La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
Apenas había tenido tiempo de apagar la lámpara de aceite de mi mesa cuando sonó una rápida llamada en la puerta del dormitorio; me desesperé, porque la reconocí como la de Jofre. Sin esperar respuesta, él entró; en la luz amarillenta vi la expresión libidinosa en su rostro.
– Sancha, amor mío -dijo-. ¿Hay un lugar esta noche para mí en tu cama? -Cerró la puerta. Se balanceaba un poco, y tenía los ojos entrecerrados; estaba borracho, un estado en el que lo había encontrado en repetidas ocasiones desde que habíamos ido a vivir con su familia.
Desapareció el color de mi rostro.
– No me siento muy bien -tartamudeé, y como si fuese una virgen, me sujeté el camisón alrededor del cuello, para que no viese tanta carne.
Jofre pareció no escuchar mis palabras. Animado por el vino, se acercó tambaleante hasta donde yo estaba sentada en la cama, y apoyó sus manos sobre mis pechos.
– Tengo la esposa más bella del mundo -farfulló-, y la poseeré ahora.
Sentí dos cosas: piedad, porque no podía corresponder a sus sentimientos, y miedo de que el vino pudiese hacer que se durmiera en mi lecho la misma noche que había planeado mi primer acto de infidelidad.
De haber sido él un borracho cualquiera hubiese sido incapaz de culminar el acto. Me tendí obediente en la cama y separé las piernas. Él, a su vez, se bajó los calzones y me subió la enagua hasta la cintura, se montó sobre mí y me penetró.
Lo que siguió no hubiese inspirado ni siquiera a Petrarca. Jofre permaneció sobre mí, incapaz de soportarse con los brazos, el rostro hundido en mis pechos. Por un momento, empujó violenta, torpemente y después, agotado, se detuvo y jadeó en busca de aire.
– ¿Podrás amarme alguna vez? -preguntó, su voz casi ahogada por los sollozos-. Sancha, ¿llegarás a amarme alguna vez?
– Tú eres mi príncipe -le respondí. Podía engañarlo con César, pero no podía mentirle a la cara-. Con el paso de los días te aprecio cada vez más.
Bamboleó la cabeza; el sueño amenazaba.
Utilicé una treta femenina que me habían enseñado antes de mi boda: utilicé los músculos que sujetaban el órgano de Jofre para apretarlo con fuerza y de esta forma enardecerlo lo suficiente para que continuase empujando, y, al fin, cediese al placer y al colapso.
Exhaló un suspiro y se tumbó boca arriba; intuí que de nuevo estaba a punto de quedarse dormido, así que le subí las calzas, y luego lo ayudé a levantarse.
– Debes volver a tu habitación -dije, sin dar más explicaciones-. Vamos, deja que te ayude.
Agotado por el vino y la descarga sexual, Jofre estaba demasiado confuso para discutir. Tuve que soportar su peso mientras se tambaleaba hacia la puerta.
Como era nuestra costumbre, le di un rápido beso.
– Buenas noches, querido.
Regresé a mi cama. Si todo lo que había aprendido acerca de Dios era verdad, entonces estaba condenada, y con toda justicia; la culpa me abrumó. No quería traicionar a mi marido, y, sin embargo, mi corazón no me permitiría hacer otra cosa. «Eres malvada -me dije a mí misma-. Perversa. ¿Cómo puedes ser tan cruel con alguien que te ama?» Pero incluso con mis piernas pegajosas por la simiente de mi marido, soñé con su hermano y con la próxima cita. La fuerza de mis sentimientos por César no me dejaba otra alternativa. Parecía irónico que algo tan deslumbrante y magnífico como el amor hubiese llegado demasiado tarde, cuando ambas partes habían pronunciado votos que prohibían su celebración.
Me limpié con un paño. Por fin llegó el momento; me levanté y me vestí con torpeza en la oscuridad.
Las otras damas dormían, pero doña Esmeralda no se había dejado engañar. Mientras luchaba para atarme el corpiño con dedos inexpertos, la robusta y vieja matrona, vestida con su camisón de lino blanco, entró en mi habitación.
No dijo nada. Dada la falta de luz, no podía ver su rostro, pero podía intuir su desaprobación, imaginar su severa mirada.
– No puedo dormir -dije, altiva. Ante el continuado silencio de Esmeralda, exigí-: Al menos ayúdame con mi corpiño.
Esmeralda obedeció, y me abrochó la prenda sin muchas gentilezas.
– Esto solo conducirá a más problemas, madonna.
Yo me sentía demasiado impetuosa, demasiado ebria de amor como para tolerar la verdad.
– ¡Te lo he dicho, no puedo dormir! Necesito respirar un poco de aire fresco.
– No es correcto que una mujer joven salga sola a estas horas. Deja que vaya contigo, o llama a uno de los guardias. -Su tono era insistente.
– ¡Ata los lazos de mi corpiño, y después vete! Anoche dejé la fiesta sola, y regresé a mi habitación sin problemas, ¿no es así? Puedo cuidar de mí misma.
Por un momento, ella no respondió y se limitó a acabar su trabajo; luego se apartó. La escuché respirar con fuerza; me conocía demasiado bien como para no decir lo que pensaba.
– Ese no es el caso, ¿no es así, madonna? Anoche necesitaste mucha ayuda.
Me sentí demasiado asombrada para responder. ¿Cómo podía alguien, además de mí misma y de César, saber de la indiscreción de Su Santidad? Si doña Esmeralda ya conocía el secreto, entonces no tenía ninguna esperanza de poder ocultar una aventura con César a nadie en la corte papal.
Me dije a mí misma que no me importaba.
– No volveré a hablar de esto contigo -manifestó Esmeralda-. Sé que eres tozuda y no atiendes a razones. Pero escúchame, si puedes: esto solo te conducirá a un peligro mayor que el que afrontaste anoche, Sancha mía. Tú eres la Eva en el Jardín, y te enfrentas nada menos que a la serpiente.
– Déjame -ordené, y me cubrí el rostro con el velo.
El aire de la noche solo había refrescado un poco después del calor del día; estaba acostumbrada a las brumas y a la niebla del clima de la costa, pero Roma no ofrecía ese escondite. Me refugié en la oscuridad y en mi velo para ocultarme en esta, mi primera incursión en el engaño.
En el cielo, las nubes medio tapaban una luna menguante. Con una luz tan débil y mi visión obstruida por una tela de seda oscura, me moví titubeante, como alguien casi ciego. El jardín parecía desconocido: los brillantes colores del follaje se habían reducido a tonos de gris, y los rosales y los naranjos se habían convertido en súbitos extraños. Vacilé a lo largo del sendero, mientras luchaba contra el pánico. ¿Había doblado en ese recodo, o el siguiente? Si me perdía, ¿César creería que me había burlado de él y se marcharía del jardín enfadado?
¿O se había burlado él de mí?
Me reproché sentir esos temores; detestaba la intensidad de mi amor por César, porque me hacía débil.
Respiré a fondo para tranquilizarme, tomé una decisión y giré en el siguiente recodo. Al hacerlo, divisé el banco de piedra debajo del árbol a la sombra, y algo oscuro que se movía contra el blanco de la piedra: el perfil de un hombre.
César. Quise gritar como una niña y correr hacia él, pero me obligué a caminar sin prisas, con un porte regio: él no hubiese querido menos.
Él también vestía de negro; solo podían verse sus manos y su rostro contra el telón de la noche.
Esperó, alto y digno, hasta que llegué a su lado. Luego ambos abandonamos toda contención. No puedo decir quién se movió primero; quizá nos movimos juntos, pero no noté el paso del tiempo entre el momento en que me adelanté hacia él y el momento en que apartó mi velo y nos abrazamos, labio contra labio, cuerpo contra cuerpo, con tanta fuerza y pasión que sentí como si mi carne se disolviese en la suya. Tan grande era el calor generado que, de no haber estado sujeta por sus brazos, hubiese caído sin sentido.
Para mi desmayo, él se apartó de mí.
– Aquí no -manifestó, con una voz ronca y desesperada-. Tú no eres una cualquiera a la que se pueda poseer tumbados en el suelo. Confía en mí; he hecho arreglos. Estaremos seguros.
Me coloqué el velo de nuevo; él cogió mi mano. Su paso era firme; conocía muy bien el camino. Me llevó por la parte de atrás del palacio hasta una entrada sin vigilancia que daba a un pasillo. Conducía a una pesada puerta de madera que se abría a otro pasillo, este largo y de reciente construcción, apenas acabado y con el único fin de facilitar un acceso privado. Unas antorchas sujetas a soportes en las paredes alumbraron nuestro camino.