Ambrose Bierce y la Reina de Picas
- Автор: Hall Oakley
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Ambrose Bierce y la Reina de Picas». Краткое содержание книги:
Amelia y yo nos quedamos en cubierta con la niebla rodeándonos. Le pasé un brazo alrededor, al cual ella pareció responder.
– ¿Qué ocurre, Tom?
– Las cosas van mal -dije.
– ¿Puedo saberlo?
– Hoy no -dije-. Ojalá se aclarara la niebla.
– ¡Es justo lo que elegí para hoy!
La abracé con más fuerza.
Los toques de las sirenas de niebla resonaban en la Bahía. Alcatraz se cernía como un barco sobre nosotros, para luego perderse de vista a nuestras espaldas. Ascendimos por Mount Tamalpais aún rodeados de una densa niebla que soplaba sobre nosotros en los asientos abiertos del carruaje mientras otros pasajeros admiraban las vistas apiñados en los asientos opuestos. Amelia estaba acurrucada contra mí de forma que podía ver su mejilla desde arriba, y el borde de sus pestañas bajo el sombrero. De repente, salimos de la niebla y comenzó a brillar el sol.
– ¡Oh! -exclamó Amelia mientras avanzábamos por encima de un océano de nubes que se extendía hasta donde alcanzaba la vista en todas direcciones, terso como la crema en algunas partes y revuelto en otras, y Mount Diablo apareció enfrente, cortando el paso a las olas más lejanas hacia el este a través de la Bahía, como una aleta dorsal.
Mientras paseábamos por la cima, Amelia me tomó por el brazo para mantener el equilibrio en la superficie irregular, acompasando sus pasos a los míos.
– ¡Qué hermoso espectáculo me has regalado! -dijo.
– Tan sólo se muestra así ante las jóvenes hermosas -dije.
Ella se rió, lanzando su aliento cálido contra mi mejilla.
Se apretó aún más contra mí mientras paseábamos como enamorados entre otras parejas y dos grupos familiares con niños con baberos y camisas de marineros que correteaban y gritaban. Admiramos las vistas y recorrimos varios senderos al azar. Era imposible apartarse de la mirada de los otros sin descender unos sesenta metros por entre las nubes. Me dio la impresión de que el malestar de Amelia era comparable al mío.
Mantuve mi brazo alrededor de su cintura y ella volvió a apretarse contra mí, me miró a los ojos con una expresión turbada y se rió. Me reí con ella. Nos encontrábamos muy lejos de los peligros de Taylor Street, y el policía de guardia, y mis derrotas.
– Esta noche es la recepción del Overland Monthly -dije.
– Eso he oído -dijo Amelia.
– Me han invitado, ¿te gustaría asistir conmigo?
– ¡No me creo que haya podido ser tan afortunada dos veces en un mismo día!
– ¿Qué quieres decir?
– ¡Me llenaría de admiración conocer a los famosos poetas de San Francisco! -exclamó, apoyando su cuerpo contra el mío.
22
Mujer: Animal que vive habitualmente en las inmediaciones del Hombre, y que tiene una rudimentaria propensión a ser domesticada.
– El Diccionario del Diablo-
Como redactores de una de las revistas más punteras de San Francisco, Charles Warren Stoddard e Ina Coolbrith tenían poder en el mundo literario. Bierce había publicado ocasionalmente artículos en el Overland Monthly, al cual se refería como el Warmedoverland [10], y me había invitado a acompañarle a la recepción del mes anterior donde fui presentado a Stoddard, un hombre rechoncho y afeminado unos cuantos años mayor que Bierce. La señorita Coolbrith era alta y grácil, con un flequillo de rizos rubios rodeándole la frente. Aunque yo no tenía aspiraciones literarias, me invitaron a que volviera, lo cual entendí que se debía al hecho de que las poetisas sobrepasaban en número a los hombres jóvenes que les proporcionaran compañía.
Las ventanas de la casa de Stoddard en las laderas sobre North Beach estaban iluminadas. Dentro, el vestíbulo estaba abarrotado de invitados quitándose abrigos y sombreros. Un poco más allá, Stoddard estaba de pie actuando de anfitrión, levantando las manos con las palmas flexionadas a la altura de las muñecas para dar la bienvenida a cada nuevo invitado. Llevaba una gardenia blanca en la solapa, y sus activas cejas y mohines de placer mantenían su rostro en constante movimiento.
Ina Coolbrith nos saludó en el interior del abarrotado salón principal.
– ¡Es el señor Redmond, el periodista! ¿Y esta joven es…?
– La señorita Brittain -dije-. Aquí, la señorita Coolbrith, Amelia.
– Soy admiradora de su poesía, señorita Coolbrith -dijo Amelia con una soltura que me dejó admirado-. Hoy hemos pasado el día en Mount Tamalpais, escenario de muchos de sus poemas.
Sonriéndole, Ina Coolbrith dijo:
– Allí es donde el señor Miller y yo recogíamos laureles para que se los llevase a la tumba de Lord Byron en Inglaterra.
Joaquín Miller estaba entreteniendo a un grupo de poetisas en el otro extremo del salón; en mi opinión era un enorme fraude pretencioso, ataviado con su camisa de minero de franela azul y botas relucientes, con las que avanzaba y retrocedía de manera que las poetisas, embutidas en sus floreados vestidos, debían mantenerse en movimiento para evadir sus avances y compensar sus retrocesos. Había regresado recientemente de Inglaterra, donde se decía que había cosechado un enorme éxito. Los británicos acogían entusiasmados a los de la Costa Oeste, considerados ridículos por los de la Costa Este. Amelia miró al Poeta de la Sierra con interés.
En la pared había un óleo de Stoddard tocado con una capucha de monje, contemplando un cráneo. Me pareció un cuadro bastante ridículo, y arrojaba cierta pátina de arrogancia sobre el cráneo del escritorio de Bierce.
Por uno de los balcones entraron dos atractivas jóvenes, una de negro con un buqué de violetas sobre su hombro, la otra de reluciente seda color melocotón. Mechones de cabello dorado se apilaban sobre su cabeza. Eran ambas tan espectaculares que la atención de la sala se dirigió hacia ellas, y noté que una de las acólitas de Joaquin Miller se deslizó hacia un lado para unirse al grupo de gente que se agolpaba alrededor de estas dos damas. En otras partes de la estancia había varios caballeros con aspecto de poseer cierta importancia literaria, uno con calvicie y luciendo ralos brotes de cabello parduzco, otro ataviado con una especie de túnica militar, con un recargado mostacho de cuerno largo. De pie junto a una cómoda de madera oscura taraceada de madreperla había un par de poetas jóvenes luciendo los elaborados lazos de corbata popularizados por Oscar Wilde en su reciente visita a San Francisco.
Amelia miraba a su alrededor con tal interés que me alegré de haberla invitado al salón del Overland Monthly.
– Tom, por favor, ¡infórmame inmediatamente de quiénes son estos individuos! -me susurró cuando Ina Coolbrith se volvió para saludar a otros invitados.
Yo no sabía quiénes eran muchos de ellos.
– Ése es Joaquin Miller -dije.
– Oh, allí está el señor Bierce -dijo Amelia.
Bierce, al cual no había descubierto antes, estaba junto a los ventanales, acompañado por su propia bandada de féminas.
Cuando crucé la mirada con Bierce, intercambiamos corteses saludos. Tenía que explicarle mi trato con Klosters. Su mirada de admiración se posó en Amelia. Para alguien tan conocido por disgustarle tanto el género femenino, Bierce tenía efectivamente una notable debilidad por las mujeres bellas.
La poetisa Emma McLachlan se acercó para conocer a Amelia.
[10]Warmedoverland: El «refrito» terrestre. (N. de la T.)