su personaje y nos propone una inmersión literaria en el arco iris natural de los olores y en los turbadores abismos del espíritu humano.
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¿Después? ¿Qué haría después? No lo sabía. Quizá reanudaría su vida anterior, quizá se casaría, quizá engendraría un hijo, quizá no haría nada, quizá moriría. Sentía una indiferencia total. Pensar en ello se le antojaba tan insensato como pensar en lo que haría después de su propia muerte. Nada, claro. Nada que pudiera saber ahora.

49

La ejecución estaba fijada para las cinco de la tarde. Los primeros curiosos llegaron ya por la mañana y se aseguraron un lugar, llevando consigo sillas y taburetes, cojines, comida, vino y a sus hijos. Cuando la multitud empezó a acudir en masa desde todas las direcciones más o menos al mediodía, el Cours ya estaba tan atestado que los recién venidos tuvieron que acomodarse en los jardines y campos que formaban terrazas al otro lado de la plaza y en el camino de Grenoble. Los vendedores ya hacían un buen negocio, la gente comía y bebía, zumbaba y bullía como en un mercado. Pronto se congregó una muchedumbre de unos diez mil hombres, mujeres y niños, más que en la fiesta de la reina del jazmín, más que en la mayor de las procesiones, más que en cualquier otro acontecimiento celebrado en Grasse. Se habían encaramado hasta las laderas. Colgaban de los árboles, se acurrucaban sobre muros y tejados, se apiñaban en número de diez o de doce en las ventanas. Sólo en el centro del Cours, protegido por la barricada de la valla, como un recorte entre la masa de seres humanos, quedaba un espacio libre para la tribuna y el cadalso, que de repente parecía muy pequeño, como un juguete o el escenario de un teatro de títeres. Y se dejó libre una callejuela que iba desde la plaza de la ejecución a la Porte du Cours y se adentraba en la Rue Droite.

Poco después de las tres apareció monsieur Papon con sus ayudantes. Sonó una ovación. Subieron al cadalso el aspa hecha con maderos y la colocaron a la altura apropiada, apuntalándola con cuatro pesados potros de carpintero. Uno de los ayudantes la clavó. Cada movimiento de los ayudantes del verdugo y del carpintero era saludado por la multitud con un aplauso. Y cuando Papon reapareció con la barra de hierro, rodeó la cruz, midió sus pasos y asestó un golpe imaginario ya desde un lado, ya desde el otro, se oyó una explosión de auténtico júbilo.

A las cuatro empezó a llenarse la tribuna. Había mucha gente elegante a quien admirar, ricos caballeros con lacayos y finos modales, hermosas damas, grandes sombreros y centelleantes vestidos. Toda la nobleza de la ciudad y del campo estaba presente. Los miembros del concejo aparecieron en apretada comitiva, encabezados por los dos cónsules. Richis llevaba ropas negras, medias negras y sombrero negro. Detrás del concejo llegó el magistrado, precedido por el presidente del tribunal. El último en aparecer fue el obispo, en silla de manos descubierta, vestido de reluciente morado y tocado con una birreta verde.

Los que aún llevaban la cabeza cubierta, se quitaron la gorra. El ambiente adquirió solemnidad.

Después no sucedió nada durante unos diez minutos. Los notables de la ciudad habían ocupado sus puestos y el pueblo esperaba inmóvil; nadie comía, todos se mantenían a la espera. Papon y sus ayudantes permanecían en el escenario del cadalso como atornillados en sus puestos. El sol pendía grande y amarillo sobre el Este. Un viento templado soplaba de la cuenca de Grasse, trayendo consigo la fragancia de las flores de azahar. Hacía mucho calor y el silencio era casi irreal.

Por fin, cuando ya parecía que la tensión no podía prolongarse por más tiempo sin que estallara un grito multitudinario, un tumulto, un delirio colectivo o cualquier otro desorden, se oyó en el silencio el trote de unos caballos y un chirrido de ruedas.

Por la Rue Droite bajaba un carruaje cerrado tirado por dos caballos, el carruaje del teniente de policía. Pasó por delante de la puerta de la ciudad y apareció, visible ya para todo el mundo, en la callejuela que conducía a la plaza de la ejecución. El teniente de policía había insistido en esta clase de transporte, pues de otro modo no creía poder garantizar la seguridad del delincuente. No era en absoluto un transporte habitual. La prisión se hallaba apenas a cinco minutos de la plaza y cuando, por los motivos que fueran, un condenado no podía recorrer este corto trecho por su propio pie, se le llevaba en una carreta tirada por asnos. Nunca se había visto que un condenado fuera conducido a su propia ejecución en una carroza con cochero, lacayos de librea y séquito a caballo.

A pesar de esto, la multitud no se inquietó ni encolerizó, sino al contrario, se alegró de que sucediera algo y consideró la cuestión del carruaje como una ocurrencia divertida, del mismo modo que en el teatro siempre resulta grato que una pieza conocida sea presentada de una forma nueva y sorprendente. Muchos encontraron incluso que la escena era apropiada; un criminal tan terrible exigía un tratamiento fuera de lo corriente. No se le podía llevar a la plaza encadenado para descoyuntarlo y matarlo a golpes como a un ratero común. No habría habido nada sensacional en esto. En cambio, sacarle de la cómoda carroza para conducirle hasta la cruz sí que era un acto de crueldad muy original.

El carruaje se detuvo entre el cadalso y la tribuna. Los lacayos saltaron, abrieron la portezuela y bajaron el estribo. El teniente de policía se apeó, tras él lo hizo el oficial de la guardia y por último, Grenouille, vestido con levita azul, camisa blanca, medias de seda blancas y zapatos negros de hebilla. No iba esposado y nadie lo llevaba del brazo. Se apeó de la carroza como un hombre libre.

Y entonces ocurrió un milagro. O algo muy parecido a un milagro, o sea, algo igualmente incomprensible, increíble e inaudito que con posterioridad todos los testigos habrían calificado de milagro si hubieran llegado a hablar de ello alguna vez, lo cual no fue el caso, porque después todos se avergonzaron de haber participado en el acontecimiento.

Ocurrió que los diez mil seres humanos del Cours y las laderas circundantes se sintieron de improviso imbuidos de la más inquebrantable convicción de que el hombrecillo de la levita azul que acababa de apearse del carruaje "no podía ser un asesino". Y no es que dudaran de su identidad. Allí estaba el mismo hombre que habían visto hacía pocos días en la plaza de la iglesia, asomado a la ventana de la "Prèvatè", y a quien, si hubieran podido cogerlo, habrían linchado con el odio más enfurecido. El mismo que dos días antes había sido justamente condenado sobre la base de la más concluyente evidencia y de la propia confesión. El mismo cuya ejecución por parte del verdugo habían esperado todos con avidez un minuto antes. Era él, no cabía duda. Y sin embargo… no era él, no podía serlo, no podía ser un asesino. El hombre que estaba en el lugar de la ejecución era la inocencia en persona. En aquel momento lo supieron todos, desde el obispo hasta el vendedor de limonada, desde la marquesa hasta la pequeña lavandera, desde el presidente del tribunal hasta el golfillo callejero.

También Papon lo supo. Y sus puños, que aferraban la barra de hierro, temblaron. De repente sintió debilidad en sus fuertes brazos, flojedad en las rodillas y una angustia infantil en el corazón. No podría levantar aquella barra, jamás en toda su vida sería capaz de descargarla contra un hombrecillo inocente, oh, temía el momento en que lo subieran al cadalso.

Se estremeció. El fuerte, el grande Papon tuvo que apoyarse en su barra asesina para que las rodillas no se le doblaran de debilidad.

Lo mismo sucedió a los diez mil hombres, mujeres, niños y ancianos reunidos allí: se sintieron débiles como doncellas que ceden a la seducción de su amante. Les dominó una abrumadora sensación de afecto, de ternura, de absurdo cariño infantil y sí, Dios era testigo, de amor hacia aquel pequeño asesino y no podían ni querían hacer nada contra él. Era como un llanto contra el cual uno no puede defenderse, como un llanto contenido durante largo tiempo, que se abre paso desde el estómago y anula deforma maravillosa toda resistencia, diluyendo y lavando todo. La multitud ya era sólo líquida, se había diluido interiormente en su alma y en su espíritu, era sólo un líquido amorfo y únicamente sentía el latido incesante de su corazón; y todos y cada uno de ellos puso este corazón, para bien o para mal, en la mano del hombrecillo de la levita azuclass="underline" lo amaban.

Grenouille permaneció varios minutos ante la portezuela abierta del carruaje, sin moverse. El lacayo que estaba a su lado se había puesto de hinojos y se fue inclinando cada vez más hasta adoptar la postura que en Oriente es preceptiva ante el sultán o ante Alá. E incluso en esta actitud temblaba y se balanceaba y hacía lo posible por inclinarse más, por tenderse de bruces en la tierra, por hundirse, por enterrarse en ella. Hasta el otro confín del mundo habría querido hundirse como prueba de sumisión. El oficial de la guardia y el teniente de policía, ambos hombres de impresionante físico, cuyo deber habría sido ahora acompañar al condenado al cadalso y entregarlo al verdugo, ya no eran capaces de ningún movimiento coordinado. Llorando, se quitaron las gorras, volvieron a ponérselas, las tiraron al suelo, cayeron el uno en brazos del otro, se desasieron, agitaron como locos los brazos en el aire, se retorcieron las manos, se estremecieron e hicieron muecas como aquejados del baile de san Vito.

Los notables de la ciudad, que se encontraban un poco más lejos, demostraron su emoción de modo apenas más discreto. Cada uno dio rienda suelta a los impulsos de su corazón. Había damas que al ver a Grenouille se llevaron los puños al regazo y suspiraron extasiadas; otras se desmayaron en silencio por el ardiente deseo que les inspiraba el maravilloso adolescente (porque como tal lo veían). Había caballeros que saltaron de su asiento, volvieron a sentarse y saltaron de nuevo, respirando con fuerza y apretando la empuñadura de su espada como si quisieran desenvainarla, y apenas iniciaban el ademán, volvían a guardarla con ruidoso rechinamiento de metales; otros dirigieron en silencio los ojos al cielo y juntaron las manos como si orasen; y monseñor, el obispo, como si tuviera náuseas, inclinó el torso y se golpeó la rodilla con la frente hasta que la birreta verde le resbaló de la cabeza; y no es que sintiera náuseas, sino que se entregó por primera vez en su vida a un éxtasis religioso, porque había ocurrido un milagro ante la vista de todos, el mismo Dios en persona había detenido los brazos del verdugo al dar apariencia de ángel a quien parecía un asesino a los ojos del mundo. Oh, que algo semejante ocurriera todavía en el siglo XVIII. Qué grande era el Señor. Y qué pequeño e insignificante él mismo, que había lanzado un anatema sin estar convencido, sólo para tranquilizar al pueblo. Oh, qué presunción, qué poca fe. Y ahora el Señor obraba un milagro. Oh, qué maravillosa humillación, qué dulce castigo, qué gracia, ser castigado así como obispo de Dios.

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