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Электронная книга - «Miedo A Los Cincuenta». Краткое содержание книги:

Este libro de memorias está escrito a los cincuneta años, punto de inflexión de la existencia. Y es también el testimonio de varias décadas fundamentales en la historia de las mujeres. El sentido del humor y el ingenio con que Erica Jong levanta acta de los logros obtenidos por las mujeres desde la eclosión del feminismo a finales de los sesenta y principios de los setenta han convertido esta inusitada autobiografía en un verdadero éxito mundial. Miedo a los cincuenta encierra la vida de una generación de mujeres educadas para ser como Doris Day cuando fueran mayores y que ahora tienen que educar a sus hijas en los tiempos de Madonna y las Spice Girls.
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Después de una estancia en mi propio Tercer Reich, estaba preparada para la protesta. El 26 de agosto de 1970 participé con mis hermanas en una manifestación en Central Park que celebraba los derechos de la mujer y criticaba los errores de la mujer. La esperanza se imponía. Esperábamos nada menos que cambiar el mundo, y al instante.

Para cuando mi primer libro de poemas, Frutas y verduras, salió en 1971, la segunda ola del feminismo estaba rompiendo contra nuestras orillas. La mujeres volvían a ser actualidad, y el sexo volvía a ser actualidad. Pero no durante mucho tiempo.

Yo había vuelto de la gris y lluviosa Alemania a un mundo brillante que casi no reconocía. En las calles de Nueva York: peinados afros, pantalones de campana, chaquetas Nehru, camisetas desteñidas, zapatos de plataforma, joyas Zuni, el olor a marihuana, cintas en el pelo para sujetar cerebros que estallaban… El mundo se había vuelto loco mientras yo estaba en Heidelberg aprendiendo a escribir. Quería enloquecer con él.

La extravagancia en el vestir era algo que conocía por la ropa que le gustaba a mi madre, una ropa que podía convertirse en un disfraz para quienes posaban para sus retratos. Y la insensatez era algo incipiente en mi época del Music amp; Arts. Entonces me vestía de beatnik, pero luego había tomado la decisión de vestirme como una universitaria formal en la facultad. Como mis padres habían sido unos bohemios en los años treinta, mi primera rebelión consistió en ser una estrecha. Me había convertido en una «buena esposa» (que le preparaba arroz hervido a su marido chino-norteamericano). Había reprimido mi rebeldía. [Ahora lo que más quería de todo era ser mala!

Había habido anticipos de mi locura fin de sixties en Heidelberg. Fumé hachís en las fiestas de los estudiantes y me habría gustado no estar casada. Vi a los estudiantes tirar adoquines, imitando a los parisinos, mientras entonaban Ho Ho Ho Chi Min, Ho Ho Ho ChiMin (con acento alemán), al manifestarse por la Hauptstrasse. Pero no era mi cultura, y según los parámetros de Nueva York, Heidelberg era tan provinciana como un pueblo del Medio Oeste.

Los estudiantes alemanes de los años sesenta protestaban contra sus padres nazis; los estudiantes norteamericanos protestaban contra sus padres de la II Guerra Mundial. (¿Quién creyó de verdad que Vietnam era lo mismo que el País del sol naciente?) Se imponía una guerra de generaciones. Importaba poco si tus padres habían sido nazis o no, bastaba con que fueran padres. Y había que aplastar a los padres.

Llamábamos Amerika a nuestro país. ¿Cuál era nuestro país? ¿Woodstock? ¿Haight-Ashbury? ¿La beatlemanía? ¿El ecologista The Whole Earth Catalog? ¿El bosque de Arden, con abalorios del amor? La marihuana era nuestra arma, lo mismo que el pelo largo, lo mismo que el sexo. ¿Que nuestros padres se habían instalado y tenido hijos después de su guerra? Muy bien, pues entonces nosotros nunca nos instalaríamos. Tendríamos sexo, sexo, sexo, ¡y nos negábamos a hacernos mayores! Seguíamos a nuestros líderes; o al menos, a los cantantes solistas que nos gustaban: Allyou needis love, love, love…

En 1969-70 volví a la Universidad de Columbia, esta vez a la School of Arts, para estudiar poesía. También volví a dar clases en el City College, como modesta auxiliar, luego como modesta ayudante, sans seguro de enfermedad, sans seguridad en el trabajo, sans nada. Llegué a querer a mis alumnos. Me vi impulsada a tumbarme con ellos en las calles del West Side para protestar por la matanza de Kent State. Mirando al cielo, nos extendimos sobre el alquitrán de Amsterdam Avenue cerca de la funeraria de Riverside.

Los cadáveres muriéndose porque los enterrasen, y nosotros impidiendo el paso de los coches fúnebres. Nunca olvidaré a los policías dando vueltas a nuestro alrededor y los semáforos poniéndose en verde, luego en rojo, luego en verde, luego en rojo, mientras nosotros seguíamos con aquel silencioso velatorio en el exterior de la funeraria. Hasta la muerte se detenía por nosotros.

Acababa de encontrarme con el mundo feliz de «Matriculación abierta» del City College. Estudiantes brillantes a quien nadie se había molestado nunca en enseñar a leer y escribir, estudiantes no tan brillantes que en definitiva demostraron que nunca aprenderían; nos los mandaron para que los educáramos. Las enseñanzas ocasionales de la universidad enfurecieron a los profesores de plantilla, lo que era raro, porque ellos no tenían que impartirlas. Nos tenían a nosotros para eso.

Unas veces la cosa era divertida, otras veces era imposible. Los mejores ratos los pasaba siempre con mis alumnas mayores: las amas de casa y las oficinistas que venían a los cursos nocturnos. Entendían que Otelo matara a Desdémona en un arrebato de celos, o que lady Macbeth incitara a Macbeth a que se manchara las manos de sangre. Por entonces ya habían visto a muchos Otelo y lady Macbeth. Podían relacionar fácilmente a Shakespeare con la vida en el gueto. Aquellas estudiantes eran supervivientes. Las había atrapado el estudio.

– Miss Mann -decían-, ¿en todas las obras literarias hay tanto sexo?

Los estudiantes burgueses de los cursos diurnos del Bronx ni siquiera se molestaban en preguntar.

En la School of Arts de la Universidad de Colum-bia me sentí inmediatamente atraída por mis dos profesores de poesía: Stanley Kunitz (otro abuelo de la literatura) y Mark Strand (un guapo, mal chico, el único poeta de Norteamérica que se parecía a Clint Eastwood). En clase solía fijarme en Mark -su perfil perfectamente cincelado, sus ojos fríos y cínicos-, y empezaba poemas para él que siempre resultaba que no eran sobre él.

Si él es mi sueño se plegará en mi cuerpo Su aliento escribe letras de niebla en mis mejillas Yo me envuelvo en torno a él como la oscuridad le echo aliento en la boca y lo hago real

«El hombre debajo de la cama» (descrito en esta estrofa) se convirtió en el coco universal, el vampiro, el merodeador que todas las chicas oyen respirar debajo de su cama, a la espera de que las engatuse, esperan. Mark era ese hombre de la fantasía. También era Gulliver recorriendo Liliput, alejado de todos nosotros, los liliputienses. Le lanzábamos cuerdas frenéticamente a sus enormes piernas.

Quiero entender esa cosa escarpada que trepa los escalones de tu cuello. No te consigo entender. En todas partes adonde miro estás: un enorme mojón, un volcán asomando la cabeza entre las nubes, Gulliver despatarrado sobre Liliput.

Mark daba clase de un modo gélido, casi desdeñoso, como si casi no mereciera la pena molestarse por los estudiantes. Pero hizo que nos interesáramos por Pablo Neruda y Rafael Alberti, y me libró de la rima compulsiva, animándome a que intentara escribir poemas en prosa, y a centrarme en mis imágenes. También me excitaba, lo que me enseñó más sobre poesía que cualquier otra cosa. Iba a casa y escribía poemas al hombre imposible, el hombre de mis sueños: Adonis, padre, abuelo, con Clint Eastwood y el exhibicionista del metro metidos dentro. Lo que tememos también lo deseamos, y lo que deseamos lo tememos. Había una amenaza masculina en esos primeros poemas, pero también el anhelo de un amante desconocido. Allan y yo follábamos, pero hacía mucho que habíamos dejado de ser amantes, si un amante es alguien a quien se desea. Yo escribía poemas y tenía unos deseos locos. Estos poemas del deseo se publicaron en Frutas y verduras y Medias vidas.

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