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Электронная книга - «Miedo A Los Cincuenta». Краткое содержание книги:

Este libro de memorias está escrito a los cincuneta años, punto de inflexión de la existencia. Y es también el testimonio de varias décadas fundamentales en la historia de las mujeres. El sentido del humor y el ingenio con que Erica Jong levanta acta de los logros obtenidos por las mujeres desde la eclosión del feminismo a finales de los sesenta y principios de los setenta han convertido esta inusitada autobiografía en un verdadero éxito mundial. Miedo a los cincuenta encierra la vida de una generación de mujeres educadas para ser como Doris Day cuando fueran mayores y que ahora tienen que educar a sus hijas en los tiempos de Madonna y las Spice Girls.
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Cuanto más deseo sentía, más escribía. El deseo es una emoción esencial para el poeta.

¿Es el deseo espiritual o sexual? ¿Quién dice que no son la misma cosa? Rumi y Kabir y la mayoría de los poetas persas los ven como aspectos de lo mismo; pero entonces, claro, los persas inventaban el amor. Eloísa y Abelardo descubrieron lo cerca que estaban, para tener que lamentarlo infinitamente. Sólo el puritanismo protestante ha construido una pared entre el deseo físico y el deseo de Dios.

En las clases de Mark, deseaba a Dios en un hombre, y en las clases de Stanley a un hombre en Dios. Sentía menos miedo hacia Stanley que hacia Mark. Stanley era próximo, Mark era distante. A los veintisiete años, encontraba la lejanía más sexy. Incluso mi marido de entonces era gélido y distante. Yo no podía imaginar a un amante que no fuera como mi marido, algo que ocurre con más frecuencia de lo que nos molestamos en admitir.

Ese primer año, una vez vuelta de Alemania, no faltaba ni una semana al «Y» de la calle 92. El sabor poético de la sesión semanal atraía toda mi atención. También asistía a festivales de poesía, cafés de poetas y bares de poetas.

Estaba enamorada de la poesía, pensaba que podía vivir del aire. Al estar enamorada de la poesía, creía que podía vivir con Allan.

Cuando Yehuda Amichai, el poeta israelí, vino a Nueva York, leímos poemas juntos en Dr Generosity's, pasamos el sombrero, reunimos 121 dólares, la mayor parte en calderilla. Nos lo dividimos, de acuerdo ambos en que era el dinero mejor ganado por ninguno de los dos. Y todavía lo es.

Dr Generosity's era una cervecería oscura, llena de serrín y cáscaras de cacahuete. Asistían poetas, gente que quería escribir poesía, y tipos tristes. También locos. Las lecturas de poesía siempre estaban bien provistas de locos. Uno de ellos amenazó con pegarme un tiro antes de una de mis lecturas en Filadelfia. Me había escrito una carta de amor que yo no contesté. Le hervía la sangre y prometió vengarse. No puede haber sido una atracción fataclass="underline" todavía sigo aquí.

La verdad: en Norteamérica nadie se molesta en matar poetas. Basta con enterrarlos en las universidades. Muertos en vida.

Fue una época de festivales de mujeres poetas. Carolyn Kizer y yo nos pusimos en route hacia uno. íbamos sentadas justo detrás del conductor. Carolyn inició un monólogo maravilloso sobre la vida como poeta. Yo estaba orgullosa de ser su confidente.

– Y entonces despertó, ¡con Norman Mailer sentado encima de su cara! -dijo al final del largo relato.

El autobús casi se sale de la carretera.

Conocí al fogoso y siniestro Ted Hughes después de su lectura en el «Y» de la calle 92. En mi ejemplar de Cuervo escribió: «A una hermosa sorpresa, Erica Poética». Luego llenó la mitad de la página del título con una serpiente fálica enroscada a un nuevo poema sobre Cuervo.

«Un hombre no se expresa en las inscripciones de las lápidas» -dijo el Dr. Johnson. Pero los poetas muchas veces quedan al descubierto en las dedicatorias de sus libros.

Fui a cenar con Ted (y los que estaban con él) y pasamos toda la noche intercambiando miradas. Por entonces, Ted Hughes tenía reputación en los círculos feministas de ser un castigador, o de hecho el diablo encarnado. Eso sólo le hacía más excitante. Me humedecí toda, imaginando al guapo y corpulento autor de Cuervo en la cama. Luego huí en un taxi; luchaba contra mis fantasías. Sylvia Plath y Assia Gutmann aparecían ante mis ojos como espectros de Shakespeare, advirtiéndome. Yo sabía que quería escribir y vivir, no escribir y morir.

¿Por qué era siempre el morir el destino de las mujeres poetas? ¿Nos castigábamos por atrevernos a tomar la pluma? ¿Por qué tratábamos de terminar con la vida por atrevernos a eso? ¿Habíamos internalizado el papel de quien recibe el castigo en el juego? Pues incluso entonces yo no creía que el suicidio de Sylvia Plath fuera algo elegido por alguien que, en definitiva, no fuera ella misma. Con todo, comprendía lo difícil que era ser una mujer poeta en un mundo literario en el que las reglas las establecían los hombres.

En Chicago, en una fiesta de la revista Poetry, tuve un ligue con un joven poeta sureño muy guapo (cuyo nombre no diré por la remota posibilidad de que todavía siga con su mujer). Este poeta escribía sobre su búsqueda de sí mismo, su intenso deseo de amar, las muchas frustraciones de su interminable matrimonio, su inacabable y nunca realizado deseo.

El deseo formaba parte de mí misma. Conque fuimos al apartamento de Lake Shore Drive de uno de los que financiaban el festival de poesía (a todos los poetas nos instalaban en las habitaciones del servicio de aquellas lujosas mansiones), pasamos por delante de los Jasper Johns, los Motherwell, los Rothko, los Frankenthaler, los Nevelson, los Calder, los Rosenquist, los Dine, y cruzamos la cocina hacia la habitación del servicio donde nos pasamos la noche entera haciendo el amor. Al amanecer, despertamos (como debido a una explosión) y dimos un paseo junto al lago Michigan. En cualquier caso no considerábamos que los ricos estuvieran contentos de que estuviéramos en su casa. Y de repente nos sentíamos llenos de culpabilidad con respecto a nuestros cónyuges.

De vuelta a casa, le escribí poemas -o a quienquiera que representara-, y él me escribió poemas -o a quienquiera que representara yo-. Mantuvimos correspondencia durante un tiempo. Todavía nos mandamos libros cariñosamente dedicados.

Esos encuentros en cierto modo impulsaron mis dos primeros volúmenes de poemas. También llevaron inevitablemente a Miedo a volar. «La musa folla» -solía bromear yo. Descolocante pero cierto. En La diosa blanca, Robert Graves dice que la auténtica poesía surge de la relación entre la musa (la diosa blanca) y el poeta. Eso se apoya en el conocimiento erótico de ella, encarnada en una mujer terrenal, por parte del poeta. Graves siguió su teoría con creciente desesperación según envejecía. Por fin, se convirtió en una parodia de su identidad de joven. Henry Miller hizo algo parecido, aunque sólo en el área del «amor». Cuando no estaba siendo un sabio, estaba siendo un viejo macho cabrío: la sabiduría codo a codo con el espectáculo de variedades más chabacano. Muchos poetas viejos encuentran que tienen que poner en marcha la poesía con el «amor». Lo que se produce de modo natural en la juventud es la decepción definitiva de la edad.

La musa, para una mujer poeta, históricamente ha sido un aventurero masculino. Adonis, Orfeo, Ulises. Como una mujer poeta también encuentra la inspiración por medio del plexo solar, la prohibición contra la sexualidad de las mujeres nos ha hecho tanto daño en la creación como en nuestros placeres.

Había muchísimas musas masculinas en aquellos días. Habitualmente yo dejaba que siguieran siendo sagradas al no «conocerlas» carnalmente. Y de las que me follaba, huía enseguida, convirtiéndolas en colegas de pluma.

Buscaba inspiración, no una relación, fueran quienes fueran. Lo único que podía mantener con ellos eran relaciones muy pasajeras. Tenía que volver a casa enseguida y escribirlo todo. Aquélla era, después de todo, la cuestión. Además, no quería que me decepcionara un hombre mortal. Quería una musa masculina que, por definición, sólo aparece en momentos de éxtasis y nunca tiene oportunidad de decepcionar. Es el príncipe que se puede convertir en sapo si le besas, el Ulises que puede volverse cerdo. Si no te quedas mucho, nunca lo sabrás. Y tendrás el poema.

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