El Monje Desaparecido
- Автор: Тримейн Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
– Pero eso significaría… sin duda, que uno de los monjes de la abadía está conchabado con los atacantes.
Fidelma asintió, dado el tono de incredulidad de Eadulf.
– O alguien que estuviera dentro de la abadía -precisó ella-. ¿Es tan difícil de creer? Todos los hilos de este misterio conducen a la abadía.
Eadulf levantó una mano y se tiró de la oreja con gesto pensativo.
– Si mal no recuerdo, dejamos al guerrero atado y entramos en la torre. ¿Seguía vivo cuando bajamos, después de oír la llegada de Finguine? No daría fe de ello.
– Yo tampoco -coincidió Fidelma-. ¿Lo mataron estando nosotros en la torre o cuando abrimos las puertas para recibir a Finguine?
– Bueno, si hubiera muerto cuando estábamos en la torre, en ese momento aún había varios hermanos en el patio, junto a las puertas. Estaban los encargados de llevar los cuerpos de Cred y del hermano Daig al depósito de cadáveres y los que acompañaron al hermano Madagan a su habitación.
Fidelma reflexionó en voz alta:
– Cuando bajamos para abrir las puertas, el hermano Tomar estaba allí con el abad Ségdae, y cerca de pie había otros dos hermanos. Corrimos a abrir las puertas para recibir a Finguine. Alguien podría haber apuñalado al guerrero fácilmente en ese momento.
– Tiempo hubo de sobra para matarlo, y cualquiera de los monjes puede haber sido el responsable -suspiró Eadulf.
– Eso no me sirve de mucho, prima, para identificar a los atacantes -interrumpió Finguine-. Un muerto no cuenta cuentos.
Fidelma se quedó mirando a su primo unos instantes y luego le sonrió para objetar con solemnidad:
– A veces un muerto puede revelar muchas cosas. Dado que el guerrero muerto es la única prueba de la que disponemos contra los atacantes, creo que deberíamos ir a examinar su cuerpo y sus pertenencias. Puede que en él demos con alguna pista.
Se dirigían hacia la abadía, cuando uno de los hombres de Finguine, que había estado examinando el árbol caído, cruzó la plaza corriendo hacia ellos y susurró con avidez al oído del príncipe. Finguine se volvió a Eadulf y Fidelma con una sonrisa triunfante.
– Creo que ya tenemos la confirmación que hacía falta para atribuir la culpa -anunció con satisfacción-. Venid.
Siguieron al hombre hasta el tejo. Aquél se hizo a un lado y señaló una parte del árbol que no se había quemado, algo grabado en el tronco caído. Era un símbolo, un rudimentario jabalí grabado en la madera.
– El emblema del príncipe de los Uí Fidgente -dijo Finguine sin más, pues no era necesaria explicación alguna.
Fidelma miró el grabado unos momentos.
– Resulta interesante que, durante un asalto sigiloso como el de anoche, alguien se molestara tanto en dejarnos claro quiénes nos habían atacado.
En ese momento se oyó un limpio toque de trompeta.
Eran los hombres de Finguine, que regresaban después de ir tras los atacantes. Entraron en el pueblo cabalgando, con los caballos polvorientos y cansados. El jefe del grupo vio a Finguine y se acercó, montado. Moviendo la cabeza con un gesto de disgusto, bajó de la silla.
– Nada -bramó con enfado-. Los hemos perdido.
Finguine torció el gesto.
– ¿Que los habéis perdido? ¿Cómo?
– Han cruzado el río y les hemos perdido la pista.
– ¿En qué dirección iban cuando los habéis perdido de vista? -preguntó el príncipe de Cnoc Áine.
– Hacia el norte, desviándose hacia las montañas, diría. Pero les hemos perdido la pista en el río Muerto. Desde allí podrían haber cambiado de trayectoria hacia cualquier parte. Imagino que seguirían hacia el norte.
– ¿No recorristeis la orilla norte para ver dónde habían dejado el río? -exigió Finguine.
– Cabalgamos más de kilómetro y medio para seguirles el rastro, pero fue en vano. El suelo era muy pedregoso -explicó el hombre en un tono que parecía ofendido por el reproche del príncipe.
– No ha sido mi intención poner en duda vuestra habilidad -le aseguró Finguine-. Id, comed algo y descansad.
Cuando el guerrero se disponía a regresar con sus hombres, el antiguo tejo atrajo su atención.
– Esto es una mala señal, Finguine. Es un mal augurio -aseguró a media voz.
Los labios del príncipe de Cnoc Áine formaron una línea fina.
– Esto sólo significa que quienes lo hicieron pagarán sus culpas -soltó.
– Un momento -pidió Fidelma al guerrero cuando empezó a mover al caballo-. ¿Qué os hace pensar que siguieron hacia el norte tras salir del río Muerto?
El hombre miró hacia atrás. Primero vaciló y luego se encogió de hombros.
– ¿Para qué iba alguien a cabalgar derecho hacia el norte como si el Diablo le pisara los talones, y luego cambiar de rumbo al llegar al río? Sin duda, tenían prisa en llegar sanos y salvos a su territorio.
– Quizá sólo iban hacia el río a sabiendas de que es un buen lugar donde despistar a cualquier perseguidor -sugirió Eadulf, mirando a Fidelma.
El guerrero le lanzó una mirada desdeñosa.
– Yo no daré sermones, hermano, si vos no guiáis guerreros en la batalla. Insisto en que se dirigían al norte.
– En tal caso, quizá vos también habríais tenido que seguir cabalgando hacia el norte -sugirió Fidelma con indiferencia.
El guerrero se disponía a contestarle, cuando Finguine le hizo una seña para que se marchara.
– Es un buen hombre, prima -lo defendió Finguine-. No está bien visto poner en duda la decisión de un guerrero.
– Sigo pensando que ha tomado una decisión equivocada. Si creía que se dirigían hacia el norte, debería haber seguido su intuición -dijo y, mirando al árbol caído, añadió-: Allá donde miro sólo encuentro suposiciones, conjeturas. Quiero algo más que un mero grabado en un tronco. Cualquiera es capaz de dibujar un símbolo tan conocido.
Finguine parecía sorprendido.
– ¿Queréis decir con ello que pasaréis por alto esta prueba?
– No. Yo nunca paso por alto pruebas. Pero una prueba de este tipo merece considerarse con detenimiento, y no que se reaccione sin más. Quiero algo más que un dibujo que podría haberse hecho a conciencia para hacernos creer que se trata de una jactanciosa aclamación de los atacantes.
– ¿Y si examinamos el cuerpo del guerrero? -se atrevió a proponer Eadulf-. Como habéis dicho, puede que nos dé alguna pista en cuanto a su identidad.
Dejaron a Finguine, que se quedó para analizar los daños causados en el pueblo, y regresaron a la abadía. De pronto Eadulf le preguntó:
– Vos no creéis que todas estas cosas sean coincidencias, ¿verdad?
– ¿Que no están relacionadas? -preguntó Fidelma, considerando seriamente la sugerencia.
– A veces se dan coincidencias.
– El motivo que nos llevó a emprender este viaje a Imleach fue el intento de asesinato en Cashel. Eso nos hizo ir a la abadía. Cuando llegamos, el hermano Mochta, conservador de las Santas Reliquias de Ailbe, había desaparecido junto con esas reliquias, una de ellas estaba en manos de uno de los asesinos, y se cree que éste era el hermano Mochta, salvo por la contradicción de la tonsura. El ataque a la abadía y el pueblo, y la destrucción del tejo sagrado de los Eóghanacht podría ser una coincidencia, pero parece improbable que lo sea.
– No veo ninguna relación -protestó Eadulf sin advertir la sonrisita que asomaba en los labios de Fidelma.
– En tal caso, consideremos las posibles relaciones -propuso-. El descubrimiento de las Reliquias en manos del asesino. El hecho de que el asesino fuera un religioso y de que su descripción se ajusta con la del hermano Mochta, incluso hasta el detalle del tatuaje de un pájaro determinado en el antebrazo. Todo esto son hechos, no coincidencias.
– ¿Y cómo se explica el misterio de la tonsura? -preguntó Eadulf en tono de fastidio.
Se habían detenido en medio del patio enclaustrado de la abadía.
– ¿Y qué me decís de que el otro asesino, el llamado arquero, Saigteóir, pasara supuestamente unos días aquí, en Imleach? Le compró las flechas a Nion, el herrero del pueblo. ¿Por qué mataron al carrero de Samradán cuando iba a revelar que el arquero también se había encontrado aquí con el hermano Mochta y con otro hombre al que llamó rígdomna, el título de un príncipe. Éstos son hechos.