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El Perfume – Historia De Un Asesino

Электронная книга - «El Perfume – Historia De Un Asesino». Краткое содержание книги:

Quizá los olores evoquen el privilegio de la invisibilidad. Antes del tacto, sucede el olor, como mensajero de una esencia que sabe desaparecer en el aire y ser agente de un gran poder. La seducción que despliega el olor es implacable: se instala en nosotros y sella su poderío en los tejidos de la memoria. Jean-Baptiste Grenouille tiene su marca de nacimiento: no despide ningún olor y por ello hace temer la presencia de algún demonio. Al mismo tiempo posee un don excepcional: un olfato prodigioso que le permite percibir todos los olores del mundo. Desde la miseria en que nace, abandonado al cuidado de unos monjes, Jean-Baptiste Grenouille lucha contra su condición y escala posiciones sociales convirtiéndose en un afamado perfumista. Crea perfumes capaces de hacerle pasar inadvertido o inspirar simpatía, amor, compasión… Para obtener estas fórmulas magistrales debe asesinar a jóvenes muchachas vírgenes, obtener sus fluidos corporales y licuar sus olores íntimos. Su arte se convierte en una suprema e inquietante prestidigitacion. Patrick Süskind, convertido en maestro del naturalismo irónico, nos transmite una visión ácida y desengañada del hombre en un libro repleto de sabiduría olfativa, imaginación y enorme amenidad. Su persuasión iguala la de su personaje y nos propone una inmersión literaria en el arco iris natural de los olores y en los turbadores abismos del espíritu humano.
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El año anterior, en la época de los asesinatos, aún no había sentido nunca tan fatales tentaciones. El hechizo que su hija ejercía entonces sobre él era -o al menos eso le parecía- un mero encanto infantil. Y por ello nunca temió en serio que Laure pudiera ser víctima de aquel asesino que, como era sabido, no atacaba a niñas ni a mujeres, sino exclusivamente a doncellas púberes. Sin embargo, reforzó la vigilancia de su casa, hizo colocar nuevas rejas en las ventanas del piso superior y ordenó a la camarera que compartiera el dormitorio con Laure. Pero se resistía a mandarla lejos, como hacían los hombres de su clase con sus hijas e incluso con toda su familia. Encontraba tal proceder despreciable e indigno de un miembro del concejo y del Segundo Cónsul, quien en su opinión debía dar a sus conciudadanos ejemplo de serenidad, valor y tenacidad.

Además, era un hombre a quien no gustaba que nadie influyera en sus decisiones, ni una multitud dominada por el pánico ni, menos aún, un criminal anónimo y repugnante. Y por esto fue uno de los pocos habitantes de la ciudad que, durante aquel horrible período, fue inmune

contra el miedo y conservó la sangre fría. Ahora, extrañamente, esto cambió. Mientras en las calles la gente celebraba, como si ya hubieran ahorcado al asesino, el fin de sus crímenes y olvidaba aquellos terribles días, el miedo se introdujo en el corazón de Antoine Richis como un espantoso veneno. Durante mucho tiempo no quiso confesarse a sí mismo que era el miedo lo que le incitaba a postergar viajes muy urgentes, a abandonar la casa de mala gana y a acortar visitas y reuniones a fin de regresar a casa lo antes posible. Se justificó ante sí mismo achacándolo a una indisposición pasajera y al exceso de trabajo, aunque admitiendo al mismo tiempo que estaba un poco preocupado, como lo está cualquier padre que tiene una hija en edad de casarse, una preocupación totalmente normal… ¿Acaso no había cundido ya en el exterior la fama de su belleza? ¿Acaso no se estiraban ya los cuellos cuando la llevaba los domingos a la iglesia? ¿No le hacían ya insinuaciones ciertos caballeros del concejo, en nombre propio o en el de sus hijos…?

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Pero un día de marzo, Richis vio desde el salón que Laure salía al jardín con un vestido azul sobre el que se derramaba la cabellera rojiza, encendida por el sol; nunca la había visto tan hermosa. Desapareció detrás de un seto y quizá tardó en reaparecer dos latidos más de los que él esperaba… y tuvo un susto de muerte porque durante aquellos dos latidos pensó que la había perdido para siempre.

Aquella misma noche le despertó una pesadilla espantosa de cuyo contenido no podía acordarse, pero que había tenido que ver con Laure, y se precipitó hacia su dormitorio, convencido de que estaba muerta, de que había sido asesinada, violada y su cabellera cortada mientras dormía… y la encontró sana y salva.

Volvió a su aposento bañado en sudor y temblando de excitación, no, no de excitación, sino de miedo; por fin se confesó a sí mismo que había sentido miedo y al aceptar este hecho, se tranquilizó y sus ideas se aclararon. Si debía ser sincero, nunca había creído en la efectividad del anatema episcopal, ni tampoco que el asesino se encontraba ahora en Grenoble; ni siquiera creía que hubiese salido de la ciudad. No, seguía viviendo aquí, entre los habitantes de Grasse, y volvería a atacar tarde o temprano. Richis había visto en agosto y septiembre algunas de las muchachas asesinadas. La visión le horrorizó y -tenía que admitirlo- fascinó al mismo tiempo, porque todas eran, cada una a su manera especial, de una belleza extraordinaria.

Nunca habría creído que en Grasse hubiera tantas bellezas desconocidas. El asesino le abrió los ojos; se trataba, sin duda, de un hombre con un gusto exquisito. Y tenía un sistema. No sólo todos los asesinatos habían sido perpetrados metódicamente, sino que la elección de las víctimas revelaba una intención planeada casi con economía. Era cierto que Richis no sabía "qué" codiciaba realmente de sus víctimas el asesino, ya que lo mejor de ellas, la belleza y el encanto de la juventud, no podía habérselo arrebatado… ¿o sí? En cualquier caso, tenía la impresión de que el asesino no era, por absurdo que pudiera parecer, un espíritu destructivo, sino un coleccionista minucioso. Si por ejemplo -pensó Richis-, se imaginaba uno a las víctimas no como individuos, sino como parte de un principio más elevado, y fundía idealmente sus cualidades respectivas en un conjunto único, la imagen dada por semejante mosaico tenía que ser la imagen misma de la belleza, y el hechizo desprendido por ella ya no sería de índole humana, sino divina. (Como vemos, Richis era un hombre de mente liberal que no se detenía ante conclusiones blasfemas, y aunque no pensaba en categorías olfatorias, lo hacía en categorías ópticas, por lo que se aproximó mucho a la verdad).

Suponiendo -siguió pensando Richis- que el asesino fuera un coleccionista de belleza y trabajara en el retrato de la perfección, aunque sólo fuera en la fantasía de su cerebro enfermo; y suponiendo además que fuese un hombre del gusto más refinado y el método más perfecto, como parecía ser el caso, era inevitable deducir que no renunciaría a la pieza más valiosa que podía encontrarse en la tierra: la belleza de Laure. Todos los asesinatos anteriores no tenían ningún valor sin el de ella; Laure era la última piedra de su edificio.

Mientras sacaba estas espantosas conclusiones, Richis estaba sentado en la cama, en camisón, extrañado de la propia serenidad. Ya no se estremecía ni temblaba. El miedo indefinido que le invadiera durante semanas se había evaporado, cediendo el paso a la conciencia de un peligro concreto: todos los esfuerzos y afanes del asesino iban dirigidos a Laure desde el principio, esto era evidente. Todos los demás asesinatos eran accesorios del último y definitivo: el asesinato de Laure. Era cierto que aún no estaba claro el móvil material de los crímenes, ni si tenían alguno, pero Richis había intuido lo esencial, el método sistemático y el móvil ideal del asesino. Y cuanto más reflexionaba sobre ello, más acertados le parecían ambos y mayor era su respeto por el criminal, un respeto, claro está, que rebotaba en un espejo y se reflejaba en él mismo, ya que al fin y al cabo era él, Richis, quien con su astuta mente analítica había desenmascarado al enemigo.

Si él, Richis, fuera un asesino y estuviera poseído de las mismas ideas morbosas de aquel asesino en particular, no habría podido proceder de manera distinta y, como él, habría resuelto coronar a toda costa su obra de demente con el asesinato de Laure, la única. la maravillosa.

Esta última idea se le antojó muy buena. El hecho de que estuviera en situación de ponerse mentalmente en el lugar del futuro asesino de su hija le daba una gran superioridad sobre él, porque una cosa era cierta: por inteligente que fuera, el asesino no estaba en situación de ponerse en el lugar de Richis, aunque sólo fuese porque no podía imaginar que Richis se había puesto ya en su lugar, es decir, en el del asesino. En el fondo, ocurría lo mismo que en el mundo de los negocios… salvando las distancias, claro. Uno tenía siempre cierta superioridad sobre un competidor cuyas intenciones hubiera adivinado; en lo sucesivo, ya no se dejaría engañar, no cuando uno se llamaba Antoine Richis, conocía todos los trucos y poseía un espíritu luchador.

Al fin y al cabo, el negocio de perfumería más importante de Francia, su riqueza y el cargo de Segundo Cónsul no le habían bajado del cielo, sino que los había ganado luchando, porfiando, intuyendo a tiempo los peligros, adivinando los planes de los competidores y adelantándose a ellos. Y lograría también alcanzar sus metas futuras, el poder y la nobleza de sus descendientes, y desbaratar asimismo los planes de aquel asesino, su rival por la posesión de Laure, aunque sólo fuese porque Laure era igualmente la última piedra del edificio de sus propios planes. El la amaba, ciertamente, pero también la necesitaba. Y lo que necesitaba para la realización de sus más altas ambiciones no se lo dejaría arrebatar por nadie, lo defendería con uñas y dientes.

Ahora se sentía mejor. Desde que había conseguido trasladar sus reflexiones nocturnas sobre la lucha con el demonio al terreno de una transacción comercial, le animaba un valor renovado, incluso un poco temerario. Se había esfumado el resto de temor, desvanecido el desaliento y la sombría preocupación que le habían atormentado como a un viejo senil y tembloroso, evaporado la niebla de tristes presagios en la que se había movido a tientas durante semanas. Ahora se encontraba en terreno conocido y se sentía capaz de afrontar cualquier reto.

43

Aliviado, casi satisfecho, saltó de la cama, tiró del cordón de la campanilla y ordenó al criado, que entró medio dormido, que empaquetara ropas y provisiones porque pensaba viajar al amanecer hacia Grenoble en compañía de su hija. Entonces se vistió y sacó de la cama al resto de la servidumbre.

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