Vestido para la muerte
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:
Esto fue suficiente para Brunetti.
– La signorina Elettra ha hecho todo el trabajo, yo sólo le indiqué un par de sitios en los que podía mirar -dijo bajando los ojos con falsa modestia, para dar a entender que no osaría esperar elogios por hacer algo tan natural como ser útil al vicequestore Patta.
– Lo arrestarán esta noche -dijo Patta con regodeo.
– ¿Quiénes lo arrestarán?
– Los de Delitos Monetarios. Mintió en su solicitud de la ciudadanía monegasca y, por lo tanto, no es válida. Ello quiere decir que sigue siendo súbdito italiano y hace siete años que no paga impuestos. Lo crucificarán. Lo colgarán cabeza abajo.
Al pensar en las evasiones de impuestos que habían perpetrado impunemente ex ministros y actuales ministros del gobierno, Brunetti dudó que los sueños de Patta pudieran hacerse realidad, pero no le pareció oportuno manifestarlo. No sabía cómo hacer la pregunta inmediata, y la formuló con toda la delicadeza de que era capaz:
– ¿Estará solo cuando lo arresten?
– Eso es lo malo -dijo Patta mirándolo fijamente-. El arresto es secreto. Irán a las ocho de la noche. Si yo lo sé es porque me ha avisado un amigo que tengo en Delitos Monetarios. -La preocupación ensombreció el semblante de Patta-. Si la llamo, ella se lo dirá y él huirá de Milán. Pero, si no digo nada, estará allí cuando lo arresten.
Y entonces, no hacía falta que lo dijera, no habría manera de evitar que su nombre apareciera en los periódicos. Y el de Patta. Brunetti observaba la cara de Patta, fascinado por las emociones que reflejaba, la pugna entre el deseo de venganza y el amor propio.
Tal como esperaba Brunetti, ganó el amor propio.
– No se me ocurre la manera de hacerla salir de allí sin advertirle a él.
– Quizá, eso siempre que a usted le parezca bien, quizá su abogado podría llamarla por teléfono para pedirle que fuera a verle a su despacho de Milán. Esto la obligaría a salir de… de donde ahora se encuentra antes de que llegara la policía.
– ¿Por qué había de querer verla mi abogado?
– Quizá podría decirle que está usted dispuesto a discutir las condiciones. Eso bastaría para que no la encontraran allí.
– Ella detesta a mi abogado.
– ¿Estaría dispuesta a hablar con usted, señor? ¿Si le dijera que va a Milán para tener una entrevista?
– Ella… -empezó a decir Patta, pero entonces echó el sillón hacia atrás y se levantó dejando la frase sin terminar. Se acercó a la ventana e inspeccionó a su vez, en silencio, la fachada de San Lorenzo.
Estuvo un minuto entero sin decir nada, y Brunetti adivinó el peligro del momento. Si ahora Patta se volvía y, cediendo a la emoción, confesaba que quería a su mujer y que deseaba que volviera, nunca le perdonaría que hubiera sido testigo de su debilidad y sería implacable en su venganza.
Con voz serena y firme, como si ya hubiera dejado de pensar en Patta y sus problemas personales, Brunetti dijo:
– Yo he bajado para hablarle del caso Mascari. Debo informarle de varias cosas.
Patta levantó y bajó los hombros con un profundo suspiro, giró sobre sí mismo y volvió a la mesa.
– ¿Qué ha sucedido?
Rápidamente, con voz desapasionada, interesado sólo en este asunto, Brunetti le habló del dossier de la Liga, de los apartamentos que administraba, uno de los cuales había habitado Crespo y de las sumas que mensualmente se distribuían entre los necesitados.
– ¿Millón y medio al mes? -dijo Patta cuando Brunetti acabó de relatarle la visita de Canale-. ¿Qué alquiler percibe la Liga teóricamente?
– Por el apartamento de Canale, ciento diez mil liras al mes. Y ninguno de los que están en la lista paga más de doscientas mil. Es decir, según los libros de la Liga, no se cobra más por ninguno de los apartamentos.
– ¿Cómo son esos apartamentos?
– El de Crespo tiene cuatro habitaciones y el edificio es moderno. Es el único que he visto, pero, por las direcciones que figuran en la lista, por lo menos las de Venecia y por el número de habitaciones, yo diría que muchos han de ser apartamentos muy apetecibles.
– ¿Tiene idea de cuántos son como el de Canale y cuántos inquilinos pagan el alquiler en efectivo?
– No, señor. Ahora necesito hablar con la gente que vive allí, para averiguar a cuántos afecta este asunto. Tengo que ver las cuentas de la Liga en el banco. Y necesito la lista de las viudas y huérfanos que supuestamente reciben dinero todos los meses.
– Eso significa una orden judicial, ¿eh? -dijo Patta, en un tono que recuperaba su innata cautela.
No había inconveniente en proceder contra personas como Canale o Crespo, y a nadie importaba cómo se hiciera. Pero un banco… un banco era muy distinto.
– Supongo que allí encontraremos el enlace con Santomauro y que la investigación de la muerte de Mascari nos conducirá a él.
Cabía en lo posible que Patta quisiera desahogarse con Santomauro, cuya esposa no había dado motivo de escándalo.
– Es posible -dijo Patta, titubeando.
A la primera señal de debilidad de un argumento verdadero, Brunetti no vacilaba en recurrir a uno falso.
– Quizá las cuentas del banco estén en regla y el banco no tenga nada que ver con el caso, quizá todo sea un chanchullo de Santomauro. Una vez descartemos la posibilidad de irregularidades en el banco podremos actuar contra Santomauro con libertad.
Patta no necesitaba más para dejarse convencer.
– Está bien. Pediré al juez de instrucción una orden para examinar las cuentas del banco.
– Y la documentación de la Liga -aventuró Brunetti, que iba a mencionar otra vez a Santomauro pero, después de pensarlo, desistió.
– De acuerdo -accedió Patta, pero con una voz que dejaba bien claro que Brunetti no iba a conseguir más.
– Muchas gracias, señor -dijo Brunetti poniéndose en pie-. Pondremos manos a la obra inmediatamente. Enviaré a los hombres a hablar con la gente de la lista.
– Está bien -dijo Patta, que, perdido ya todo interés en el asunto, se inclinó otra vez sobre los papeles que tenía encima de la mesa, los alisó con ademán afectuoso y, levantando la mirada, pareció sorprenderse de ver allí a Brunetti-. ¿Algo más, comisario?
– No, señor, nada más -dijo Brunetti. Cuando cerraba la puerta, vio a Patta alargar la mano hacia el teléfono.
Al llegar a su despacho, llamó a Bolzano y preguntó por la signora Brunetti.
Después de varios chasquidos y silencios, le llegó la voz de Paola.
– Ciao, Guido. Come stai? Te llamé a casa el lunes por la noche. ¿Por qué no has llamado antes?
– Mucho trabajo, Paola. ¿Has leído los periódicos?
– Guido, ya sabes que estoy de vacaciones. He leído al maestro. La fuente sagrada es una maravilla. No pasa nada, absolutamente nada.
– Paola, no he llamado para hablar de Henry James.
Ella había oído antes palabras como éstas, pero nunca en este tono.
– ¿Qué te pasa, Guido?
Él recordó que su mujer nunca leía los periódicos cuando estaba de vacaciones, y le pesó no haberse esforzado más por llamarla antes.
– Hemos tenido contratiempos -dijo, procurando restar importancia a sus palabras.
Ella, inquieta, preguntó rápidamente:
– ¿Qué contratiempos?
– Un accidente.
Con voz más suave, ella dijo:
– Cuenta, Guido.
– Cuando volvíamos de Mestre, alguien trató de tirarnos del puente.
– ¿Tiraros?
– Vianello estaba conmigo. -Hizo una pausa y agregó-: Y Maria Nardi.
– ¿La chica de Canareggio? ¿La nueva?
– Sí.
– ¿Qué pasó?
– Nos embistieron con su coche y chocamos contra la barandilla de protección. Ella no se había puesto el cinturón de seguridad, fue proyectada contra la puerta y se desnucó.