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El Monje Desaparecido

Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:

La abadía de Imleach, al suroeste del reino irlandés de Muman, se está convirtiendo en un serio rival de Armagh como centro de la fe, gracias sobre todo a las reliquias que conserva. Por ello, las sospechas se dirigen sólo en una dirección cuando se producen simultáneamente dos enigmáticas desapariciones que tal vez estén vinculadas: por un lado, el monje más veterano de la abadía parece haber sido raptado, pero, por si fuera poco, las preciadas reliquias, de gran valor simbólico tanto religioso como político, han sido robadas, lo cual puede tener consecuencias muy indeseables.
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
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– ¡Abrid la puerta! -gritó el hermano Madagan al tiempo que corrían hacia allí-. ¡Una mujer quiere entrar!

El joven vaciló y, con un gesto de alarma, se quejó:

– Pero eso podría facilitar la entrada de los atacantes…

Eadulf lo apartó y se puso a empujar los cerrojos de madera. El hermano Madagan le ayudó. Entre los dos descorrieron las grandes barras de madera, para consternación de los demás monjes, que se colocaron detrás del hermano Daig. No sabían muy bien cómo actuar. Eadulf y Madagan tiraron de la puerta.

La mujer se hallaba a unos doce pasos de distancia. A Eadulf le pareció que la conocía. Se adelantó para gritarle palabras de ánimo, pero, a su pesar, vio que un jinete arrancó a perseguirla y, cuando estaba a punto de alcanzarla, el hermano Madagan cruzó la entrada con el crucifijo en alto y se colocó delante de él, como si de este modo fuera a hacerlo retroceder por el simple hecho de enfrentarse.

– Templi insulaeque! -gritó-. Sanctuarium! ¡Santuario! ¡Santuario!

Consiguió colocarse entre la mujer y el jinete, que se aproximaba esgrimiendo la espada, cuya hoja emitía destellos con la luz de los incendios al otro lado de la plaza. El guerrero dejó caer el brazo e hizo dar medio giro al hermano Madagan con la frente salpicada de sangre. Luego cayó de bruces en el suelo. Eadulf avanzó para tirar de la mujer y ponerla a salvo, pero el guerrero se le adelantó. Volvió a empuñar la espada, y aquélla emitió un alarido al ser embestida en la nuca. El golpe la hizo avanzar a trompicones hasta el patio de la abadía. Lo siguiente sucedió con tal rapidez que nadie tuvo tiempo de dar un respiro antes de que todo acabara.

El impulso del caballo había sido tal, que hizo rodar a la mujer herida hasta dar contra un muro y desplomarse en el suelo. Para impedir que la bestia lo arrollara, el propio Eadulf tuvo el tiempo justo para echarse a un lado y, al caer, cierto instinto le hizo agarrarse a una pierna del jinete y tirar con todas sus fuerzas. El hombre, que ya mantenía un precario equilibrio por la dificultad de manejar la espada, se escurrió de la silla y, al caer Eadulf al suelo, éste lo arrastró con él. La caída fue dura, pero el cuerpo de Eadulf la amortiguó, dejando a éste sin respiración, tendido e inmovilizado.

Se trataba de un guerrero profesional. Al caer sobre Eadulf, el hombre rodó sobre sí mismo hasta levantarse, agachado en posición defensiva, espada en mano, listo para afrontar cualquier asalto.

Era bajo, pero musculoso. Sólo esto podía apreciarse, ya que iba vestido de hilo negro con una cota de malla de hierro, la luirech iairn, sobre un jubón de piel de toro. De rodillas para abajo iba protegido con un asáin de cuero tachonado en latón; la piel que cubría la parte baja de las piernas estaba firmemente atada. Portaba un yelmo de latón bruñido con una pequeña visera sobre los ojos, de manera que el único rasgo que podía verse bajo la luz titilante de las antorchas de tea era la fina y roja hendidura de su boca.

El escudo se había quedado en el caballo, el cual se detuvo a poca distancia de él en el patio adoquinado, bufando y resollando por la extenuante carrera.

El guerrero se agachó empuñando la espada con las dos manos y dio una vuelta entera para evaluar los peligros que le acechaban. Se relajó un momento al no ver más que a una media docena de religiosos apiñados detrás de la puerta y a una religiosa sola, de pie, plantándole cara.

El hombre se puso derecho y soltó una carcajada antes de empuñar la espada en actitud amenazadora. Todos se acoquinaron, para mayor júbilo del enemigo. Entonces reparó en que la religiosa no se había inmutado; lo miraba con las manos juntas con recato. Ante la figura alta y esbelta y los rasgos atractivos de Fidelma, el hombre se relajó.

– ¿Quién sois, guerrero? -exigió Fidelma.

La serena autoridad de su voz hizo parpadear al otro, que a continuación mostró una sonrisa burlona.

– Un hombre. Un hombre, en comparación con esos eunucos de los que te has rodeado, mujer. Ven conmigo y te mostraré qué es capaz de hacer un hombre.

Fidelma había mirado con nerviosismo a Eadulf, que todavía estaba en el suelo, sin aliento. Al otro lado de las puertas, yacía el hermano Madagan, probablemente muerto. La mujer también estaba tendida, encogida e inerte. Fidelma miró al guerrero con ostensible desprecio.

– Ya me habéis mostrado qué sois capaz de hacer -le reprochó Fidelma en un tono tranquilo, sin asomo de miedo-. Tenéis las manos manchadas por la muerte de un hermano de la Fe y una mujer indefensa. Eso no os convierte en un hombre en absoluto, sino en algo que se quita de la suela con un palo tras pisar un estercolero.

Lo dijo sin alterar ni un ápice la voz, por lo que el guerrero mantuvo la sonrisa unos momentos después. Le costó entender el significado de lo que aquella mujer le había dicho.

La fina sonrisa se retorció en un gesto iracundo.

– ¡Ven conmigo o muere ahora! -gritó, enarbolando amenazadoramente la espada.

Uno de los monjes, el joven hermano Daig, abochornado aún por su gesto de cobardía, se adelantó en ademán de protegerla. Ni siquiera tuvo tiempo de hablar, ya que el propio movimiento de avanzar hizo volverse al guerrero y hundir la punta del metal en el pecho de Daig. El joven emitió un gruñido de dolor y cayó de rodillas, empapándose el hábito de sangre. Bajó la vista a la herida como si no creyera lo que estaba viendo.

– Sois valiente contra mujeres y muchachos desarmados -le recriminó Fidelma.

Dio un paso adelante, pero se detuvo cuando la espada la apuntó.

– ¿Tenéis nombre? ¿O acaso os avergonzáis de él? -preguntó al guerrero, que bufó ante el descaro de ella.

– Gente como la tuya no es digna de oír mi nombre, moza. ¡No creas que por ser una mujer puedes injuriarme impunemente!

Fidelma miró al suelo, donde el joven Daig intentaba contener la sangre de la herida apretándola con las manos.

– Ya habéis demostrado vuestro lado heroico. Como yo también voy desarmada, sin duda tendréis el valor suficiente para demostrar cuán despreciable sois.

El hermano Daig alzó la vista con un gesto de dolor. Tenía los ojos bañados en lágrimas. Miró al grupo de hermanos asustados e intentó hablar varias veces antes de conseguirlo.

– Las puertas, hermanos… debéis cerrar las puertas antes de que otros miembros de la tribu de este hombre entren en la abadía.

De hecho, Fidelma se percataba de ello en ese momento. Cuanto más tiempo estuvieran abiertas las puertas, mayores posibilidades habría de que otros atacantes se dieran cuenta y entraran en la abadía. Y entonces nada les impediría hacer una matanza en el monasterio.

– Ni lo intentes, moza -amenazó el guerrero al ver que Fidelma miraba con inquietud hacia las puertas-. Morirás antes de alcanzarlas. Mis amigos llegarán enseguida.

El hermano Daig soltó un gemido de dolor al intentar incorporarse.

– No es más que un hombre, hermanos. No os puede matar a todos. ¡Cerrad las puertas y desarmadlo!

Con un bufido rabioso, el guerrero hendió el acero de su espada en el cuello del joven monje.

El hermano Daig cayó de espaldas. No era necesario comprobar si estaba muerto, pues era evidente.

Eadulf empezó a recobrar el aliento. Respiró hondo varias veces. Cuando a duras penas se fue a levantar se topó con la punta de la espada del jinete.

– ¡Las puertas! -gritó Fidelma con determinación a los acogotados monjes-. ¡Cúmplase la orden de vuestro hermano moribundo!

– Moveos, y mataré a éste -conminó, clavando la punta de la espada en el hombro de Eadulf.

– ¡Hacedlo! -les gritó Eadulf con una furia que superaba el miedo.

El guerrero distrajo la mirada un instante para comprobar si estaban obedeciendo al sajón, momento que éste estaba esperando. De repente, se apartó de la espada y se dirigió hacia las puertas.

El guerrero se volvió hacia él con la espada en el aire, pero ya era demasiado tarde. Con un grito de cólera, se lanzó hacia Eadulf, al tiempo que éste empezaba a empujar las puertas. De pronto, Fidelma le interceptó el paso. El guerrero blandió la espada para atacarla y, sin saber cómo, se encontró volando por los aires.

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